Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEGUNDO #4
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CAPÍTULO SEGUNDO #4

—Galacia, cuando nombre a tu sustituto, tú serás su diaconisa. ¿De acuerdo?

Pese a lo humillada que se sentía, asintió con un ligero movimiento de cabeza.

—¿Y qué pasará conmigo? —inquirió Zósimo, preocupado.

—Por el momento, continúa aprendiendo de ella.

Y con esa última instrucción, Cornelio dio la reunión por concluida. Lo que había venido a decir ya lo había dicho.

8

Falconila había salido aquella mañana de casa con la excusa de acudir al principal mercado de la ciudad, si bien su verdadero interés se hallaba en otro lugar no muy alejado de allí.

Iba acompañada, como de costumbre, por su sirviente de confianza.

Él debía velar por ella y no separarse nunca de su lado.

Sin embargo, ambos habían alcanzado un pacto con el que los dos salían ganando: ella podía gozar de cierta libertad para hacer lo que quisiera y, a cambio de unas monedas, él mantenía la boca cerrada.

—Espérame aquí, junto al obelisco —indicó Falconila.

El sirviente en cuestión se llamaba Tariq, un eunuco que llevaba toda la vida al servicio de la familia y que había visto crecer a Falconila desde la cuna.

Por eso, más allá del beneficio económico que obtenía por su complicidad, la ayudaba por el sincero aprecio que le tenía.

Tariq había jugado un papel clave en el engaño de Falconila, en el que esta fingía ir a las termas con su amiga Jantipa cuando, en realidad, acudía a las casas donde se reunían los cristianos.

—No tarde mucho en volver.

—Tranquilo, volveré enseguida.

La hija de Calpurnio enfiló sin perder un segundo la vía que conducía hacia el barrio de los artesanos.

El corazón le palpitaba con frenesí, como lo haría el de cualquier joven enamorada.

Dejó atrás la calle de los orfebres y se internó en la de los herreros, hasta detenerse ante un taller de fundido y soplado de vidrio que ocupaba todo un inmueble de una sola planta.

En el exterior, sobre unas esteras de hojas de palma, se exhibía un amplio repertorio de recipientes y frascos para la venta. Falconila no les prestó atención y, en lugar de eso, se asomó por el amplio ventanal que se abría en la fachada.

En un patio interior, situado a cielo abierto, varios hombres curtidos en el oficio trabajaban en torno a un horno de piedra de un metro de altura alimentado con carbón .

La materia prima, una amalgama de arena, sosa y cal, se fundía hasta convertirse en una masa pastosa, que tras disminuir de temperatura adquiría la densidad necesaria para ser manipulada.

Provistos de turbantes, los artesanos trabajaban con el torso desnudo para combatir el calor.

El más veterano se encargaba de mantener el fuego avivado, mientras el resto empleaba diversos útiles, como pinzas y moldes, para cortar y modelar el vidrio caliente.

Uno de ellos acopló una porción de pasta en el extremo de un tubo de metal y sopló en su interior hasta hinchar la ampolla y transformarla en una vasija prometedora.

La muchacha no podía apartar los ojos de él mientras lo hacía.

Y es que Falconila mantenía con aquel joven en cuestión una relación de la que su familia no sabía nada. Druso, su amor.

Por desgracia, Druso era esclavo, propiedad del dueño del taller de soplado de vidrio.

Su padre jamás le habría permitido verse con él, y menos aún contraer matrimonio.

Incluso la ley romana prohibía los enlaces entre una dama de la aristocracia y un vulgar esclavo.

Pero a pesar de todo, ella estaba dispuesta a lo que fuese para casarse con él.

Falconila se puso de puntillas y agitó los brazos para llamar su atención. Sin embargo no fue Druso, sino otro de los hombres, el primero en darse cuenta de su presencia.

—Han venido a verte —comentó sin mostrarse sorprendido, pues no era la primera vez que aquella muchacha aparecía por allí.

Druso se volvió hacia Falconila y con gestos le dijo que lo esperase.

Ella asintió y se situó bajo la sombra de un pórtico cercano.

Mientras esperaba, recordó cómo se habían conocido.

Fue en la primera asamblea cristiana a la que asistió con Jantipa.

En tales encuentros, las diferencias sociales se diluían y, desde el primer instante en que sus miradas se cruzaron, se apoderó de ellos una atracción inevitable.

La palabra flechazo describía con bastante precisión lo que ambos habían sentido.

Con el tiempo, Falconila se dio cuenta de que Druso, más allá de tratarse de un esclavo, era un joven atento y considerado que compartía con ella valores semejantes.

Cuando Falconila pensaba en su amado, no podía evitar sentirse conmovida.

Druso jamás había conocido la libertad. Huérfano desde edad muy temprana, había sido vendido y revendido en varias ocasiones, hasta acabar a los dieciséis años en manos del dueño del taller de fundido y soplado de vidrio.

Allí aprendió el oficio y no había dejado de trabajar desde entonces.

Un amigo de Druso fue quien le habló del credo cristiano, cuyos principios y enseñanzas le proporcionaron la esperanza que necesitaba para levantarse cada mañana y afrontar las duras condiciones de vida que le habían tocado en suerte.

Ya llevaba varios años bautizado y tenía un compromiso absoluto con la Iglesia.

Por fin, el joven encontró el momento adecuado para ausentarse unos minutos del taller.

Al verlo llegar, Falconila se mordió ligeramente el labio inferior.

Su apolíneo aspecto físico la tenía cautivada.

¿A qué negarlo? Druso poseía las hechuras de un atleta: hombros anchos y brazos fuertes, piel bronceada y un cuerpo musculoso esculpido a base de incontables horas de trabajo.

También era guapo. Sus ojos azules, nariz recta y pómulos marcados se combinaban para concebir un rostro sugestivo y varonil.

Por contra, un sinfín de cicatrices le cubrían buena parte del torso y las manos, producto de las quemaduras que se había hecho aprendiendo un oficio tan sacrificado.

Al encontrarse, ambos evitaron exhibir muestra alguna de afecto en público. En lugar de eso, encaminaron sus pasos hacia un callejón cercano que moría en una tapia, que solía estar vacío. El lugar apestaba a orines y a excrementos de rata, pero al menos les proporcionaba un poco de privacidad.

—¿Por qué no acudiste la semana pasada al encuentro dominical? —preguntó ella.

—Lo siento, me fue del todo imposible.

Druso besó castamente a Falconila en los labios.

—No te esperaba.

—Es que ya no podía esperar más . Tengo que contarte algo. Por eso he venido.

Druso advirtió la ansiedad en la mirada de Falconila, que no le restaba un ápice a su extraordinaria belleza.

Sus compañeros del taller lo habían felicitado por cazar a una muchacha así, que no solo pertenecía a la aristocracia local, sino que además resultaba ser increíblemente atractiva.

Druso, en cambio, consideraba una desgracia el abismo social que los separaba, por cuanto constituía un obstáculo casi insalvable para poder estar juntos.

—¿Qué ocurre? —inquirió Druso.

—Mi padre ya sabe que soy cristiana —confesó con excitación—. No tenía planeado decírselo todavía, pero se me presentó la oportunidad y no quise desperdiciarla.

—¿En serio? ¿Y cómo se lo tomó?

—Bueno… No le gustó, obviamente, pero tampoco me ha obligado a renunciar a mis creencias —explicó ella—. Me quiere demasiado como para enfadarse conmigo.

El maullido de un gato callejero que pasó a escasa distancia de ellos los distrajo un breve instante.

—¿Y crees que llegará algún día a interesarse por nuestra fe? —inquirió Druso—. ¿Por qué no lo intentas? A ti te escucharía.

—De ninguna manera. Mi padre está demasiado apegado a los dioses tradicionales. A mi madre tal vez podría convencerla. Pero, ahora mismo, no me parece buena idea tensar aún más la situación.

—Entonces, supongo que no le habrás dicho nada de mí…

—No, aún no. Darle las dos noticias el mismo día… le habría provocado un ataque al corazón. Y también habría reaccionado de forma completamente distinta. —Falconila suspiró—. Lo sé. Sé que debo contárselo cuanto antes. Como se entere por boca de terceros, será mucho peor.

De repente, la muchacha agachó la cabeza y se echó a llorar con amargura. Druso tomó su rostro entre las manos y limpió sus lágrimas con los pulgares.

—Vamos, cálmate. Todo está bien.

—Nunca podremos estar juntos —sollozó—. Y cuando mi padre se entere de lo nuestro, jamás permitirá que nos volvamos a ver.

El joven sostuvo la cara de Falconila con delicadeza y la miró directamente a los ojos.

—Soy consciente de lo difícil que lo tenemos, pero no desesperes —y con tono enigmático, murmuró—: Quizás tengamos una oportunidad después de todo…

—¿De qué estás hablando?

—No pensaba decírtelo hasta haberlo confirmado, pero te prometo que muy pronto se hará realidad.

Druso esbozó una sonrisa intrigante.

—Entonces se trata de una buena noticia, ¿verdad?

—Muy buena…

—¡Pues venga! ¡Dímelo ya de una vez! —pidió Falconila impaciente.

El joven rio.

—Está bien, está bien. Voy a comprar mi propia libertad —desveló él.

Una expresión escéptica se dibujó en el rostro de la muchacha.

—¿Un esclavo puede hacer eso?

—No en todos los casos. Depende de que se den ciertas condiciones y, sobre todo, de la voluntad de su amo. En mi caso, estoy capacitado para iniciar mi propio proceso de manumisión por un precio relativamente razonable.

—¿Y por qué no me lo habías dicho antes? Yo podría haberte ayudado. No hace falta que te recuerde que vengo de una familia acaudalada. Hace poco, sin ir más lejos, mi padre se gastó una cantidad obscena de dinero en un perfume elaborado especialmente para mi madre.

—Ese dinero no habría procedido de ti, sino de Calpurnio. Si de verdad aspiro a ganarme su respeto, no quiero tener que deberle nada.

Falconila pensaba a toda velocidad.

—¿Y de qué cantidad estamos hablando?

—Por suerte, no demasiada. Mi dueño me tiene en gran estima.