CAPÍTULO TERCERO #4
—Me vendría bien conocer algunos ejemplos para tener más claro el motivo de esas quejas.
—La destitución de Galacia, por ejemplo, ha generado mucho descontento en su barrio.
—Puedo figurármelo. ¿Y qué más?
—El hecho de reprender públicamente a los pecadores durante la liturgia tampoco cuenta con el beneplácito de la mayoría.
—Así todos se lo pensarán dos veces antes de pecar. Un cristiano bautizado jamás debería ofender a Dios.
Cornelio apremió a su diácono con la mirada para que continuase.
—Algunos consideran injusta la exigencia que le ha impuesto a Diodoro para poder bautizarse.
El obispo suspiró con resignación.
—Basta, no hace falta que sigas. Ya capto la idea —repuso el obispo algo molesto—. De todos modos, no sé de qué se sorprenden. Desde el principio anuncié que mi línea de actuación sería bastante diferente a la que había marcado Serapión. Los feligreses tendrán que acostumbrarse. Con el tiempo.
Cornelio no llevaba bien las críticas hacia su trabajo.
¿Es que nadie era capaz de ponerse en su lugar?
¿Nadie podía entender la enorme carga que como obispo soportaba sobre sus hombros?
La naciente Iglesia cristiana se enfrentaba a numerosos problemas.
Y él, como líder de la comunidad, debía enfrentarse a ellos con el único sostén de su fe.
Cornelio debía colmar las necesidades espirituales de su rebaño y procurar su protección en un entorno amenazante.
Además, debía asegurarse de que los fieles viviesen conforme a los principios cristianos, gestionar con eficacia los recursos comunitarios, promover las obras de caridad y preservar la unidad doctrinal ante las desviaciones heréticas.
Tampoco nadie parecía imaginar la soledad ineludible que conllevaba su cargo, exacerbada por la falta de comprensión de sus propios feligreses.
Cirilo dejó estar el asunto porque de nada habría servido insistir. Además, pronto llegarían a su destino.
—Por cierto, ya que has mencionado a Diodoro —terció el obispo para cambiar de tema—. ¿Has averiguado lo que te pedí?
Cornelio le había hecho aquel encargo ante la posibilidad de que el escultor hubiese perpetrado el robo de la colecta. En realidad, no creía que estuviese implicado, pero no estaba de más asegurarse.
—Sí, señor. Por lo visto, Diodoro se trasladó a su nuevo taller poco después del robo.
—Interesante, aunque podría tratarse de una simple coincidencia.
—También me han contado que paga una renta bastante elevada —añadió Cirilo.
—Eso tampoco es concluyente. Su reciente éxito explicaría su capacidad para hacer frente a mayores gastos…
No, creo que nuestras sospechas acerca de Diodoro carecen de suficiente sustento.
No obstante, sigue indagando por tu cuenta.
Necesitamos algo más sólido antes de facilitar su nombre a las autoridades para que lo investiguen más a fondo.
El obispo dio por concluida la conversación, pues pronto llegarían a su destino.
La vivienda a la que se dirigían se hallaba en el exclusivo barrio de Epifanía.
Se trataba de un palacete de una sola planta construido en piedra, circundado por un muro de dos metros de alto y una hilera de álamos que se elevaba majestuosamente hacia las alturas.
Una verja de hierro protegía la entrada.
Cornelio hizo sonar la campana de bronce que había junto a la reja. Unos segundos después, apareció una jovencísima sirvienta que, tras confirmar sus identidades, los invitó a pasar al interior. David, el señor de la casa, ya estaba advertido de la visita del obispo.
El jardín que rodeaba la vivienda era extraordinariamente amplio.
Sin embargo, se hallaba visiblemente descuidado.
Los setos crecían sin control aparente, las ramas de los árboles hacía meses que no se podaban, el camino de grava estaba cubierto de malas hierbas, y cientos de hojas secas se amontonaban por todas partes.
A un lado, la fuente de piedra estaba seca y cubierta de musgo.
De repente, apareció un tropel de niños blandiendo espadas de madera que los rodeó como si se tratasen de dos feroces enemigos.
Pese a ser muchos y de muy diferentes edades, obviamente estaban jugando, por lo que los recién llegados no le dieron mayor importancia al incidente.
La sirvienta dio cuatro gritos para espantar a los críos y pidió disculpas por su impetuoso comportamiento.
Acto seguido los condujo hasta el atrio, cuyo aspecto no mejoraba lo visto hasta el momento.
En el centro había un estanque que apenas tenía un palmo de agua, procedente de las lluvias más recientes.
Los mosaicos, bellos y muy elaborados, habían perdido una tercera parte de las teselas que los conformaban, y los frescos de las paredes necesitaban una capa de pintura.
Cornelio y Cirilo intercambiaron una mirada de extrañeza. Ascalio, el presbítero que se ocupaba de atender a la comunidad del barrio de Epifanía, les había dicho que la familia de David gozaba de un alto estatus.
Los invitados pasaron al triclinio y tomaron asiento en un elegante diván. David, un hombre de mediana edad, de nariz ganchuda y frente ancha, apareció enseguida esgrimiendo una sonrisa hospitalaria.
—Me honra que haya venido a mi hogar, obispo.
—Gracias por recibirnos —repuso este—. ¿Los niños que hemos visto en el jardín son hijos tuyos?
—Espero que no les hayan molestado mucho.
—Desde luego, nos han dado una recepción que difícilmente olvidaremos —añadió en tono afable.
—Diez niños juntos parecen un torbellino, aunque no son todos míos. Esta casa proporciona techo tanto a mi familia como a la de mi hermana. Y también a mi hermano menor, pero Daniel aún no conoce la dicha de ser padre.
—Tenéis una casa inmensa, hay sitio de sobra —comentó Cirilo.
Aunque la observación del diácono no llevaba segundas intenciones, David se sintió inmediatamente compelido a ofrecer una explicación debido a su evidente mal estado.
—Hace mucho que los negocios no van bien y salta a la vista la delicada situación por la que atravesamos. Estamos valorando incluso venderla para saldar las deudas.
—Lamento oír eso —dijo Cornelio—. No sabía que tuvierais problemas económicos.
—Principalmente, somos productores de aceite.
Un negocio en el que mi familia lleva toda la vida, desde hace ya varias generaciones.
Antes, en Galilea. No obstante, cuando estalló la guerra entre judíos y romanos, mi bisabuelo, Elías ben Joel, decidió marcharse por seguridad para comenzar de nuevo en Siria.
Sin duda, estas tierras también son idóneas para el cultivo del olivo, pero sobre todo eligió Antioquía por los numerosos seguidores de Cristo que la habitaban.
—El orgullo con que David hablaba de su bisabuelo resultaba palpable.
Elías, junto a su esposa Esther, había sido durante muchos años el máximo responsable de la comunidad cristiana de Cafarnaúm—.
El negocio volvió a prosperar y continuó trasmitiéndose de padres a hijos hasta hoy.
—¿Y cómo habéis acabado así?
—El punto de inflexión se produjo hace cuatro años, debido a un cúmulo de desgracias.
Fletamos varios barcos para transportar un ambicioso cargamento de vasijas de aceite a la isla de Chipre.
Durante la travesía hubo una terrible tempestad y…
en fin, perdimos toda la flota. Aquel naufragio nos supuso un golpe muy duro…
Sin embargo, la mala suerte no acabaría ahí.
Al año siguiente, una sequía echó a perder casi toda la cosecha.
—Comprendo.
—Las deudas se nos acumularon a raíz de aquello y aún no hemos logrado recuperarnos.
—Lo siento de veras. Sabed, al menos, que podéis contar con la Iglesia en caso de necesidad.
En ese momento, un joven alto y de complexión vigorosa accedió a la estancia respirando de forma agitada. Vestido únicamente con un taparrabos, se apreciaba la esbeltez de su cuerpo, que se hallaba envuelto en una capa de sudor.
—Oh, lo siento —murmuró algo avergonzado—. Vengo de correr. No sabía que teníamos invitados.
Nadie se dio cuenta de que Cirilo se estremeció en cuanto lo vio entrar por la puerta, como si aquella reacción fuese el producto de un fugaz recuerdo que hubiese cruzado por su cabeza.
—Disculpad a Daniel. Le advertí de vuestra visita, pero a veces es un poco despistado.
Tras un rápido intercambio de saludos, Daniel se excusó para ir a darse un baño.
—Mi hermano es un atleta —aclaró David cuando Daniel se hubo marchado—. Y muy bueno, por cierto. Ya ha ganado varias competiciones locales. También me ayuda con el negocio, aunque básicamente yo me ocupo de la mayor parte del trabajo.
—Y según vuestro presbítero, es un buen cristiano —apuntó el obispo.
—Como todos en mi familia —corroboró David—. Pese a nuestros orígenes judíos, nuestro compromiso con la fe cristiana se remonta prácticamente a los tiempos del propio Jesús.
Cornelio inclinó el cuerpo hacia delante en señal de interés.
—De eso precisamente quería hablarte —dijo—. Ascalio me comentó algo acerca de una reliquia perteneciente a Jesucristo que se halla en vuestro poder. Me habló de una... lágrima, pero no estoy seguro de haberlo entendido bien.
En los labios de David se dibujó una cálida sonrisa.
—No es una lágrima exactamente —precisó—. Se trata de un objeto que fue bendecido por Jesús de Nazaret. Una simple horquilla para el cabello. Pero lo mejor será que os la muestre.
Cuando David abandonó la sala, Cornelio realizó un breve comentario.
—Si realmente existe ese objeto, tendría para la Iglesia un extraordinario valor.
—Admito que la sola posibilidad ya resulta emocionante —convino Cirilo.
David regresó enseguida con un estuche en las manos. Lo abrió y dejó a la vista el contenido.
En efecto, se trataba de una horquilla de metal, de unos diez centímetros, de las que las mujeres usaban para sujetarse el pelo, y que consistía en dos brazos alargados que se juntaban en un extremo.
—Como veis, en su extremo tiene una cuenta con forma de lágrima. Por eso mi familia se refiere a ella como la «lágrima de Cristo».