Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO TERCERO #5
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CAPÍTULO TERCERO #5

—¿Y estás seguro de que lo que se cuenta sobre ella es cierto? —inquirió el obispo.

—No me cabe la menor duda. El episodio tuvo lugar cuando mi familia vivía en Cafarnaúm, en cuyas inmediaciones Jesús de Nazaret solía predicar a menudo.

En concreto, fue mi tatarabuela quien le pidió a Jesús que la bendijese, porque era la única cosa que llevaba encima en ese momento, hecho que se produjo delante de numerosos testigos.

De lo contrario, mi familia no la habría conservado con tanto fervor.

Cornelio posó de nuevo la mirada en la horquilla, verdaderamente impresionado.

—Se trata de una historia increíble —señaló.

—Pues aún hay más. También puedo asegurarle que, a lo largo de todo este tiempo, algunos de mis antepasados se han curado milagrosamente gracias a la «lágrima de Cristo», cuando ya se les daba por perdidos.

—No me sorprende lo más mínimo. Lo que no entiendo es cómo no había oído hablar de ella hasta ahora.

—Hemos procurado siempre que no trascendiera más allá del ámbito familiar —explicó David—. ¿Se imagina las decenas de cristianos que acudirían a mi casa a diario para verla, tocarla o rezar ante ella ?

—Lo comprendo, y de eso precisamente quería hablarte. Me gustaría que considerases la posibilidad de cederla a la Iglesia. Nosotros nos ocuparíamos de custodiar la reliquia y de mostrarla ordenadamente a los fieles para que pudiesen postrarse ante ella.

David se retrajo en su asiento.

—No puede pedirme eso —contestó David, claramente contrariado por la propuesta del obispo—. Esa horquilla posee para mi familia un gran valor sentimental.

—Lo sé, pero de esta forma estaría sirviendo a un bien mayor —manifestó Cornelio—.

La Iglesia atraviesa tiempos difíciles. Por un lado, se aprecia cierta relajación de las prácticas cristianas, lo que se traduce en un aumento del pecado.

Y por otro, muchos conversos están cayendo en las redes de falsas corrientes cristianas que se han apartado de la auténtica doctrina.

La reliquia serviría tanto para reforzar la fe de los actuales feligreses, como para atraer a nuevos creyentes a la única y verdadera Iglesia.

—Entiendo sus razones… —repuso David aún reacio—. Sin embargo, la «lágrima de Cristo» lleva con nosotros aproximadamente un siglo. No estoy seguro de que desprenderme de ella sea lo más acertado.

—La santa Iglesia está por encima de todos nosotros. Además, vosotros tendríais preferencia para contemplar la reliquia siempre que quisierais.

David cerró el estuche y lo sostuvo sobre su regazo. Tras un largo silencio, contestó al fin:

—Lo consideraré. Aunque la decisión no depende solo de mí. Mis padres y mis hermanos también deben opinar al respecto.

—Te lo agradezco —repuso Cornelio—. Cuando tengáis una respuesta, podéis comunicársela directamente a Ascalio. Ahora nos marchamos, me reclaman otras obligaciones.

La sirvienta los condujo hasta la salida y cerró la verja tras de sí. Obispo y diácono emprendieron el camino de regreso, que los devolvió de nuevo a la espléndida avenida de Herodes y Tiberio.

—¿Qué crees que harán? —preguntó Cornelio.

—Aceptarán su propuesta —repuso Cirilo.

—Ojalá sea así.

De repente, el diácono se detuvo en mitad de la calle sin motivo aparente.

—Señor, hay algo importante que debo decirle. —Cirilo parecía haber palidecido en cuestión de segundos—. Se trata de Daniel, el atleta.

—¿Qué pasa con él?

—Cuando le vi, tuve la sensación de que… de que pudo ser él quien me atacó para robar el dinero de la colecta.

—¿Por qué? ¿Qué te hace llegar a esa conclusión?

—No sé si por su silueta, por su forma de moverse… o quizá por una mezcla de ambas cosas. Aunque, para serle sincero, la sensación duró un instante. Luego se desvaneció, tan rápidamente como había venido…

—O sea, que no estás seguro.

—Me temo que no. De cualquier modo, pensé que debía saberlo.

El obispo reanudó la marcha sin hacer ningún comentario al respecto.

No se le escapaba que Cirilo aún se hallaba bajo los efectos del trauma que le había causado el ataque, por lo que su testimonio no resultaba demasiado fiable…

Y, desde luego, insinuar que la familia de David pudiese estar detrás del robo de la colecta constituía un verdadero disparate.

13

Galacia apenas salía de su casa, salvo para ir al taller de costura mediante el que se ganaba el sustento.

Su degradación dentro de la iglesia antioquena le había supuesto un terrible golpe anímico que la había hundido por completo.

Despojada de su autoridad para predicar y oficiar los actos litúrgicos, se sentía como un guerrero sin espada, o como un cantante sin cuerdas vocales.

En teoría, su condición de mujer la incapacitaba para ocupar un cargo que en la práctica había demostrado desempeñar con total competencia.

Aquello era lo que más le dolía. ¿Qué sentido tenía eso?

Galacia pensaba que la Iglesia se equivocaba al arrebatar a la mujer cualquier tipo de protagonismo, para concentrarlo todo en manos del hombre.

Para colmo, nadie la había sustituido aún.

El barrio de Kerateion continuaba sin contar con un presbítero que se encargase de satisfacer las necesidades espirituales de los fieles.

Ella había seguido ocupándose de mantener el comedor social en funcionamiento.

Sin embargo, últimamente ya ni siquiera se sentía con fuerzas para hacerlo.

Galacia estaba profundamente deprimida y, con el paso del tiempo, la situación tan solo parecía ir a peor.

Zósimo la visitaba con frecuencia y trataba de animarla.

El joven diácono, ante la ausencia de su mentora, había asumido la responsabilidad de abrir el comedor social con la ayuda de algunas mujeres.

Muchos fieles del barrio también habían intentado reconfortarla, como forma de devolverle el cariño que ella siempre les había mostrado.

Paradójicamente, sus palabras de ánimo provocaban en ella el efecto contrario al deseado.

Galacia no reaccionaba, y se encerraba en sí misma cada vez más.

Todo su mundo se había desmoronado. Se sentía igual que diez años atrás, cuando su esposo la repudió por no haberle dado hijos.

Nuevamente, volvía a sentirse traicionada, pero en esta ocasión por la Iglesia cristiana donde antaño había encontrado refugio.

***

Una tarde, Galacia recibió una visita completamente inesperada.

En la puerta de su casa se hallaba Trifena, la devota creyente que dejó de acudir a los encuentros cristianos de la noche a la mañana y que, cuando se topó con ella por casualidad, no le dio ninguna explicación clara.

—¿Trifena?

—Hola. Me he enterado de lo que ha ocurrido. Quería saber cómo estabas.

Galacia la observó visiblemente confundida, incapaz de entender qué hacía ella allí. La distinguida belleza de Trifena no la había abandonado. Vestía una elegante estola y lucía algunas joyas que denotaban su pertenencia a la clase acomodada.

—También he oído que lo estás pasando mal —continuó diciendo la recién llegada—. ¿Puedo pasar?

Galacia reaccionó al fin y se apartó a un lado para dejarla entrar. Se sentaron en torno a una pequeña mesa situada en la modesta estancia que prácticamente constituía todo su hogar. Galacia ofreció un té a su invitada, pero esta lo rechazó.

—No tienes buen aspecto…

Galacia no podía negarlo. Tenía los ojos hinchados y el pelo sucio y enmarañado.

—¿Por qué has venido? —preguntó, ignorando el comentario—. La última vez que nos cruzamos apenas me hiciste caso. Estuviste muy esquiva.

—Tienes razón —admitió Trifena—. Lo siento. Tu reproche es más que merecido.

—Me dolió mucho que desaparecieras así. Y, sobre todo, que no hablases conmigo para contarme lo que te pasaba —señaló Galacia—. Pensé que confiabas en mí.

—Y lo hacía, pero tenía el deber de guardar secreto…

—Ahora aún te entiendo menos. ¿Se puede saber de qué estás hablando?

Trifena fijó su mirada en Galacia y la tomó de las manos.

—Cuando te tropezaste conmigo en la calle, recuerdo que me preguntaste si había perdido la fe en Cristo, y si por esa razón había dejado de acudir a los encuentros dominicales.

—Y me respondiste que no… Aunque me pareció que titubeabas.

—No titubeaba, solo que la respuesta requería de matices que entonces no podía darte. Sin embargo, ahora ya nada me lo impide.

—Entonces, ¿crees o no crees? —preguntó Galacia.

—Sigo creyendo firmemente en Jesucristo, pero no en la interpretación que hace la Iglesia de su figura y mensaje… —explicó Trifena—. Me he unido a un grupo minoritario de cristianos, que posee un conocimiento religioso superior acerca de sus enseñanzas.

—¿Cómo?

—Ahora no puedo entrar en detalles. La cuestión es que yo fui escogida para acceder a ese conocimiento… y ahora soy yo quien te elige a ti para que formes parte de esa élite privilegiada.

Galacia dedujo por fin de qué iba todo aquello y, zafándose de las manos de Trifena, se echó instintivamente hacia atrás con un brillo de temor en la mirada. Aunque sin mencionarlo de forma expresa, no cabía duda de que se refería al gnosticismo.

—¿Me estás diciendo que te has unido a esos… herejes?

Las autoridades eclesiásticas se referían al gnosticismo con los peores calificativos posibles. Lo consideraban un parásito espiritual que, tergiversando el cristianismo de la forma más torticera posible, se presentaba a sí mismo como el auténtico depositario de las enseñanzas de Jesucristo.

—Comprendo tus prejuicios. Sin embargo, no deberías formarte una opinión sin antes haber conocido los secretos que atesoran.

—Pero los gnósticos son los enemigos más peligrosos de la Iglesia —alegó Galacia.

Trifena sonrió con ternura, como si tachase de ingenua la reacción de la antigua presbítera.

—Los que te enseñaron a pensar así son los mismos que ahora han prescindido de ti con solo chasquear los dedos. ¿De verdad vas a fiarte de ellos?