CAPÍTULO PRIMERO #7
La cuestión radicaba en que, de la noche a la mañana, Trifena había desaparecido sin dar ninguna explicación.
Galacia habría ido personalmente a buscarla, pero tan solo sabía que vivía fuera del barrio, más allá de los límites naturales por los que ella solía moverse.
Y le constaba que tampoco había empezado a asistir a los servicios religiosos en algún otro distrito, pues no había sido vista en ninguna de las casas privadas donde los cristianos solían reunirse.
—Bueno…, un… problema familiar inesperado —contestó desviando la mirada.
Eso, unido a la vaguedad de su respuesta, convenció a Galacia de que mentía.
—¿Y por qué no me dijiste nada? Estaba muy preocupada. Además, yo podría haberte ayudado, ya lo sabes.
—Tienes razón, debí haberlo hecho —repuso Trifena con incomodidad.
—Llegué a hablar con el obispo para comunicarle tu interés en hacerte diaconisa. ¿Aún sigues interesada?
—Lo siento, me temo que las circunstancias han cambiado.
Un incómodo silencio se deslizó entre las dos mujeres. A cierta distancia, Zósimo aguardaba a que concluyesen la conversación.
—Dime la verdad, Trifena. ¿Acaso has perdido la fe en Cristo?
Los ojos de la mujer se abrieron de forma desmesurada, incapaz de disimular el impacto que le había causado aquella pregunta tan sencilla como directa.
—¡No, en absoluto! Mi fe continúa intacta.
Por una parte, su reacción tan encendida sugería que decía la verdad. Por otra, el evidente nerviosismo de que hacía gala daba a entender todo lo contrario.
—En ese caso, vuelve cuando estés preparada. Y habla conmigo si lo necesitas. Puedes confiar en mí, no hace falta que te lo diga.
—Lo sé, gracias… Tal vez lo haga… Ahora tengo que irme.
Y sin más, Trifena reanudó la marcha hasta perderse de vista en el fondo de la calle, entre los transeúntes y animales de carga que iban y venían.
***
Rozaba el mediodía cuando Galacia y Zósimo se dirigieron hacia un local que se mantenía cerrado con llave hasta que ellos llegaban.
Galacia había puesto en marcha un ambicioso proyecto que estaba dando excelentes resultados.
Se trataba de un comedor popular, que se había convertido en la tabla de salvación para muchos de los indigentes que atestaban las calles.
El Imperio romano nunca organizó un sistema de ayuda para resolver aquella lacra, dejando la asistencia social en manos de la iniciativa privada.
De ahí que la Iglesia cristiana, a imitación del ejemplo dado por Jesús y los apóstoles, diese un paso al frente para combatir la pobreza.
Nada semejante existía en las religiones tradicionales, ni tampoco en las llamadas mistéricas.
Únicamente el judaísmo practicaba la limosna como medio de asistencia a los necesitados.
Aunque el local no era muy grande, sabían sacarle partido y aprovechaban al máximo el espacio. El pago del alquiler salía del fondo comunitario de los cristianos de Antioquía, que el obispo gestionaba. Serapión había aprobado el gasto el año anterior, cuando Galacia le había propuesto su idea.
Galacia fue a la cocina y comenzó de inmediato a preparar la comida en una enorme cazuela.
Con frecuencia, recibía ayuda de otras mujeres, pero no siempre ocurría.
Zósimo también se puso a pelar verduras: zanahorias, cebollas, apio…
Un par de días a la semana añadían carne de pollo o de cordero cortada en pequeños trozos, lujo que no podían permitirse a diario.
Mientras el guiso se cocinaba en el fuego, Zósimo empezó a colocar las mesas en la sala principal. Aquel breve lapso de tiempo era el único del que Galacia disponía en todo el día para tomarse un descanso. A veces cerraba los ojos e incluso se dormía unos minutos.
Afuera, algunos mendigos ya hacían cola para entrar cuando la comida estuviese lista.
Galacia conversaba con ellos mientras comían y se interesaba por su situación.
A la mayoría los conocía por sus nombres.
Cuando les hablaba de Jesús de Nazaret, algunos mostraban interés, habiendo convertido ya a un buen puñado de ellos.
Otros dejaban claro que no querían saber nada, decisión que Galacia respetaba.
El comedor social estaba a disposición de todo aquel que lo necesitara, independientemente de sus creencias religiosas.
Cuando los indigentes terminaron de comer, entre presbítera y diácono recogieron y limpiaron, cerraron el local y se dijeron adiós en la puerta.
—Gracias, Zósimo. No sé qué haría sin tu ayuda.
—Lo hago con gusto. Y en todo caso, soy yo quien debería sentirse agradecido por todo lo que me enseña.
El diácono alzó la mano y se despidió definitivamente de Galacia hasta la mañana siguiente. Para ella, sin embargo, la jornada aún estaba lejos de terminar. Así que, sin tiempo que perder, echó a caminar hasta llegar a un taller de costura donde se apretujaba una veintena de mujeres.
Por las tardes, Galacia trabajaba en la confección de tejidos a cambio de un salario.
En aquella época, por regla general, la Iglesia aún no mantenía económicamente a sus ministros encargados del culto, por lo que el clero debía ganarse la vida mediante el desempeño de su propia profesión u oficio.
Así lo había hecho, por ejemplo, Pablo de Tarso, que se dedicaba a la fabricación de tiendas.
No obstante, la situación estaba cambiando y ya había obispos que recibían una compensación económica.
Serapión, antes de su muerte, había comenzado incluso a asignar un sueldo a los presbíteros más veteranos.
Se trataba de una buena noticia, pero Galacia sabía que sería una de las últimas en recibirlo.
Inclinada sobre el telar manual en el que se entrelazaban los múltiples hilos de la urdimbre, Galacia se dedicó a realizar un balance mental del día para relajarse.
Y, de todo lo que había ocurrido, un incidente destacaba por encima del resto: su perturbador encuentro con Trifena.
Hablar con ella solo había servido para generar aún más dudas acerca de su repentino alejamiento.
¿Por qué lo había hecho? Y, sobre todo, ¿qué estaba ocultando que le impedía hablar con sinceridad?
5
Diodoro había perdido la noción del tiempo, como siempre que trabajaba en su taller.
Inmerso en su labor creativa, el escultor se movía alrededor de su obra observándola desde todos los ángulos, analizando con ojo crítico cada detalle.
Provisto de cincel y martillo, con cada golpe que daba arrancaba una esquirla de mármol e iba dando forma a la figura escondida en el interior del bloque de piedra.
Se trataba de Marte, cuya efigie parecía cobrar vida conforme las manos ágiles y experimentadas de Diodoro se afanaban en la tarea.
Tras los elogios que había recibido por la diosa Venus, los sacerdotes del templo de Apolo le habían encargado una estatua del dios de la guerra.
El desafío radicaba en conjugar la estética del griego clásico, centrada en acentuar la armonía idealizada del cuerpo humano, con el realismo más propio del estilo romano.
Unas gotas de sudor perlaban su frente. Diodoro poseía la constitución de un gladiador.
Gozaba de una musculatura envidiable desarrollada a base de incontables cincelazos.
Tenía barba, concisa y muy bien perfilada, y un pelo que le caía a la altura de los hombros —en señal de rebeldía y también porque le hacía parecer más joven—.
Comprometido exclusivamente con su arte, Diodoro no se había casado.
También era un amante de la cultura y un asiduo visitante de la biblioteca.
Diodoro cambió de herramienta y tomó una sierra metálica de hoja lisa, más idónea para realizar cortes largos y controlados.
En la sala imperaba un silencio pesado, tan solo interrumpido por el suave eco de los golpes y el susurro de la piedra siendo esculpida.
El suelo de tierra batida estaba regado de esquirlas de mármol y fragmentos de piedra.
Ubicado en una calle lateral estrecha y poco transitada, aquel taller era lo mejor a lo que Diodoro había podido aspirar en sus inicios.
Un rápido vistazo bastaba para advertir que se había quedado pequeño y que se había deteriorado mucho con el paso de los años.
El techo de madera crujía con el paso del viento, y la única fuente de luz natural provenía de un ventanuco en la pared.
En un estante se apilaban sus herramientas, bien cuidadas, pero inevitablemente desgastadas por el uso.
Y, apiladas contra las paredes, se amontonaban obras a medio hacer, otras terminadas para las que aún no había encontrado dueño, así como los modelos en arcilla que algunas veces hacía antes de acometer un trabajo.
Por fortuna para Diodoro, su carrera por fin había despegado y ya planeaba mudarse a un local más espacioso y mejor iluminado.
No cabía duda de que Diodoro poseía un gran talento, pero en una ciudad como Antioquía, donde se congregaban tantos artistas, la competencia era feroz y las oportunidades, escasas.
Diodoro había comenzado realizando estatuillas destinadas al culto doméstico, que encarnaban a las múltiples deidades del panteón romano y otras regionales.
Aquellos primeros encargos le permitieron ganarse el sustento, aunque no cobrase demasiado por ellos, y poco a poco fue haciéndose un nombre.
¿Pero cómo? ¿Qué le diferenciaba a él del resto de escultores talentosos?
Muy sencillo: su magistral dominio del mármol local, extraído de las canteras de Siria.
Pese a no tratarse del mejor material, Diodoro era capaz de sacarle el máximo partido , obteniendo de su composición única una amplia gama de colores, tanto cálidos como fríos.
Para obtener un resultado similar, otros necesitaban emplear un mármol de altísima calidad —como el procedente de las canteras de la península itálica o el de algunas regiones griegas—, lo cual, por supuesto, encarecía enormemente la obra.