Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO QUINTO #6
57%

CAPÍTULO QUINTO #6

Al cruzar el umbral de la biblioteca, se desplegó ante ella una vasta nave repleta de salas y pasillos.

Cada estancia estaba dedicada a un campo del conocimiento.

Los estantes empotrados en las paredes contenían rollos y pergaminos que impregnaban el ambiente de un aroma terroso, y había mesas de lectura repartidas por todo el recinto, que recibían los rayos de sol procedentes de los tragaluces del techo.

Localizó a Diodoro en la sala de filosofía, inclinado sobre una obra de Aristóteles que devoraba con interés. Galacia se situó junto al escultor y carraspeó para llamar su atención.

Diodoro se giró y vio a la mujer, a la que reconoció al cabo de un momento. Era una presbítera de la iglesia antioquena a la que había visto en las grandes asambleas. Ella también lo conocía a él por la misma razón.

—Hola, Diodoro. He venido a verte.

El escultor la miró con desconfianza.

—¿Te envía Cornelio?

—No, el obispo no tiene nada que ver con el motivo de mi visita.

—¿Y qué quieres?

—Acompáñame hasta el atrio, allí hablaremos sin molestar a nadie.

La biblioteca contaba con un oasis verde en mitad del edificio, coronado por una fuente de mármol blanco de la que borboteaba un relajante reguero de agua.

Pequeños senderos empedrados serpenteaban en el jardín, decorado con plantas y parterres de flores variadas.

Bancos de piedra estratégicamente situados ofrecían un lugar de descanso donde poder relajarse o mantener una conversación.

—Estoy al corriente de tu situación —comenzó Galacia tomando asiento—. Yo misma he sido víctima de una injusticia por parte del obispo. ¿Sabías que me ha destituido como presbítera?

—¿En serio? ¿Por qué?

—Según él, la Iglesia no admite a mujeres en el clero.

—Lo siento, no tenía ni idea de lo que te había pasado. Pero ¿qué quieres de mí?

—Darte lo que la Iglesia te niega, tener la oportunidad de ser cristiano.

El rostro de Diodoro reflejó una evidente confusión.

—Me temo que no te sigo.

—Dentro del cristianismo existe un selecto grupo que no se atiene a la jerarquía eclesiástica.

Y yo, ahora, formo parte de él. ¿Te has preguntado alguna vez sobre el verdadero significado de la existencia?

Jesús poseía un conocimiento secreto que tan solo transmitió a unos pocos elegidos.

Y el grupo al que me refiero lo ha custodiado desde entonces hasta nuestros días.

—¿De qué hablas?

—La salvación no se encuentra en los rígidos dogmas que Cornelio pretende imponernos y que tanto nos han perjudicado.

—¿Acaso no es la fe en Cristo y el perdón de los pecados lo que nos salva?

—Eso supone quedarse en la superficie de las cosas —replicó Galacia—. Hay un conocimiento que ofrece una comprensión más rica y personal de nuestra conexión con lo divino.

—Tus palabras suenan a doctrinas prohibidas…

—Yo lo llamaría más bien una doctrina oculta, lo cual no es exactamente lo mismo.

Diodoro sintió un escalofrío.

—Hablas del gnosticismo, ¿verdad? No sé si quiero seguir escuchándote —afirmó el escultor poniéndose en pie y amagando con marcharse.

—Diodoro, por favor. Ignoro lo que te habrán contado, pero yo estoy aquí para disipar cualquier duda que tengas.

—¿Ahora me vas a venir con que los gnósticos no tergiversan el mensaje recogido en las escrituras?

—Eso sostienen los obispos como Cornelio, pero yo no me fiaría demasiado de su criterio. Desde su punto de vista, los escultores que confeccionan falsos ídolos no tienen cabida dentro de la Iglesia, aunque no los adoren. Así pues, ¿quién tergiversa realmente los evangelios?

La pregunta quedó suspendida en el aire durante unos instantes. Diodoro suspiró y se sentó de nuevo en el banco de piedra. Galacia, cuyo pasado como presbítera le inspiraba un extra de confianza, podía mostrarse increíblemente persuasiva.

—También he oído rumores acerca de prácticas oscuras… —alegó a continuación.

Galacia no pudo evitar soltar una carcajada.

—¿Prácticas oscuras? ¡Nada de eso! Igual que hace la Iglesia, nosotros también llevamos a cabo los rituales del bautismo y la eucaristía. A nivel litúrgico existen algunas diferencias, pero nada más.

—¿En vuestro grupo se realizan bautizos? —inquirió el escultor, sorprendido.

—¡Por supuesto! Yo misma, como sacerdotisa, estoy facultada para oficiarlos.

—Cornelio me privó del bautismo después de haberme preparando durante dos largos años —espetó Diodoro sin ocultar su enfado.

—Pues eso no te ocurrirá si te unes a nosotros. En nuestra comunidad valoramos la creatividad y la expresión individual. Tu arte puede florecer sin las restricciones de las convenciones eclesiásticas.

—Y, suponiendo que aceptara, ¿qué tendría que hacer?

—Acude a uno de nuestros encuentros —repuso Galacia—. Allí te enseñaré todo lo que tienes que saber acerca de la gnosis.

Diodoro ya estaba prácticamente convencido. Aun así, todavía albergaba ciertas dudas.

—Esa palabra, gnosis, me produce cierta inquietud… —admitió.

—Eso es por los prejuicios que nos han inculcado. Al principio, yo pasé por el mismo periodo de incertidumbre. Pero en la gnosis reside la verdadera salvación que nos fue revelada por Jesús de Nazaret.

—¿Y cómo sabes que todo eso es cierto?

—Hay textos que así lo recogieron. No los que tú conoces, sino otros que los gnósticos cristianos han conservado en el seno del movimiento. Además, está la propia tradición oral, una cadena de transmisión que tiene su origen en los primeros depositarios del conocimiento revelado.

—¿Y no me puedes adelantar algo?

—¿Aquí? Muy poco. Este no es el lugar adecuado.

Puedo decirte, no obstante, que la Iglesia nos presenta a Dios como algo separado de nosotros, algo a lo que debemos aspirar.

Sin embargo, yo puedo ofrecerte una visión completamente distinta de la realidad.

A Dios no hay que buscarlo fuera, sino dentro de uno mismo.

Diodoro se tomó unos minutos para reflexionar, durante los cuales Galacia prefirió guardar un respetuoso silencio. Presionarlo en esos momentos habría resultado contraproducente.

—Está bien —concluyó al fin—. Asistiré a uno de vuestros encuentros y escucharé lo que tengas que decir.

—No te arrepentirás —celebró ella con satisfacción—. Unirte al gnosticismo no significa rechazar lo que eres, al contrario, se trata de una invitación a descubrir más plenamente quién puedes llegar a ser.