CAPÍTULO TERCERO
« Sed sobrios como templos de Dios, y estad firmes en la fe, buscando a Dios, que no padece ni es mudable. No os dejéis llevar por las enseñanzas vanas de algunos que extravían a muchos, sino manteneos firmes en lo que habéis aprendido y en lo que os ha sido entregado ».
Policarpo de Esmirna
Diodoro le daba los últimos retoques a la estatua de Marte en la que llevaba semanas trabajando. Y lo más destacable de todo: lo hacía en su nuevo taller.
Después de muchos años de incansable trabajo, por fin había podido trasladarse a un sitio donde ejercer su oficio de escultor con condiciones más apropiadas.
Mucho mejor ubicado, el nuevo taller era increíblemente amplio, de techos altos sostenidos por columnas de mármol y grandes ventanales por los que la luz del sol se derramaba generosamente.
El resto de sus obras a medio hacer se hallaban perfectamente ordenadas, no como antes, amontonadas contra la pared por falta de espacio.
Incluso había renovado algunas de sus herramientas.
Más demandado que nunca, Diodoro se encontraba en el momento culminante de su carrera. Y algo muy parecido podía decirse a nivel personal. Tras casi dos largos años de catecumenado, faltaban solo unos días para que lo bautizaran.
A la hora prevista, Diodoro recibió la visita de Nassim, el sacerdote del templo de Apolo que le había encargado la obra de Marte.
—Adelante, por favor.
Nada más acceder al interior, la mirada de Nassim se dirigió hacia la escultura situada en el centro de la estancia, sustentada en un pedestal. El sacerdote había acudido hasta allí para supervisar los avances y realizar las últimas indicaciones antes de que estuviese terminada.
—¡Ya luce espléndida! —exclamó entusiasmado.
El sacerdote, que vestía un manto dorado sobre la túnica y lucía numerosas joyas en las manos, comenzó a rodear lentamente la estatua para apreciar cada detalle.
—Tengo que felicitarte, Diodoro. El rostro de Marte refleja con fidelidad la expresión que te había pedido.
Los ojos del dios de la guerra oteaban el horizonte, como si buscasen en la distancia su siguiente batalla. Las cejas fruncidas acentuaban la intensidad de la mirada y los labios, cerrados y serenos, sugerían concentración y autoridad.
Nassim prosiguió con el minucioso examen que estaba llevando a cabo.
La estatua tenía los pies separados a la altura de los hombros, con la pierna izquierda ligeramente adelantada indicando su disposición a entrar en acción.
Por atuendo llevaba una túnica corta y un casco sobre la cabeza.
Sostenía una lanza en su mano derecha, y los músculos del torso, los brazos y las piernas estaban muy definidos, incluso en tensión, como si el dios se preparase para lanzar un golpe poderoso.
—Esta escultura será la envidia de los demás templos —reconoció el sacerdote con evidente satisfacción—. Has hecho un trabajo extraordinario, Diodoro.
—Bueno, aún tengo que pulir algunas partes, sobre todo el casco y los pliegues de la túnica…
—¿Cuándo nos la podremos llevar?
—Dame unos días, es todo cuanto necesito.
De pronto, Nassim dio unos pasos y se situó a escasos centímetros de Diodoro con gesto particularmente serio.
—Hay un tema delicado que debo tratar contigo —dijo en tono confidencial.
Diodoro, extrañado, enarcó una de sus cejas.
—Te escucho.
—Ha llegado a mis oídos un desconcertante rumor —señaló—. Se dice que eres cristiano. ¿Es cierto?
El escultor sintió que el corazón se le aceleraba. Había temido durante tanto tiempo que llegase ese momento… Se tomó un segundo para inspirar hondo y, con voz firme, afirmó:
—Lo soy. No voy a negarlo.
La expresión del sacerdote se volvió aún más sombría.
—Eso no me lo esperaba —admitió. La situación, de repente, se había tornado terriblemente incómoda—. Los cristianos son gente supersticiosa, ignorante y, peor aún, desleal al Imperio. ¿Cómo puedes estar tan ciego como para no verlo?
Diodoro, aunque herido en su orgullo, optó por guardar silencio. Enzarzarse en una disputa con Nassim tan solo habría servido para empeorar aún más las cosas.
—Al menos, contéstame a una pregunta —insistió—. Los cristianos solo creen en un único dios, ¿verdad?
—Cierto.
—¿Significa eso que no crees en las divinidades cuyas representaciones tú mismo esculpes con tanto esmero y dedicación?
—Así es —confirmó Diodoro—. Lo cual, desde luego, no influye en absoluto en la calidad de mi trabajo. Creo que el resultado final habla por sí solo.
Nassim comenzó a caminar en círculos por la estancia, mientras negaba con la cabeza.
—Está bien —concluyó—. No cometeré el error de juzgarte por tus creencias. Lo que de verdad cuenta es tu talento. Y sobre eso no puedo hacerte ningún reproche. Ni yo ni nadie… Pero déjame darte un consejo. Sé discreto y evita las ostentaciones públicas de tu credo.
—Por eso no tienes que preocuparte. A los cristianos nos conviene ser reservados para no soliviantar a las autoridades. Además, solo revelamos nuestras enseñanzas a quienes realmente hayan dado prueba de su fe.
—En tal caso, puedes estar seguro de que no te faltará trabajo.
Aclarada la cuestión, Nassim se marchó tras acordar los términos de la entrega de la estatua. Diodoro dejó escapar un largo suspiro de alivio en cuanto se vio de nuevo solo. Si el sacerdote no hubiese transigido, su futuro como escultor se hubiese visto en entredicho.
***
Diodoro recibió aquel mismo día otra visita destacada. Una que no estaba prevista.
A primera hora de la tarde, llamó a su puerta la pareja formada por Cornelio y Cirilo. Al diácono ya lo conocía, pero al nuevo obispo solo de vista. El escultor inclinó la cabeza a modo de saludo y los invitó a pasar al interior.
—Bienvenidos. Entrad, por favor.
—Gracias. No te pillamos en mal momento, espero —dijo Cirilo.
—No, en absoluto.
Como no podía ser de otra manera, la estatua de Marte atrajo de inmediato la atención de los recién llegados.
—¡Vaya! ¡Qué trabajo tan magnífico! —alabó el diácono de forma sincera.
Cornelio, en cambio, guardaba silencio mientras recorría lentamente el taller, observando con detenimiento las esculturas que lo atestaban.
Diodoro miró al obispo tan sorprendido como intrigado, hasta que, de repente, comprendió que el motivo de su presencia allí debía estar relacionado con su inminente bautismo.
—Tengo entendido que te has convertido en uno de los escultores más solicitados de la ciudad —comentó Cornelio.
—Supone la recompensa a muchos años de trabajo.
Diodoro advirtió que todavía sostenía en las manos el cincel y el martillo, así que los dejó sobre la mesa de herramientas.
Viéndole hacer aquello, Cirilo se agitó ligeramente, como si un recuerdo difuso lo hubiese atravesado, aunque enseguida se obligó a recuperar la compostura para que no se le notase.
—¿Quién te ha encargado esta estatua? —preguntó Cornelio señalando al dios Marte.
—Nassim, el sacerdote del templo de Apolo.
—Ya veo.
El obispo se pasó la mano por la calva que coronaba su cabeza y frunció el ceño en un gesto que denotaba severidad.
—He venido para conocerte, Diodoro —desveló—. El próximo domingo yo mismo oficiaré el bautismo del nuevo grupo de catecúmenos que ya ha cumplido su periodo de formación…
—Estoy ansioso por formar parte de la Iglesia en toda su plenitud.
—Pero antes, debes saber algo muy importante… Algo que probablemente no te resultará fácil de digerir.
Diodoro arrugó la frente e instintivamente se puso a la defensiva.
—¿Ocurre algo malo?
—Como sabes, es responsabilidad del obispo examinar a los candidatos al bautismo para evaluar si de verdad son dignos de entrar en la Iglesia o no. Solo quienes superan la prueba inician entonces su periodo de preparación.
—Claro que lo sé —contestó Diodoro—. El obispo Serapión ya se encargó de evaluarme hace dos años. ¿Verdad, Cirilo?
El diácono, que había sido testigo del proceso descrito, lo confirmó con un asentimiento de cabeza.
—No lo pongo en duda —admitió Cornelio—. Me consta, incluso, que has sido un catecúmeno ejemplar durante todo este tiempo. Por desgracia, dadas las circunstancias, no puedo dejar que te bautices.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Existen ciertos trabajos que resultan incompatibles con la ética cristiana —explicó el obispo—, y el tuyo es uno de ellos.
La referida prohibición afectaba a un puñado de oficios que se consideraban inmorales.
A los actores, por ejemplo, se les reprochaba interpretar a divinidades, utilizar máscaras en sus actuaciones y comportarse de forma lasciva y licenciosa.
El caso de los gladiadores era distinto.
A ellos se los excluía por la violencia inherente a su profesión.
—No lo comprendo —objetó Diodoro—. ¿Qué tiene de malo lo que hago?
—¿Acaso no salta a la vista? Te dedicas a crear ídolos paganos —respondió mostrando con la mano las obras que invadían el taller.
—Pero yo sé que son falsos. No los adoro, solo me limito a esculpirlos.
—Eso no importa —replicó Cornelio—. Entiéndelo, tus obras promueven las falsas creencias. Te ganas la vida fomentando la idolatría entre la población.
—Esa es una acusación injusta. Si yo no esculpiese estas representaciones, lo haría cualquier otro escultor. ¿Qué diferencia hay?
—Esos otros escultores no aspiran a bautizarse en la fe cristiana.
Pese a tenerlo todo en contra, Diodoro no estaba dispuesto aún a darse por vencido.
—Pues el obispo Serapión no pensaba lo mismo. Él sabía desde el principio a lo que me dedicaba y nunca puso la menor objeción.
—Serapión se volvió demasiado indulgente, especialmente durante los últimos años. En determinados casos, decidió ignorar ciertas tradiciones y directrices, lo que le llevó a tomar decisiones más que cuestionables.
En ese momento, Cirilo consideró intervenir en defensa de su anterior jefe. Sin embargo, dado lo tenso del ambiente, decidió finalmente no sumarse también a la discusión.
—Yo vivo de acuerdo con los valores cristianos y lo he demostrado sobradamente —insistió Diodoro—. Si no me cree, pregúntele al presbítero encargado de mi catecumenado. He cumplido con todo lo que se esperaba de mí.