CAPÍTULO SEGUNDO #6
Los sacerdotes se tocaban la cabeza con mitras y lucían abigarradas túnicas que se sujetaban con coloridos cinturones.
Algunos se habían cubierto la cara de arcilla y otros llevaban los ojos ostentosamente pintados.
La efigie de Atargatis iba montada a lomos de un asno, envuelta en un manto de seda y coronada por una diadema de flores.
Cuando la procesión llegó a la plaza, los sacerdotes intensificaron los cánticos y el estruendo de los tambores.
Los fieles más entregados parecieron sumirse en un éxtasis orgiástico, mientras el resto se deshacía en suplicas y alabanzas hacia la diosa.
El presbítero cristiano contemplaba con repugnancia aquel descarado acto de idolatría, apretando los puños para contenerse.
A continuación, uno de los sacerdotes se despojó de su túnica y se flageló la espalda con un látigo.
La sangre no tardó en brotar, y sus colegas comenzaron a solicitar las dádivas correspondientes.
Los fieles respondieron al llamamiento y les echaron algunas monedas, pero sobre todo les hicieron entrega de ofrendas en especie, como queso, vino o leche, que los sacerdotes recogieron y apilaron a lomos de los jumentos, para luego reanudar la ceremonia.
Uno de ellos sacó un cuchillo y, mostrándolo en alto a la multitud, exigió el sacrificio de una bestia para complacer los deseos de Atargatis.
Al poco, dos campesinos le llevaron un cordero sujeto por las patas, al que inmovilizaron en el suelo.
El pobre animal berreaba aterrorizado, mientras el sacerdote comprobaba que no tuviese ningún defecto.
Tras dar el visto bueno, los celebrantes elevaron una oración al cielo y solicitaron la protección de la diosa.
De una sola cuchillada, certera y experta, el sacerdote degolló al cordero de cuyo pescuezo comenzó a manar sangre en abundancia.
La muchedumbre contemplaba con reverencia el ritual y participaba de los cánticos cuando tocaba.
Pero para Evodio el sacrificio del animal supuso la gota que colmaba el vaso.
El presbítero, tan impulsivo como temerario, actuaba movido por una fuerza interior que él atribuía a la presencia del Espíritu Santo y que no podía contener.
De lo contrario, jamás habría intervenido en una situación en la que llevaba todas las de perder.
—¡Basta! ¡Abrid ojos a la verdad y abandonad de inmediato la adoración de los falsos ídolos! —bramó dando un paso al frente—. ¡Vuestros ritos y vuestros rezos constituyen una ofensa al único Dios verdadero!
El gentío, atónito, lo miró con más curiosidad que otra cosa. Los sacerdotes, en cambio, se indignaron tanto por la interrupción como por la osadía de sus palabras.
—¡Márchate de aquí ahora mismo o recibirás el castigo que te mereces! —le gritó el que había oficiado el sacrificio.
La amenaza, sin embargo, no surtió efecto.
—¡La idolatría es un grave pecado que conduce directo a la condenación eterna! —insistió Evodio—. ¡Arrepentíos ahora que aún podéis! ¡Dios es misericordioso y sabrá perdonaros!
Hartos de su insolencia, varios sacerdotes se lanzaron sobre él con intención de apresarlo.
Pero Evodio, ante la sorpresa general, no solo no trató de huir, sino que se entregó sin oponer resistencia.
Dos hombres lo sujetaron y le inmovilizaron las manos detrás de la espalda, mientras el sacerdote principal se le aproximaba blandiendo el cuchillo del que aún goteaba la sangre del cordero.
—¡Desdícete de tus palabras y arrodíllate ante Atargatis! ¡De lo contrario, yo mismo te sacrificaré para satisfacer sus ansias de venganza!
Si alguien esperaba ver al presbítero cristiano suplicar por su vida, no podía estar más equivocado.
—¡He venido a vosotros para compartir la buena nueva de la venida de Jesús de Nazaret, sus enseñanzas y su mensaje de amor y compasión!
¡Y si mi destino es morir por él, que el martirio sirva para abrirme las puertas de su reino en el cielo!
—exclamó ofreciendo su cuello y sin dar la menor muestra de sentir temor a la muerte.
El sacerdote, que tan solo había pretendido asustarlo a modo de escarmiento, llegó a la conclusión de que se hallaba ante un loco, un fanático religioso, por el que desde luego no estaba dispuesto a mancharse las manos de sangre.
Así pues, ordenó que entre varios lo arrastraran hasta los límites del pueblo y lo expulsaran como a un apestado.
—¡Y no vuelvas más! ¡La próxima vez no nos mostraremos tan benévolos contigo!
Evodio, herido en su orgullo, pero nada más que eso, se puso en pie mientras se sacudía el polvo de la túnica. Los obstáculos jamás lo desanimaban. Más bien al contrario, lo alentaban a no cejar en su difícil labor misionera.
Su acción, lejos de haber sido inútil, había servido para plantar algunas semillas.
En la distancia, varias mujeres lo vieron alejarse, preguntándose quién era ese hombre y a qué dios adoraba, que incluso estaba dispuesto a dar la vida por él.
***
Era media tarde y Evodio se hallaba en el cobertizo abandonado que constituía su refugio.
Resultaba sorprendente que la estructura aún se sostuviese en pie.
Las paredes estaban repletas de vetas grises y las precarias vigas de madera amenazaban con vencerse de un momento a otro.
El tejado, parcialmente hundido por un extremo, dejaba entrar la luz del día con la misma facilidad que lo hacía el frío de la noche.
En el suelo de tierra aún podían verse las huellas de las reses que antes lo habían pisoteado, y en los rincones más oscuros, proliferaban viejas telarañas que se mecían con el aire.
Junto a su cama se apilaban los objetos litúrgicos necesarios para oficiar la eucaristía, que constituían las únicas posesiones del presbítero cristiano.
Entre ellos se incluían varios rollos de pergamino que contenían textos sagrados, imprescindibles para su labor.
Evodio volvió a rememorar su episodio de la semana anterior.
Había recapacitado sobre ello, y había llegado a la conclusión de que sus métodos evangelizadores no eran precisamente los más recomendables.
Cuando se estaba en territorio hostil, convenía mostrarse respetuoso con las tradiciones locales y evitar una confrontación directa con sus habitantes.
No obstante, puesto que él no tenía la suficiente paciencia como para ganarse gradualmente la confianza de los aldeanos, decidió seguir optando por un estilo más directo que, aunque entrañaba sus riesgos, también le proporcionaba buenos resultados .
Evodio se había desplazado un par de veces a la ciudad, pero solo de visita. Pese a saber que Antioquía contaba con una significativa comunidad cristiana, había preferido no contactar con ella y restringir su acción apostólica a la población rural, actuando en solitario como tenía por costumbre.