CAPÍTULO CUARTO #3
—Si nuestra hija quiere ser cristiana, creo deberíamos dejarla —sugirió Livia—. Aunque suene extravagante, tampoco hace daño a nadie.
—Yo no le he prohibido que lo sea.
—Ya sabes a lo que me refiero. Un creyente que no puede asistir a los servicios religiosos, en la práctica es como si no lo fuese.
—¡Si se lo permitimos, se encontraría allí con Druso! Justo lo que pretendo evitar.
—Podríamos pedirle a Tariq que la acompañe y que no se separe de ella ni un solo momento.
Calpurnio miró a su esposa con el ceño fruncido.
—Tariq no es cristiano. Me extrañaría mucho que lo dejasen estar presente durante la celebración de sus ritos.
—Ay, en eso tienes razón, no lo había pensado —admitió ella mordiéndose el labio.
La litera hizo un breve alto en el camino para dejar paso a una reata de asnos cargada de mercancía.
—Lo que quiero decir es que tenemos que hacer algo distinto a lo que hemos hecho hasta ahora —continuó Livia—. El castigo no está funcionando. Falconila no va a olvidarse de ese hombre, ni tampoco va a renunciar a su fe. Si continúa sin comer nada… ¿Y si se nos muere?
—Deberíamos obligarla a comer —propuso el edil con firmeza.
—Aunque la obligáramos, tampoco serviría de nada. Después podría vomitarlo.
—Entonces hablaremos con ella hasta que entre en razón.
—Ojalá fuese tan sencillo… Pero ambos sabemos que eso jamás funcionará. —Livia apretó la mano de su esposo y le dedicó una mirada empañada por lágrimas de angustia—. Quizás…, quizás deberíamos dejar de ir en contra de los deseos de nuestra hija…
—¿Cómo? ¿Te has vuelto loca? —inquirió Calpurnio.
—Me contaste que ese Druso pensaba ingresar en el ejército romano, y que al cabo de un determinado número de años podría adquirir la ciudadanía.
Durante ese periodo, podrías emplear tu influencia política para ayudarlo a ascender rápidamente en la jerarquía militar.
En unos pocos años, Falconila podría estar casada con un ciudadano romano que ocupase un rango destacado dentro de las fuerzas emplazadas en la ciudad… ¿Tan malo sería eso?
Calpurnio miró a su mujer con perplejidad.
—No me puedo creer que lo estés diciendo en serio.
—Considéralo por un momento, por favor.
De entrada, la idea provocaba en Calpurnio un profundo rechazo.
Pero, si lo pensaba fríamente, aquella solución podía resultar más o menos aceptable.
Además, ya no soportaba estar por más tiempo enfadado con su hija.
Falconila no le hablaba y la relación entre ambos se había deteriorado hasta límites insospechados.
Y si a eso se le sumaba la huelga de hambre, que podía desembocar en una tragedia…
—Está bien, procuraré ser más flexible.
—Me alegro de que te hayas dado cuenta —dijo ella—. Creo que has elegido el camino correcto.
—No obstante, hay una cosa que aún no te he contado. Sobre ese tal Druso. He hecho que lo investigaran y… hay algo en su historia que no termina de cuadrarme.
Livia miró a su esposo sin entender.
—¿El qué?
—O mucho me equivoco, o juraría que oculta alg o grave.
***
Mientras tenía lugar esta conversación, Falconila recibía en sus aposentos la visita de su amiga Jantipa.
La habitación se encontraba en el ala más privada de la casa.
Las paredes estaban cubiertas con paneles de madera finamente tallada y tapices bordados con patrones geométricos.
La enorme cama con dosel ocupaba buena parte de la estancia.
El vestuario se guardaba en arcones y las joyas, en cofres pequeños.
Un escritorio de madera noble daba a una ventana con inmejorables vistas a los jardines de la villa.
—¡Dios mío, tienes mucho peor aspecto del que imaginaba! —exclamó la joven invitada nada más entrar—. Te has quedado esquelética y tienes la cara demacrada .
—No exageres —protestó Falconila.
Jantipa también pertenecía a una buena familia, aunque no de un estatus tan elevado como la de Calpurnio.
Se conocían desde niñas, y había sido ella la que había introducido a Falconila en el cristianismo.
Su rasgo más característico era la larguísima melena de color azabache que le llegaba hasta la parte baja de la espalda.
—Te he traído un pedazo de pan recién hecho. —Jantipa agitó la pieza delante de la cara de su amiga para tentarla con el delicioso aroma que desprendía. Sin embargo, no sirvió de nada —. Vamos. Tienes que comer algo. ¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar?
—Hasta donde haga falta. Además, por ahora me siento capaz de resistir. Gracias a los ayunos preparatorios para el bautismo, ya estoy acostumbrada.
—¿En serio? Pues a mí era lo que más me costaba —admitió Jantipa.
Falconila no podía evitar sentir cierta envidia sana de su amiga. Como ya estaba bautizada, Jantipa recibía asiduamente el cuerpo de Cristo y podía participar plenamente de las ceremonias litúrgicas.
—A ti es que comer siempre te ha gustado demasiado —apuntó Falconila con una sonrisa.
—Me confieso culpable —bromeó Jantipa—. Pero tú estás llevando esto demasiado lejos, ¿no crees? ¿Y si te pasa algo?
—Estoy dispuesta a arriesgarme. Mis padres no tienen derecho a mantenerme aquí encerrada indefinidamente. Por su culpa, no he podido asistir a las últimas sesiones preparatorias del bautismo.
—No te preocupes por eso —repuso—. El presbítero ya está al corriente de por qué te has ausentado.
Ambas muchachas se hallaban sentadas en el borde de la cama. Falconila se inclinó hacia su amiga y la tomó de las manos.
—¿Y qué? ¿Traes noticias de Druso? —preguntó bajando el tono de voz. Su amiga hizo lo propio:
—Sí. Está muy preocupado por tu salud, y también quiere que comas.
—Lo que a mí me preocupa es que se aliste en el ejército. ¡Eso sí que es peligroso!
—Pues está decidido a hacerlo. Sigue convencido de que es la mejor opción para que en el futuro podáis estar juntos.
Falconila negó con la cabeza y los rizos de su cabello se agitaron suavemente.
—¿Y si hay una guerra y lo matan por mi culpa?
—No te pongas tan dramática. Lo mismo te mueres tú antes si continúas sin alimentarte.
Aquella misma mañana, al levantarse, Falconila se asustó al sentir que su corazón se le aceleraba. Afortunadamente, a los pocos minutos el compás de sus latidos había recuperado su ritmo habitual. También se sentía un poco débil. Al margen de eso, no pensaba que su vida corriese peligro alguno.
—¿Y qué más te dijo?
—Me dio una nota. —Jantipa hizo aletear sus pestañas y sonrió abiertamente—. Es muy romántico…, aunque no me imaginaba que supiese escribir.
—Y no sabe, se lo habrá pedido a alguien. Pero cuando estemos juntos, pienso enseñarle.
Jantipa le tendió un pedacito de papiro a su amiga, que esta leyó de inmediato:
«No poseo ningún bien, mi sangre carece de la menor gota de linaje y, salvo mi amor, no tengo mucho más que ofrecerte. ¿De verdad estás segura de querer estar conmigo pese a todas las dificultades?»
Una sonrisa cómplice asomó a los labios de Falconila al reconocer las palabras que Druso solía decirle antes de despedirse. Sin tiempo que perder, tomó un cálamo y, mojándolo en la tinta que reposaba sobre el escritorio, plasmó la respuesta que completaba la fórmula:
«¿Acaso no te he dicho que sí cientos de veces? Nada de este mundo, ni fuera de él, me haría cambiar de opinión.»
Falconila se puso en pie tan deprisa, que se mareó como consecuencia de su largo ayuno.
—¿Estás bien? —preguntó Jantipa.
—Sí, se me pasará enseguida. —La muchacha se acercó a la ventana y observó el horizonte a través de sus hermosos ojos verdes—. La próxima vez que veas a Druso, dale mi nota. Bueno, también tendrás que leérsela…
—Tranquila. Lo haré.
—Gracias, Jantipa. No hay mejor amiga que tú.
***
El palanquín llegó finalmente a su destino. Los porteadores lo depositaron en el suelo y necesitaron un minuto para recuperar el aliento tras el esfuerzo realizado.
La vivienda de Calpurnio se hallaba en la misma isla donde radicaba el palacio de Antioquía.
Se trataba de una gran villa rodeada de jardines, fuentes y establos, que poseía una pradera que se extendía hasta la misma orilla del río Orontes.
La entrada contaba con su propia escalinata que conectaba con el vestíbulo principal.
La construcción era tan inmensa, que contaba con tres atrios y dos patios separados.
Cuando Calpurnio y Livia se apearon de la litera y entraron en la casa, apenas hacía unos minutos que Jantipa se había marchado.
—Habla con nuestra hija y dile lo que hemos pensado —pidió Livia a su marido—. Pongamos fin a esta situación cuanto antes.
—Enviaré a un sirviente para que la llame.
—No, será mejor que subas tú a sus aposentos. Falconila está muy débil, podría caerse por las escaleras.
Calpurnio acató la sugerencia y dirigió sus pasos hacia la habitación de su hija. Aún no había decidido cómo abordar la cuestión más comprometida, pero ya improvisaría. Carraspeó, dio una serie de golpecitos en la puerta, y la abrió.
—Hola, hija. ¿Cómo estás? —preguntó desde el umbral.
Falconila lo miró desde la cama. No estaba dormida, pero carecía de energías para cualquier cosa que no fuese tumbarse sin hacer nada.
Sus ojos aún brillaban por la reciente visita de Jantipa y el mensaje que le había trasladado de parte de Druso.
A su padre, sin embargo, le dedicó una mueca de rechazo.
—¿Vas a seguir enfadada conmigo eternamente?
—Tú eres el que no me deja salir de casa.
—Al menos vivimos en una casa grande…
—Si es una broma, no le veo la gracia.
Calpurnio entró en la estancia y se sentó en una silla.
—Tu madre y yo hemos estado hablando. Nos preocupas y no podemos dejar que esta situación se prolongue por más tiempo. Por eso, voy a levantarte el castigo. Si quieres reunirte con los cristianos, puedes hacerlo.
—¿Lo dices en serio?
—Sabes que nunca me he opuesto a tus creencias.
Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Falconila, que se abalanzó sobre su padre para abrazarle. Después se separó lentamente y, mirándole a los ojos, le preguntó:
—¿Y qué pasa con Druso?
—Si ingresa en el ejército y adquiere la ciudadanía romana, dejaremos que te cases con él.