CAPÍTULO TERCERO #6
Galacia sintió un escalofrío. De repente, empezó a cuestionarse ciertos principios en los que hasta ahora había creído con firmeza. ¿Y si Trifena estaba en lo cierto? Desde luego, ya no confiaba en el obispo Cornelio, que se erigía como el principal representante de la Iglesia en Antioquía.
—Acude conmigo a uno de nuestros encuentros —insistió Trifena—. Y, después, podrás juzgar por ti misma.
***
Aquella noche, las dos mujeres recorrían el barrio de Epifanía, rumbo al lugar donde la secta gnóstica mantenía sus encuentros.
Galacia había aceptado la propuesta de Trifena.
Primero, porque la curiosidad había podido con ella, y segundo, porque tampoco tenía nada que perder.
Y en realidad, ¿qué sabía de aquella doctrina oculta?
Muy poco. Conocerla de primera mano le permitiría formarse una mejor opinión de ella.
Con todo, afrontaba el encuentro con cautela, pues el peso de las advertencias de los obispos aún la predisponía en contra del gnosticismo.
Trifena lideraba la marcha, mientras atravesaban las calles bien iluminadas de aquel barrio de clase alta que Galacia apenas había pisado.
Las casas dispuestas a cada lado de la calzada impresionaban por su tamaño, bañadas por la luz plateada que proyectaba una espléndida luna llena que colgaba del firmamento como una lámpara incandescente.
Se plantaron ante un palacete de los muchos que allí proliferaban y que solían coronar las esquinas de cada manzana.
Un adepto llamado Filastro —un hombre alto y de pocas palabras que hacía las veces de portero— se ocupó de franquearles la entrada.
El camino de acceso estaba custodiado por estatuas a tamaño natural, que en la oscuridad de la noche amenazaban con cobrar vida de un momento a otro.
Una serie de frondosos árboles rodeaban el perímetro de la parcela.
—Este lugar constituye nuestro punto de encuentro desde hace muy poco —explicó Trifena—. Antes teníamos que celebrar las reuniones en las casas de algunos adeptos.
—¿Y a quién pertenece la propiedad?
—Al líder del movimiento. Un hombre sabio que se hace llamar Philonius, aunque ese no es su verdadero nombre.
El interior de la vivienda la deslumbró por completo.
Sus elementos decorativos podían haber rivalizado con los del palacio de Antioquía.
Bajo la iluminación que proporcionaban varios candelabros de bronce pulido, destacaba una alargada mesa finamente tallada, alrededor de la cual aparecían distribuidas una serie de sillas forradas de terciopelo.
Las paredes estaban cubiertas de pinturas murales y ricos tapices enmarcados en madera.
Numerosos bustos cincelados en mármol y jarrones de porcelana colmaban mesas y estantes.
Galacia no había contemplado semejante derroche de lujo y ostentación en toda su vida.
—Aguarda aquí, por favor. Yo volveré enseguida.
Esgrimiendo una enigmática sonrisa en los labios, Trifena se perdió tras una puerta situada al fondo de la sala. Filastro, por su parte, también se retiró inadvertidamente.
Galacia se había quedado completamente sola.
De pronto la asaltó un instante de flaqueza, y se preguntó qué estaba haciendo allí y si no debía marcharse de inmediato, antes de que fuese demasiado tarde.
Luego se obligó a respirar hondo varias veces seguidas hasta que logró recuperar la calma. Por escuchar no corría peligro alguno.
Al cabo de un minuto, Trifena reapareció como había prometido.
—Puedes pasar. Philonius te recibirá y, si lo considera oportuno, te hará partícipe de la gnosis.
—¿Y tú? —preguntó Galacia.
—Te acompañaré, no te preocupes. Solo estaremos nosotros tres —aclaró Trifena—. Por favor, descálzate antes de entrar.
Galacia obedeció y siguió a la mujer. Accedieron a una cámara de dimensiones mucho más escasas y prácticamente diáfana salvo por un atril situado en un extremo.
Diversas velas estratégicamente situadas apenas lograban disipar la penumbra reinante, dotando al lugar de una atmósfera misteriosa.
Una agradable fragancia a incienso perfumado flotaba en el aire.
Trifena se sentó en el suelo, cubierto de alfombras y mullidos cojines, e invitó a Galacia a hacer lo mismo.
La antigua presbítera creyó que no había nadie más en la sala, hasta que del fondo en tinieblas emergió una figura que se aproximó a ellas caminando muy despacio.
Llevaba una túnica oscura y se cubría la cabeza con una capucha, aunque lo verdaderamente llamativo era que ocultaba su cara tras una máscara dorada.
Tan logrado era su embozo, que Galacia ni siquiera habría podido decir qué edad representaba.
Cuando estuvo a un metro de distancia, Galacia pudo apreciar los detalles de la máscara. Estaba confeccionada en oro con incrustaciones de zafiros y esmeraldas, se ajustaba a la nuca con delgadas correas de cuero, y contaba con dos orificios para los ojos, y un tercero algo mayor para la boca .
El líder gnóstico abrió los brazos en señal de bienvenida.
—Galacia, qué extraordinaria noticia que hayas venido. Trifena me ha hablado magníficamente de ti.
Aunque la voz de Philonius era grave y profunda, a Galacia le dio la impresión de ser impostada.
—Estoy un poco nerviosa. Todo esto me resulta muy extraño…
—No hay razón para estarlo. Y tampoco dejes que mi singular aspecto te intimide.
Dados los tiempos que corren, me veo en la obligación de protegerme.
Solo un puñado de adeptos, los más veteranos, conocen mi verdadera identidad.
—Mientras hablaba, Philonius se sentó frente a las dos mujeres—.
Esta noche te revelaré algunos secretos al alcance de tan solo unos pocos elegidos…
, pero antes deberás jurar no desvelar nada acerca de lo que te enseñe.
—Sí, lo juro —acató Galacia sin poner objeción.
—Excelente. En tal caso, alea iacta est .
Ante la mueca de incomprensión que se dibujó en el rostro de la mujer, Philonius intervino enseguida para explicar el significado de su comentario.
—Es latín. Podría traducirse como «la suerte está echada».
Julio César pronunció esa frase cuando cruzó el Rubicón con sus tropas, lo que desencadenó una serie de eventos que lo llevaron a su nombramiento como líder supremo de Roma…
Pero volvamos a los que nos interesa. Me consta que la Iglesia ha cometido una gran injusticia contigo.
Trifena me lo ha contado todo. ¿Por qué crees que te destituyeron, Galacia?
—Por ser mujer. El obispo Cornelio me lo dejó muy claro. Dijo que predicar no está en nuestra naturaleza y que por eso Jesús escogió únicamente a los apóstoles para predicar su palabra.