Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO
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CAPÍTULO SEXTO

« Donde está la mente, allí está el tesoro. Por eso, os digo: estad en armonía y conoced las partes dentro de vosotros. Porque aquel que ha llegado al conocimiento de sí mismo, ha llegado al conocimiento de lo Divino ».

Evangelio de María Magdalena

Recluido en la soledad de su despacho, Cornelio levantó la mirada de la carta que había recibido de Roma.

Las noticias no podían ser peores. Previamente, él había enviado una misiva informando acerca de Evodio, el presbítero que había llegado de Frigia predicando una doctrina cristiana marcada por un fuerte componente tanto apocalíptico como ascético.

La respuesta había resuelto todas sus dudas.

Aquella corriente cristiana, de la que la iglesia romana ya tenía conocimiento, había sido impulsada por Gelasio, el obispo de Frigia, arguyendo haber recibido ciertas revelaciones del Espíritu Santo relacionadas con el inminente fin del mundo, cuya autenticidad decía haber corroborado en varios textos sagrados que numerosos cristianos manejaban de forma cotidiana.

En consecuencia, el osado obispo se había lanzado a predicar su ideario, pese a la oposición de algunos de sus colegas.

Sus ideas se habían expandido con éxito por toda Asia Menor y amenazaban con extenderse por los territorios vecinos, poniendo así en grave peligro la unidad de la Iglesia.

Cuando Cirilo llegó a la casa, pasado el mediodía, Cornelio reclamó su presencia de inmediato y lo puso al corriente de las últimas noticias.

—¿Qué sabemos de Evodio desde la visita que le hicimos hace unas semanas?

—Se dice que su número de fieles aumenta cada día, pero son rumores sin confirmar —repuso el diácono.

—En tal caso, me gustaría volver a verlo hoy mismo.

—¿Por qué tanta prisa?

—¿No lo has entendido? Evodio es un ferviente seguidor de los falsos postulados del obispo de Frigia, y se ha propuesto propagarlos por las áreas rurales de Siria. Y cuando lo consiga, no te quepa duda de que intentará introducirlos en la ciudad.

—Está bien, me iré encargando de los preparativos para el desplazamiento. Nos vendrá bien volver a llevar el asno.

Mientras tanto, Cornelio no perdió el tiempo y asió un cálamo para preparar una carta destinada a la iglesia de Roma.

Desde su punto de vista, las desviaciones doctrinales constituían un problema que se daba con excesiva frecuencia, y la Iglesia, como institución unitaria, no lo estaba abordando de la forma adecuada.

Hacía falta crear un marco normativo que dificultase la aparición de divergencias doctrinales y que ayudase a contenerlas cuando ya hubiesen emergido.

De lo contrario, la Iglesia acabaría descomponiéndose en un mar de corrientes heterodoxas.

El obispo de Antioquía se inclinó sobre el papiro y comenzó a detallar las medidas que ayudarían a combatir las herejías.

Para empezar, se hacía imperativo distinguir los textos sagrados de aquellos otros que únicamente lo aparentaban.

Fijando un canon, evitarían que cualquier iluminado pudiese tergiversar dogmas fundamentales basándose en premisas equivocadas.

Por desgracia, entre las comunidades cristianas circulaban numerosos libros que narraban la vida y enseñanzas de Jesús, sin que muchos supiesen reconocer cuáles estaban dotados de verdadera autoridad.

Además, la interpretación de las Escrituras tenía que ser única y corresponder de forma exclusiva a la Iglesia, cuyo control debía recaer sobre su jerarquía, atribución que se justificaba en virtud de la legitimidad de los obispos como verdaderos sucesores de los apóstoles, cuya potestad se había transmitido de forma personal e ininterrumpida desde sus inicios.

En consecuencia, todo aquel que se desviase de la postura mayoritaria, como había hecho el obispo de Frigia, debía ser expulsado sin la menor misericordia.

***

Al cabo de una hora, ya estaban en marcha.

Pese al majestuoso sol que predominaba en el cielo, un agradable frescor procedente de la tierra húmeda, bañada por una lluvia temprana, llenaba el aire de un aroma fragante.

Atravesaron campos dorados, donde las espigas danzaban al compás de la brisa, mientras las praderas se mecían como un manto ondulante.

Las siluetas de los campesinos se recortaban en la distancia, afanados en el cuidado de sus cultivos.

Al contrario que la vez anterior, como ya conocían el camino, el trayecto se les hizo mucho más corto de lo esperado.

—¿Qué le dirá a Evodio cuando lo vea? —preguntó Cirilo.

—Lo que haga falta para que se marche de aquí.

—¿Puedo sugerirle que sea… flexible?

Cornelio lo miró con gesto de incredulidad.

—¿Flexible? ¿Con un individuo que tanto daño puede hacernos?

—Solo digo que en ocasiones se muestra usted excesivamente estricto, y no siempre resulta la mejor estrategia para obtener lo que uno quiere.

—Con los asuntos de Dios no se puede ser blando ni tolerante. Serapión transigía demasiado, pero yo no soy así. Y no tengo dudas de que mi forma de proceder es la correcta. Espero que te haya quedado claro.

Cuando se hallaban en las proximidades de su destino, vieron a riadas de gente que, procedentes de los cuatro puntos cardinales, también se desplazaban en la misma dirección. Al parecer, los rumores que hablaban del éxito del presbítero cristiano no exageraban.

Cornelio aceleró el paso hasta alcanzar a un grupo de mujeres que acababa de incorporarse al camino por delante de él.

—¿Sois seguidoras de Evodio, el presbítero cristiano? —quiso saber. Y, para ahuyentar la desconfianza que reflejaron sus caras, añadió—: Nosotros también lo estamos buscando para recibir su bendición.

—Entonces vais en la buena dirección —contestó una de ellas.

—Y toda la gente que se divisa en la distancia, ¿también ha venido a verlo? No imaginé que fuese tan popular.

—¡Claro! Desde que se producen los prodigios, sus fieles se han multiplicado.

Obispo y diácono intercambiaron una mirada de extrañeza.

—¿Prodigios? ¿A qué se refiere? —intervino Cirilo.

—A las curaciones milagrosas, por supuesto. ¡En la zona no se habla de otra cosa!

—Lo siento, nosotros venimos de la ciudad.

—Desde que Evodio exhibe la reliquia, el poder del Señor ya se ha manifestado varias veces a través de sus manos —explicó la mujer.

Cornelio se detuvo en seco y se tomó un breve lapso de tiempo para digerir aquella información. Las aldeanas, por su parte, continuaron adelante.

—¿Reliquia? ¿De qué están hablando?

—Ni idea. Es la primera noticia que tengo —confesó Cirilo—. En cualquier caso, no tardaremos en averiguarlo.

El cobertizo donde Evodio se había instalado, y que servía de lugar de encuentro para los cristianos, se había reformado de cabo a rabo.

La principal mejora radicaba en el aumento de su tamaño: ahora tenía unas dimensiones mucho más apropiadas para acoger al elevado número de fieles que se acercaba hasta allí a diario.

Entraron y, confundidos entre la multitud, echaron un vistazo alrededor desde la parte posterior de la estancia.

Todavía no había dado comienzo ningún acto.

Los asistentes conversaban entre sí, repartidos en grupos pequeños.

Se respiraba una atmósfera de calma y confianza, si bien también se sentía cierta electricidad en el ambiente.

—Allí está Evodio —dijo Cirilo señalando un punto situado al fondo.

Cornelio estiró la cabeza.

—Lo veo —confirmó.

—¿Hablará con él ahora?

—No, antes me gustaría escuchar lo que dice durante la ceremonia.

De repente, la mayor parte de los presentes giraron la cabeza en dirección a la puerta de entrada.

Acababa de hacer su aparición un hombre de mediana edad, al que transportaban en una camilla.

Un sobrecogedor silencio se extendió por la estancia, tan solo interrumpido por algunos susurros: «¡Un paralítico!

». «Ha venido aquí buscando un milagro».

La muchedumbre se abrió al paso de la comitiva, que se detuvo cuando llegó a la altura de Evodio. Los porteadores depositaron la parihuela en el suelo y el impedido estiró una mano suplicante hacia el presbítero, al tiempo que murmuraba unas palabras de ayuda.

Obispo y diácono intentaron acercarse, pero no les fue posible. No obstante, desde donde estaban podían hacerse una idea más o menos clara de lo que ocurría.

Evodio alzó las manos en un gesto de invocación, y su voz resonó en el cobertizo con una mezcla de autoridad y misticismo.

—¡Hermanos y hermanas, nos encontramos en el umbral de un nuevo tiempo que se extiende ante nosotros como un vasto horizonte de esperanza! En nuestras almas llevamos la certeza de que la redención se acerca, y hoy, aquí, nos unimos para presenciar la manifestación de la gracia divina.

»Cada instante que vivimos nos acerca al cumplimiento de las profecías. Y cuando llegue el día del juicio final, ya no se distinguirá el velo que separa el cielo de la tierra.

La potente voz de Evodio, que manejaba las pausas con maestría, desgranaba un discurso impetuoso que captaba por completo la atención de sus fieles, casi hechizándoles. Su mirada irradiaba chispas y todo su ser desprendía una formidable energía.

—En nuestra búsqueda de la perfección espiritual, debemos renunciar a los placeres efímeros de este mundo y abrazar la austeridad que nos conduce hacia la salvación.

El ayuno, el abandono de los placeres carnales y la oración constante constituyen el mejor camino para purificar nuestras almas.

Nos hallamos en un tiempo intermedio, donde las promesas de redención se entrelazan con los susurros de lo eterno.

Que nuestras vidas sean ofrendas vivas dedicadas al Altísimo.

Si Cornelio esperaba un cambio en el discurso de Evodio, menos radical y más alejado de la desviación doctrinal impulsada por el obispo de Frigia, no podía estar más equivocado.

Aquellos mensajes tremendistas, sazonados con la exigencia de soportar toda clase de sacrificios, no casaban con los principios cristianos que la Iglesia propugnaba de forma mayoritaria.