CAPÍTULO CUARTO #6
La antigua presbítera todavía no estaba segura de querer formar parte de aquel selecto grupo, cuyas enseñanzas contradecían abiertamente la doctrina mayoritaria de la Iglesia.
Sin embargo, su mensaje la intrigaba y sentía un interés mayor.
Además, los gnósticos cristianos no establecían diferencias jerárquicas entre hombres y mujeres, circunstancia que para ella pesaba enormemente.
La habían citado a medianoche en el mismo lugar que en la otra ocasión, esta vez sin la compañía de Trifena.
Cuando llamó a la puerta, la recibió el taciturno Filastro, quien, salvo por el conciso saludo inicial, la condujo al interior sin darle conversación.
Mientras esperaba, Galacia se recreó en la lujosa decoración que engalanaba la sala principal de la vivienda.
En particular, las pinturas murales le producían fascinación.
Philonius no tardó en aparecer, y la hizo pasar a la cámara contigua, carente de mobiliario o adornos de cualquier clase.
—Bienvenida, Galacia. Me alegra que estés de vuelta.
La voz grave del líder gnóstico sonaba reconfortante, lo cual contrastaba con su apariencia exterior, que no dejaba de resultarle ligeramente perturbadora. La máscara de oro con que se cubría la cara le dotaba de cierto aire fantasmagórico.
—Gracias.
La mujer se sentó en el suelo, sobre la mullida alfombra salpicada de cojines y almohadones.
Las llamas de las velas encendidas proyectaban sombras titilantes sobre las paredes desnudas de la estancia.
El ambiente estaba envuelto en un solemne silencio, tamizado por un embriagador aroma mezcla de mirra y de sándalo.
—Hoy me propongo ofrecerte una visión general de nuestra filosofía. Es bastante compleja, no voy a engañarte, por lo que no me detendré en los detalles. Ya tendremos tiempo para eso en futuras sesiones. —Y, ante la mueca que esbozó Galacia, añadió—: Per aspera ad astra .
Galacia frunció el ceño, si bien no se sorprendió al escuchar una locución latina en boca de Philonius.
—Significa «por el sendero áspero, a las estrellas». Es decir, que el triunfo se obtiene a través del esfuerzo.
—De acuerdo, estoy preparada.
—En tal caso, comencemos —decretó él—. No cabe duda de que Dios existe.
Y que es perfecto, infinito, inmutable e inaccesible.
Nosotros lo llamamos el Uno, porque es único y constituye la absoluta trascendencia.
Este Dios masculino está acompañado de su lado femenino, al que denominamos Pensamiento, que consiste en una proyección de sí mismo y que actúa como su pareja.
—¿Su pareja?
—La pareja es lo perfecto, conclusión que puede sacarse de la mera observación de la naturaleza, donde prácticamente todo actúa por pares. Y, como todo “lo de abajo” no es más que un reflejo de “lo de arriba”, solo cabe deducir que, en la Divinidad, la pareja existirá en su grado más excelso.
—Entiendo —repuso Galacia.
—Durante infinitos milenios, el Uno convivió con su Pensamiento antes de la creación del universo. Hasta que, en un momento determinado, engendró por emanación una serie de entes divinos a los que llamamos eones.
—¿Y por qué hizo eso?
—Simplemente, porque todo lo perfecto tiende a difundirse tarde o temprano —aclaró el líder gnóstico—. El caso es que el conjunto de dichas emanaciones intradivinas configuraron el Pleroma, o lo que es lo mismo, la plenitud, la manifestación total de la deidad suprema.
—Creo que me cuesta un poco seguirle —confesó Galacia.
—No te preocupes. Repasaremos todos estos conceptos las veces que haga falta.
—De acuerdo.
—Pues bien, una de las entidades a las que me he referido antes, el eón Sabiduría, cometió un error fatal, al pretender llegar antes de su justo momento al pleno conocimiento.
Además, rompió también la regla de la dualidad, al tratar de conocer al Uno por sí solo.
Como castigo, fue automáticamente expulsado del Pleroma.
—Philonius carraspeó varias veces antes de continuar—.
Este hecho resultó trascendental por dos motivos fundamentales.
Primero, porque del llanto de Sabiduría apareció la materia.
Y, segundo, porque de su arrepentimiento surgió el Demiurgo, una divinidad inferior que, a partir de dicha materia, crearía al hombre y al universo.
Galacia arqueó las cejas confundida.
—Entonces, ¿no fue Dios, el Uno, el creador del universo?
—Aunque el universo procede de Dios, no intervino directamente en su creación. ¿Cómo podría el Dios supratrascendente tener nada que ver con la materia, algo por definición impuro e imperfecto? La materia, como lo más degradado del ser, resulta incompatible con la divinidad.
—Y ese Demiurgo… ¿Quién es exactamente?
—Como te he dicho, se trata de una divinidad inferior.
Aunque, en el fondo, no es más que un necio, pues ignora que hay un Dios supremo que está por encima de él, el Uno.
Pero… ¿quieres saber lo más curioso? El Demiurgo es el Yahvé de la biblia que, tanto judíos como cristianos, han tomado erróneamente por el Dios verdadero.
La mujer reflexionó un momento.
—Según describen los textos sagrados, Yahvé actuó numerosas veces de forma cruel y despiadada con el hombre —apuntó Galacia, como buena conocedora de las Escrituras.
—Exacto —repuso Philonius—. El Uno, en cambio, jamás podría actuar de esa manera.
El líder gnóstico realizó un paréntesis para que Galacia asimilase aquella avalancha de ideas, y prosiguió:
—Pero cuando el Demiurgo creó al hombre, se produjo una paradoja.
Pues, aun tratándose de un dios inferior, contenía dentro de sí mismo la chispa divina que procedía del eón Sabiduría, que a su vez se retrotraía hasta el Uno.
En consecuencia, sin saberlo, el Demiurgo insufló dicho espíritu divino al ser humano…
O, dicho en otras palabras, todos llevamos dentro esa chispa que, indebidamente, se encuentra prisionera en la carne, pues su verdadero hogar no se halla en la materia, sino en el Pleroma o la divinidad.
—La profunda voz de Philonius parecía brotar de su máscara como si no le perteneciese—.
Por desgracia, casi todos los hombres, adormecidos por el mundo físico que los rodea, han olvidado que portan esa chispa en su interior.
—Y en tales circunstancias, ¿qué puede hacer el hombre?
—Por sí mismo, no podía hacer nada. Por eso, el Pleroma se apiadó del ser humano y envió al Salvador con la misión de recordarnos que todos poseemos esa chispa, y que debemos hacer lo posible para que retorne al lugar del que procede, donde nos haremos uno con la divinidad y gozaremos de la felicidad eterna.
Y ese Salvador no fue otro que Jesús de Nazaret, que a través de unos pocos elegidos, como María Magdalena, nos transmitió la gnosis de la que ahora nosotros nos hemos convertido en depositarios, para enseñarnos a liberar nuestro espíritu de las ataduras del mundo terrenal.
Galacia seguía con tanta atención las explicaciones de Philonius, que ni siquiera se había dado cuenta de que contenía la respiración.
—Te repito lo mismo que te dije la vez anterior —señaló el líder gnóstico a modo de conclusión—.
La salvación no se obtiene por la fe, sino a través de las enseñanzas reveladoras de Jesucristo.
Cuando el Salvador se refirió al reino de Dios, nadie entendió que ese reino se encuentra dentro de cada uno de nosotros.
—Ahora mismo me vienen a la cabeza decenas de preguntas.
—Y yo las contestaré a todas. Estás al comienzo de tu iniciación, y tengo depositada en ti una gran confianza. Quiero hacer de ti nuestra mejor sacerdotisa, Galacia. ¿Te gustaría?
***
Muy pronto, Galacia se comprometió sin fisuras con el gnosticismo cristiano.
Inmediatamente comenzó a prepararse para adquirir el grado de sacerdotisa, y fue instruida en los ritos que tendría que llevar a cabo.
El bautismo y la eucaristía conservaban su esencia, pero se oficiaban con sus propias peculiaridades.
Los gnósticos se consideraban a sí mismos un grupo escogido dentro del cristianismo que no estaban sujetos a la jerarquía de la Iglesia.
Cuando Philonius no se hallaba disponible —circunstancia que se daba a menudo—, ella se dedicaba a leer el evangelio de María Magdalena y los demás textos sagrados en los que el gnosticismo cristiano basaba su doctrina.
En ocasiones coincidía con otros iniciados, a los que pronto comenzó a poner cara.
Todos ellos ocupaban puestos destacados dentro de la sociedad o gozaban de una posición desahogada, por lo que al principio, Galacia se sintió un poco fuera de lugar.
No obstante, su pasado como presbítera de la Iglesia le confería un estatus muy valorado dentro del grupo.
Philonius, incluso, decidió asignarle una gratificación económica que la libró de tener que trabajar en el taller de costura.
Una mañana, poco después de haberse levantado, Galacia recibió una visita inesperada. Se trataba de Zósimo, que golpeaba con insistencia la puerta de su casa.
—Galacia, ¿estás bien? —preguntó el joven diácono con gesto preocupado—. He venido a verte varias veces, pero nunca estabas. Hace por lo menos dos semanas que no sé nada de ti.
—Lo siento, tienes razón —contestó ella, sin poder evitar sentir una punzada de culpabilidad—. Tranquilo, no me pasa nada. Ya ves que me encuentro perfectamente.
Zósimo se dio cuenta enseguida de que se encontraba ante una Galacia completamente distinta a la que había visto la última vez. Ahora le brillaba la mirada, y de su permanente expresión de abatimiento ya no quedaba ni rastro.
—No lo entiendo, ¿dónde te habías metido?
—He estado ocupada…, eso es todo —replicó de forma vaga.
—Ni siquiera has vuelto a pasarte por el comedor social. —En el tono de voz de Zósimo no había reproche, sino extrañeza.
—Lo haré en cuanto pueda.
Zósimo se encogió de hombros, más confundido que otra cosa. Por supuesto que se alegraba de ver a Galacia tan recuperada. No obstante, algo en ella había cambiado, hasta el punto de que le costaba reconocerla.