CAPÍTULO SEGUNDO
« Seguid todos al obispo, como Jesucristo sigue al Padre, y al presbiterio, como a los apóstoles; y respetad a los diáconos, como al mandamiento de Dios.
Que nadie haga nada relacionado con la Iglesia sin el obispo.
Solo debe considerarse válida aquella Eucaristía que se celebre bajo la autoridad del obispo o de quien él designe ».
Ignacio de Antioquía
Calandio observó a lo lejos el palacio de Antioquía, residencia del gobernador y principal centro administrativo de la región.
Como provincia imperial, al frente de Siria se hallaba un gobernador romano, elegido por el propio emperador entre sus hombres más leales.
Por una parte, comandaba el ejército de Roma en el Cercano Oriente.
Y, por otra, en la esfera civil, supervisaba la administración de justicia, tenía poder absoluto sobre todos los ciudadanos no romanos de la provincia, recaudaba los impuestos y fiscalizaba las decisiones del senado antioqueno local.
El palacio se hallaba erigido en una isla rodeada por el río Orontes, conectada al resto de la ciudad a través de varios puentes.
En la distancia, la obra arquitectónica se elevaba como un faro de cristal, resplandeciendo con la intensidad de un diamante recién pulido.
La sección más antigua se remontaba a los reyes seléucidas, mientras que la más reciente se debía a la restauración ordenada por el emperador Trajano.
Tras los muros que lo rodeaban, se extendían hermosos jardines rebosantes de las más exóticas flores y plantas, como si un pedazo del paraíso hubiese brotado allí.
El dramaturgo cruzó el puente principal a pie, frustrado por no poder trasladarse en litera.
Su precaria situación financiera le impedía permitirse aquel tipo de lujos, tan comunes en el pasado.
Bajo la pasarela, embarcaciones de pequeño tamaño surcaban las cetrinas aguas del río: algunas descendían hacia la desembocadura del Orontes, en busca del mar, mientras otras se dirigían hacia el muelle situado en la dirección opuesta.
El tráfico fluvial generado por el comercio se mantenía a lo largo de todo el día.
Calandio había sido convocado al palacio por Calpurnio, cuya magistratura en el senado se encargaba de aprobar las obras de teatro que se representaban en la ciuda d .
El motivo del encuentro era incierto, pues en la nota que había recibido no se especificaba.
Mientras duró su éxito, el edil y él habían mantenido una relación cordial, incluso amistosa por momentos, hasta acabar enfriándose por completo tras sus recientes fracasos.
Después de mucho pensar, el dramaturgo creía haber adivinado el motivo de tan inesperada invitación.
La noche que pasó con su amigo Licomedes yendo de taberna en taberna, Calandio bebió en exceso y acabó hablando más de la cuenta.
Tanto, que le había desvelado con pelos y señales el argumento de la obra que estaba escribiendo, esa con la que se había propuesto triunfar de nuevo y recuperar la corona como el mejor autor teatral de Antioquía.
¿Y si Licomedes le había hablado a Calpurnio acerca de su proyecto?
Ambos eran hombres prominentes, que podían fácilmente haber coincidido en un encuentro social, o en una fiesta nocturna…
En tal caso, la noticia podía haber despertado el interés del edil, razón por la cual habría solicitado aquella reunión con él .
Calandio mostró la invitación a los centinelas que esa mañana estaban apostados en la puerta amurallada, atravesó los soberbios jardines y fue recibido en el vestíbulo de entrada por un atento chambelán.
Un vistazo rápido a su porte y a la forma de expresarse le bastó para deducir que, como él, también era homosexual.
El chambelán chasqueó los dedos y le indicó que lo siguiese.
Aunque el dramaturgo había estado en el palacio con anterioridad, no dejaba de impresionarle la magnificencia del lugar.
Recorrieron largos pasillos, escaleras de mármol y amplias estancias, todas ellas decoradas con ricos murales, techos artesonados de oro, jarrones de bronce corintio sobre pilares de jaspe, grandes candelabros colgados de vigas de cedro y fastuosas alfombras persas.
Cuando por fin llegaron al despacho del edil, el chambelán le invitó a pasar y se retiró con una leve reverencia.
El amplio recinto contaba con divanes de seda, bustos bellamente tallados, un brasero de carbón que no estaba encendido y un escritorio de madera que despedía un olor dulzón, sobre el que reposaba una lámpara de triple mecha.
Calpurnio, tan orondo como de costumbre, se hallaba cómodamente arrellanado tras su mesa de trabajo.
—¡Me alegro de verte, Calandio! —lo saludó—. Toma asiento, por favor.
Calpurnio, como miembro del senado local, llevaba muchos años ocupando la magistratura responsable de organizar las fiestas que llenaban el calendario de los antioquenos.
Lo cual incluía toda suerte de juegos y entretenimientos: las luchas de gladiadores, las carreras de carros, las cacerías escenificadas, las competiciones atléticas y, por supuesto, las obras teatrales.
—Ya ni recuerdo cuánto hace desde la última vez que pisé tu despacho —repuso Calandio, en lo que podía interpretarse como un sutil reproche—. Tienes buen aspecto. ¿Cómo va todo? ¿Y tu mujer y tus hijos? —preguntó a continuación para contrarrestar la indirecta anterior.
—Me considero afortunado. Júpiter y los demás dioses velan por nosotros.
En realidad, no todo iba tan bien. La inesperada conversión al cristianismo de Falconila, además de causarle un gran disgusto, había desestabilizado la armonía familiar.
Sus hermanos se lo habían tomado bastante mal, temerosos del daño reputacional que semejante insensatez podría suponerles.
Y aunque habían intentado disuadirla, su hija se mantenía fiel a su nueva fe.
—¿Y a qué debo el honor de tu invitación?
—Quería hablar contigo.
—Supongo que de asuntos de trabajo —apuntó Calandio—. De lo contrario, no me habrías hecho venir a palacio.
—Acertaste. ¿Has visto la última obra de Cuserón? El arpa mágica se titulaba.
—Para mi desgracia, sí que la vi. Un horror del que, salvo por la decente interpretación de los actores, no se salvaba absolutamente nada.
Estaba construida sobre una premisa estúpida y el desarrollo de la historia no la mejoraba.
Y lo peor de todo es que no hacía la menor gracia, por mucho que lo intentara.
¿Cuál es el propósito de una comedia entonces, si no hace reír?
Calpurnio escuchó la opinión del dramaturgo sin que se alterase su expresión.
—¿Y qué te pareció La noche de las musas de Carvilio?
—No tan mala, lo admito —respondió Calandio—. Pero solo por un par de escenas algo divertidas. ¿El resto? Una pérdida de tiempo. Aunque tampoco me sorprende. El ingenio de Carvilio siempre ha brillado por su ausencia.
—Eres muy duro en tus valoraciones… —terció el edil—. Sin embargo, en esencia no me queda más remedio que darte la razón. Y por eso precisamente pienso que tienes que volver a los escenarios. Antioquía echa en falta tu talento.
Una amplia sonrisa, no exenta de cierta vanidad, se dibujó en el enjuto rostro del dramaturgo.
—Ah, ya veo que has oído hablar de la nueva obra que estoy escribiendo.
Me falta muy poco para acabarla. Si quieres, podría incluso dejarte leer el primer acto.
La historia se desarrolla en un mundo mitológico donde los héroes son adorados como semidioses y protectores del reino.
Sin embargo, bajo su fachada de valentía y virtud, ocultan en realidad oscuros secretos y pasiones que los consumen…
—¿Oscuros secretos para una comedia? —se extrañó el edil.
Calandio se dio cuenta entonces de que, después de todo, Licomedes no le había contado nada.
—Una comedia no, una tragedia. Una tragedia griega como las de antaño —aclaró, ya menos entusiasmado.
Calpurnio torció el gesto, claramente decepcionado.
—¿Todavía sigues empeñado en escribir un drama, pese a tus últimos fiascos? ¿Es que no entiendes que el público demanda otra cosa? ¡La gente quiere reírse, no ponerse trascendental!
Calandio sacudió la cabeza ostensiblemente.
—El público no sabe lo que quiere hasta que se lo das. Y cuando vean mi nueva obra, pedirán más tragedias, te lo garantizo.
—Eso ya lo has intentado antes y no ha funcionado —objetó el edil.
—Esta vez será diferente. Y, de todas maneras, si no se trataba de eso, ¿para qué me has hecho llamar entonces?
Calpurnio se aclaró la garganta antes de contestar.
—Quiero que escribas una comedia del género del mimo, tu especialidad. A la hora de satirizar la sociedad, nadie muestra una mayor clarividencia que tú.
—No me lo puedo creer. Sabes perfectamente que renuncié a las comedias para siempre. Y lo he mantenido hasta el día de hoy, pese a las dificultades por las que atravieso.
—Puedo asegurarte que si lo haces, el público no querrá perderse tu regreso a la comedia. ¡Acudirá en masa al teatro de nuevo!
Contrariado, el dramaturgo arrastró la silla hacia atrás, se levantó y se encaminó hacia la única ventana de la estancia, desde donde se contemplaba una fabulosa vista.
La ciudad se extendía como un intricado tapiz, conformado por una infinidad de construcciones tan bellas como disonantes entre sí.
La mayoría de las viviendas eran orientales, los templos reflejaban el estilo griego y los edificios públicos eran típicamente romanos.
La presencia de las tres grandes civilizaciones provocaba una fusión de culturas tan singular, que hacían de Antioquía un lugar único en todo el Imperio.
—No te lo tomes así, Calandio. Además, no me has dejado terminar…
—Si llego a saber por qué querías verme, te juro que no habría venido —espetó el dramaturgo desde la ventana.