Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO PRIMERO #8
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CAPÍTULO PRIMERO #8

Diodoro echó mano del puntero, más adecuado para esculpir detalles finos y crear texturas en la superficie del mármol, y se centró en los pormenores del casco que coronaba la efigie de Marte. Después recuperó el cincel y prosiguió dando forma a la estatua, que le superaba en tamaño.

Varios golpes secos en la puerta le devolvieron a la realidad, rompiendo el hechizo que lo poseía cuando trabajaba.

No se sorprendió, pues el visitante había anunciado previamente su llegada.

Diodoro dejó las herramientas, se sacudió el mandil de las esquirlas que lo salpicaban y acudió a abrir la puerta.

Un alto funcionario de la administración romana aguardaba en el rellano.

Había llegado en litera, transportado por cuatro esclavos en calidad de porteadores.

—Bienvenido, Flavio —saludó Diodoro—. Me honra con su visita.

—El honor es mío —replicó el romano—. He visto algunas de sus obras, sin mencionar que cuenta con excelentes referencias.

—Se lo agradezco. Pase, por favor. Dentro hablaremos con mayor tranquilidad.

Flavio indicó a los porteadores que esperasen mientras él realizaba la gestión.

Tan pronto como accedió al interior, tosió un par de veces debido al polvo de mármol que flotaba suspendido en el ambiente.

Flavio contempló primero la emergente figura que ocupaba el centro de la estancia y, después, curioseó alrededor, torciendo el gesto ante el ruinoso aspecto del taller.

—Pronto me mudaré a un local mucho más grande —aclaró Diodoro, que se sintió en la necesidad de ofrecer una explicación, consciente de que la mala impresión que ofrecía el lugar podía perjudicar su imagen ante los potenciales clientes.

—Comprendo —murmuró casi para sí, sin ocultar su desagrado y sin dejar de mirar lo destartalado del lugar.

El escultor carraspeó y cambió de tema para desviar la atención del romano.

—Decía en su nota que deseaba realizar un encargo. ¿De qué se trata?

—Un retrato —contestó Flavio—. Planeo exponerlo en la villa que poseo. Luego, cuando muera, lo colocarán en el santuario familiar, como dicta la tradición.

A menudo, los individuos prominentes o adinerados mandaban hacer sus propias representaciones, a modo conmemorativo o para exhibir su estatus social.

Diodoro solía realizar imágenes religiosas, del tamaño que fuesen.

No obstante, también confeccionaba retratos, así como trabajos menos corrientes: relieves de un sarcófago, altares monumentales e incluso juguetes.

—Interesante. ¿Y en qué había pensado? ¿Solo el busto o de cuerpo entero?

—Solo el busto.

—¿Mármol o bronce? —inquirió Diodoro—. Mi especialidad es el mármol, supongo que ya lo sabe.

—Sí, estoy al tanto. Mármol local, ¿verdad?

—En efecto. ¿Y desea que incluya alguna inscripción, o…?

—No, con mi nombre será suficiente.

—Bien, bien. ¿Y qué enfoque quería darle la obra?

Flavio miró al escultor, sin estar seguro de haberle entendido.

—Me refiero al estilo —aclaró Diodoro—. Verá, la mayoría se decanta por el realismo, aunque los hay que se inclinan por idealizar un poco el retrato. También cabe la posibilidad de optar por una combinación de ambos.

—Oh, no, no, cuanto más fidedigno mejor. La idea es que se me reconozca, no que parezca un adonis. —El romano rio su ocurrencia, y Diodoro le imitó por quedar bien.

—Estupendo, una sabia elección. Dicho esto, debemos acordar los días que más le convienen para venir a posar.

—¿Posar? ¿Es absolutamente imprescindible?

—Me temo que sí. Para capturar sus rasgos, reflejar su expresión de forma fidedigna, ¿entiende?

De lo contrario, difícilmente lograría un retrato a la altura.

Necesitaré varias sesiones diferentes, al menos durante una hora cada una…

—Diodoro se apresuró a señalar un banco de madera que había pegado a la pared—: Pero no se preocupe, podrá sentarse y el tiempo pasará volando, ya verá, mucho más rápido de lo que piensa.

—Está bien, está bien —se rindió Flavio—. En fin, me sacrificaré por el bien de la obra. Y por cierto, para dejarlo todo cerrado, ¿cuánto me costará el encargo?

—Quinientos sestercios.

—Mmm… Es más de lo que esperaba.

Diodoro aguantó la respiración. Si bien era consciente de que, tras su reciente éxito, su cotización como artista había aumentado lo suficiente como para permitirse subir los precios, tal vez se hubiese excedido.

—De acuerdo, me parece justo. Solo con ver la escultura en la que ahora mismo está trabajando ya se adivina la elegancia del resultado final.

Diodoro sonrió aliviado.

—Le garantizo que no se arrepentirá.

—Si esto fuese un templo y la estatua ya estuviese terminada, me costaría mucho no dejar una ofrenda a los pies del dios de la guerra.

—Muchas gracias. —El escultor acompañó al funcionario romano hasta la salida—. Cuando sepa los días que puede venir, hágame llegar el mensaje. Yo puedo adaptarme a su disponibilidad.

Se despidieron con un apretón de manos, y Diodoro cerró la puerta.

De vuelta al interior, contempló la talla de Marte y se complació ante el elogio de Flavio. En el fondo, sin embargo, la situación encerraba una singular paradoja: Diodoro era cristiano y no creía en los dioses tradicionales a los que él mismo daba vida con sus propias manos.

Diodoro había sabido de la Iglesia por boca de Teodoto, su maestro en el arte de la escultura.

Antes de eso no había prestado la menor atención a aquel extraño credo, del que incluso había llegado a burlarse a menudo.

Diodoro sentía por su maestro una mezcla de afecto, respeto y admiración.

Teodoto le había enseñado todo lo que sabía, lo había moldeado, había impulsado su talento y, en definitiva, había hecho de él el prestigioso artista en el que se había convertido.

Por eso, cuando supo lo de su tardía conversión al cristianismo, decidió escuchar lo que su mentor tenía que decir.

Además, aquel momento coincidió con una profunda crisis de fe por la que atravesaba.

La religión tradicional romana no podía responder a las preguntas existenciales que cada vez se hacía con más frecuencia.

Diodoro tampoco aprobaba los comportamientos inmorales o destructivos tan presentes en la sociedad romana, que parecían contradecir lo que le dictaba su propia conciencia.

En el anfiteatro se glorificaba la violencia en los combates de gladiadores y en los espectáculos en que se cazaban animales salvajes.

Y en los templos se sacrificaban continuamente corderos y bueyes como ofrenda a las divinidades.

Fue entonces cuando Teodoto, conocedor de la insatisfacción de su pupilo hacia la religión tradicional, lo llevó a un encuentro cristiano, en el que Diodoro comenzó a familiarizarse con un credo completamente distinto a cuanto había conocido hasta ese momento.

El politeísmo romano siempre le había ofrecido dudas.

¿Por qué tantas deidades? ¿Y qué papel específico jugaba cada una de ellas en la vida de los seres humanos?

La idea de un dios único, creador del universo y de la vida, conciliaba mucho mejor con su concepción de las cosas.

Del mismo modo, los dioses que Diodoro concebía en su taller le parecían tan lejanos como poco verosímiles.

Jesús de Nazaret, por el contrario, había sido un hombre.

Un hombre real que, ante múltiples testigos, había realizado milagros que probaban su divinidad, y que mediante su ejemplo había legado una ética con la que él se identificaba.

Aunque Diodoro era cristiano, todavía no se había bautizado.

En los inicios, los bautizos se administraban prácticamente de inmediato.

Sin embargo, a partir del siglo ii , los candidatos tenían que llevar a cabo un periodo de preparación, denominado catecumenado, que podía ir de uno a tres años, durante el cual se les instruía en la doctrina cristiana.

Y es que la Iglesia se había vuelto más exigente, sabedora de las dificultades que entrañaba ser creyente a raíz de las presiones de la sociedad y, muy especialmente, por las persecuciones a las que a veces eran sometidos.

Por eso, sus responsables querían asegurarse de que quienes ingresaban no renegaban de su fe en cuanto se enfrentaban a las primeras dificultades.

Diodoro era, por tanto, un catecúmeno. Ya formaba parte de la Iglesia y participaba en la vida comunitaria y de ciertas partes de la liturgia, pero aún no de forma completa.

El candidato al bautismo tenía que ser presentado por un amigo o pariente, que se ofrecía como garantía de su integridad.

Un papel que, en el caso de Diodoro, había ejercido Teodoto de forma rigurosa.

El obispo, además, escrutaba al aspirante para asegurarse de la sinceridad de su interés.

Para ello, lo entrevistaba y averiguaba todo lo posible acerca de su situación personal y familiar, con el fin de certificar si era digno de entrar en la Iglesia o no.

Diodoro recordaba perfectamente la buena sintonía que había tenido con Serapión, cuyo reciente fallecimiento había lamentado mucho.

A Diodoro ya le faltaba muy poco para poder bautizarse. Durante su proceso de preparación como catecúmeno, había llevado a cabo ayunos, penitencias y había tenido que memorizar largas oraciones. Además, debía guardar en secreto las enseñanzas que recibía para preservar la pureza de la doctrina.

En resumidas cuentas, Diodoro se sentía entusiasmado y estaba deseando que llegase el día tan esperado.

Con todo, solo sus más íntimos estaban al tanto de la nueva fe que profesaba.

Prefería mantenerlo en secreto, por temor a que su negocio se viese afectado y disminuyesen los encargos.

No solo por la mala fama que tenían los cristianos, sino por una incógnita fundamental.

¿Qué pensarían sus clientes si supiesen lo que de verdad opinaba sobre las estatuas que hacía, a las que ahora tan solo veía como ídolos paganos?