CAPÍTULO QUINTO #4
Esa misma tarde, Druso encaminaba sus pasos hacia aquel preciso lugar: la sede del obispo.
El joven liberto llevaba toda la semana realizando las pruebas de reclutamiento para ingresar en el ejército.
Lo habían sometido a un exhaustivo examen físico para descartar problemas de salud o discapacidades que pudiesen afectar su desempeño.
Había realizado diferentes tipos de ejercicios con el fin de evaluar su grado de fuerza, resistencia y agilidad.
Su disposición a obedecer, así como su capacidad para adaptarse a la rigidez de la vida castrense, también habían sido objeto de consideración.
En todas aquellas facetas, Druso había destacado de forma sobresaliente.
Por contra, carecía de experiencia en el manejo de las armas, aunque nada que no pudiese solucionarse con la instrucción pertinente.
Su escaso nivel de educación y la dificultad para seguir órdenes escritas constituyeron sus puntos más débiles.
Pero, globalmente, había recibido una valoración muy positiva y, tras superar aquella primera criba, daba prácticamente por hecho su acceso a la tropa como recluta.
Druso, además, pensaba que el oficio de soldado podía llegar a satisfacerle. Desde luego había trabajos mucho más duros y definitivamente bastante peor remunerados.
La noticia de que Falconila ya no era prisionera en su propia casa y de que, en consecuencia, había abandonado la huelga de hambre lo había tranquilizado enormemente.
Y luego estaba la segunda parte de la historia: Calpurnio la dejaría casarse con él.
Aquella, en teoría, magnífica noticia ocultaba, sin embargo, un matiz importante.
El matrimonio no tendría lugar hasta que Druso adquiriese la ciudadanía romana, lo cual tardaría años en producirse.
Calpurnio sabía muy bien lo que se hacía, sería una larga espera y hasta entonces, podían pasar muchas cosas.
A Falconila solo había podido verla una vez, principalmente porque había estado ocupado asistiendo a las pruebas de reclutamiento, y después trabajando en un taller para costearse los gastos a los que ahora tenía que hacer frente como liberto, hasta qu e lo llamasen a filas.
Y, pese a lo emotivo del reencuentro, también la había notado algo…
rara. Seguramente se debiese a lo mucho que le preocupaba su ingreso en el ejército, si bien tampoco lo desaprobaba porque sabía que constituía la única manera de poder estar juntos .
Con todo, Druso aún seguía teniendo sus dudas, y sabía que tenía que abordar el asunto tarde o temprano.
Llamó a la puerta sin poder evitar sentir cierto nerviosismo.
El obispo no llegó a explicarle por qué lo había convocado.
Abrió Cirilo, con quien intercambió un breve saludo, y que inmediatamente lo condujo hasta el patio al aire libre que se abría en la parte trasera de la casa.
Allí, Cornelio se relajaba en la mecedora que tantas veces había ocupado su predecesor en el cargo.
—Señor, Druso está aquí —anunció el fiel diácono.
—Ah, perfecto. Toma asiento, por favor.
Mientras Cirilo se retiraba discretamente para dejarlos a solas, Druso ocupó un taburete situado bajo el frondoso naranjo que los cobijaba del sol.
Aunque había visto a Cornelio antes, era la primera vez que hablaba con él y tenía que admitir que su presencia lo intimidaba.
A su perpetua expresión severa, se le sumaba la fama de estricto que se había labrado en el poco tiempo que llevaba en el puesto.
—Según me han informado, eres un cristiano ejemplar desde hace ya bastantes años —comenzó el obispo—. Lo cual, para un joven de tu edad, resulta digno de alabanza.
—Gracias, señor —repuso Druso, algo más relajado tras el elogio del obispo—. En las enseñanzas de Jesús encontré el consuelo y la esperanza que necesitaba. Y no solo eso, también me hicieron ver la valía de mi propia vida. Como esclavo, llegas a convencerte de que no vales nada.
—Admirables palabras. En verdad, todo aquel que conoce el mensaje de Cristo, alcanza una comprensión más clara y profunda de la verdad espiritual. —A los labios de Cornelio asomó una tenue sonrisa—. También tengo entendido que recientemente has obtenido tu manumisión, ¿verdad?
Los músculos de la cara de Druso se tensaron ligeramente al oír aquella aseveración.
—Así es —confirmó, creyendo que su presencia allí debía responder a ese motivo.
—Mi enhorabuena. Tu camino de superación supone un ejemplo para muchos hermanos.
¿Sabías que el caso de Cirilo se parece mucho al tuyo?
Durante años, él también fue un esclavo, y fíjate ahora lo lejos que ha llegado —señaló Cornelio—.
Sin embargo, me he sorprendido al enterarme de que pretendes enrolarte en el ejército romano. ¿Es cierto eso?
Druso asintió y le explicó que aquella constituía su única vía para poder casarse con Falconila, a quien consideraba la mujer de su vida.
Celebrar un matrimonio eclesiástico oficiado por el propio obispo ni siquiera se contemplaba como una posibilidad, pues dicho sacramento aún no existía en la Iglesia primitiva.
—Además, en el ejército también puedo hacer carrera —añadió para concluir.
—Conozco a Falconila y me consta que recibirá el bautismo dentro de poco. ¿Sabías que fue ella la que me informó de tus planes? Obviamente, está preocupada.
—Sí, es lógico. Pero, en circunstancias normales, me limitaré a realizar tareas de vigilancia y, de vez en cuando, a intervenir en caso de disturbios para restaurar el orden en las calles.
—Te olvidas de las guerras. Raro sería que antes o después no te vieses involucrado en una de ellas.
—Lo sé —admitió Druso—. Siempre existe esa posibilidad.
Cornelio se irguió en el asiento de su mecedora y agravó la expresión de su cara.
—La cuestión es que yo también lo encuentro preocupante, aunque por otros motivos. La profesión de soldado contradice el espíritu de los evangelios sagrados. Los cristianos abogamos por transformar las espadas en arados, para cultivar la caridad, la justicia y la piedad que recibimos del Señor.
Druso, comprendiendo al fin la verdadera razón por la que el obispo lo había llamado, reaccionó con rapidez.
—Jesús alabó la fe de un centurión tras pedirle que curase a su siervo.
—Así es, pero las circunstancias son diferentes. Él ya formaba parte del ejército romano cuando conoció al Señor. Tú aún estás a tiempo de evitarlo.
—Sigo sin ver el problema. Yo seguiré creyendo en Jesús igual que creo ahora.
—Cuando lo prendieron en el Getsemaní, Cristo prohibió a sus discípulos que empleasen la violencia para socorrerlo.
El evangelio de Mateo recoge expresamente sus palabras: «Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen la espada, a espada perecerán».
La Iglesia, por tanto, se opone al derramamiento de sangre y a toda clase de violencia en general.
Druso cerró momentáneamente los ojos, adoptando una mueca de concentración.
—Durante la lectura de los evangelios, recuerdo haber escuchado también un pasaje en el que Jesús, poco antes de que le capturaran, conminaba a sus discípulos a hacerse con una espada en caso de no tenerla. Incluso sugería que vendiesen sus capas para hacer frente a dicho gasto.
Al obispo se le demudó la expresión. El evangelio de Lucas, en efecto, recogía aquella arenga de Jesús [23] , por lo que no tenía sentido negarlo. Pero lo que de verdad le enfureció fue que Druso lo desafiase en su propio terreno.
—Escúchame bien, joven —replicó elevando el tono de voz—.
Estando en el ejército, tarde o temprano tendrás que matar a otro ser humano, probablemente a muchos.
¡Y eso es un pecado capital! En lugar de matar, lo que los verdaderos cristianos hacemos es tender la mano a los necesitados.
Y no me vengas con esas de que a lo mejor te libras de verte envuelto en una guerra porque incluso aquí, sirviendo en la fortaleza romana de Antioquía, un superior podría ordenarte en cualquier momento hacer cumplir una sentencia de muerte.
¿Y qué harás entonces? ¡Vamos, dímelo! ¡¿Qué harás cuando te toque ejecutar a un hombre indefenso? !
Druso apartó la vista de su interlocutor, incapaz de sostenerle la mirada. El obispo, con todo, aún no había terminado.
—Ingresar en el ejército supondría contribuir al sostenimiento del Imperio romano, cuya expansión se ha basado en la destrucción y el sometimiento de otras naciones. ¡¿No te das cuenta de lo que representaría pertenecer a semejante institución?!
Cornelio se reclinó en su asiento y guardó un largo silencio para que su discurso calase en el joven cristiano. Voces lejanas procedentes de la calle llegaban hasta ellos transportadas en el aire. En el exterior, la ciudad continuaba siendo un ente vivo que jamás descansaba.
Druso reflexionó acerca de todo lo que había oído. Debía reconocer la solidez de los argumentos expuestos por el obispo. Aun así, se mantuvo firme en su postura.
—Al margen de mi actividad profesional, considero que lo verdaderamente importante es mi relación personal con Dios. Además, me comprometería a servir en el ejército de manera ética, sin dejar en ningún caso de lado mis valores cristianos.
—Para empezar, lo que es importante acerca de cómo vivir nuestra fe no es algo que cada uno pueda decidir por su cuenta.
¿Te imaginas el galimatías que supondría eso?
Las directrices las pongo yo, que para eso ostento el cargo de obispo.
Y, sobre lo segundo que has dicho, creo que la respuesta es bastante obvia.
Dentro del ejército como soldado te limitarás a recibir órdenes, que tendrás que acatar a la fuerza.
Tu voluntad de actuar éticamente carecerá en la práctica de cualquier significado.
—Esperaba por su parte algo más de comprensión… —adujo Druso.