CAPÍTULO SEGUNDO #2
Hacia el este, podía distinguirse claramente la fortaleza romana alzándose sobre la ladera del monte Silpio. Y casi en la misma vertical pero por debajo de aquella, el recinto del teatro, donde había vivido tantas satisfacciones… y también tantas amarguras.
—Por favor, vuelve aquí y escucha hasta el final lo que tengo que decirte —rogó Calpurnio—. No seas tan testarudo.
Por fin, Calandio se calmó y regresó a la silla situada frente a la mesa del edil.
—Lo que te propongo crear es algo completamente original y diferente. Algo que nadie ha hecho hasta ahora. Al menos, aquí en Antioquía.
Aquella declaración de intenciones logró despertar la curiosidad del dramaturgo, que siguió escuchando atentamente.
—Quiero que escribas una feroz parodia de las creencias y prácticas cristianas —desveló Calpurnio—. Una burla despiadada que provoque un sinfín de carcajadas entre el público.
De entrada, Calandio debía reconocer que la idea le resultaba atractiva, así como todo un desafío desde el punto de vista profesional.
—¿A qué viene una petición así? —inquirió intrigado—. Es evidente que detrás ha de haber una buena razón.
Calpurnio se esperaba la pregunta, que no tuvo reparo alguno en contestar. Es más, si deseaba obtener la colaboración del dramaturgo, le convenía sincerarse con él.
—Mi hija se ha convertido a ese estrafalario culto. Y no me preguntes cómo ha pasado, porque ni yo mismo lo sé —confesó—. Por eso quiero que ridiculices a los cristianos hasta que ellos mismos se sientan avergonzados, y que el pueblo los vea como un hazmerreír.
—¿Y así esperas que tu hija renuncie a su fe?
—No lo sé, pero seguro que ayudará.
El plan de Calpurnio no carecía de sentido. En aquel tiempo, el teatro ejercía una enorme influencia sobre la sociedad, debido a su extraordinario poder para transmitir ideas y sentimientos.
—Pues esto me recuerda otra cosa —apuntó Calandio—. Licomedes también es cristiano. Él mismo me lo contó hace unos días.
—¿Licomedes, el acaudalado comerciante? —Calpurnio negó con la cabeza—. ¿Lo ves? ¡Esa maldita religión es como una plaga! Ya no solo se extiende entre los pobres, sino también entre la gente pudiente. ¡Por eso tenemos que hacer algo!
Calandio entornó los ojos y miró a su interlocutor con cierta suspicacia.
—Creo que te olvidas de una cosa —advirtió—. ¿No había una ordenanza local que impedía usar el teatro para atacar a los cultos religiosos?
—¡Vamos, Calandio, no te pongas ahora escrupuloso! —repuso el edil—. Esa ordenanza se remonta a los tiempos de Vespasiano, y se promulgó a raíz de los graves disturbios que provocaron los judíos después de ver su fe ridiculizada en el escenario.
—De acuerdo, han pasado más de setenta años desde entonces… Pero que yo sepa, la ordenanza sigue vigente.
—Bah, por eso no debes preocuparte. Aunque los cristianos se quejen, no son de armar tumultos en las calles. —Calpurnio se expresaba con calma y seguridad—. Además, soy yo, en virtud de mi cargo, quien aprueba o no las obras de teatro antes de que se representen. Yo asumiré toda la responsabilidad.
El dramaturgo, que estaba echado hacia delante, suspiró y se recostó de nuevo en el respaldo de la silla.
—Reconozco que suena interesante, Calpurnio. Y hace unos años hubiese aceptado el reto sin dudarlo. Por desgracia, me debo al proyecto en el que estoy trabajando ahora. ¿Por qué no se lo pides a otro?
—Tú mismo lo has dicho antes, no hay nadie que esté a la altura. Y para este encargo quiero al mejor. —El edil adoptó su tono de voz más persuasivo—. El dinero te vendría bien. Ni siquiera tú niegas lo delicado de tu situación.
—Aún puedo aguantar con lo que tengo. Y cuando triunfe con mi tragedia, la riqueza llamará de nuevo a mi puerta.
—Estás soñando, Calandio. Ningún productor de teatro se atreverá a poner dinero en ella después de tus últimos fracasos.
—Lo harán cuando la lean y se conmuevan. Yo tengo talento para el drama y pienso demostrarlo.
Calpurnio se puso en pie, apoyó las manos sobre la mesa y fijó su mirada en la de su invitado.
—Te propongo lo siguiente —anunció con aire decidido—. Escribe para mí la comedia que te pido y me comprometo a sufragar los gastos yo mismo de tu anhelada tragedia.
Calandio lo miró perplejo.
—¿Lo dices en serio?
—Totalmente en serio.
Aquello lo cambiaba todo por completo. Calandio no solo se ahorraría las dificultades para obtener la financiación necesaria para su obra, sino que además se aseguraría su estreno, nada más y nada menos que de la mano del máximo responsable de las artes escénicas de la ciudad.
—Júralo.
—Te lo juro por mi honor y por todos los dioses del panteón romano, desde Júpiter hasta Apolo.
Aquella oferta era demasiado buena como para rechazarla, y el dramaturgo lo sabía.
—En tal caso… Lo haré. Aunque puedo pecar de orgulloso, desde luego no soy un idiota.
—Sabia decisión —aprobó Calpurnio con una sonrisa—. Pero tendrás que ponerte con ello de inmediato. Quiero que la obra se estrene en unas pocas semanas.
—No hay problema.
—Fantástico. —El magistrado se levantó animoso y fue a servir dos copas de vino—. Ahora hablemos de tus honorarios…
7
El obispo Cornelio deambulaba por las callejuelas de Kerateion, bajo un sol ardiente que recalentaba las casas de adobe como si de un momento a otro fuesen a derretirse.
En el aire confluía una variopinta mezcla de olores, que iban desde las especias exóticas de un puesto de mercado hasta el humo de las cocinas de los hogares más próximos.
La escasez de infraestructuras públicas, así como el pésimo mantenimiento de las que había, acentuaba aún más la pobreza de un barrio que, pese a todo, encontraba la manera de sobrevivir a las adversidades.
—Me parece que nos hemos perdido —dijo el obispo sin disimular su frustración.
—No, creo que vamos por buen camino —contestó Cirilo.
El diácono acompañaba a su superior con aire resignado. Aunque ya se estaba acostumbrando al carácter del nuevo obispo, echaba muchísimo de menos a su antecesor en el cargo.
—¿Y dónde estuviste ayer por la tarde? —inquirió Cornelio—. Creo que te tomas demasiado tiempo libre teniendo en cuenta la responsabilidad que conlleva tu cargo.
—No puede dudar de mi compromiso, señor. Pero creo que también tengo derecho a descansar y a tomarme algo de tiempo para mí mismo. ¿No le parece?
Cornelio ni siquiera se molestó en contestarle. En vez de eso, se detuvo y comenzó a mirar a su alrededor con aire desconfiado.
—¿Puedes preguntar a alguien para asegurarnos de que vamos bien?
Cirilo obedeció y conversó brevemente con un par de vecinos que descansaban a la sombra de un portal.
—Es por aquí —confirmó—. Estamos tan solo a un par de calles.
—De acuerdo —refunfuñó Cornelio.
En ese momento, alguien los llamó desde un callejón con voz pretendidamente seductora.
—¿Os apetece pasar un buen rato?
Se trataba de una mujer cuyo aspecto no incitaba al pecado, pues ni con toda la pintura que le cubría la cara lograba ocultar las huellas de una vida dura y desgraciada.
Con gesto obsceno, la fulana se palpó los pechos en un intento de atraer a sus potenciales clientes…
, estrategia que, sin embargo, no dio el menor resultado.
Cornelio adoptó una expresión altiva y desvió la mirada.
—Podríamos darle una limosna —propuso Cirilo.
—Es una prostituta, ¿es que no te has dado cuenta?
—Claro que sí, pero igualmente su situación no parece nada buena.
El obispo agitó desdeñosamente una mano en el aire.
—Ni se te ocurra, eso sería desperdiciar el dinero. Sigamos antes de que se nos haga más tarde —espetó.
El obispo llevaba unos días visitando a los distintos presbíteros que formaban parte del clero antioqueno.
Quería conocerlos en sus ámbitos naturales de trabajo, supervisar su labor, saber de primera mano sus problemas, e instruirles acerca de las directrices generales que la Iglesia estaba implantando.
Y, de paso, aprovechaba para realizar ciertas pesquisas relacionadas con el robo de la colecta.
Ese día se había trasladado hasta allí para entrevistarse con Galacia, la presbítera al frente del barrio de Kerateion.
—Aquel debe ser el lugar que buscábamos —comentó Cirilo.
—¿El comedor social del que me has hablado?
—Exacto.
—¿Y a quién pertenece el local? —preguntó Cornelio.
—Pagamos un alquiler que sale de la caja común —aclaró el diácono—. Serapión aprobó el gasto y la iniciativa tuvo una gran acogida desde el primer momento. Además, proporcionamos también algunos fondos para la adquisición de los alimentos.
—Está bien. Entremos para comprobarlo.
El interior estaba repleto de indigentes que apenas levantaban la cabeza del plato.
Para muchos de ellos, aquella constituía su única comida del día.
Galacia se paseaba entre las mesas para asegurarse de que no faltaba nada, al tiempo que conversaba con ellos.
Fue durante una de sus idas y venidas del comedor a la cocina, cuando vio aparecer a los recién llegados.
La visita del obispo no la sorprendió, pues ya estaba avisada de que se produciría más pronto que tarde. Saludó a Cirilo de forma efusiva, pues ambos se conocían desde hacía varios años. Con Cornelio, sin embargo, aunque había coincidido con él en alguna asamblea, apenas había tenido trato.
—Me honra con su visita —dijo Galacia.
—Y yo debo admitir que estoy impresionado —repuso el obispo—. ¿Es cierto que el comedor abre todos los días?
—Menos el domingo, mi función sacerdotal acapara todo mi tiempo en el día del Señor.
Galacia aprovechó para llamar a su diácono, que estaba en la cocina y no se había dado cuenta de que tenían visita. Zósimo se aproximó al grupo con los hombros encogidos, intimidado por la presencia del obispo.
—Sin Zósimo no podría hacer todo lo que hago —terció la presbítera—. Su labor es primordial para que todo funcione como es debido.
—Buen trabajo, muchacho —lo felicitó Cornelio—. Elegir el camino de servir a Cristo no resulta fácil. Y, pese a tu juventud, ya te has convertido en todo un ejemplo para la comunidad.