CAPÍTULO CUARTO
« El apego a la materia genera una pasión que perturba todo el cuerpo; por eso os digo: Estad en armonía. Si os desviáis, sed conscientes de vuestra verdadera naturaleza y recuperad vuestro equilibrio. El que tenga oídos para oír, que oiga ».
Evangelio de María Magdalena
Calandio había estado trabajando en la obra de teatro que Calpurnio le había encargado, sin haber logrado hasta el momento escribir nada que de verdad le satisficiese.
Tenía buenas ideas para algunas escenas, una estructura más o menos clara…
Pero había un problema de fondo que no podía suplir únicamente con su talento.
Sus conocimientos sobre el cristianismo no eran suficientes.
De modo que, para remediarlo, Calandio se propuso «convertirse» en uno de ellos: asistir a sus encuentros, participar en sus ritos, profundizar en sus dogmas y leer sus libros sagrados. De esa forma, estaría preparado para afrontar con garantías aquel singular desafío.
Solo había un pequeño problema: para ingresar en la secta necesitaba que lo avalase alguno de sus fieles.
Los cristianos mantenían bastante secretismo alrededor de sus actividades y de sus lugares de reunión.
Algo normal, por otra parte. Los recelos que despertaban en buena parte de la sociedad los habían llevado a actuar con cautela.
Afortunadamente para él, su amigo Licomedes podía ser la persona que necesitaba para solucionar aquel inconveniente. Tal vez si se lo pedía…
Sin embargo, cuando se lo contó, su primera reacción fue de puro escepticismo.
—¡¿En serio me estás diciendo que vas a convertirte al cristianismo?! —había cuestionado el comerciante—. ¡Pero si la última vez que hablamos lo ridiculizaste de cabo a rabo!
—Fui un poco duro, es cierto. Por eso pienso que antes debería profundizar un poco, aclarar las ideas… Me gustaría saber más cosas acerca de ese dios tuyo.
Calandio, desde luego, no podía revelarle sus verdaderas intenciones.
De lo contrario, nunca habría obtenido su apoyo.
El dramaturgo sabía que aquella treta le acabaría costando su amistad con el comerciante.
Cuando fuese a ver su obra de teatro, Licomedes enseguida ataría cabos y no le perdonaría que lo hubiese utilizado.
Aun así, Calandio estaba dispuesto a pagar aquel precio.
Pues, gracias a ello, por fin cumpliría el sueño de ver estrenada su gran tragedia griega.
—En fin, si es lo que quieres…, no me importará llevarte conmigo a la siguiente reunión… Pero te advierto que tu profesión podría ser un inconveniente.
—¿Y eso por qué?
—Porque el teatro, al igual que el resto de las actividades lúdicas de la ciudad, está muy vinculado al culto tradicional romano.
No en vano, las fiestas cívicas suelen ir precedidas de sacrificios rituales.
Además, sobra decir que en los argumentos suelen darse muchas situaciones que los cristianos considerarían inmorales o licenciosas.
—Entonces no diremos a lo que me dedico. ¿De acuerdo? Al menos, por el momento.
—De acuerdo —convino Licomedes—. Ah, por cierto… Procura no hacer tampoco excesiva ostentación de tu orientación sexual.
***
Calandio asistió en total a tres de aquellos encuentros, que se celebraron en la casa del obispo, pues aquel era el lugar al que Licomedes acudía con más frecuencia.
La experiencia resultó ser tan interesante como provechosa.
Los cristianos organizaban comidas conjuntas, leían pasajes de sus textos sagrados, rezaban oraciones de alabanza y oficiaban rituales que Calandio tan solo pudo presenciar en calidad de observador porque no estaba bautizado.
Aparte, el dramaturgo estudió por su cuenta varios evangelios y algunas cartas de Pablo de Tarso, considerado como el mayor impulsor de la Iglesia cristiana.
Calandio había aprendido tanto que contaba con material de sobra para escribir la feroz sátira a la que se había comprometido. A la doctrina básica del cristianismo que ya conocía de antemano, podía añadirle ahora una ingente cantidad de nuevos datos que le darían bastante juego.
La lectura de los evangelios había sido particularmente útil.
Según aquellos textos, Jesús de Nazaret había protagonizado muchos más milagros de los que popularmente se conocían.
Toda su vida, desde su concepción hasta su muerte, había estado plagada de anécdotas que iban desde lo asombroso hasta lo más inverosímil.
Jesucristo había transformado agua en vino, había caminado sobre las aguas e incluso había multiplicado un puñado de panes y peces para alimentar a toda una multitud.
Todo lo cual, lejos de despertar el recelo de los fieles, había contribuido a reforzar su fe.
Tal como él lo veía, con los años se había creado en torno a la figura de aquel predicador una sugerente mitología que había calado en los corazones de la gente.
En parte, también entendía la amplia aceptación de sus enseñanzas, extraordinariamente novedosas en aquellos tiempos tan oscuros.
Jesús de Nazaret había prometido a sus seguidores la vida eterna en el reino de los cielos como recompensa por su fe y su buen comportamiento.
Aquel revolucionario mensaje de esperanza se había propagado a toda velocidad, sobre todo entre los más desfavorecidos.
Sin embargo, el dramaturgo seguía pensando que nadie tenía derecho a hacer semejante promesa.
¿Quién podía saber lo que realmente nos esperaba tras la muerte?
Por otra parte, Calandio se sintió enormemente impresionado por el énfasis que la Iglesia cristiana ponía en la práctica de la caridad y su preocupación por los más necesitados.
Ciertamente, aquella cuestión en particular se reflejaba en numerosos pasajes de los evangelios; de ahí que la atención a pobres, enfermos, huérfanos y marginados se hubiese convertido en una expresión clave de su movimiento.
En especial, los cristianos nunca se olvidaban de sus hermanos que, por causa de su fe, habían sido encarcelados o condenados al trabajo forzado en las minas.
El obispo de Antioquía manejaba una caja común sustentada por las donaciones de los fieles, mediante las que se financiaban abundantes obras de caridad.
Se trataba de una seña de identidad que, sin duda, había contribuido enormemente a la implantación del cristianismo entre los más humildes.
Entre los cristianos se establecían fuertes lazos y se trataban como si formasen parte de una gran familia.
Tanto era así, que acostumbraban a llamarse hermanos entre ellos.
A Calandio también le sorprendió la atmósfera de igualdad que se respiraba en sus reuniones.
Durante sus banquetes, algunos servían la comida al resto y luego se intercambiaban los papeles.
Y todo ello, independientemente de la clase social a la cual perteneciesen.
Por tanto, que un acaudalado comerciante como Licomedes sirviese a un esclavo, por más que al dramaturgo le resultase extraño, era algo que se daba con total naturalidad.
Tras su tercera asamblea, Calandio decidió que ya había recopilado suficiente información. Y, cuando le dijese a Licomedes que había perdido el interés, confiaba en que este no se molestaría ni tampoco intentaría convencerle de lo contrario.
***
Cuando finalizó el último encuentro al que Calandio asistiría, Licomedes se ofreció a llevarlo en su lujoso palanquín.
—Puedo dejarte en tu casa si quieres —dijo cuando ya estaban en la calle.
—Gracias, me harías un gran favor.
Junto a ellos se hallaba un tercer individuo: Farouk. El fornido guardaespaldas del comerciante había esperado pacientemente en el exterior mientras su señor asistía al servicio religioso. El árabe abrió la portezuela del vehículo e invitó a pasar a los dos pasajeros.
—Me alegra que hayas encontrado un espacio para la fe en tu corazón —comentó Licomedes—. Y más aún tratándose de la fe cristiana. Su doctrina no resulta sencilla, lo admito. Últimamente, incluso yo mismo comienzo a plantearme ciertas dudas que antes había pasado por alto…
Calandio se limitó a asentir con la cabeza. Cuando viese que no regresaba más, ya se daría cuenta de lo equivocado que estaba en cuanto a su presunta conversión.
—¡Un momento, por favor! —los alertó una voz antes de que se pusiesen en marcha.
Era Cirilo, que se acercaba a ellos dando grandes zancadas.
Licomedes lo reconoció de inmediato y retrasó la orden de partir.
—El obispo desea hablar con usted —explicó Cirilo a través de la ventanilla.
—¿De qué se trata?
—No me lo ha dicho, pero me ha prometido que no le robará mucho tiempo. ¿Tendría la amabilidad de acompañarme?
—Sí, por supuesto.
Farouk se apeó del vehículo y dejó la portezuela abierta para que saliera su señor.
—Calandio, si no te importa, aguarda aquí hasta mi vuelta —pidió el comerciante.
El dramaturgo no puso ningún inconveniente, al contrario. Aprovecharía aquel lapso de tiempo para entablar conversación con Farouk, al que ya le había echado el ojo desde que lo viese por primera vez en la posada de «El búho sabio».
Licomedes entró de nuevo en la casa y siguió al diácono hasta la planta superior. Una vez allí, lo invitó a pasar al despacho de Cornelio, que aguardaba tras la mesa mientras consultaba unos legajos.
—Gracias por atender a mi llamada —lo recibió el obispo—. Toma asiento, por favor.
El rechoncho comerciante obedeció y le dedicó a Cornelio una complaciente sonrisa. Cirilo permaneció en pie a escasos centímetros de la puerta.
—Estoy a su disposición.
—Aunque hemos intercambiado algunas palabras, hasta ahora no había podido mantener contigo una charla en profundidad. Y créeme que lo lamento. He estado muy ocupado.
En cierto sentido, Licomedes se había sentido ninguneado. Él no se trataba de un feligrés cualquiera. Al fin y al cabo, llevaba dos años contribuyendo generosamente al sostenimiento de la iglesia antioquena. En todo caso, prefirió no exteriorizarlo en voz alta para evitar cualquier fricción.