CAPÍTULO TERCERO #7
—Ahí lo tienes. Un grave error de la Iglesia, fuertemente influenciada por los viejos mitos judíos de la Biblia, que por desgracia ha heredado el cristianismo.
Según el Génesis, Yahvé creó a la mujer a partir de la costilla Adán, después de darse cuenta de que este estaba demasiado solo.
Lo cual sugiere claramente que la creación de la mujer fue un acto secundario.
El relato de lo ocurrido en el jardín del Edén tampoco se queda atrás.
Tras comer del fruto prohibido, Eva se lo ofreció a Adán, lo que significó su expulsión del Paraíso y, por ende, de la vida eterna.
Y, por si eso no fuese suficiente, hay un tercer pasaje del Génesis que culpa a las mujeres de arrastrar al pecado incluso a los seres más elevados debido a su belleza.
—Existen muchos prejuicios históricos y religiosos que han condicionado negativamente a la Iglesia cristiana desde su concepción —apuntó Trifena—. De ahí la posición tan injusta que ha adoptado hacia las mujeres.
—En efecto —confirmó Philonius—. La Iglesia sostiene que la verdadera autoridad para predicar proviene de la continuidad respecto a los primeros discípulos de Jesús, manifestada en la mera sucesión externa de una cadena de varones.
Es decir, fundamenta su jerarquía en la sucesión de los apóstoles, mientras pretende ignorar que Jesús también tuvo discípulas, a quienes concedió un valor mucho mayor del que se les ha reconocido.
La facultad para predicar el evangelio no debería depender del sexo de sus seguidores, sino de su lealtad a Cristo y de su capacidad para comprender sus enseñanzas.
Galacia reflexionó sobre aquello y señaló:
—En su carta a los Gálatas, Pablo de Tarso afirmó que «en Cristo no hay hombre ni mujer».
—¡Exacto! —aprobó el líder gnóstico—. Veo que posees un conocimiento muy profundo de los textos sagrados.
Precisamente, para nosotros no hay nada más importante que la gnosis, es decir, el conocimiento.
Pero lo que muy pocos saben de Jesús es que, además de sus enseñanzas públicas, también transmitió otras secretas que se recogieron en una serie de escritos arcanos que nosotros custodiamos desde hace generaciones.
—¿Qué escritos? —preguntó Galacia.
—Ven. Te los mostraré.
Philonius la condujo hasta el atril situado junto a la pared, donde reposaban unos rollos de papiro de aspecto muy antiguo. Trifena acercó un candelabro para alumbrar aquel rincón.
—Este es el más importante. Se trata del evangelio de María Magdalena, una de las escasas copias que existen —desveló—. Su transmisión se ha restringido siempre a los círculos más cerrados de adeptos, para preservar la autenticidad y el misterio asociado a sus enseñanzas.
Galacia, que ignoraba por completo la existencia de aquella obra, encajó la noticia con una mezcla de asombro y fascinación.
—Qué gran ironía, ¿verdad? —prosiguió diciendo el líder gnóstico oculto tras su máscara dorada—.
Jesús, en realidad, confió a sus discípulas un conjunto de revelaciones ocultas de las que privó a los apóstoles.
—Philonius deslizó el dedo índice por uno de los rollos—.
Hay un pasaje en concreto en el que Pedro afirma lo siguiente: «María, hermana, nosotros sabemos que el Salvador te apreciaba más que a las demás mujeres.
Danos cuenta de las palabras de Cristo que recuerdes, que tú conoces y nosotros no, que nosotros no hemos escuchado».
Aturdida ante la magnitud de aquel descubrimiento, Galacia buscó a Trifena con la mirada en busca de confirmación.
Trifena asintió con la cabeza y le dedicó una reconfortante sonrisa.
Las llamas de las velas parpadeaban y proyectaban sombras danzantes en las paredes, acentuando el enigmático ambiente que se respiraba en la estancia.
— Memento mori —murmuró el líder gnóstico inclinándose hacia Galacia.
—¿Latín otra vez? —preguntó ella.
—Lo confieso. Siento una profunda admiración por la historia y la cultura romanas, no puedo negarlo.
Pero eso no tiene importancia, tan solo se trata de una pasión personal.
Memento mori significa «recuerda que morirás».
Cuando los generales romanos son homenajeados por el pueblo durante la celebración de sus victorias, tienen sirvientes que les susurran al oído esa expresión para recordarles que son mortales, para ayudarles a mantener los pies en la tierra y a no dejarse arrastrar por el ego.
—Philonius añadió cierto dramatismo a su discurso, haciendo una pausa perfectamente calculada—.
¿Y por qué te digo esto? Muy fácil. Porque la salvación que todos deseamos tras la muerte no se alcanza como la Iglesia proclama.
Es decir, la salvación, en realidad, no se obtiene por la fe en la muerte redentora de Jesús en la cruz, sino por las enseñanzas iluminadoras que Cristo impartió a unos pocos elegidos.
Galacia sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral. Durante un breve lapso de tiempo, se hizo un pesado silencio únicamente atenuado por las respiraciones de los presentes. La máscara de oro dotaba al líder gnóstico de un aura tan mística como espectral.
—Así pues, mi pregunta es muy sencilla, Galacia. ¿Estás preparada para recibir la gnosis secreta que te conducirá a la salvación?