CAPÍTULO TERCERO #2
—Ya he dicho que a ese respecto no tengo ningún reproche que hacerte —replicó el obispo—. Lo que te incapacita es la forma en que te ganas la vida.
Diodoro pasó de la frustración al enfado.
—¡¿Significa eso que para entrar en la Iglesia debo cambiar de trabajo?!
—Otros lo han hecho, demostrando así que su amor por Cristo estaba por encima de todo.
—¡Esto no tienen ningún sentido! —se quejó Diodoro amargamente.
—De todas maneras, yo no he dicho que tengas que dejar la escultura.
—Cornelio dirigió sus pasos hacia un extremo del taller y señaló el busto del alto funcionario de la administración romana en el que Diodoro estaba trabajando—.
Puedes dedicarte a los retratos y demás muestras de arte que no impliquen la creación de falsas divinidades.
—Imposible. ¡Con eso no bastaría para mantenerme! La mayor parte de mis ingresos provienen de las estatuillas de los lares domésticos y de las grandes esculturas de los templos grecorromanos.
La gran ironía radicaba en que, durante los primeros siglos del cristianismo, la Iglesia rechazaba el culto a las imágenes, tanto pinturas como esculturas, y cualquier intento por introducirlas habría encontrado una gran resistencia.
Por una parte, el segundo mandamiento [21] de la Biblia así lo establecía.
Y, por otra, los cristianos no querían reproducir las mismas prácticas de las religiones paganas que tanto criticaban.
De no haber sido así, Diodoro podría haberse dedicado a crear estatuas para la naciente Iglesia cristiana.
—Si tienes dificultades económicas durante tu transición, estamos dispuestos a ayudarte en lo que haga falta —ofreció Cornelio—.
Personalmente, me encantaría que formases parte de la Iglesia.
Me consta que no eres de los hombres que se arrugan ante las adversidades, y que tu fe es sólida como una roca.
Diodoro se giró y dio unos pasos para alejarse de los visitantes. Estaba muy enfadado y, al mismo tiempo, se sentía confuso y decepcionado. El obispo no tenía derecho a ponerle ante una disyuntiva semejante.
Cornelio le hizo una seña a Cirilo para abandonar el taller. Sabía que Diodoro necesitaba tiempo para pensar, y no deseaba presionarlo.
—Cuando hayas tomado una decisión, házmelo saber —dijo el obispo antes de salir—. No hay prisa. Si tu compromiso con Cristo es inequívoco, como así lo creo, siempre tendrás abiertas las puertas de la Iglesia.
Ya en el exterior, la pareja emprendió el camino de regreso.
Durante los primeros minutos no intercambiaron palabra.
Cornelio iba ensimismado en sus pensamientos, sin darse cuenta de que Cirilo quería decirle algo, pero no se atrevía.
El diácono, aunque trataba de disimularlo, estaba ligeramente alterado.
Finalmente, fue el propio obispo quien rompió el silencio con una pregunta.
—¿Qué decisión crees que tomará?
—Bueno… Realmente, es difícil saberlo.
—Yo tampoco lo tengo claro.
Segundos después, Cirilo se detuvo repentinamente en mitad de la calzada.
—Señor, hay algo importante que debo contarle.
Cornelio se giró hacia él y frunció el ceño.
—Te has puesto blanco. ¿Se puede saber qué pasa?
—Se trata del robo de la colecta… Hasta ahora no recordaba con qué me habían golpeado, pero en cuanto vi el martillo de Diodoro, lo supe de inmediato.
Cornelio lo miró estupefacto.
—¿Estás diciendo que fue él quién te atacó?
—Sopesó un instante aquella posibilidad y continuó, casi como si hablase consigo mismo o pensase en voz alta—: En su día, me dijiste que el agresor era un hombre alto y corpulento, características que encajan perfectamente con las de Diodoro.
Y, desde luego, él estaba al corriente de la colecta que se había llevado a cabo.
—No, no. Al atacante sigo sin poder ponerle cara —se apresuró a aclarar Cirilo—. Solo digo que me golpearon con un martillo, pero ni siquiera estoy seguro de que fuese de los que se usan para esculpir.
—Pero tampoco puedes descartar que Diodoro cometiese el robo, ¿verdad?
—No, claro, aunque…
—¿Aunque qué? —lo apremió Cornelio—. Continúa, no te quedes callado ahora.
—Verá, la vez anterior, el obispo Serapión y yo visitamos a Diodoro en otro lugar de trabajo: un taller mucho más pequeño y peor ubicado. Este, en cambio…
—Entiendo lo que insinúas. ¿Y cuánto hace que Diodoro se trasladó aquí?
—No lo sé, pero puedo averiguarlo —replicó Cirilo.
—Hazlo. Por lo que a mí concierne, el que robó la colecta podría ser cualquiera.
11
A primera hora de la tarde, Calpurnio y su hija paseaban por los Jardines de Dafne.
El encuentro se había producido por petición de Falconila, que por fin había reunido el valor para desvelar a su padre lo que llevaba tanto tiempo ocultándole: su relación con Druso. La muchacha sabía el riesgo que asumía dando aquel paso. Aun así, estaba decidida a asumir las consecuencias .
Un chiquillo que pedía limosna los abordó en las inmediaciones de la entrada.
Su aspecto llamaba a la compasión. Estaba sucio y harapiento, y tan flacucho como una rama en invierno.
Calpurnio siguió andando sin prestarle atención.
Falconila, en cambio, incapaz de permanecer impasible ante el sufrimiento de otro ser humano —especialmente cuando se trataba de un niño pequeño—, enseguida rebuscó en su bolsa y logró rescatar unas monedas.
El chiquillo se deshizo en gracias y esbozó una de sus contadas sonrisas del día.
Calpurnio negó con la cabeza, reprobando el gesto de su hija.
—Ese pobre crío vive en la calle —se justificó ella—. No tiene padres ni nadie que se ocupe de él.
—¿Y qué? Ese no es nuestro problema. Si le diese dinero a cada niño huérfano con el que me topase, habría perdido toda mi fortuna. En Antioquía los hay a miles.
Padre e hija se internaron en el parque y atravesaron un sendero serpenteante, que discurría bajo el entramado de ramas que conformaban cedros y cipreses, a modo de dosel.
Multitud de mariposas revoloteaban entre los matorrales y arbustos, mientras mirlos y jilgueros llenaban el aire con sus gorjeos.
El dulce aroma de las flores se propagaba con la brisa.
Los Jardines de Dafne constituían un complejo paisajístico ubicado en la zona sur de la ciudad que se caracterizaba por su belleza y que se había convertido en el lugar de esparcimiento más popular entre los habitantes de Antioquía.
El nombre que recibía se relacionaba con Dafne, la ninfa conocida por haber protagonizado con el dios Apolo una trágica historia de amor.
—Mamá está entusiasmada con el perfume que le regalaste por vuestro aniversario —comentó la joven para romper el hielo.
—El mérito te lo debo todo a ti. A mí nunca se me habría ocurrido hacerle un regalo tan original.
—A sus amigas les encanta. Y, por lo visto, se mueren de envidia porque, como lo encargamos expresamente para ella, no pueden conseguir otro igual.
—Sí. Se lo pone en cuanto tiene la ocasión.
El silencio volvió a instalarse entre ellos
Desde que Falconila confesase su conversión al credo cristiano, su padre se había distanciado ligeramente de ella, sin que en realidad hubiese tenido lugar una discusión entre ambos.
En general, el ambiente dentro de la familia se había enrarecido.
Livia, su madre, se esforzaba en vano por preservar las buenas relaciones entre todos.
Sin embargo, los hermanos de Falconila no podían comprender a qué venía aquella extravagancia, ni cómo su hermana se había dejado engañar tan fácilmente por aquella nueva secta que tanta aceptación encontraba entre los pobres.
—¿Te has bautizado ya? —inquirió Calpurnio cambiando de tema—. Me contaste que te estabas preparando.
—No, todavía es pronto.
—Hija, ¿estás segura de dar ese paso? Aún estás a tiempo de recuperar la cordura.
—No me gusta que hables así, papá —repuso Falconila—. Como si yo estuviese loca, solo porque tengo unas creencias diferentes a las tuyas.
—Ya sé que no estás loca, no hay por qué tomárselo al pie de la letra.
La muchacha se detuvo un instante y miró a su padre a los ojos para reforzar su mensaje.
—Mi decisión nace de lo más profundo de mi alma. Soy cristiana y lo seré el resto de mi vida.
—De acuerdo, de acuerdo. Necesito algo de tiempo para aceptarlo, nada más.
—Eso lo entiendo —dijo ella.
Delante de su hija, Calpurnio procuraba mostrarse tolerante. A sus espaldas, había tramado un plan para atacar a los cristianos de Antioquía mediante la obra de teatro que le había encargado a Calandio…, asunto del cual, por supuesto, Falconila no debía enterarse.
—De todas maneras, me dolió mucho que me mintieses, ocultándome durante tanto tiempo tu pertenencia a la secta cristiana… Y por cierto, me consta que Tariq te encubrió durante tus frecuentes salidas para que no nos enterásemos.
—No lo castigues, por favor. Él tan solo se limitó a seguir mis instrucciones.
—Tranquila, no pienso hacerlo. Tariq es uno de los sirvientes que más tiempo lleva en nuestra familia, todos sentimos por él un aprecio sincero.
Padre e hija continuaron avanzando en silencio, hasta alcanzar la sección central de los jardines.
El corazón del parque, atravesado por un riachuelo de aguas cristalinas, albergaba un conjunto de fuentes y estatuas de mármol, así como bancos de piedra donde sentarse.
Numerosos visitantes paseaban distraídamente, disfrutando del entorno sereno que la naturaleza les proporcionaba.
—¿Nos sentamos? —propuso Falconila, señalando un banco que estaba vacío.
—No estoy cansado.
—No importa. Quiero contarte una cosa y prefiero que nos acomodemos en alguna parte.
Por cómo le tembló la voz, Calpurnio adivinó enseguida que su hija iba a confesarle algo importante.
—Bueno, pues ya puedes empezar —dijo el edil tras tomar asiento.
—Papá, no hay otra forma de decir esto que siendo directa —advirtió—. He conocido a un hombre en las asambleas cristianas.
—¡¿Qué?! ¡¿Un hombre?!