CAPÍTULO CUARTO #2
—Además, me consta que mi antecesor en el cargo te aconsejaba a menudo —añadió el obispo.
—En efecto —corroboró Licomedes—. El bueno de Serapión no solo fue mi consejero espiritual, sino también un amigo.
—Un gran hombre, de eso no cabe la menor duda. Retomar su legado no resulta tarea fácil.
—Desde luego, tiene un gran desafío por delante.
Cornelio se recostó en el respaldo de su silla y juntó las manos por encima de la mesa .
—Verás, Licomedes. He de tratar contigo un par de temas bastante delicados… Como responsable de la iglesia de Antioquía, constituye una obligación de la que no puedo sustraerme.
—¿Qué ocurre?
—Tu amigo, al que recientemente has traído a las asambleas… Hemos averiguado que se dedica a escribir obras de teatro, pese a insinuar que se dedicaba a otra cosa.
—Calandio me pidió que no dijese nada, porque prefería ser él quien lo revelase cuando se sintiese preparado. Mi amigo es consciente de que su profesión no es vista con buenos ojos.
—Entiendo —repuso Cornelio—. En tal caso, deberías tener una charla con él para que se sincere cuanto antes.
No tengo ningún problema con que acuda a los encuentros.
Desde luego, ha mostrado un gran interés por la vida y enseñanzas de Jesús.
Aunque si quisiese bautizarse… Eso ya sería un asunto diferente.
—De acuerdo, le explicaré la situación. Tiene mi palabra.
El obispo asintió complacido, para acto seguido adoptar una expresión más severa.
—El segundo tema del que deseo hablarte es aún más delicado —anunció—. Licomedes, tú eres, sin duda, uno de nuestros fieles más ricos, si no el que más. Eso no es ningún secreto. Sin embargo, he advertido que durante los últimos meses tus donativos han disminuido notablemente.
El comerciante frunció el ceño y sus grandes cejas se juntaron conformando una mueca de disgusto.
—Se trata de una circunstancia meramente pasajera, motivada por la desgraciada muerte de Serapión —se justificó—.
Además, debería saber que realicé una aportación más que considerable a la colecta extraordinaria para socorrer a los cristianos de Pérgamo.
En torno a una quinta parte del total salió de mis bolsillos.
—Lo cual es absolutamente digno de elogio —replicó Cornelio con aire apaciguador—. Sin embargo, desde entonces la caja común ha mermado de forma preocupante, y las obras de caridad que dependen de nosotros siguen aumentando.
—Sí, lo sé.
El obispo adoptó un tono de voz más reservado, sin perder por ello un ápice de su autoridad.
—Licomedes, estoy al corriente de que en el pasado tuviste serios problemas con el juego, y de que la orientación de Serapión te sirvió de gran ayuda. ¿Cuál es tu situación actual? He oído decir que has recaído…
El comerciante se removió en el asiento, visiblemente incómodo.
—Es cierto que he retomado el juego, pero solo con apuestas pequeñas.
—No te engañes a ti mismo, Licomedes. Si abres esa puerta de nuevo, estarás un paso más de cerca de la perdición.
Y mi deber es advertirte del peligro que corres no solo en esta vida, sino también en la siguiente.
Cristo nos enseñó a hacer un uso sabio de los recursos económicos que Dios pone a nuestra disposición.
Licomedes no cuestionó las palabras del obispo. Sabía que había acertado en su diagnóstico; que su adicción a las apuestas podía causarle estragos tanto a nivel financiero como espiritual. Ya le había pasado antes y, sin duda, podía volverse a repetir.
—Tiene razón, debería evitar cualquier tipo de riesgo… Por desgracia, no resulta tan fácil como parece.
—Si necesitas hablar, puedes contar conmigo.
Aquí estaré para escucharte y para orientarte convenientemente —señaló Cornelio—.
Ahora bien, solo podré ayudarte si de verdad te muestras franco conmigo en todo momento.
Por eso me pregunto si la merma de tus aportaciones no será consecuencia de tus pérdidas en el juego.
—¡Ya le he dicho que no!, que solo he apostado cantidades irrelevantes.
—Bien, bien, te creo. Tenía que asegurarme, espero que lo entiendas. Si quieres, podemos fijar un encuentro para la semana que viene para que compartas conmigo tus problemas.
—De acuerdo, sí. Le haré llegar una nota los próximos días —aceptó Licomedes, ya más calmado.
—Excelente, nos veremos entonces. Y, por favor, ten en cuenta lo que te he comentado acerca de las donaciones —añadió el obispo—. Nuestra iglesia necesita ahora más que nunca de tu colaboración.
Cirilo intervino a continuación para acompañar al comerciante hasta la puerta de salida, donde se despidió cordialmente de él.
Farouk, que había estado conversando plácidamente con Calandio durante la espera, abrió la portezuela del vehículo para que entrase al ver regresar a Licomedes.
—En marcha —ordenó este a los porteadores.
La litera se alzó y poco después se sumó al tráfico, conformado por una mezcla de viandantes y animales de carga.
—¿Qué quería el obispo? —preguntó Calandio por curiosidad.
—Ya sabe a qué te dedicas —respondió el comerciante—. Así que te recomiendo que vayas a hablar con él cuanto antes.
El dramaturgo asintió, pero sin añadir nada más. Todo eso a él ya le daba lo mismo.
Tras la marcha de Licomedes, Cirilo retornó enseguida al despacho del obispo, cuya puerta atravesó respirando agitadamente. Había subido las escaleras tan rápido como sus piernas le habían permitido.
—¿Se puede saber qué pasa para que te presentes aquí de esta manera? —inquirió Cornelio contrariado.
—Tengo que decirle algo referente al robo de la colecta.
Aquel inesperado anuncio atrajo de inmediato la atención del obispo, que apartó a un lado el pedazo de papiro en el que estaba escribiendo.
—¿Has recibido alguna información sobre el tema?
—No exactamente, pero he recordado un nuevo detalle —repuso el diácono—. Ese hombre alto que acompañaba a Licomedes, el árabe…
—¿Sí? ¿Qué le pasa?
—Creo que pudo ser él quien me atacó.
—¿Estás seguro?
—Eh… No …
El obispo respiró hondo y puso los ojos en blanco.
—Mira, Cirilo, sin ánimo de ofender. Ya te pasó algo parecido con Diodoro y con Daniel. Entonces ¿qué te hace pensar esta vez que sí que fue él?
—Pues que el golpe que recibí en el rostro me vino desde el lado derecho. Lo que quiere decir que, quien me atacó, lo hizo con su mano izquierda.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Me he fijado en que ese hombre es zurdo. Para abrir y cerrar la portezuela del palanquín, usaba esa mano.
Cornelio miró a su diácono sin saber muy bien qué pensar de aquella nueva revelación.
—¿Acaso me estás diciendo que Licomedes podría estar detrás del robo de la colecta? Eso no tiene ningún sentido. ¿No te das cuenta de que es un comerciante con mucho dinero?
—Sí. Y también ha reconocido que lleva meses apostando.
Según él, cantidades pequeñas, pero eso no lo sabemos.
—Excitado, el diácono siguió el hilo de sus elucubraciones—.
¿Y si hubiese contraído una deuda tan grande que no pudiera saldar sin tener que vender sus propiedades?
Licomedes ha estado más de una vez a punto de perder casi todo su patrimonio por culpa de sus problemas con el juego.
—Entonces, según tú, ¿se le ocurrió robar los treinta mil sestercios recaudados por la iglesia antioquena para liquidar sus deudas?
—¿Por qué no? En un momento de desesperación, le habría servido para salvarle el pellejo.
Licomedes no solo estaba al corriente de la colecta, sino que él mismo había aportado una importante cantidad, ¿no?
Contaba incluso con la excusa perfecta para justificarse ante sí mismo por su mal comportamiento.
Desde su punto de vista, sería una manera de recuperar una parte de lo que en realidad era suyo.
Cornelio dedicó unos instantes a sopesar aquella posibilidad, que al principio le había parecido totalmente descabellada. Al final, sin embargo, no le quedó más remedio que admitir que Cirilo no había dicho ninguna tontería…
15
Tras asistir a una lucha de fieras salvajes en el anfiteatro, Calpurnio y Livia regresaban en su propio palanquín, transportado por cuatro porteadores mediante largas varas que apoyaban sobre los hombros.
—El espectáculo ha sido todo un éxito, no te quepa la menor duda —afirmó Livia. La esposa del edil era una mujer gruesa, de facciones armoniosas y cutis delicado.
Como responsable de organizar las fiestas de la ciudad, Calpurnio se sentía enormemente satisfecho con el desarrollo del evento.
—Publio Sulpicio me ha felicitado —comentó.
—¿El gobernador?
—Sí. Ya se rumorea, incluso, que planea designarme para ocupar una magistratura de mayor responsabilidad en el senado.
Livia posó una mano en la de su marido y le dedicó una reconfortante sonrisa.
La litera avanzaba por la avenida principal, bamboleándose ligeramente.
Aun así, sus ocupantes iban extraordinariamente cómodos.
El vehículo, adornado con motivos florales e incrustaciones de metal precioso, contaba con toldo y cortinas, y estaba lujosamente acolchado con cojines y tapizado en terciopelo rojo.
—¡Qué excelente noticia! —repuso ella—. Lástima que llegue ahora, con el problema que tenemos en casa…
—Nunca pensé que nuestra pequeña fuese a darnos tantos disgustos.
—Desde luego. La situación de Falconila me tiene cada vez más preocupada.
Cuando se enteró de lo de Druso, Calpurnio había impuesto a su hija un severo castigo.
Con el fin de alejarla del esclavo recientemente manumitido, le había prohibido salir de casa, salvo que lo hiciese acompañada por su madre o él mismo.
Aquello, sin embargo, indirectamente conllevaba otro grave perjuicio.
Si Falconila no podía salir, significaba que tampoco podía asistir a las asambleas cristianas.
—Ya lleva una semana sin comer nada.
—¿Nada en absoluto? —preguntó Calpurnio.
—Solo agua.
Falconila había dejado de alimentarse como forma de protesta. Al principio no se la tomaron muy en serio, pues estaban convencidos de que no aguantaría más allá de veinticuatro horas. Estaba claro que habían infravalorado su fuerza de voluntad.