CAPÍTULO QUINTO
« Bienaventurados aquellos que han renunciado a todas las cosas mundanas y se han consagrado en cuerpo y alma a la pureza. Pues ellos han abandonado lo temporal por lo eterno, y no se han dejado seducir por los placeres del cuerpo, sino que han seguido los pasos del Señor en santidad y templanza ».
Hechos de Andrés
Cornelio y Cirilo se habían desplazado hasta el barrio de Epifanía para reunirse con Ascalio, el presbítero responsable de atender a los cristianos de aquella parte de la ciudad.
Además de los temas acostumbrados —como la preparación de los catecúmenos, la recepción de los donativos o la marcha de las obras de caridad—, el obispo estaba particularmente interesado en tratar el asunto relativo a la reliquia de Jesucristo que estaba en poder de la familia de David, el productor de aceite.
—Cuando le pedí a David que nos cediese la «lágrima de Cristo», me dijo que antes debía consultarlo con su familia —dijo Cornelio.
—Yo también hablé con él al respecto. Intenté convencerlo de que tomasen una decisión pensando en el bien de la comunidad antioquena.
Ascalio era un hombre mayor, más incluso que el obispo, que contaba con una larga trayectoria dentro de la Iglesia.
—¿Y todavía no te ha dado una respuesta?
—No. Es más, lleva dos semanas sin acudir a las asambleas. Ni él, ni su hermano Daniel. Lo cual me resulta verdaderamente extraño.
—En ese caso, aprovecharé que estamos cerca para hacerle una visita. Tenemos tiempo, ¿verdad, Cirilo?
—Siempre que no se alargue demasiado… —contestó el diácono—. Recuerde que a mediodía tiene que recibir al obispo de Apamea.
—Pongámonos en marcha entonces —decretó Cornelio—. Gracias, Ascalio. Te mantendremos informado del resultado de nuestras gestiones.
En pocos minutos, obispo y diácono llegaron a su destino.
Los álamos que rodeaban la vivienda del productor de aceite y su familia se mecían con cada ráfaga de viento.
Cirilo hizo sonar la campana situada junto a la verja y aguardaron a que alguien acudiese a recibirlos.
No tardó en aparecer un veterano sirviente que, tras comprobar la identidad de los visitantes, abrió la puerta y dejó pasar a la pareja.
Lo primero que les llamó la atención fue lo transformado que estaba el jardín.
Los setos se habían podado, el camino de grava se hallaba libre de malas hierbas y tampoco se veían montones de hojas secas desperdigados por todas partes como antes.
Y de la fuente, que ahora lucía deslumbrante, brotaba un chorro de agua que se elevaba con gracia en el aire.
El aspecto del atrio también había mejorado de forma notable.
El estanque estaba lleno de agua clara, sobre cuya superficie se reflejaba la luz solar que entraba por la abertura del techo.
Los mosaicos se habían restaurado y los frescos de las paredes habían recuperado el color del que antes carecían.
Incluso se percibía en la casa más actividad de sirvientes que iban de un lado a otro muy atareados.
Cornelio y Cirilo se miraron igual de confundidos, pero no había duda. Sus ojos no les engañaban.
Los hicieron pasar al triclinio, donde tomaron asiento en sendos divanes a la espera de ser recibidos por el dueño de la casa. El sirviente les aseguró que no tardaría en llegar.
David apareció al cabo de unos minutos, acompañado por su hermano Daniel, el atleta.
—Fíjate bien en él… —le susurró el obispo a Cirilo, refiriéndose a Daniel. Por la expresión del diácono, sin embargo, dedujo que este seguía sin tener claro si había sido el atleta quién lo había golpeado para llevarse el dinero de la colecta o no.
—Lamento haberos hecho esperar —se disculpó su anfitrión—. Estábamos ocupados con temas de trabajo.
—No te preocupes, no debimos habernos presentado sin avisar —repuso Cornelio.
Tras los saludos pertinentes, David y Daniel se acomodaron frente a sus invitados. Pese a que en sus rostros se vislumbraba una expresión afable, también afloraba en ellos cierta tensión que no lograban ocultar del todo.
—Pediré al servicio que traigan algo de comer. Tengo las mejores aceitunas y un queso exquisito.
—No te molestes, por favor. Nos iremos enseguida.
—¿Ni siquiera vais a probar un excelente vino de Damasco que nos regalaron hace poco? —insistió David.
El obispo acabó por aceptar el ofrecimiento únicamente por no ser descortés. David llamó a un sirviente y le dio las instrucciones oportunas.
—Al entrar, no hemos podido evitar fijarnos en lo mucho que ha mejorado el aspecto de la casa —terció Cirilo, que con tan elogiosa afirmación pretendía averiguar cómo se había producido aquel asombroso cambio.
Ante dicho comentario, los dos hermanos se miraron de reojo.
—Una familia como la nuestra no podía permitirse el lujo de proyectar una imagen tan pobre —explicó David tomando inmediatamente la palabra—. La reputación también juega un papel importante a la hora de hacer negocios, así que decidimos acometer los arreglos en la vivienda.
—Pero estabais pasando por una situación económica difícil… —objetó el obispo—. ¿No dijisteis eso la última vez?
—Las circunstancias han cambiado —intervino secamente Daniel.
—La razón es más sencilla de lo que parece —lo interrumpió su hermano lanzándole una mirada severa—.
Este año, por fin, la cosecha promete ser la mejor en mucho tiempo.
Hemos tenido un clima benévolo, las plagas nos han respetado…
Dios ha escuchado nuestras oraciones y nos sentimos agradecidos por ello.
Había algo en aquella explicación que no cuadraba, y Cornelio no dudó en expresarlo en voz alta.
—Pero, para la cosecha de la oliva aún faltan varias semanas, ¿no?
—En efecto —confirmó el productor de aceite—. Pero ante las buenas perspectivas, no me ha costado mucho conseguir un generoso préstamo… De manera que, cuando venda toda la producción, podré devolverlo sin tener que pagar demasiados intereses.
—Ah, ya veo.
En ese momento, un sirviente accedió a la estancia y sirvió una copa de vino a cada uno de los presentes. Cornelio tomó un sorbo, dejando que la bebida se asentase en el paladar.
—Delicioso —aprobó—. Posee un dulzor aterciopelado, matizado con una sutil mezcla de especias.
—Ya se lo dije.
Cornelio dejó la copa de plata sobre una mesa baja y se inclinó hacia delante.
—Me he reunido con Ascalio, y me ha dejado bastante preocupado con algo que me comentó. ¿Es cierto que lleváis dos semanas sin asistir a los actos litúrgicos?
—Yo he estado participando en una competición atlética —contestó Daniel rápidamente.
—Y yo he tenido una carga de trabajo muy por encima de lo acostumbrado —aclaró su hermano—. Pero ya todo ha vuelto a la normalidad —añadió con una sonrisa forzada.
—Bien, bien. Me alegra saberlo. Nos preocupaba que pudiese haber pasado algo grave.
Tanto a David como a Daniel se los había notado incómodos, y sus contestaciones, tan apresuradas como poco precisas, no convencieron ni al obispo ni al diácono. De cualquier modo, Cornelio no incidió más en el asunto porque habría sido contraproducente presionarlos demasiado.
—Bueno, no dispongo de mucho tiempo, y supongo que ya os imagináis el motivo de mi visita… —señaló el obispo—. La vez anterior os pedí que cedierais la «lágrima de Cristo» a la Iglesia. ¿Habéis pensado algo al respecto?
Daniel desvió la mirada y David agachó la cabeza durante un breve instante. De nuevo, el hermano mayor asumió la voz cantante.
—Lo sentimos, pero no podrá ser —contestó de forma cortante.
El dictamen sentó a Cornelio como si le hubiesen dado una bofetada.
—Vaya. Admito que no era esta la respuesta que esperaba. Y menos aún de una familia tan cristiana como la vuestra.
—La decisión no resultó nada fácil, pero la tomamos entre todos los miembros de la familia —aclaró David—. Mis padres, en particular, fueron quienes se opusieron con más firmeza.
—¿Les explicaste la importancia que tendría para la Iglesia poseer esa reliquia?
—Sí. Todas las circunstancias se tuvieron en consideración —replicó Daniel con cierta frialdad.
Cirilo decidió meter también baza en la conversación.
—Comprendemos que para vosotros tiene un gran valor sentimental, pero lo que está en juego es mucho más grande.
—Somos conscientes de ello, y lo lamentamos sinceramente —sentenció el productor de aceite.
—Confío, al menos, en que podréis reconsiderarlo en un futuro… —planteó el obispo—. Dentro de varios años las circunstancias podrían cambiar.
Aunque Cornelio había tenido mucho tacto eligiendo las palabras, entre líneas se había entendido muy bien lo que había querido decir. Los padres de David no vivirían para siempre.
—Me temo que no. La decisión es definitiva y rogamos que la respete, obispo. También le pediría que no mencionase en público la «lágrima de Cristo». No nos gustaría ver nuestra casa convertida en un lugar de peregrinación.
—Nos conduciremos con prudencia, por eso no tenéis que preocuparos —aseguró Cornelio—. En fin, debemos irnos ya. Pero antes, me gustaría pediros una última cosa. ¿Podríamos volver a ver la reliquia de Jesús?
La inocente sugerencia causó en los hermanos una reacción completamente inesperada. Ambos palidecieron y se miraron con cierta sensación de alarma.
—Me temo que eso no será posible —contestó David, poniéndose rápidamente en pie—. También es nuestra voluntad no volver a mostrar un objeto que consideramos sagrado, y que ha permanecido bajo nuestra custodia durante algo más de un siglo.
A la contundente respuesta del productor de aceite, se le sumaba el hecho de que se había levantado del diván, apremiando con ello a sus invitados a marcharse. Un gesto tan elocuente no dejaba lugar a dudas.
—En fin, será mejor que nos vayamos —concluyó Cornelio, que no deseaba tensar aún más la situación—. Vamos, Cirilo. Tenemos mucho trabajo que hacer.
—Gracias por su visita, obispo —dijo David a modo de despedida—. Mi sirviente os acompañará hasta la salida.
Una vez fuera, obispo y diácono echaron a caminar, haciéndose cada uno de ellos la misma pregunta. ¿Por qué sus anfitriones se habían comportado de forma tan extraña?