CAPÍTULO CUARTO #5
Cornelio recapacitó. Ciertamente, no lo tenía fácil.
Si bien algunas de las afirmaciones de Evodio se desviaban de las creencias generales, en aquel tiempo tampoco podía hablarse de una doctrina oficial plenamente aceptada por todos.
El concepto de herejía ya se utilizaba, pero ni estaba netamente formado, ni existía institución alguna que como tal pudiese delimitarlo.
Además, la recomendación de practicar el ayuno, la demostración de la fe en circunstancias difíciles, incluida la predisposición al martirio, así como la exhortación a la castidad, no constituían en sí acciones criticables.
—Me mostraré firme con él, pero con prudencia.
Cornelio y otros obispos se oponían a los predicadores que se apartaban de la pretendida uniformidad doctrinal.
Para desacreditarlos, solía tachárseles de falsos maestros y se les atacaba por la vida pecaminosa que en realidad llevaban.
Sin embargo, por las informaciones que habían recabado, Evodio no podía ser objeto de reproche alguno porque se comportaba de forma impecable.
—Si no me equivoco, es la primera vez que los veo —terció el presbítero cuando los demás fieles se hubieron ido.
—En efecto. Lo lamento, no tendría que haber sido así.
—¿Qué quiere decir?
—Yo soy Cornelio, el obispo de Antioquía.
—Entiendo…
Evodio no añadió nada más, pese a que el obispo esperaba una explicación por no haberle informado de su llegada. La indiferencia del presbítero indignó a Cornelio.
—¿Por qué no acudiste ante mi presencia cuando te instalaste aquí? —inquirió, profundamente irritado—. Tiempo has tenido. Y era tu obligación, como estoy seguro de que sabes.
Cornelio quiso ser muy directo, con intención de dar un golpe de efecto que desarmase a su interlocutor. Sin embargo, la expresión de Evodio permaneció imperturbable.
—Yo respondo ante Gelasio, el obispo de Frigia —argumentó.
—La Iglesia se organiza territorialmente por una razón. Mientras desarrolles tu labor apostólica en esta región, responderás ante mi autoridad.
Evodio apretó los labios y se mordió la lengua. La relación entre ambos integrantes de la Iglesia no podía haber comenzado con peor pie.
—También estamos aquí para prestarle cualquier tipo de ayuda —terció Cirilo para rebajar la tensión.
—Agradezco el gesto de buena voluntad, pero hasta el momento me las he apañado bastante bien solo. De cualquier manera, entre hermanos no deberíamos discutir. Como cristianos, todos defendemos la misma fe.
—Ah, ¿sí? Pues tras escuchar algunas de tus consignas, me asalta más de una duda —espetó el obispo.
—No le entiendo. ¿De qué habla? —replicó Evodio sin poder ocultar su indignación.
Cornelio prefirió obviar el asunto de la naturaleza de Cristo, consciente de la autonomía que las iglesias regionales tenían y de que ciertas diferencias doctrinales entre ellas resultaban inevitables, y decidió centrarse en otras cuestiones que Evodio había mencionado en su sermón que lo habían desconcertado.
—Tus referencias a un inminente reinado terrenal de Jesús que durará mil años no se sostiene en ninguna parte.
—¡Desde luego que sí! Se recoge claramente en los textos sagrados.
—¿En dónde exactamente?
—En el Libro de las Revelaciones de Juan —aclaró Evodio—. Puedo citarle el pasaje de memoria si hace falta.
Cornelio extendió una mano con la palma abierta.
No era necesario. Él lo conocía y lo recordaba.
No obstante, rara vez se recurría a un texto como aquel, por resultar ambiguo, cargado de simbología y abierto a múltiples interpretaciones, y porque ni siquiera todas las iglesias lo reconocían como válido.
—Muchas de las afirmaciones de ese libro no deberían entenderse al pie de la letra —objetó el obispo.
—¿Y cómo deberían entenderse entonces? Yo sigo la interpretación que de las mismas hace Gelasio.
—El obispo de Frigia no tiene por qué estar en lo cierto.
—¿Y quién lo está? ¿Usted? —inquirió Evodio.
—La mayoría de los obispos sostenemos una postura similar acerca de ese libro.
—¿Y por qué la interpretación de una supuesta mayoría ha de ser la correcta? Además, lo que una mayoría decida hoy, mañana bien podría opinar lo contrario. En todo caso, lo que usted pretende es imponerme su propia interpretación sobre los textos sagrados, y eso no pienso tolerarlo.
Ante la firme defensa que Evodio hacía de su postura, Cornelio prefirió no insistir y decidió cambiar tema.
—Por otra parte, la visión que has expuesto de la vida cristiana resulta demasiado estricta.
Hay mujeres que se están separando para vivir en la pureza, provocando la ira de sus maridos.
El cristianismo no proclama eso. Durante el sermón, incluso te he oído decir que, si un cristiano vuelve a casarse después de haber enviudado, comete pecado de adulterio. ¿Qué barbaridad es esa?
—¿Barbaridad? ¡Esa idea también está respaldada en los evangelios!
Una mueca de incredulidad se hizo patente en la cara de Cornelio.
—¿No me cree? —protestó Evodio—. Entonces se lo mostraré, para que vea que no miento.
El presbítero abrió un arcón repleto de rollos de pergamino y comenzó a sacarlos uno a uno.
Allí estaban la Biblia, los evangelios de Mateo y de Lucas, el referido Libro de las Revelaciones —también conocido como Apocalipsis de Juan—, y un tratado más que agitó frente al obispo de Antioquía diciendo:
—¡En el libro de los Hechos de Andrés se recoge con total claridad!
En dicho texto se narraban las vicisitudes y predicaciones de Andrés, el apóstol.
Cornelio y Cirilo lo conocían e incluso habían llegado a leerlo.
Sin embargo, su autoría no estaba clara.
Su redacción era relativamente reciente y, en consecuencia, pocas comunidades cristianas lo tenían en consideración.
—¡No puedes poner este libro a la misma altura que los evangelios tradicionales, ampliamente aceptados por una mayoría de cristianos!
—¡Pues Gelasio le atribuye plena validez! —replicó Evodio.
Cornelio suspiró negando con la cabeza. Si bien la tradición dotaba de autoridad a una serie de escritos, la ausencia de un listado oficial de los textos considerados como sagrados constituía un problema que, en su opinión, la Iglesia no podía ignorar por más tiempo.
Durante los oficios litúrgicos, las lecturas habituales comprendían pasajes de la Biblia, narraciones de la vida de Jesús y los hechos de los apóstoles, y ciertas epístolas atribuidas a Pablo de Tarso.
Pero además de los textos más reconocidos —los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, así como las cartas paulinas—, también circulaban otros que se consideraban igualmente edificantes para la enseñanza y la vida cristiana.
Algunos de los más destacados eran el evangelio de Tomás, el de Santiago, el de los hebreos, o el Apocalipsis de Pedro, los cuales serían tachados de apócrifos con posterioridad, junto a muchos otros.
Cornelio era plenamente consciente del peligro que semejante variedad de escritos representaba.
Muchos de ellos incluían enseñanzas que distorsionaban la imagen de Jesús y la naturaleza de su mensaje, lo cual podía generar una gran confusión doctrinal y facilitar la propagación de herejías, por cuanto dichos textos podían servir de base para sostener tal o cual postura, independientemente del origen o la fiabilidad de los mismos.
—Pero estamos en Siria, ¿entiendes? Y aquí soy yo el que gobierna.
Cornelio comprendía que no había mala fe en la postura del presbítero.
Ambos eran cristianos, querían lo mejor para la Iglesia.
Sin embargo, Evodio estaba tergiversando el mensaje mayoritariamente aceptado, y aquello podía desembocar en divisiones internas.
Su deber, por tanto, era impedirlo como fuera.
—¡Llevo meses luchando por convertir a estas gentes del campo, que han adorado a una falsa diosa durante toda su vida!
¡Y, pese a las dificultades a las que he tenido que enfrentarme, yo solo me he bastado para abrir un resquicio por el que algunos ya comienzan a descubrir la religión verdadera!
—Evodio lanzaba esputos al hablar y su mirada centelleaba—.
¡Así que no se meta en mis asuntos y déjeme predicar la palabra de Dios en paz!
—¡De ninguna manera! —rebatió Cornelio con idéntica contundencia—. A partir de ahora, te prohíbo que recurras a los Hechos de Andrés y al Apocalipsis de Juan para enseñar la doctrina cristiana. ¿Está claro? De lo contrario, me veré obligado a expulsarte de la Iglesia.
Cirilo asistía en silencio a aquel duelo de titanes, sintiéndose increíblemente insignificante. Ni siquiera intervino para tratar de poner calma. No se le ocurría nada relevante que decir.
—¡Basta! —zanjó el presbítero de forma abrupta—. Lo que tenían que decir, ya lo han dicho. Ahora pueden volverse por donde han venido. Yo tengo muchas cosas que hacer.
—Tranquilo, no te robaré más tiempo —replicó Cornelio—. Nos marchamos ahora mismo. Tan solo espero haberlo dejado todo muy claro.
—Les deseo un buen viaje de vuelta.
—Seguiremos muy de cerca tus futuros sermones —señaló Cornelio desde el umbral de la puerta—. Luego no digas que no te lo advertí.
Ya solo, Evodio devolvió los pergaminos al baúl y comenzó a ordenar el lugar. Estaba enfadado y terriblemente molesto con Cornelio. Mientras recogía, entabló uno de sus habituales comunicaciones directas con el Altísimo:
«Si el obispo no comprende mi misión, sé que tú, Señor, conoces la verdad que resplandece en mi interior.
He sido objeto de acusaciones injustas que de ningún modo merezco, y mi alma se resiente.
Fortaléceme, pues, para resistir las tormentas que puedan surgir en mi camino.
Ayúdame a superar este nuevo obstáculo, ilumina mi sendero y derrama tu gracia sobre mí».
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Días después de su primer encuentro con el líder gnóstico, Galacia acudió a un segundo para continuar profundizando en la filosofía oculta que predicaba.