Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEGUNDO #5
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CAPÍTULO SEGUNDO #5

—No lo entiendo. Como esclavo no recibes ningún salario. ¿Cómo has logrado entonces reunir el dinero?

—Trabajando fuera del horario establecido. El propietario del taller me ha dado permiso para vender las piezas que fabrique por mi cuenta. Lo llevo haciendo más de cinco años, ahorrando cada sestercio que gano.

—Nunca me lo habías contado —terció Falconila sin ocultar su extrañeza.

Druso se encogió de hombros.

—Tampoco había surgido en ninguna conversación. —Y cogiéndole las manos, dijo con una gran sonrisa—: Lo importante es que cuando hables con tu padre, podrás presentarme como liberto.

Falconila le devolvió una tímida sonrisa. No quería hacerse demasiadas ilusiones. Las posibilidades de que Calpurnio aprobase su matrimonio con Druso seguían siendo escasas. No obstante, como esclavo, directamente no habría tenido ninguna oportunidad.

—Amor, debo regresar al taller, antes de que el dueño aparezca de repente y no me encuentre allí. Mis compañeros solo pueden cubrirme unos minutos.

—Sí, lo sé.

Druso la besó de nuevo, de forma mucho menos casta que la vez anterior. Su lengua se abrió paso en la boca de ella, y ambas se juntaron en una especie de danza improvisada. Segundos después, la muchacha lo apartó suavemente.

—Para. ¿Y si nos pilla alguien? —arguyó—. Además, este lugar me desagrada —añadió, mirando los restos de basura desperdigados por el callejón.

Eso era lo máximo que se podían permitir.

Hasta la fecha, la pareja se había abstenido de mantener relaciones sexuales por decisión propia.

Aunque, de haber querido, tampoco lo habrían tenido fácil.

Más allá de aquellos breves encuentros como el que acababan de mantener, los dos jóvenes solamente se veían en las celebraciones cristianas.

Él se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando, y a ella no la dejaban salir de casa salvo en contadas ocasiones, y siempre acompañada.

Por eso el matrimonio constituía la única salida para poder estar juntos y mantener una relación satisfactoria.

Nada más abandonar el callejón, los sorprendió un incidente que estaba teniendo lugar en ese mismo momento.

—¡Al ladrón! ¡Ese maldito crío ha vuelto a robarme otra vez!

Un niño de unos diez años corría como alma que lleva el diablo, perseguido por un mercader que lo amenazaba con una vara.

El chiquillo, que apretaba contra su pecho una hogaza de pan, iba sorteando todos los obstáculos con que se topaba a su paso.

Aun así, el hombre había logrado acortar distancias y estaba a punto de atraparlo.

Druso decidió intervenir y, moviéndose con rapidez, interceptó al crío y lo sujetó entre sus brazos.

—Tranquilo —le susurró al oído—. No te pasará nada.

El individuo que lo perseguía se detuvo y se tomó unos segundos para recuperar el aliento.

—Gracias —dijo al fin—. Ahora apártate para que pueda darle su merecido.

El niño lo miró con auténtico pavor. Saltaba a la vista que vivía en las calles y que a veces hurtaba algo de comida obligado por las circunstancias.

—No, no lo va a tocar —replicó Druso con firmeza.

—Pero ¿qué dices? ¿Es que no ves que me ha robado?

Falconila dio un paso al frente y le tendió unas monedas.

—Yo pagaré la hogaza de pan que se ha llevado —terció.

—Aun así, se merece que lo castigue con la vara —contestó tras aceptar el pago—. Y además, pienso entregarlo a las autoridades.

Druso se cruzó de brazos y se plantó frente a él con aire amenazador.

—Váyase de aquí, usted ya ha cobrado por su mercancía. Del niño ya nos ocuparemos nosotros.

El hombre se encaró con Druso con intención de amedrentarlo, pero viendo que no daba resultado, acabó echándose atrás. Si llegaban a las manos, sabía que tenía todas las de perder. En vez de eso, señaló al crío y, empuñando la vara en alto, le gritó:

—¡No quiero volver a verte cerca de mi puesto! ¿Está claro? ¡La próxima vez no tendrás tanta suerte!

Y dicho esto, se dio media vuelta y se perdió tras doblar una esquina.

Falconila dejó escapar un suspiro de alivio. Druso había arriesgado mucho. Si ese hombre hubiese sabido que era un esclavo, le habría bastado con hablar con su amo para causarle serios problemas.

—Eh, oye. Robar no está bien. —Druso se había arrodillado y le dedicaba al niño una mirada severa—. Aunque si lo haces, ten más cuidado para que no te vean —añadió guiñándole un ojo.

El chiquillo asintió, pero no se quedó para escuchar más consejos. En cuanto vio que el peligro había pasado, salió disparado en la dirección opuesta bien aferrado a su hogaza de pan.

—En las calles hay demasiados niños sin hogar —se lamentó Falconila.

—Me consta que la Iglesia hace lo que puede, pero cuenta con recursos muy limitados.

Druso ya se había ausentado demasiado tiempo, de modo que la pareja regresó de inmediato al taller. Frente al inmueble, el joven esclavo tomó a Falconila por última vez de las manos y dijo:

—No poseo ningún bien, mi sangre carece de la menor gota de linaje y, salvo mi amor, no tengo mucho más que ofrecerte. ¿De verdad estás segura de querer estar conmigo pese a todas las dificultades?

—¿Acaso no te he dicho que sí cientos de veces? Nada de este mundo, ni fuera de él, me haría cambiar de opinión —contestó ella, esbozando una sonrisa cómplice.

Pregunta y respuesta constituían en realidad una especie de código entre ambos, que después de las primeras veces se había acabado convirtiendo en una broma recurrente que usaban en el momento de despedirse.

Druso volvió al trabajo y Falconila emprendió a toda prisa el camino de vuelta para reencontrarse con su sirviente.

Durante el trayecto, no dejó de pensar en si algún día llegaría a realizar su sueño o no.

Compartir la vida con Druso era todo cuanto necesitaba para ser feliz.

La fe cristiana le había enseñado que no necesitaba de lujos ni de privilegios, pese a haber crecido con ellos desde su nacimiento.

No es que renegase de ellos, Falconila era muy consciente de las ventajas que proporcionaban, pero pensaba que con tener cubiertas las necesidades fundamentales, todo lo demás carecía de verdadera importancia.

No tardó mucho tiempo en reunirse de nuevo con Tariq, que la esperaba sin moverse del lugar señalado.

—Si me permite ser sincero con usted, creo que cada vez corre mayores riesgos.

El eunuco estaba al corriente de su relación con Druso, la propia Falconila se lo había desvelado. Si pretendía contar con su complicidad, debía ser completamente franca con él.

—Si tú no dices nada, todo irá bien.

—Yo soy una tumba, ya lo sabe. ¿Acaso no mantuve en secreto durante un año lo de su conversión al cristianismo?

—Y ya ves, cuando se lo he contado a mi padre no ha pasado nada —repuso ella.

—Esto es mucho más grave. ¡Se está viendo a escondidas con un esclavo! Su padre la quiere mucho, pero esto no se lo perdonará jamás. Se enfadará tanto, que la encerrará en su casa y no la dejará salir a ninguna parte.

—Si tienes razón o no, lo sabremos en breve. Voy a contárselo dentro de poco.

—Ah, usted está enamorada y no se da cuenta de la locura que comete —replicó Tariq—. Mi consejo es que se olvide de él.

—Eso ni pensarlo. Además, Druso se convertirá pronto en liberto. Y cuando eso ocurra, mi padre lo verá con otros ojos.

9

Evodio se refrescó en la pequeña fuente de piedra que había en una esquina de la plaza.

Aquella aldea era una de tantas que se arracimaban en torno a la ciudad de Antioquía, cuya población, de origen sirio, se dedicaba principalmente al cultivo de la tierra y la cría de ganado.

Las casas de barro y techos de paja se alineaban a ambos lados de su única vía, mientras el resto se amontonaba de forma anárquica, casi unas encima de otras.

En las inmediaciones, huertos de árboles frutales bordeaban las parcelas donde los campos de cereales se extendían hasta un cerro lejano.

Después de beber, Evodio vertió un poco de agua en los bajos de su túnica para limpiarla de la suciedad que la impregnaba. Mientras frotaba, observó que numerosos aldeanos se congregaban en la plaza, circunstancia que solía anticipar la celebración de algún tipo de acto.

«Oh, Señor, concede sabiduría a mi discurso y entendimiento suficiente a aquellos que aún no conocen tu amor. Que mi voz sea un eco de tu misericordia, y que cada palabra que pronuncie sea una semilla que caiga en tierra fértil», murmuró para sí.

Evodio era un presbítero cristiano que, a la manera de los antiguos misioneros itinerantes, se desplazaba de un sitio a otro para sembrar en los corazones de la gente la fe en Cristo resucitado.

Ordenado por el obispo de Frigia, en Asia Menor, había hecho un largo camino hasta llegar a las inmediaciones de Antioquía, donde se había propuesto evangelizar a la población rural, que en su mayoría adoraba a Atargatis, una diosa local que se asociaba a la fecundidad y las buenas cosechas.

Evodio se había instalado en el destartalado cobertizo de una granja abandonada, que también utilizaba como sede improvisada para recibir a los pocos adeptos que hasta el momento había logrado convertir.

Tan solo llevaba un mes allí, por lo que todavía le quedaba mucho trabajo por delante.

De repente, el viento arrastró hasta la aldea el tribal sonido de címbalos y palillos.

Los aldeanos aplaudieron entusiasmados. El cuerpo de Evodio, en cambio, se tensó porque sabía lo que eso significaba.

Instantes después, un grupo de hombres seguido de una reata de asnos se hizo visible en el horizonte.

Eran sacerdotes de la diosa Atargatis, a la que habían sacado en procesión para completar un recorrido que abarcaba varias localidades.

Evodio los observó llegar con el ceño fruncido, mientras se mesaba la abundante y desaliñada barba que le cubría buena parte de la cara.

Lucía un cuerpo extremadamente delgado, debido a los frecuentes ayunos que realizaba.

Aun así, el rasgo que más lo caracterizaba era su profunda mirada, capaz de traspasar el alma de quien lo escuchara.