Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO CUARTO #4
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CAPÍTULO CUARTO #4

—¿De verdad? —Falconila se llevó las manos a la cara como si no pudiese creerlo. Aunque la idea de ver a Druso de soldado no le gustaba, tendría que acostumbrarse.

—Pero hasta que le concedan la ciudadanía todavía pasarán varios años. El tiempo exacto dependerá de sus méritos y otras circunstancias. Hasta entonces, seguirás viviendo aquí con nosotros. ¿Tendrás la suficiente paciencia como para esperarlo?

—¡Sí, sí, sí! ¡Desde luego que sí! —Falconila rodeó de nuevo a su padre con los brazos, llorando de felicidad—. ¡Gracias, papá! Te quiero mucho. Muchísimo.

Calpurnio se sintió mejor y también respiró mucho más tranquilo. No obstante, aún le quedaba algo muy importante por decir.

—Hija, se trata de una decisión trascendental en tu vida. ¿Estás segura de que Druso es un hombre honesto?

—Por supuesto, pondría la mano en el fuego por él.

—Yo no estoy tan seguro. Le he estado investigando y he descubierto algo inquietante.

—¿Cómo? ¿Y por qué lo has hecho?

—Porque si no me preocupase de con quién está mi hija, no sería un buen padre.

La cuestión es —prosiguió— que creo que no ha sido sincero contigo.

En líneas generales, todo lo que te ha contado es cierto.

Druso es un esclavo huérfano que tuvo varios dueños hasta que lo adquirió el propietario del taller de fundido y soplado de vidrio.

Lo que me desconcierta de su historia viene al final…

Y me refiero al modo en que ha obtenido la manumisión.

Un esclavo como él jamás habría podido hacer frente al pago exigido por su dueño.

—Druso me explicó que lleva tiempo vendiendo las piezas que fabricaba en su tiempo libre hasta que ha conseguido ahorrar el dinero suficiente —aclaró Falconila—. Además, el importe que necesitaba tampoco era demasiado alto.

—Pues si te dijo eso, te mintió. Para empezar, el dueño del taller tenía prohibido a sus esclavos fabricar piezas al margen de sus órdenes, y menos aún venderlas por su cuenta.

Pero eso no es lo más importante. Sobre todo, no le interesaba perder a Druso, al que había formado durante años hasta hacer de él un trabajador muy valioso para su negocio.

—¿Has hablado con el dueño del taller?

—Yo directamente no, los hombres que contraté se encargaron de hacerlo. Y lo que averiguaron fue que solo admitiría la manumisión de Druso a cambio de una cifra astronómica. Una que sabía que jamás podría pagar… Y, sin embargo, para su sorpresa, Druso se presentó con la cantidad requerida.

—Pero…

—Lo primero que pensé fue que tú lo ayudaste, pero he comprobado que no nos falta nada.

—No, yo ni siquiera supe lo de su manumisión hasta el último momento. Y, de haberlo sabido, no habría cogido nada sin permiso. Eso sería violar un importante mandamiento cristiano.

Calpurnio posó sus manos sobre las de su hija y la miró fijamente.

—Entonces, hija mía, deberías hacerte una pregunta. ¿De dónde sacó Druso la fortuna que necesitaba para comprar su libertad?

16

Cornelio y Cirilo habían partido temprano en la mañana para realizar una visita de características muy particulares.

A oídos del obispo habían llegado novedades acerca de un presbítero cristiano que se había instalado en las afueras de la ciudad, y que se dedicaba a evangelizar a la población rural por su cuenta.

Más allá de que se llamaba Evodio y de que había llegado procedente de Asia Menor, no sabían prácticamente nada de él.

Y aunque su deber habría sido comparecer ante Cornelio para presentarse e informarle de sus planes, no lo había hecho, pese a que ya habían pasado varios meses desde su llegada.

Por una parte, el obispo reconocía la encomiable labor que el tal Evodio parecía estar llevando a cabo en un entorno tan complicado.

Por otra, sin embargo, le habían hablado de la radicalidad de sus sermones.

Y no solo eso; algunos campesinos se habían quejado de que sus mujeres los estaban abandonando para vivir en castidad.

Por todo ello, Cornelio había decidido comprobar por sí mismo qué había de cierto en todas aquellas alegaciones.

Salieron de la ciudad a través de la puerta sur.

A cada lado del portón se erigían sendos torreones adornados con estatuas algo desgastadas como consecuencia de las inclemencias del tiempo.

Los altísimos muros que se extendían a los lados, de aproximadamente siete metros de altura, estaban construidos con gigantescos bloques de piedra caliza.

Se conservaba incluso una sección medio derruida de más de quinientos años de antigüedad, que se remontaba a los orígenes [22] de Antioquía.

En torno a la puerta había una intensa actividad. Una docena de alguaciles se ocupaba de mantener el orden, secundados por legionarios. A los rutinarios controles de acceso se le sumaba el trabajo de cinco funcionarios que se encargaban de recaudar los tributos de las mercancías.

Obispo y diácono abandonaron la poblada urbe y se internaron en los fértiles campos.

Se habían llevado consigo un asno para que les sirviese de montura en caso de que a Cornelio le venciese el cansancio, pues el camino podía ser largo.

Aunque tenían una cierta idea de hacia dónde dirigirse, no conocían el punto exacto.

Así pues, se dedicaron a preguntar a los lugareños con quienes se fueron cruzando.

Atravesaron varias aldeas y recorrieron praderas y sembrados hasta que, dos horas después, se toparon con una mujer que se identificó como cristiana.

La suerte les sonrió porque la mujer se prestó a guiarles hasta el lugar que buscaban.

Ella misma se dirigía hacia allí para asistir a uno de los presuntamente incendiarios sermones de Evodio.

En cuanto vieron a lo lejos el cobertizo abandonado donde se reunían los fieles, y que a su vez constituía el hogar del solitario presbítero, Cornelio y Cirilo se miraron asombrados.

Con todo, el cobertizo ya no se veía tan desvencijado como al principio, cuando se instaló allí.

Varios fieles se habían ocupado de arreglar el tejado y de apuntalar vigas y paredes.

Incluso el interior presentaba mucho mejor aspecto, pues ahora estaba limpio y bien iluminado.

Los visitantes iban entrando y sentándose en el suelo, en la parte más alejada de la estancia, abarrotada por aproximadamente un centenar de fieles.

Evodio, que se hallaba en pleno discurso, empleaba un tono de voz alto y gesticulaba todo el tiempo con los brazos.

Su aspecto apenas había cambiado. Continuaba muy delgado y lucía una poblada barba que le confería el aspecto de los profetas de antaño.

—¡El bautismo es el camino ineludible que conduce a la salvación!

¡Os limpiará de todo pecado y alejará al demonio de vuestros corazones!

—exclamó, subido a una caja de madera —.

Hasta que lo bautizó Juan el Bautista, Jesús de Nazaret fue un hombre tan corriente como cualquiera de nosotros.

Pero a partir de ese instante fue adoptado por Dios como hijo suyo, alcanzando así su estatus divino.

Cornelio y Cirilo intercambiaron una mirada de estupor al escuchar aquella afirmación.

La naturaleza de Cristo constituía un tema que suscitaba diferentes opiniones entre los cristianos.

La postura más extendida, que también defendía el obispo de Antioquía, aseveraba que la divinidad de Jesús se remontaba al momento mismo de su concepción, o incluso que era preexistente.

Otros, en cambio, tal y como acababa de hacer Evodio, sostenían la realidad de su naturaleza humana, bien hasta el momento del bautismo, bien hasta el de su resurrección.

—¡Sabed que, antes del fin del mundo, Jesucristo regresará a la Tierra y establecerá un reino terrenal de paz y justicia que durará mil años!

Al comienzo de este período, los justos resucitarán y reinarán con el Salvador.

Y, al final, tendrá lugar el día del juicio, en el que los muertos resucitarán y serán juzgados según sus obras.

Los justos serán recompensados con la vida eterna, mientras que los pecadores se enfrentarán a la condenación perpetua. ¿Qué destino os aguardará a vosotros?

Cornelio volvió a removerse ante el inquietante contenido de aquellas palabras. Evodio tendría que darle muchas explicaciones.

—¡El regreso de Jesucristo está mucho más cerca de lo que os imagináis!

—prosiguió diciendo el presbítero cristiano—.

Pero en nuestra mano está que cuando ese día llegue, la Iglesia se encuentre preparada.

Y, para ello, vuestra fe en el único Dios ha de ser inquebrantable.

Pero eso no basta. También debéis entregaros a los ayunos y desterrar las prácticas sexuales de vuestras vidas.

¡Sabed que unas segundas nupcias tras la muerte del cónyuge equivalen al adulterio!

Vuestra fuerza de voluntad debe ser sólida como una roca.

Una vez que recibís el bautismo, el pecado ya no tiene cabida en vuestras vidas.

Las faltas graves no podrán ser redimidas por la penitencia ni por el perdón de la Iglesia.

El pecador, por tanto, se condenará irremisiblemente al fuego eterno del infierno.

La perorata de Evodio se prolongó durante media hora más, en la misma línea ascética y apocalíptica que impregnaba la mayor parte de su discurso. Cuando terminó, los fieles se fueron marchando poco a poco.

—Esperaremos a que ya no quede nadie para hablar con él —indicó el obispo.

—¿Y qué le dirá? —preguntó Cirilo.