EPÍLOGO
El denso ambiente de las catacumbas estaba cargado de una mezcla de tristeza y reverencia.
A la luz titilante de las lámparas de aceite, las sombras de los presentes se proyectaban largas y funestas sobre las paredes de piedra, creando un entorno de recogimiento solemne.
Los susurros de las plegarias, apenas audibles, reverberaban en los túneles cercanos dando a lugar a una atmósfera casi sacra.
Livia yacía en su nicho, un lóculo excavado en la pared, sellado parcialmente por la mortaja de tela blanca que envolvía su cuerpo.
El mármol frío y crudo de su sepulcro destacaba en la penumbra, y su presencia irradiaba una calma profunda, como si, en su muerte, hubiera alcanzado finalmente la paz que tanto anhelaba.
Frente al cuerpo, el presbítero Cornelio, con el rostro serio, se disponía a oficiar la ceremonia.
Sus palabras, llenas de consuelo y esperanza, resonaban suavemente en la pequeña cámara funeraria, envolviendo a los presentes en un aura de comunidad y fe compartida.
Novaciano, a su lado, permanecía en un respetuoso silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada baja, como si la solemnidad del momento le impidiese articular palabra alguna.
Entre los fieles, Lucrecia y Félix encabezaban el grupo de dolientes.
Los ojos de ella reflejaban un dolor insondable.
Pese a recibir la muerte de su hija como un sacrificio santo, sentía que le habían arrebatado una parte de su alma.
Sus manos temblorosas apretaban la pulsera de Livia, y sus labios se movían lentamente al compás de las oraciones que Cornelio recitaba.
Félix permanecía al lado de su madre, con los ojos clavados en el suelo de piedra, conteniendo el llanto a duras penas.
Los murmullos de las oraciones de los fieles se alzaban en el aire.
Algunos lloraban en silencio, otros mantenían los ojos cerrados, en profunda oración.
Todos compartían la pérdida de Livia, pero también la convicción de que su sacrificio no sería en vano.
El dolor por su partida terrenal se entrelazaba con la certeza de que ahora estaba junto a Dios, en la vida eterna que tanto había ansiado.
Cornelio levantó la mirada hacia la pequeña congregación, haciendo una pausa en sus palabras. Sus ojos, llenos de compasión y serenidad, recorrieron los rostros de los fieles allí reunidos.
—Hermanos —dijo con voz suave pero firme—, estamos aquí hoy no solo para despedir a Livia, sino para honrar su sacrificio. Su fe, tan inquebrantable, ha sido más fuerte que cualquier sufrimiento que este mundo haya podido infligirle.
Hizo una breve pausa, permitiendo que sus palabras calaran en los presentes.
—Livia no ha muerto en vano —continuó—. A través de su martirio, su espíritu vivirá en nuestros corazones y en los corazones de todos los cristianos.
Su sacrificio es un faro de luz en estos tiempos tan oscuros.
Y, aunque ella ya no se encuentre entre nosotros, su ejemplo de fe y valor permanecerá para siempre.
De repente, las pisadas de alguien aproximándose alertó a la congregación.
De entre las sombras que se proyectaban en la entrada de la cámara funeraria, apareció un visitante inesperado.
Era Fabio, que había acudido a rendir sus respetos pese a no ser cristiano.
Todos sabían de su sacrificio personal: había renunciado a su prestigioso cargo de magistrado antes que condenar a Livia a muerte.
Aquella decisión le había costado su posición en la administración romana, pero le había ganado el respeto de los presentes.
A su lado caminaba Valerio, el fossor , que lo había guiado por el oscuro laberinto de túneles que componían las catacumbas.
El silencio se hizo más profundo cuando Fabio avanzó hacia el nicho donde yacía Livia, su semblante grave y respetuoso.
Los fieles, con un ligero gesto de reconocimiento, le hicieron espacio.
Aunque él no compartiese su fe, habían permitido su presencia.
Sabían que, en su propia forma de actuar, había mostrado una bondad y un respeto que transcendían las creencias religiosas.
Cuando Cornelio concluyó su sermón, Lucrecia se dirigió hacia Valerio y le entregó la pulsera de su hija, el modesto regalo que había recibido del leproso por sus cuidados.
—Esto perteneció a Livia… —afirmó—. Tenía un significado muy especial para ella.
Valerio entendió el mensaje a la perfección y, con su discreción habitual, tomó el objeto para cumplir con el deseo de Lucrecia.
Se acercó al nicho de Livia, donde la argamasa que sellaba la tumba aún estaba fresca, y, con movimientos delicados, fijó la pulsera en la superficie del sepulcro.
Al terminar, retrocedió en silencio, permitiendo que los presentes observaran cómo la tumba, ahora con la pulsera en su lugar, estaba completa.
A continuación, los asistentes comenzaron a marcharse, momento que Fabio aprovechó para preguntarle a Valerio acerca de aquella curiosa costumbre.
—¿Es habitual sellar la sepultura con objetos personales?
—Bastante. Muchas tumbas carecen de inscripción, de modo que se usan para reconocer el nicho de un ser querido. Otras veces prevalece el simple fin decorativo o, como en este caso, el valor sentimental.
Algo en aquellas palabras despertó una chispa en la mente de Fabio; un eco lejano que resonaba con fuerza. Y, de repente, todo cobró sentido.
—Valerio, ¿conocías a una viuda cristiana llamada Marcia Agripina? Disponía de una fortuna considerable, y tengo entendido que realizó importantes donaciones a la Iglesia.
—Sí, por supuesto. Murió hace muy poco.
—Exacto, y me consta que está enterrada en las catacumbas, aunque no sé si en estas.
—Está aquí; yo mismo preparé su sepultura.
A Fabio le dio un vuelco el corazón.
—¿Podrías llevarme hasta su tumba? —Y, ante la mirada de extrañeza que percibió, añadió—: Yo la conocía, por eso me gustaría presentarle mis respetos.
Valerio se encogió de hombros y no tuvo inconveniente en complacer la petición de Fabio. El lugar, de hecho, se hallaba tan solo a dos galerías de distancia.
La sepultura de Marcia Agripina, a diferencia de las modestas tumbas que la rodeaban, era de mayor calidad.
El nicho estaba enmarcado por un elegante trabajo en mármol, tallado en formas geométricas y con discretos motivos cristianos que reflejaban la considerable fortuna de la mujer que allí reposaba.
En la parte superior de la lápida se leía una inscripción en latín escrita con pulcritud: « Marcia Agripina, fiel servidora de la Iglesia, madre piadosa y benefactora de su comunidad ».
Pero lo que realmente capturó la atención de Fabio fue lo que adornaba la parte central de la tumba: una horquilla de metal antiguo, fijada cuidadosamente en la argamasa que sellaba el sepulcro. A falta de un examen más preciso, Fabio estaba seguro de haber hallado la «lágrima de Cristo».
Tenía todo el sentido del mundo. Cuando Marcia adquirió la reliquia, ya sabía que le quedaba muy poco tiempo de vida, y por eso nunca se le dijo a nadie, ni a su familia, ni tampoco al obispo.
Desde el principio, su intención fue llevársela consigo a la tumba, no como un mero objeto de valor, sino como un símbolo de su fe inquebrantable.
Para Marcia, la reliquia representaba mucho más que una simple conexión con el pasado de Cristo: era su forma de asegurarse la cercanía con el Salvador en la vida ultraterrena, de garantizar su lugar junto a Él en el reino de los cielos.
Su salvoconducto hacia la gloria eterna.
—Valerio, ¿podrías dejarme unos minutos a solas? —pidió Fabio, sin apartar la vista de la tumba—. Quiero despedirme de Marcia en privado. Fuimos amigos cercanos.
Aunque al fossor le sorprendió la petición, tampoco vio motivo alguno para negarse.
—De acuerdo. Lo esperaré al final de la galería.
Valerio se alejó distraído, sumido en sus propios pensamientos.
Había atribuido la muerte de Elio a un desgraciado accidente, y nadie había cuestionado su versión de los hechos.
¿Por qué nadie iba a hacerlo? El fossor había actuado con la contundencia que una situación tan grave requería.
En este caso, hacer pagar al espía el terrible daño infligido a la comunidad cristiana, e incluso a él mismo en la esfera de lo personal.
Además, estaba seguro de que Dios, en su infinita misericordia, lo perdonaría.
Valerio lo había hecho por la Iglesia, a la que había consagrado su vida desde que perdiese a su familia.
Durante las últimas noches, sin embargo, a Valerio lo asaltaban espantosas pesadillas que no le dejaban dormir.
Se despertaba entre sudores con la imagen de Elio siendo engullido por el abismo, y su mirada de incomprensión cuando caía.
En la mente del fossor comenzaba a germinar una espeluznante duda: ¿y si Elio decía la verdad y él se había equivocado?
Mientras tanto, Fabio se ponía manos a la obra, invadido por una mezcla de culpa y urgencia. A pesar de que sabía que estaba a punto de cruzar una línea casi sagrada, su deber hacia su sobrina le pesaba en aquel momento más que cualquier código ético.
Sacó una moneda de bronce que llevaba en el cinto, la colocó con cuidado en los bordes de la argamasa y comenzó a raspar con precisión.
La moneda, aunque pequeña, era lo suficientemente fina y resistente como para deslizarse entre los pequeños huecos, aflojando la mezcla endurecida que sujetaba la horquilla.
Con movimientos constantes, el material comenzó a ceder, desprendiendo pequeños fragmentos que caían al suelo.
Cada vez que oía un leve crujido, Fabio se detenía, echando un vistazo hacia el extremo del pasaje para asegurarse de que Valerio no lo veía.
El sudor le corría por la frente mientras sus manos trabajaban deprisa hasta que, al cabo de unos minutos, la horquilla se desprendió definitivamente y la guardó en el interior de su túnica.
Luego echó una última ojeada a la tumba de Marcia y se reunió de nuevo con Valerio.
Poco después, estaba de vuelta en la superficie sin que nadie hubiese advertido lo que había hecho.
Fabio se dirigió apresuradamente hacia la casa de su hermano Marco, con la «lágrima de Cristo» oculta bajo su túnica.
Lo acompañaba una sensación de satisfacción agridulce.
Él no creía en los milagros ni en la fe que su hermano profesaba; sin embargo, había prometido encontrar la reliquia y había cumplido con su palabra.
Así pues, incluso sabiendo que no serviría de nada, el esfuerzo había merecido la pena, aunque solo fuera por la mezcla de consuelo y esperanza que esperaba proporcionarle.
Cuando llamó a la puerta, el silencio fue la única respuesta durante lo que se le hizo un interminable lapso de tiempo.
Finalmente, el sonido de pasos apresurados se oyó en el interior, y Marco apareció en el umbral, con los ojos hinchados y el rostro empapado en lágrimas. Fabio sintió un nudo en el estómago.
—Hermano… —comenzó Marco, con la voz quebrada, y antes de que pudiera decir nada más, se lanzó sobre Fabio y lo abrazó con fuerza, sollozando sin control.
Fabio lo sostuvo, petrificado. Su hermano se aferraba a él como si el mundo entero se desmoronase. Detrás de Marco, Fabio vio a Servilia, cubriéndose la boca mientras lloraba en silencio.
—Lo siento, Marco… —susurró Fabio, con la garganta seca.
Marco lo soltó y, limpiándose las lágrimas, lo miró con una expresión extraña, como si las palabras de Fabio no tuviesen sentido.
—No… Fabio, no… —respondió Marco, con una mezcla de incredulidad y emoción. Las lágrimas seguían cayendo, pero había algo más en sus ojos, un brillo de alegría inconmensurable—. ¡Es Lucila…! ¡Se ha recuperado!
Entonces, desde el interior de la casa, una figura pequeña y llena de vida corrió hacia la puerta.
—¡Tío Fabio! —gritó Lucila con una sonrisa resplandeciente en el rostro.
La niña se lanzó a su regazo y lo abrazó con fuerza. Su piel, antes pálida y enfermiza, estaba ahora llena de color. La fiebre había desaparecido y tampoco quedaba ni rastro de la tos.
—Dios ha escuchado nuestras plegarias y ha obrado el milagro —señaló Marco radiante de felicidad.
Fabio discrepaba, pero prefirió no manifestarlo.
Lucila había sido víctima de la «enfermedad de los pantanos», de la que, si bien muchos morían, también los había que la superaban.
La respuesta era mucho más sencilla. El organismo de Lucila, pese a tratarse de una niña, había logrado neutralizar el mal siguiendo el curso de la naturaleza.
¿Por qué atribuir entonces a una fuerza superior lo que podía explicarse mediante causas naturales?
Mientras observaba a Lucila correr por la casa, llena de vida, Fabio sintió el peso de la reliquia en su bolsillo.
Marco ya no la necesitaba, así que ni siquiera mencionó su existencia.
Luego consideró la posibilidad de entregársela a la Iglesia, aunque aquella idea tampoco lo convencía.
Si las autoridades eclesiásticas hacían creer a los fieles que la «lágrima de Cristo» tenía la capacidad de realizar supuestos milagros, serviría para alimentar una devoción supersticiosa completamente opuesta a la racionalidad que Fabio defendía.
Además, podría desviar la atención de los cristianos de lo verdaderamente importante: vivir de acuerdo a los principios morales y espirituales, en lugar de poner su fe en un simple objeto.
Por todo ello, finalmente decidió devolverla al lugar de donde la había sacado.
Allí, en el sepulcro de la viuda, la horquilla podría descansar en silencio, oculta de la vista del mundo y olvidada…
Una pieza sin importancia para aquellos que paseasen por las catacumbas.
Fabio sabía que aquello era lo correcto: dejar que la reliquia volviese a su lugar, a una tumba, donde su historia quedaría para siempre sepultada entre las brumas del tiempo…