CAPÍTULO QUINTO #3
Se abre el telón, y se ve a Adán y Eva completamente desnudos, salvo por unas hojas que cubren sus vergüenzas. La pareja comienza a dar vueltas por el escenario, deteniéndose en cada planta y deleitándose con el olor de sus flores.
ADÁN: Me parece que no podría ser más feliz.
EVA: Yo tampoco, aunque… creo que echo de menos disponer de un techo sobre nuestras cabezas. ¡A veces caen unos chaparrones…!
ADÁN: Mujer, ¿cómo se te ocurre decir una cosa así? Vas a hacer enfadar a Dios como te escuche.
EVA: ¿Enfadarle? ¿Cómo iba Dios a enfadarse, si es todo gentileza y bondad?
ADÁN: Ah, tú no lo conoces tan bien como yo. Acuérdate que yo estaba aquí antes que tú.
EVA: Ya lo sé, y también que a mí me creó a partir de tu costilla. ¿Cuántas veces me lo vas a recordar?
ADÁN: La cosa es que un día se enfadó mucho conmigo porque estuve a punto de comer del árbol prohibido. Pero ¿cómo iba a saberlo si hasta entonces no me había dicho nada?
EVA (señalando el árbol de atrezo situado en mitad del escenario): ¿Ese de ahí? La verdad, yo no le veo nada de especial.
ADÁN: Pues algo tendrá, porque me dijo que era el árbol del bien y del mal.
EVA: ¿Y eso qué quiere decir?
ADÁN: Ni idea, pero si comemos de su fruto, moriremos.
EVA: Me parece a mí que Dios es a veces un poco caprichoso. También podría explicarse más clarito. ¿Tanto le costaría?
ADÁN: No digas barbaridades, mujer.
Tras haber recorrido todo el escenario, la pareja se sienta finalmente al pie del árbol prohibido.
EVA: Si quieres que te sea sincera, esto me parece un tremendo aburrimiento.
ADÁN: En eso tienes razón. No puedo negarlo.
EVA: ¿Y este es el futuro que nos espera? ¡Aquí no hay nada que hacer!
ADÁN: Pues más vale que te acostumbres, porque estaremos así por toda la eternidad.
EVA (con expresión de asombro): ¿De verdad?
ADÁN: ¡Claro! Dios nos ha hecho inmortales. Bueno, al menos eso creo. Ya sabes lo críptico que se muestra la mayoría de las veces.
Un nuevo actor, disfrazado de serpiente, entra en el escenario arrastrándose por el suelo.
SERPIENTE: ¡Hola, amigos! ¿Qué os pasa? No se os ve muy contentos.
ADÁN: ¿Y quién eres tú?
SERPIENTE: Uno de los animales más inteligentes de la naturaleza.
EVA: Ah, ¿sí? Pues entontes tal vez podrías ayudarnos.
SERPIENTE: ¿Y qué problema tenéis?
EVA: Este lugar es idílico, pero la vida aquí se nos hace demasiado monótona.
ADÁN: Sí, quizás necesitemos un cambio.
SERPIENTE: ¡Tengo la solución! ¡La respuesta se halla justo sobre vuestras cabezas!
Adán y Eva miran hacia arriba, en dirección a la copa del árbol.
EVA: ¿De qué hablas?
SERPIENTE: Me refiero al fruto del árbol del bien y del mal. Si lo coméis, adquiriréis una inmensa sabiduría.
ADÁN: Y también moriremos. Dios nos lo advirtió.
SERPIENTE: ¡Claro! ¡Ahí está el quid de la cuestión! En cuanto seáis mortales, sentiréis que vuestra vida cobra sentido. Además, aún tardaréis mucho en morir. Dios exagera demasiado. Yo mismo he comido del árbol prohibido y de momento aquí sigo. ¡Adelante, probadlo!
EVA: ¿Y si le damos un bocado…? Por probar, no se pierde nada.
ADÁN: ¡¿Cómo que no!? De hecho, ¡podríamos perderlo todo!
EVA (cogiendo una manzana): ¡Bah, no seas tan dramático!
ADÁN: ¿Te fías de un animal que no tiene patas y que se arrastra como un gusano?
SERPIENTE: ¡Oye, que no todo son desventajas! Tengo la piel más suave de todo el reino animal.
Eva, definitivamente, le da un mordisco a la fruta.
EVA (con la boca llena y los ojos brillantes): ¡Esto es increíble! ¡Siento que mi mente se expande hasta límites insospechados!
SERPIENTE: ¡Es el poder del conocimiento!
Adán coge la manzana y también come de ella.
ADÁN: ¡Tienes razón! ¡Ahora todo se ve diferente!
Adán y Eva se miran y, por primera vez, son conscientes de su desnudez.
No obstante, a la vergüenza inicial le sigue un sentimiento mutuo de atracción.
Los dos personajes se acercan con intención de besarse…
Sin embargo, justo en ese momento se escucha una atronadora voz procedente del fondo del escenario.
DIOS: Pero ¡¿qué habéis hecho, insensatos?! ¿Habéis comido del árbol prohibido?
Adán y Eva dan un respingo, asustados.
ADÁN (señalando a Eva): Fue idea suya…
EVA (señalando a la serpiente): A mí me convenció este.
SERPIENTE (se pone a silbar como si el asunto no fuese con ella): Yo ya me iba…
DIOS: ¡Tú! ¡No tan deprisa! A partir de ahora, sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida.
SERPIENTE (dirigiéndose de forma cómplice al público): A Dios no se le dan muy bien los castigos... ¿En qué cambia eso la vida que he llevado hasta ahora?
El personaje de la serpiente abandona definitivamente el escenario.
DIOS: ¡Y vosotros dos! ¿Qué os proponíais hacer después de comer del árbol prohibido?
ADÁN: Nos íbamos a multiplicar para llenar la tierra y someterla.
EVA: Algo de eso también nos habías dicho, ¿no? Pero hasta ahora no le habíamos visto la gracia al asunto.
DIOS: ¡Hasta aquí hemos llegado! ¡Os lo había dado todo y no habéis sabido valorarlo! Pues bien, a partir de ahora, tú, Adán, te ganarás el pan con el sudor de tu frente. Y, tú, Eva, parirás los hijos con dolor.
Los personajes de Adán y Eva se encogen de hombros, sonríen pícaramente en dirección a la audiencia. Y, finalmente, se toman de la mano y abandonan juntos el escenario. Se cierra el telón.
Calpurnio levantó la vista del texto sin perder la sonrisa que lo había acompañado mientras leía.
—¿Y bien? —preguntó Calandio—. ¿Qué te ha parecido la escena?
—Me encanta, se nota que no has perdido tu chispa. Es divertida, mordaz e irreverente. Justo lo que te había pedido. —El edil, entonces, mudó de expresión—. Sin embargo, no puedes usarla.
—¿Cómo? Pero ¿qué dices?
—Si la incluimos, no solo ofenderemos a los cristianos, sino también a los judíos. ¿No te das cuenta de que ambas religiones aceptan la biblia con idéntica convicción?
—Lo sé, pero es la única escena tomada de la biblia que hay en toda la obra —aclaró Calandio—. Las demás se basan exclusivamente en los evangelios que narran la vida de Jesús de Nazaret.
—Aun así, no podemos correr el riesgo. La comunidad judía tiene mucho poder y goza de excelentes contactos. Y tampoco quiero dar pie a que provoquen disturbios en las calles. Los judíos son muy capaces.
—Esto supone un contratiempo —protestó el dramaturgo chasqueando la lengua—. Ahora tendré que modificar la estructura y escribir una nueva escena.
—¿Podrás hacerlo dentro del plazo establecido?
—Eso creo. Lo que sí convendría es que los ensayos comenzasen ya mismo. Antes incluso de que haya completado el proceso de escritura.
—No sé si Nevio, el director que he contratado para la obra, aceptará trabajar de esa manera tan poco ortodoxa —señaló Calpurnio.
Calandio se pasó la mano por los rizos de su cabeza mientras pensaba.
—Olvídate de Nevio. Dadas las circunstancias, me ocuparé yo también de la dirección. Elegiré a los intérpretes y los pondré a ensayar con las escenas que ya tengo. Esta misma semana si es posible.
—Por mí no hay inconveniente. Hoy mismo me encargaré de poner en marcha la producción.
20
En cuanto Cirilo entró en la casa cristiana, Cornelio lo recibió con reproches y una evidente expresión de contrariedad.
—¡Llevas fuera toda la mañana! —exclamó.
Cirilo tuvo que morderse la lengua para evitar darle una mala contestación.
Su vida no se limitaba exclusivamente a su trabajo como diácono.
Él también tenía derecho a dedicar parte de su tiempo a sus propios asuntos.
Cornelio no podía esperar que estuviese a su servicio a diario, las veinticuatro horas de la jornada.
—Ya le dije que hoy no llegaría hasta el mediodía.
—Está bien, no quiero hablar de eso ahora. La cuestión es otra —repuso Cornelio agitando una mano en el aire—. ¡El magistrado no ha movido un solo dedo! ¡¿Puedes creerlo?!
El obispo venía de hablar con el magistrado al que le correspondía investigar el robo de la colecta, como responsable de aplicar la ley en su jurisdicción.
Unos días atrás, ambos le habían facilitado el nombre de los tres sospechosos que habían identificado en el curso de sus pesquisas: Diodoro, Daniel y Farouk, el guardaespaldas de Licomedes.
Y ese día Cornelio, que desconfiaba de la diligencia del funcionario, había vuelto a visitarlo para comprobar si había tomado cartas en el asunto.
—¿Qué le ha dicho? —preguntó Cirilo, tras comprender el verdadero motivo de su enfado.
—Al principio, cuando denunciamos el robo, sí que puso a algunos hombres a investigar sobre el terreno, pero como no descubrieron nada, enseguida se olvidaron del tema.
—¿Y qué hay del listado de sospechosos que le ofrecimos el otro día?
—No se ha molestado en realizar la menor comprobación.
Se ha justificado diciendo que dispone de recursos limitados para los numerosos crímenes de los que tiene que ocuparse.
Y para él estamos lejos de ser una prioridad.
Pero esa no es la única razón, y ni siquiera la más importante.
También ha admitido que este asunto debería resolverse en el seno de, palabras textuales, «la secta de los adoradores del crucificado». ¡Así es como nos ve!
A Cirilo no le sorprendió la actitud de la autoridad competente. Más o menos se había imaginado que algo así podría ocurrir.
—Tal vez deberíamos contratar a investigadores privados —prosiguió diciendo Cornelio—. ¿Qué te parece esa posibilidad?
—¿Y cómo les pagaría?
—El dinero tendría que salir del fondo comunitario.
El diácono lo sopesó un momento antes de responder:
—Eso podría suscitar ciertas dudas éticas entre los fieles, ¿no cree? Esos fondos se destinan principalmente a obras de caridad.
—Lo sé. Pero si lográsemos recuperar el montante robado… ¿No habría merecido la pena el gasto?
—No lo veo claro, señor. Además, supongo que contratar los servicios de un investigador privado no debe ser barato.
—Bueno, ya lo pensaré —gruñó Cornelio.
Y, dicho esto, se perdió escaleras arriba en dirección a su despacho.
***