CAPÍTULO SEGUNDO #7
Poco a poco comenzaron a llegar sus primeros feligreses de la tarde, mujeres y ancianos en su mayoría.
El presbítero los fue recibiendo cálidamente, satisfecho de ver nuevas caras, y agradeciendo con una sonrisa las viandas que algunos le traían, puesto que era lo único de lo que se alimentaba.
Una treintena de fieles se repartieron por el cobertizo y buscaron acomodo en el suelo.
Tan pronto como se hubieron sentado, Evodio les lanzó una dura diatriba con los ojos encendidos de cólera.
—¡Sabed que Jesucristo glorioso retornará en breve para establecer su reino en la tierra durante mil años, del que los justos participarán victoriosos, mientras que sus enemigos serán derrotados!
Durante ese tiempo, Satanás permanecerá encadenado, y los elegidos gozarán en la tierra de una vida paradisíaca, llena de toda clase de bienes materiales y espirituales.
Los aldeanos no comprendían la mitad de lo que Evodio decía, pero eso era lo de menos. Su poderosa voz, cavernosa y persuasiva, en combinación con la fogosidad que lo embargaba, provocaba el paroxismo de sus oyentes.
—¡Pasados esos mil años, el diablo se librará de sus ataduras!
Entonces tendrá lugar la batalla definitiva entre el bien y el mal, en el que Jesús, el Cordero de Dios, derrotará definitivamente a Satanás, al que encadenará y arrojará para siempre a un lago de azufre.
¡Será entonces cuando se produzca el Juicio Universal!
Evodio guardó un calculado silencio, tan solo interrumpido por el susurro del viento que se filtraba entre los tablones de madera. Sus ojos se posaron sucesivamente en cada uno de sus feligreses, como si pudiese traspasarles el alma con la mirada.
—Por eso debemos estar preparados para la segunda venida de Cristo y demostrar que somos miembros dignos de su Iglesia.
¿Y cómo?, os preguntaréis. En primer lugar, dando testimonio de nuestra fe frente a los que aún se postran ante los falsos ídolos del pasado.
¡Incluso soportando el martirio si fuese necesario!
Y, en segundo lugar, practicando el ayuno a menudo, privándose de comer carne y absteniéndose de mantener relaciones sexuales.
Al oír eso último, una mujer alzó tímidamente la mano.
—¿Sí?
—Pero… yo estoy casada —arguyó—. Tengo obligación de satisfacer los deberes maritales.
—En tal caso, y si de verdad deseas vivir en la pureza, considera la posibilidad de abandonar a tu cónyuge.
Un murmullo de desacuerdo se despertó entre los presentes.
—¿Abandonarle? No me veo capaz de hacer algo así.
—¡Todos debemos hacer sacrificios para ser considerados dignos a los ojos del Señor y alcanzar la salvación!
A continuación, Evodio decidió leer un pedagógico pasaje del evangelio de Lucas para serenar el ambiente.
Los aldeanos eran gentes sencillas, analfabetos e ignorantes de la cultura y la filosofía, acostumbrados a una religión de tradición oral, a quienes los libros les impresionaban por su capacidad para contener una gran cantidad de información, como la referida a la vida y enseñanzas de Jesús de Nazaret.
Por último, partió el pan, lo consagró y lo repartió entre un puñado de privilegiados que ya estaban preparados para recibir la eucaristía porque habían sido bautizados.
Aunque Evodio se mostraba muy estricto con los candidatos al bautismo, no exigía demasiado tiempo de preparación, pero sí se aseguraba sobre todo de la fortaleza de su compromiso.
Una vez concluida la ceremonia, Evodio los emplazó hasta el próximo encuentro y los fieles se fueron marchando. Algunos se quedaron rezagados para plantearle sus dudas, que el presbítero aclaró gustoso.
El sol ya se fundía con el horizonte en un cielo de tonalidades naranjas cuando por fin se quedó solo.
Evodio ordenó sus escasas posesiones y comió algo de la fruta que le habían traído.
Después se arrodilló y, con los ojos cerrados, rezó durante una hora seguida.
Cuando terminó, la oscuridad ya se había apoderado del día.
El presbítero cristiano se tumbó en el lecho de paja que hacía las veces de cama dispuesto a entregarse al sueño, no sin antes enfrascarse en uno de sus habituales diálogos internos con el Altísimo.
«Gracias, Padre celestial, por permitirme ser tu instrumento en estas tierras. Tú, que eres la guía de nuestras vidas, estás obrando maravillas en un lugar tan poco favorable. Que estas semillas recién plantadas florezcan y den frutos en abundancia».
Aunque su plan de evangelizar a la población rural avanzaba lentamente, estaba dando pasos en la buena dirección y esperaba ir aumentando poco a poco su reducida base de fieles.
Al día siguiente, visitaría una aldea donde ya había estado otras veces y en la que su presencia ya se toleraba.
Eso sí, procuraría evitar a los sacerdotes de la diosa Atargatis, que se la tenían jurada.
Ya no necesitaba correr tantos riesgos como al inicio de su llegada.
Evodio se durmió plácidamente pensando que, en caso de enfrentarse a una situación complicada, el Espíritu Santo no lo abandonaría.