Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEGUNDO #3
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CAPÍTULO SEGUNDO #3

Zósimo se sonrojó y dejó entrever su sempiterna sonrisa de dientes torcidos.

—Aunque, para llegar a convertirse en un diácono tan brillante como Cirilo, todavía le queda mucho por aprender —puntualizó Galacia, provocando esta vez el rubor del diácono del obispo.

Mientras hablaban, los asiduos al comedor habían comenzado a marcharse tras apurar el contenido de sus platos.

La presbítera se excusó y, junto a Zósimo, se puso a lavar la vajilla y a limpiar la sala.

Cirilo se unió a ellos para acelerar el proceso y acabar cuanto antes. El obispo no disponía de mucho tiempo.

Cuando todo quedó arreglado, los cuatro se sentaron en torno a una mesa para comenzar la reunión. Cornelio entrelazó los dedos de las manos y tomó la palabra:

—Desde que tomé posesión del cargo, estoy revisando los gastos de nuestra iglesia para aliviar la carga económica que soportamos.

Pero no debéis preocuparos, nos seguiremos ocupando de que el comedor social permanezca en funcionamiento.

Iniciativas como esta suponen el mejor ejemplo de lo que significa seguir a Cristo.

—Gracias —repuso Galacia—. Abrirlo cada día supone un gran esfuerzo, pero la satisfacción del resultado hace que merezca la pena. Sin embargo…

—¿Sin embargo…?

—Bueno, me temo que este lugar ya se nos está quedando pequeño.

—Comprendo. Si encuentras una ubicación más adecuada, comunícanos el coste que supondría el traslado. Cirilo lleva las cuentas y nos dirá si es factible o no.

—Así lo haré.

El obispo tomó nota mental de la cuestión y pasó al siguiente tema.

—Y, hablando de cuestiones económicas, me gustaría hacerte algunas preguntas relacionadas con el robo de la colecta.

—¿Aún no se sabe quién lo hizo? —inquirió la presbítera.

—No hay ni la menor pista. Las autoridades parecen haberse desentendido por completo del asunto.

Galacia posó la mano afectuosamente en el antebrazo de Cirilo.

—¿Y tú? ¿Ya te has recuperado del todo?

El diácono se palpó la nariz para mostrar que el tabique se le había quedado un poco desviado.

—Me llevé un gran susto, pero con la ayuda de Dios he salido adelante.

—Sentí mucho la muerte de Serapión —apuntó Galacia—. Estoy segura de que, si el robo no se hubiese producido, aún seguiría con nosotros.

—Yo también lo sentí —terció Zósimo, interviniendo por primera vez en la conversación.

—Todos lo lamentamos —convino Cornelio—. Aunque al menos nos queda el consuelo de saber que ahora se halla en el reino de los cielos.

Galacia miró al obispo con sus grandes ojos de color pardo.

—¿Y en qué puedo ayudarle? Me temo que poca cosa puedo decirle yo acerca del robo.

—¿Has notado si recientemente las condiciones de vida de alguno de tus feligreses han mejorado de forma repentina? ¿O si alguno se ha marchado precipitadamente para establecerse en otra parte?

—No, en absoluto —contestó Galacia—. Si alguien se hubiese enriquecido de la noche a la mañana, nos habríamos enterado. Como bien sabe, este es un barrio muy pobre. Y tampoco me consta que se haya ido nadie. Aunque… Bueno…

—¿Qué ocurre? —inquirió Cornelio.

—Había una mujer… Se llama Trifena. Una fiel muy devota. Tanto, que incluso me trasladó su deseo de hacerse diaconisa. Sin embargo, de repente dejó de acudir a los encuentros sin dar ninguna explicación.

—Interesante…

—Pero esto que le cuento sucedió meses antes del robo de la colecta, no creo que guarde ninguna relación.

—Coincido contigo. De todos modos, gracias por comentarlo.

El obispo se estiró en su silla, proyectando una imagen que acentuaba aún más su autoridad.

—Galacia, he de comunicarte una decisión que no va a gustarte… Antes, déjame recalcarte que tu labor es impecable. Trabajas en un barrio difícil y, pese a todo, mantienes unidos en la fe a un numeroso grupo de cristianos.

¿Una decisión que no iba a gustarle? Al principio, Galacia se sintió algo confusa por el extraño anuncio del obispo. Sin embargo, enseguida creyó adivinar a qué se refería.

—Me lo imaginaba… —terció—. Es acerca del sueldo que algunos miembros del clero ya están recibiendo por parte de la iglesia antioquena, ¿verdad?

El obispo Serapión sabía que yo lo necesitaba porque me veo en la necesidad de trabajar por las tardes en un taller de costura para salir adelante.

Así que prometió concederme una asignación en cuanto pudiese.

Pero supongo que viene a decirme que de momento no va a ser posible.

—No, me temo que se trata de una cuestión mucho más delicada. Y conste que me cuesta mucho tener que decirte esto, pero es mi obligación. —Cornelio tomó una profunda bocanada de aire—. Galacia, debo destituirte de tu cargo eclesiástico con efecto inmediato.

Galacia se quedó paralizada. Y Zósimo, literalmente, con la boca abierta. Incluso Cirilo, que ignoraba las intenciones del obispo, lo miró como si este hubiese perdido la cabeza.

—¿Me depone del cargo? ¿Lo he oído bien? —inquirió sin dar crédito—. ¿Y se puede saber por qué?

—Solo los hombres pueden acceder al presbiterado. Algo que tampoco debería sorprenderte tanto. Sabes muy bien que eres la única mujer presbítera en toda Antioquía.

Galacia, aún trastornada por la noticia, se rebeló de forma instintiva.

—Pues Serapión me ordenó hace tres años. ¿Qué ha cambiado desde entonces?

—Nada, en realidad —replicó Cornelio—. He revisado la correspondencia que Serapión mantuvo con la iglesia de Roma, y nunca debió hacerlo. Me temo que el anterior obispo no actuó con todo el rigor que debiera.

Cirilo intervino de inmediato en defensa de su anterior jefe.

—Con todo el respeto, permítame decirle que esa afirmación no me parece justa.

Estoy seguro de que, si Serapión decidió ordenar a Galacia y ponerla al frente del barrio de Kerateion, fue porque consideró que se trataba del candidato más adecuado.

Su decisión, por tanto, la tomó pensando en el mejor interés de la iglesia antioquena.

—No dudo de sus buenas intenciones, pero él conocía bien las directrices que recibía desde Roma. Es inaceptable que cada cual vaya haciendo excepciones a su antojo.

No conforme con la tajante respuesta de su superior, Cirilo volvió de nuevo a la carga.

—La iglesia de Antioquía goza de la misma autonomía que sus hermanas repartidas por todo el Imperio. ¿Por qué tendría entonces que obedecer a la iglesia de Roma? ¿Desde cuándo la iglesia romana está por encima del resto?

Cornelio lanzó a su diácono una severa mirada con la que esperaba disuadirle de volver a llevarle la contraria. Sus argumentos lo estaban poniendo en un verdadero brete.

—Aunque cada iglesia goce de cierta independencia, todas forman parte de una sola Iglesia universal.

Y la iglesia de Roma, de hecho, como mediadora en multitud de conflictos, se está erigiendo en la cabeza de la institución.

Necesitamos normas comunes que unifiquen a todas las iglesias a nivel de doctrina, liturgia y organización.

Y, por lo que se refiere a esta cuestión en particular, en ninguna iglesia de Occidente verás a una mujer ocupando el cargo de presbítero, de modo que en Oriente no puede ser distinto.

Tras asimilar la noticia, Galacia pasó de la incredulidad a la indignación.

—En los inicios de la Iglesia, durante los tiempos del apóstol Pablo y los predicadores itinerantes, muchas mujeres estuvieron al frente de comunidades cristianas —argumentó con convicción—. Usted lo sabe tan bien como yo.

—La Iglesia ha crecido. Antes, tan solo constituía una semilla tratando de germinar en condiciones extraordinariamente adversas. Ahora cuenta con su propia estructura jerárquica.

Galacia estaba tan furiosa que parecía que iba a estallarle una vena del cuello. Acostumbrado a su carácter risueño, Zósimo la miraba sin reconocerla. Nunca antes la había visto así.

—Hace un momento me estaba felicitando por mi labor en el barrio. Y, muy especialmente, por la iniciativa del comedor social. ¿Y un minuto después se deshace de mí? ¡¿Qué sentido tiene eso?!

—No te estoy expulsando de la Iglesia, Galacia —aclaró el obispo en tono conciliador—. Podrás continuar llevando a cabo tu obra caritativa como diaconisa. Tan solo estás limitada a enseñar públicamente, a bautizar y a oficiar la eucaristía. No deberías hacer un drama de esto…

—¡Me está despojando de mis funciones sacerdotales y, encima, pretende restarle importancia! —Galacia negó con la cabeza, los labios tensos y la mirada encendida—. Lo que sigo sin entender es cómo se justifica semejante decisión. Quiero decir, ¿por qué las mujeres no podemos ser presbíteras?

Cornelio juntó las manos e inclinó el cuerpo hacia delante.

—Las mujeres no habéis sido instituidas para enseñar, ni para asumir aquellas funciones impropias de vuestra naturaleza.

Ciertamente, entre los discípulos de Jesús también hubo mujeres, como María Magdalena, Juana, Salomé o María, la madre de Santiago.

Sin embargo, Cristo únicamente escogió a los apóstoles para que instruyesen al pueblo.

Si hubiese querido que las mujeres predicasen, también las habría mandado hacerlo…

Pero no lo hizo, por eso sabemos que esa fue su voluntad.

—Esa interpretación de los evangelios no es nada justa —protestó Galacia.

—Justa o no, se trata de la postura oficial de la Iglesia —sentenció el obispo.

Cuando se dio cuenta de que nada lo haría cambiar de opinión, Galacia se vino definitivamente abajo. De la incredulidad había pasado al enfado, para acabar sumida en una inmensa tristeza.

—¿Y quién ocupará mi puesto? —preguntó resignada.

—Ahora mismo no hay ningún candidato disponible. Mientras, les pediré a los presbíteros de los barrios más próximos que celebren aquí algún oficio de vez en cuando.

—¿Va a dejar a los cristianos de Kerateion sin pastor, sabiendo que yo podría ocuparme perfectamente de todo?

—Solo de forma temporal.

Una lágrima asomó a los párpados de Galacia, que se cubrió la cara con las manos para que no la viesen llorar. El silencio se apoderó de la estancia, al tiempo que todos se esquivaban la mirada. Finalmente, el obispo volvió a intervenir: