Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO QUINTO #5
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CAPÍTULO QUINTO #5

—Pues te sorprendería saber que estoy siendo mucho más comprensivo de lo que piensas.

Además del rechazo a la violencia, hay otra razón igualmente trascendental por la que un cristiano no debería hacerse soldado.

El ingreso en el ejército romano implica jurar por el emperador, postrarse ante los estandartes y participar en rituales con ocasión de ciertos festivales paganos. ¡Y todo eso supone idolatría!

—¡Mi participación en esos actos sería pura apariencia! En el interior de mi corazón, me mantendría fiel a los principios cristianos.

—¡Basta, Druso! Un auténtico cristiano jamás diría tal cosa —zanjó Cornelio—.

Tú conoces un oficio, ¿verdad? Como soplador de vidrio no te costaría nada encontrar trabajo en cualquier taller de la ciudad.

Dedícate a lo que sabes hacer y olvida esa ridícula idea de enrolarte en el ejército.

Lo que tenga que pasar con Falconila está en manos de Dios y de nadie más.

—Pero es la única manera de casarme con ella… —murmuró apocado.

El obispo se puso en pie y, desde su posición de autoridad, señaló al joven con el dedo índice y espetó:

—Si entras en el ejército romano, me veré obligado a expulsarte de la Iglesia y nunca más serás bienvenido. ¿Queda claro?

Druso sintió quedarse sin aire ante la magnitud de la amenaza, pues comprendió enseguida el alcance de lo que aquellas palabras significaban.

Tendría que elegir entre Falconila o la Iglesia cristiana…

21

A última hora de la tarde, tras una intensa jornada de trabajo, Diodoro cerró las puertas de su taller y se echó a las calles de Antioquía. Su viejo maestro, Teodoto, vivía cerca de allí y se proponía hacerle una visita.

Un sirviente abrió la puerta y lo condujo hasta la sala de estar, donde una mezcla de aceites esenciales aromatizaba la estancia, repleta de pequeñas esculturas que llenaban los estantes y demás soportes situados contra las paredes.

Muchas de las obras constituían regalos de sus antiguos alumnos, pero también las había de su propia autoría.

Varias lámparas de aceite proporcionaban una luz cálida y suave.

Teodoto reposaba en una gastada butaca, que adoraba por su comodidad.

—Espero no venir en mal momento —comentó Diodoro.

—No digas tonterías, tú siempre eres bienvenido. Por favor, siéntate, estás en tu casa.

El cuarteado rostro del anciano revelaba lo avanzado de su edad.

Su salud ya se resentía y últimamente apenas salía de casa.

Con todo, sus vivaces ojos todavía revelaban la chispa de un alma creativa.

Para Diodoro, su antiguo maestro continuaba siendo un faro que lo había orientado a lo largo de media vida.

Por eso, aún acudía a él en busca de su consejo siempre que lo necesitaba.

—¿Te apetece tomar algo?

—No, gracias.

—Al menos, bebamos para acompañar la conversación.

El sirviente depositó una jarra de vino sobre la mesa y después se retiró de la sala. Teodoto asió la copa y dio un corto trago entre movimientos rígidos y limitados, a causa de una artrosis galopante que se le extendía por manos y rodillas.

—¿Cómo está? —preguntó Diodoro al ver las dificultades que le suponía a su maestro sostener un simple vaso.

—Francamente, no demasiado bien. Las articulaciones me crujen por poco que haga. Al menos, el dolor resulta más o menos soportable.

—Lamento oír eso.

—No tiene importancia —repuso Teodoto con aire resignado—. Cada movimiento me supone ahora un recordatorio de los años que han pasado…, aunque también son testigos de una vida llena de armonía y creatividad.

—Siempre me ha gustado su capacidad de verle a todo el lado positivo.

—Bueno, yo no diría tanto. Me apena haber llegado a un punto en el que incluso esculpir una pequeña figurilla ha quedado fuera de mis posibilidades —y cambiando el tono, prosiguió—: Pero ya está bien de hablar de mí. ¿Qué te trae por aquí? A juzgar por tu expresión, no vaticino buenas noticias.

Diodoro se hundió de hombros como si soportarse el peso de una inmensa esfera.

—Acudí al bautismo el día previsto, sin embargo, cuando le dije al obispo que no pensaba dejar de confeccionar estatuas de ídolos paganos, me excluyó de la ceremonia. Entonces discutimos, lo que solo sirvió para empeorar aún más las cosas. Me sentí completamente humillado.

—Comprendo.

El escultor paseó distraídamente la mirada por la estancia, sin fijarla en ningún punto en particular.

—¿Sabe? Hace unos días colocaron en el templo de Apolo mi escultura más reciente, la del dios Marte.

—Aún no he podido ir a verla. Últimamente, cada vez me cuesta más trabajo moverme de aquí.

—Me siento orgulloso de que mi trabajo sea admirado por tantas personas. ¿Cómo iba a dejar la escultura para dedicarme a otra cosa? Estoy seguro de que usted me entiende mejor que nadie.

—A mí me enorgullece ser cristiano —afirmó Teodoto—. Pero a tu edad, seguramente habría tomado la misma decisión que tú.

—No creo que haya nada de malo en mi profesión.

—¿Y no puedes dedicarte únicamente a los encargos que no supongan crear figuras de culto?

—Imposible, con los retratos y algún que otro trabajo más especializado, no podría ganarme la vida.

Diodoro se pasó las manos por su recortada barba y lanzó a su viejo maestro una mirada cargada de melancolía.

—Ya no soy bienvenido a los encuentros cristianos —prosiguió diciendo—.

Mi presbítero se mostró incómodo cuando me lo dijo, me parece que él también lo encontraba injusto.

Pero seguía las órdenes del obispo y no podía hacer nada.

¿No resulta irónico? Nassim, el sacerdote del templo de Apolo, se mostró mucho más tolerante que Cornelio.

Pese a que le disgustó enterarse de que yo era cristiano, supo anteponer la profesionalidad de mi trabajo a sus prejuicios religiosos.

Teodoto arrugó la frente, como si pensar le representase un gran esfuerzo.

—A Serapión jamás le supuso un problema tu oficio, ¿verdad? —comentó a continuación.

—¡Exacto! ¿Quién puede afirmar, por tanto, que Cornelio esté en lo cierto? Que yo sepa, no hay ningún pasaje de los evangelios que prohíba a los escultores ser cristianos.

—Cornelio basa su criterio en la tradición, que cuenta con el respaldo de la iglesia de Roma.

—Para mí el problema sigue siendo el mismo —insistió Diodoro—. ¿Y si la postura del obispo de Roma está equivocada? ¿Y quién le ha otorgado dicha posición de prevalencia sobre las demás iglesias?

—Me temo que no tengo una respuesta satisfactoria para eso, ni creo que nadie la tenga…

A Diodoro se le humedecieron los ojos.

—¿Qué voy a hacer ahora? Yo no he perdido la fe en Cristo y sus enseñanzas, pero se me niega el bautismo que necesito para salvarme…

***

Desde su unión a los gnósticos cristianos, Galacia sentía que su vida había recobrado el sentido. Había recuperado el protagonismo perdido sin renunciar a sus creencias fundamentales: Jesús continuaba estando en el centro de todo.

Como sacerdotisa, tenía a su cargo a un selecto grupo de iniciados a quienes instruía en el conocimiento de la gnosis.

Principalmente, comerciantes e integrantes de la élite que en el pasado habían coqueteado con la fe cristiana, pero que por diferentes motivos se habían acabado alejando de ella.

Galacia se pasaba la mayor parte del día en la elegante residencia de Philonius, donde oficiaba los correspondientes rituales y se reunía con sus acólitos para enseñarles el verdadero camino hacia la salvación.

Ya no necesitaba trabajar en el taller de costura, pues el líder gnóstico seguía ocupándose de sostenerla económicamente.

Había roto totalmente con la Iglesia. Tan solo había mantenido cierto contacto con Zósimo, aunque no duró demasiado.

Lo único que Galacia lamentaba era haberse desentendido del comedor social, así como del resto de obras caritativas que solía llevar a cabo.

Echaba de menos aquella faceta más humanitaria mediante la que entregarse generosamente al prójimo.

Galacia había considerado la posibilidad de captar a su antiguo diácono.

A Philonius, sin embargo, no le había parecido una buena idea dada la bisoñez del muchacho.

Por su parte, Zósimo ya no reconocía en Galacia a la mujer que tanto había admirado y que tanto había hecho por el barrio de Kerateion, y se sentía muy decepcionado por ello.

Y en cuanto al nuevo presbítero que la había sustituido, ni siquiera había querido conocerlo .

Aquella tarde, Galacia debía llevar a cabo la primera toma de contacto con un candidato que Philonius le había sugerido con el fin de captarlo para el grupo: un popular escultor que recientemente se había enemistado con Cornelio y que, por tanto, estaría mucho más abierto a escuchar lo que ella tuviese que decirle.

El líder gnóstico sabía que no había candidato más receptivo que un cristiano descontento.

La propia Galacia constituía un claro ejemplo de ello.

Philonius le había facilitado toda la información sobre la disputa que el obispo y el escultor habían mantenido a raíz de la actividad profesional de este último, de la que supuestamente se originaba un conflicto ético.

Galacia sospechaba que el líder gnóstico debía contar con la colaboración de espías dentro de la iglesia antioquena, pues de algún modo se las arreglaba para enterarse de todo cuanto acontecía en el interior de su seno.

Galacia acudió a la biblioteca del foro, donde sabía que encontraría a Diodoro, que la visitaba todos los jueves a la misma hora. Prefería encontrarse con él en terreno neutral antes que hacerlo en su taller. Además, interrumpirlo mientras trabajaba tampoco le parecía buena idea.