CAPÍTULO TERCERO #3
—Chist. Cálmate, por favor. Nos están mirando —susurró—. No pienses mal, no hemos mantenido relaciones íntimas. Pero nos amamos. Quiero casarme con él y me gustaría contar con tu aprobación.
Calpurnio se cubrió la cara con las manos, y deseó que sus problemas desapareciesen con la misma facilidad.
—Tú te has propuesto matarme de un disgusto, ¿a que sí? —espetó—. Primero lo de tu conversión, y ahora este otro asunto que suena aún más disparatado.
—Sé que nuestra relación se sale de los cauces convencionales, pero me niego a aceptar que cada paso de mi vida se encuentre previamente estipulado.
—Ya. Y me imagino que ese hombre también es cristiano, ¿no?
—Sí. Se llama Druso. Y no solo compartimos la misma fe, sino también los mismos sueños y valores. Es cariñoso, honesto, generoso… —Falconila bajó la mirada y no pudo evitar sonrojarse al decir—: Y, bueno… También es… el joven más guapo que he conocido.
Calpurnio no albergaba dudas. Si algo estaba claro, era lo enamorada que estaba su hija.
—Espero, al menos, que pertenezca a una familia destacada.
—Me temo que no. Más bien… al contrario.
—¿No? Pero… Tú misma me dijiste que entre los cristianos también hay fieles adinerados…
—Druso ni siquiera tiene familia, es huérfano. Y además es un esclavo. Trabaja en un taller de fundido y soplado de vidrio en el barrio de los artesanos.
—¡¿Un esclavo?! —bramó Calpurnio horrorizado—. ¡Ya te puedes ir olvidando! ¡Incluso la ley prohíbe tal unión!
—Lo sé, pero recientemente ha obtenido la manumisión —replicó Falconila—. Druso ahora es liberto.
—¡No me importa! ¡El abismo que os separa sigue siendo insalvable! ¡¿O acaso he de recordarte que formas parte de la aristocracia?!
—Los cristianos vemos las cosas de otra manera; entre nosotros no hay diferencias sociales.
Calpurnio puso los ojos en blanco, cansado de la ingenuidad de su hija.
—No quiero seguir escuchando más tonterías —zanjó—. Más vale que te olvides de él, cuanto antes mejor.
—Espera, papá. No quiero que tomes ninguna decisión sin que lo hayas conocido primero.
Dicho esto, Falconila se puso en pie y, mirando en todas direcciones, agitó una mano en el aire.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —inquirió su padre.
—No te he traído a este lugar por casualidad. Druso anda por aquí, en alguna parte, aguardando a recibir mi señal.
—Hija, me temo que has llevado las cosas demasiado lejos y no pienso tolerarlo. Me marcho ahora mismo antes de que…
Calpurnio se interrumpió cuando divisó a un joven que caminaba decididamente hacia ellos.
Druso, que los había seguido discretamente desde que entrasen en los jardines, dejó de ocultarse para mostrarse por fin abiertamente.
El joven intentaba ofrecer la mejor imagen posible.
Lucía una túnica modesta, pero limpia y cuidada, estaba recién afeitado y se había aseado de arriba abajo.
—Me has preparado una encerrona —le reprochó Calpurnio a su hija entre dientes.
—Lo siento, pero no había más remedio, sabía que te negarías a hablar con él.
Un instante después, Druso se plantó ante el edil y lo saludó con una leve inclinación de cabeza.
—Es un honor conocerlo, señor.
—Muchacho, todo esto me parece un auténtico despropósito. Y estás muy equivocado si piensas que voy a dejar que te cases con mi hija. ¿No ves que no eres digno de ella?
Inmediatamente, Druso extrajo un pergamino que llevaba consigo y se lo tendió a Calpurnio.
—Ya no soy esclavo, señor. Puede comprobarlo usted mismo.
El documento en cuestión contenía los detalles de su liberación, y servía como prueba legal de su manumisión ante terceros.
—¡Me importa un cuerno que seas libre o no! ¡Eso no cambia nada!
—Con mi trabajo podría sostener económicamente a su hija. Viviríamos de forma sencilla, pero a ella no le interesan los lujos.
—¿Es que no lo entiendes? ¡No se trata de dinero, sino de una cuestión de estatus!
Falconila intervino rápidamente para protestar.
—¿Y si a mí no me importa nada de eso?
—¡Pues a mí sí! Y eso es lo único que cuenta, que para eso soy tu padre.
—¡Pero no es justo! —rezongó la muchacha.
—No, espera —terció Druso—. Calpurnio tiene razón. Por eso voy a hacer algo para cambiar la situación y demostrarle que puedo merecer tu mano.
—¿De qué hablas? —La muchacha lo miró desconcertada. Incluso ella ignoraba el plan que Druso había concebido.
—El ejército romano está buscando nuevos reclutas —explicó—. Así que he pensado en alistarme.
Aunque el servicio en las legiones se limitaba a los ciudadanos romanos, se había generalizado la práctica de admitir a los habitantes locales de aquellas provincias cuyo número no alcanzaba para cubrir las necesidades de reclutamiento.
—¡No, Druso! Pero ¡qué dices! —exclamó Falconila echándose a sus brazos.
—Supone una oportunidad única —repuso este apartándola con suavidad—. Y se trata de la mejor solución para que los dos podamos estar juntos.
—Pero es muy peligroso. ¿Y si estalla una guerra?
Durante siglos, los imperios parto y romano habían combatido entre sí por hacerse con el control de Oriente Próximo.
Y aunque entre conflicto y conflicto solían darse largos periodos de tregua o de paz, nunca se sabía cuándo podían reanudarse las hostilidades.
La última campaña, liderada por el emperador Trajano, se había producido hacía unos treinta años, y había tenido Antioquía como punto de partida por su condición de ciudad fronteriza.
—No nos pongamos en el peor de los escenarios —objetó Druso—. Si no ocurre nada extraordinario, pasaré la mayor parte del tiempo en la fortaleza romana que se alza en la ladera del monte Silpios.
—¿Y en qué mejorará la situación que tú entres en el ejército? —inquirió Falconila, que seguía tan confundida como al principio.
—Pues que en unos años habré obtenido la ciudadanía romana.
Calpurnio se dio cuenta enseguida de la jugada maestra de Druso.
Como incentivo para atraer a nuevos reclutas, Roma había implantado aquella política, que recompensaba generosamente a los soldados y sus familias concediéndoles la ciudadanía romana, un estatus muy codiciado, por cuanto brindaba numerosos privilegios a quienes la tenían.
No muchos podían presumir de ostentar la ciudadanía romana en Antioquía, pues esta se concedía de forma cuidadosa y selectiva.
Por lo general, los más beneficiados solían ser los aristócratas locales, que la recibían como pago por su lealtad.
—¿Y eso es tan importante? —insistió ella.
—Pregúntaselo a tu padre.
La muchacha miró a Calpurnio esperanzada.
—Todo eso no son más que sueños sin fundamento —atajó el edil antes de que Falconila se hiciese falsas ilusiones—. La única realidad es que, hoy por hoy, no eres más que un muerto de hambre —le espetó a Druso—. No tienes nada, y nada puedes ofrecerle a mi hija.
Sin embargo, Calpurnio sabía en su fuero interno que la propuesta de Druso era mucho más valiosa de lo que jamás habría admitido en voz alta.
Aquel joven tenía verdaderas agallas. Si pasar de esclavo a liberto a su edad ya resultaba particularmente meritorio, adquirir la ciudadanía romana en un plazo de cinco o diez años supondría toda una proeza.
Y, desde luego, su admisión en el ejército estaba prácticamente garantizada, pues constituía el candidato idóneo para los reclutadores romanos: joven, fuerte y en plena forma.
—Druso me ama tanto como yo a él —terció Falconila entre sollozos—. ¿No debería bastar con eso?
—No mientras yo sea tu padre.
Druso dio un paso adelante.
—Señor, deme la oportunidad de demostrarle que…
—¡Basta! —lo interrumpió Calpurnio—. A partir de este momento te prohíbo acercarte a mi hija. ¿Está claro?
—¡No, papá! ¡Te lo ruego! —gritó Falconila.
Calpurnio la agarró por el brazo y, tirando de ella, emprendió el camino de regreso. En cuanto abandonasen los Jardines de Dafne, tomarían un palanquín que los conduciría hasta su casa.
La muchacha lloraba desconsolada ante el desenlace del encuentro, mientras Druso observaba impotente cómo se alejaban. Si hubiese intervenido, tan solo habría servido para empeorar aún más las cosas. Por ahora, tocaba ser paciente y esperar.
12
Cornelio había salido para visitar a un cristiano llamado David, de quien se decía que estaba en posesión de una supuesta reliquia de Cristo. Al obispo lo acompañaba Cirilo, del que casi nunca se separaba cuando se desplazaba para realizar una gestión.
La pareja enfiló la avenida de Herodes y Tiberio, una imponente vía porticada que atravesaba la ciudad de norte a sur y que cubría casi dos millas de distancia.
Típica del urbanismo clásico, la gran avenida constituía el eje central a lo largo del cual se alineaban las estructuras comerciales, religiosas y públicas esenciales de la cuidad.
Tanto la plaza del Ónfalos como las restantes grandes plazas de Antioquía se disponían en sus principales intersecciones.
A cada lado de la calzada, que tenía más de treinta metros de ancho, se levantaba una doble hilera de pórticos soportados por columnas de granito y suelo pavimentado de mármol.
Las galerías estaban repletas de tiendas, termopolios y casas particulares.
Los transeúntes compartían la calzada con literas, carromatos y animales de tiro.
—No has dicho ni una sola palabra desde que salimos —comentó Cornelio mientras caminaban—. Y te noto más serio de lo habitual. ¿Ocurre algo?
Aunque obispo y diácono no habían conectado desde el principio, parecía que el distanciamiento entre ambos se hacía cada vez mayor.
—No, señor. En absoluto.
—Si tienes algo que decir, prefiero que lo hagas. Callándotelo no lograremos resolver nada.
Cirilo giró el cuello para mirar al obispo un instante, que era ostensiblemente más alto que él, y volvió a fijar la vista al frente sin dejar de moverse.
—Está bien, me sinceraré con usted. Un sector de los fieles no se siente cómodo con ciertas decisiones suyas, ni en general con el rumbo que ha tomado su gestión.
—¿Y tú estás de acuerdo con ellos? —preguntó Cornelio.
—Sí, yo también lo pienso.