CAPÍTULO QUINTO #2
—David no parecía el mismo de la vez anterior —comentó Cornelio.
—Ni tampoco su hermano —apuntó Cirilo.
—Los noté incómodos, por mucho que intentasen disimularlo. Desde el principio se pusieron a la defensiva sin ningún motivo.
—Bueno, al fin y al cabo, sabían que la decisión a la que habían llegado no nos gustaría. De ahí su inquietud, y que trataran de suavizar la noticia con buenas maneras y algo de vino.
—Tal vez, pero ¿por qué se negaron a mostrarnos la reliquia? Cuantas más vueltas le doy, más incompresible me parece todo.
Cirilo, pensativo, se pasó los dedos por la barbilla.
—Creo que mi alusión a la mejoría de la casa los inquietó de algún modo. O quizá les molestó.
—Cierto —convino Cornelio—. Y, por su actitud, encuentro ese enriquecimiento repentino algo sospechoso.
—¿No se cree lo del préstamo?
—Tengo mis dudas. Y otra cosa más. Cuando el otro día apuntaste a Daniel como tu posible atacante, no me lo tomé demasiado en serio.
Ahora, sin embargo, comienzo a dudar al respecto.
La crisis económica en la que estaba sumida su familia podía haberlo llevado a perpetrar el robo de la colecta en connivencia con su hermano.
El obispo prosiguió su razonamiento, al tiempo que se internaban en uno de los pórticos laterales de la avenida de Herodes y Tiberio, donde abundaban los termopolios y los pequeños puestos de comida.
El chisporroteo de las carnes a la parrilla atraía a los hambrientos, que regaban su almuerzo con cerveza e hidromiel.
—Hagamos un repaso de lo que sabemos hasta ahora.
Lo único seguro es que te asaltó un hombre alto y corpulento; que usó un martillo para golpearte; y que, teniendo en cuenta la dirección desde la que te atacó, posiblemente fuese zurdo.
Además, casi con toda probabilidad, se trataría de un cristiano, porque debía tener conocimiento de la existencia de la colecta y de dónde se guardaba el dinero recaudado…
—En efecto.
—Nuestro primer sospechoso sería Daniel, del que ya hemos hablado —señaló Cornelio.
—Mi instinto me dice que deberíamos tenerlo muy en cuenta.
—Luego está Diodoro, que además de encajar con la descripción, maneja habitualmente un martillo en su trabajo.
Y el haberse trasladado recientemente a un nuevo taller también prueba que su posición económica ha mejorado bastante.
No me parece el candidato más sólido, pero tampoco me atrevería a descartarlo.
—Ni yo —concedió el diácono.
—Y, por último, Licomedes… Si bien, en este caso el robo no lo habría perpetrado él mismo, sino su guardaespaldas zurdo. El árabe… ¿Cómo se llamaba?
—Farouk.
—Eso, Farouk. Pues bien, desde luego, si Licomedes hubiese contraído una fuerte deuda por sus problemas con el juego, no me extrañaría en absoluto que, ante el temor a perder todas sus propiedades, y llevado por la desesperación, hubiese dado el paso de robar la colecta, a cuya recaudación había contribuido tan generosamente él mismo.
—Pudo ser cualquiera de ellos: Licomedes, Diodoro o Daniel —afirmó Cirilo—.
De hecho, los tres estuvieron presentes en el acto de agradecimiento público que ofició Serapión la mañana del robo.
Yo mismo los vi con mis propios ojos. Lo cual los sitúa en el lugar de los hechos poco antes de que el asalto se produjese.
El obispo dejó escapar un suspiro de impotencia.
—En el fondo, sé que todo esto no son más que especulaciones, pero es lo único que tenemos.
—Sí —convino Cirilo—. Por desgracia, nuestras sospechas carecen de solidez suficiente como para formular acusaciones en firme.
—Aun as í , creo que deberíamos proporcionar a las autoridades los nombres de que disponemos, para que ellos se ocupen de investigarlos más exhaustivamente. Cuanto más tiempo pase sin realizar ningún avance, más rápidamente se enfriará el asunto.
19
Calpurnio había citado a Calandio en la plaza del Ónfalos. Y, más concretamente, al pie de la escalinata del templo de Júpiter.
El edil, que había concertado el encuentro para supervisar los progresos de la obra de teatro que le había encargado, fue el primero en llegar al concurrido foro de Antioquía.
Vestía una de sus distinguidas togas blancas y había comprado una corona de flores frescas para ofrendársela al dios romano como muestra de gratitud.
El templo de Júpiter constituía una obra arquitectónica de gran elegancia y esplendor. Sus imponentes columnas corintias, esculpidas en mármol, se alzaban en perfecta armonía, sosteniendo un frontón adornado con relieves que narraban epopeyas mitológicas y gloriosas gestas imperiales.
Calandio también acudió puntual al encuentro, portando un rollo de papiro que contenía una de las escenas que había escrito.
—¿Cómo va todo? —preguntó el dramaturgo por cortesía.
—Pues ya que me lo preguntas, peor aún desde la última vez que nos vimos —contestó Calpurnio.
—¿Y eso?
—Mi hija ha vuelto a darme un disgusto.
Calandio rio.
—¿Ves? No tener hijos también tiene sus ventajas. ¿Qué ha hecho ahora?
— Resulta que quiere casarse con un hombre sin ningún prestigio, uno que hasta hace muy poco no era más que un esclavo. Y para colmo, cristiano.
—¡No! —replicó Calandio con incredulidad.
—Al menos, he logrado plantar en ella la semilla de la duda. Le he hecho ver que su enamorado no resulta tan de fiar como ella creía.
—Desde luego, tienes un don para la intriga —comentó Calandio, haciendo gala de su habitual sarcasmo—. Aunque supongo que, de lo contrario, no formarías parte del senado de Antioquía.
Ascendieron la escalinata hasta alcanzar el pórtico de entrada, configurado como un espacio de transición entre el exterior y el interior del santuario.
Haces de luz descendían desde lo alto, creando alargadas sombras allí donde las columnas se interponían en la trayectoria del sol.
Incontables fieles entraban y salían desde primera hora de la mañana.
—¿Has avanzado en la obra? —inquirió Calpurnio cambiando de tema.
—No tanto como me gustaría, pero por una buena razón. Antes de comenzar a escribir, he dedicado un par de semanas a estudiar a fondo el cristianismo. De hecho, he asistido a algunas de sus asambleas haciéndome pasar por uno de ellos.
—¡¿Que has hecho qué?!
—Lo que oyes —repuso Calandio—. Y nada de lo que he visto me ha parecido tan malo como pensaba.
—No doy crédito a lo que oigo. ¿Acaso esa panda de fanáticos te ha convertido para su causa?
El dramaturgo dejó escapar una carcajada.
—No seas ridículo. Las creencias cristianas me siguen pareciendo igual de estrafalarias, y más ahora que conozco sus dogmas en mayor profundidad. Sin embargo, muchas de las cosas que se dicen sobre ellos son totalmente infundadas.
—¿Y cómo explicas que haya tanto secretismo en torno a sus enseñanzas?
—Es cierto que algunas doctrinas y rituales, por su carácter sagrado, se reservan únicamente a los bautizados, con el fin de preservar la integridad de su fe.
Y en cuanto a todos esos rumores acerca de prácticas inmorales, o incluso de canibalismo, que también lo había oído, te aseguro que son completamente falsos.
Cuando los cristianos hablan de comer el cuerpo y beber la sangre de su Señor, lo hacen en sentido figurado.
El edil miró a Calandio aún con ciertas dudas.
—Entonces ¿no te han parecido peligrosos?
—En absoluto. El cristianismo tiene sus propias particularidades, algunas de ellas incluso dignas de elogio, como la práctica de la caridad.
Pero, en el fondo, no deja de ser otro culto religioso más.
—El dramaturgo reflexionó unos instantes—.
Lo importante, en todo caso, es que he recabado un material de gran valor, que me servirá para escribir la parodia que me pediste.
Calpurnio y Calandio reanudaron la marcha y cruzaron las puertas de bronce macizo que daban acceso al templo.
A través de una abertura circular en el techo se filtraba una luz tenue que bañaba el interior del recinto.
El centro lo ocupaba la estatua de Júpiter, dispuesta sobre un pedestal que aumentaba su aura de poder y autoridad, mientras que, a lo largo de los pasillos laterales, otras deidades ocupaban altares secundarios.
Al fondo, se abría una habitación donde los sacerdotes guardaban los útiles necesarios para oficiar los rituales.
El edil avanzó hacia el altar situado bajo la estatua del dios principal del panteón romano y depositó la corona de flores junto a las numerosas ofrendas que ya había.
Otros fieles realizaban libaciones de vino o aceite como muestra de gratitud.
Pese al constante ir y venir de los visitantes, sorprendía el solemne silencio que imperaba en el lugar.
Tras haber cumplido con su deber religioso, Calpurnio condujo nuevamente al dramaturgo fuera del edificio para reanudar la conversación.
—Las fechas se nos están echando encima. Vas a tener que darte prisa si queremos estrenar la obra a tiempo.
—No te preocupes. Ya he dado con la estructura adecuada y solo me falta por escribir el último acto.
—Calandio alzó el rollo de papiro que había traído consigo—.
Aquí tienes la primera escena para que le eches un vistazo y me digas si el tono es lo suficientemente satírico para ti.
He decidido comenzar la historia por el principio de los principios.
Y para eso, nada mejor que el Génesis de la biblia.
El decorado consiste en un hermoso jardín con varias plantas exuberantes y un árbol en el medio. Harán falta tres actores y una actriz.
El género del mimo, que Calandio tan bien dominaba, se diferenciaba del resto de los espectáculos teatrales por dos aspectos fundamentales: los actores no llevaban máscaras durante las actuaciones, y los papeles femeninos, en contra de la costumbre, podían ser interpretados por mujeres.
Por otra parte, el dramaturgo había añadido su sello personal al género, haciendo un abundante uso del diálogo, pese a que no era lo común.
Calpurnio tomó el papiro e inició la lectura con entusiasmo.