Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO PRIMERO #6
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CAPÍTULO PRIMERO #6

Galacia era presbítera de la Iglesia cristiana.

Diez años atrás, su esposo se había divorciado de ella esgrimiendo una razón inapelable: su incapacidad para proporcionarle descendencia.

Abocada a un futuro tan incierto como precario, vivió aquel proceso de forma muy angustiosa.

Su vida, sin embargo, cambió de la noche a la mañana tan pronto como supo del movimiento cristiano y decidió unirse a él.

Galacia se identificó de inmediato con las enseñanzas de Jesús de Nazaret, momento a partir del cual decidió entregarse en cuerpo y alma a difundir su mensaje, primero como feligresa, después como diaconisa y, finalmente, como presbítera desde hacía ya tres años.

El día en que el obispo Serapión la ordenó había sido el más feliz de su vida.

Aunque Galacia carecía de familia propia, ya no se sentía mal por ello. Su marido era Cristo y sus hijos, los feligreses de su parroquia.

Se tomó algunas ciruelas para comenzar el día y se aprovisionó con un puñado de dátiles para el camino.

Galacia era una mujer risueña, en cuyos labios aleteaba siempre una sonrisa alegre.

De rostro ovalado y cabello castaño, del que asomaban algunas hebras plateadas —no le quedaba mucho para cumplir los cuarenta—, se caracterizaba por sus grandes ojos de color pardo, de fondo indiscutiblemente bondadoso, en torno a los cuales ya se formaban algunas arrugas.

Salió de la casa y echó a caminar por las modestas arterias del barrio de Kerateion.

A diferencia de las amplias avenidas porticadas de la zona noble de la ciudad, allí las calles eran estrechas y estaban mal empedradas.

Había mayor inseguridad y solía reinar un bullicio constante.

Las voces de los vendedores ambulantes se mezclaban con las risas de los niños y los lamentos de los mendigos.

Galacia se encontró con Zósimo en el lugar convenido, una fuente pública cuya agua fluía a través de un canal de piedra desgastada. Las mujeres acudían allí durante todo el día para llenar sus recipientes, no sin antes dedicar unos minutos a chismorrear entre ellas.

—Buenos días —dijo el joven.

—Buenos días.

Zósimo era el diácono de Galacia. Tenía poco más de veinte años y apenas llevaba unos meses en el cargo.

Por desgracia, no destacaba por su agudeza, carecía de iniciativa y necesitaba que le repitiesen varias veces las cosas.

Pese a todo, la presbítera lo apreciaba por su carácter voluntarioso y porque rara vez se quejaba.

De constitución enclenque, Zósimo poseía un rostro anodino y numerosos dientes torcidos que se le apiñaban en la parte inferior de la boca.

—Traes el aceite, ¿verdad? —preguntó ella.

—Sí, y también la bebida para la ceremonia.

—Perfecto. En marcha entonces.

La pareja descendió por una serie de sinuosas callejuelas hasta enfilar una senda rural que los fue alejando poco a poco del núcleo urbano.

La vegetación se tornó más densa conforme el río Orontes asomaba en el horizonte, al tiempo que la presencia de las aves se multiplicaba.

Por fin llegaron a un recodo del río, donde el caudal se aquietaba y la propia naturaleza, frondosa y exuberante, los protegía de las miradas extrañas.

Allí era donde Galacia solía llevar a cabo las ceremonias litúrgicas, sobre todo los bautizos.

Idealmente, una casa privada con una piscina, a la que llamaban baptisterio, habría sido un sitio mucho más indicado.

Pero ante la ausencia de tal posibilidad, bien estaba lo que Dios había creado para el hombre.

En la orilla se congregaba buena parte de su parroquia, que recibió a Galacia con generosas muestras de admiración y cariño. Los fieles reconocían la gran labor que realizaba en circunstancias muy complicadas. El presbítero que la había antecedido nunca había sido tan popular como ella.

De todos los presentes, cinco de ellos recibirían el sacramento aquel día: dos hombres y tres mujeres.

La presbítera departió con los catecúmenos y se cercioró de que hubiesen ayunado durante las veinticuatro horas previas, y de que las mujeres no tuviesen el ciclo menstrual.

De lo contrario, tendrían que bautizarse otro día.

Cuando todo estuvo preparado, Galacia dio comienzo al ritual del bautismo.

Este, junto a la eucaristía, constituían los dos únicos sacramentos que la Iglesia primitiva conocía.

En un acto que simbolizaba la renuncia al propio yo, los catecúmenos se fueron desvistiendo.

Las mujeres, además, se soltaron el cabello y se despojaron de cualquier aderezo.

Todos los bautizados se metieron en el río, cuyas frías aguas discurrían mansas y resplandecientes.

—¿Crees en Dios Padre omnipotente? ¿Crees en Cristo Jesús, nacido por medio del Espíritu Santo de la Virgen María, que fue crucificado bajo el poder de Poncio Pilato, que murió y resucitó al tercer día, vivo, de entre los muertos, que ascendió a los cielos, que está sentado a la diestra del Padre, y que vendrá a juzgar a vivos y muertos?

—Creo.

Galacia impuso sus manos en la cabeza del bautizado y lo sumergió en el agua durante unos segundos.

La inmersión no era una invención cristiana.

Ya había precedentes en las religiones originarias de Babilonia y Egipto, y con carácter mucho más reciente, entre los ya desparecidos esenios.

El agua evocaba el nacimiento y la fecundidad, de ahí que jugase un papel tan destacado en innumerables cultos religiosos.

Los cristianos, en particular, usaron el bautismo para romper con el pecado y para luchar contra las tentaciones del diablo.

Uno a uno, Galacia fue recitando la misma fórmula e imponiendo sus manos.

—¿Crees en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia y en la resurrección de la carne?

La presbítera prosiguió con el ritual, que implicaba hasta tres inmersiones en el agua.

Tan pronto como los bautizados salieron del ella, Zósimo los ungió con el aceite sagrado.

Luego, se vistieron con ropas blancas que sus familiares les proporcionaron y recibieron una bebida compuesta por leche y miel, que venía a significar su entrada en la Tierra Prometida.

—Señor Dios, que les has hecho dignos de merecer el perdón de los pecados mediante el lavatorio de la regeneración del Espíritu Santo, infúndeles tu gracia para que te sirvan según tu voluntad.

A ti es la gloria, al Padre, al Hijo con el Espíritu Santo en la santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Finalizada la ceremonia, rezaron todos juntos durante un rato y se despidieron hasta el próximo día del Señor, donde por primera vez recibirían la comunión eucarística. Una ola de euforia embargó a los bautizados, que derramaron lágrimas de emoción y regocijo.

La presbítera y su joven diácono regresaron enseguida al modesto distrito de Kerateion.

La mañana no había terminado y aún quedaba mucho por hacer.

En concreto, visitar a los cristianos que se hallaban enfermos para insuflarles ánimos y procurarles algunos cuidados.

Galacia conocía muy bien a cada una de las ovejas de su rebaño y, cuando la salud de alguno de ellos flaqueaba, no dudaba en brindarles consuelo para hacerles saber que no estaban solos.

Aunque no tenía unos grandes conocimientos médicos, a veces una oración sentida o la simple compañía resultaban más efectivas que un brebaje de dudosa eficacia.

Mientras iban de casa en casa, Galacia aprovechaba para instruir a Zósimo, así como para advertirle de sus errores, que por desgracia solían ser abundantes. El bautismo de aquella mañana, sin embargo, había constituido la excepción a la regla.

—Hoy tengo que felicitarte —lo elogió ella—. Has estado muy atento y concentrado, has intervenido justo cuando te tocaba, ni antes ni después, y has seguido la liturgia a rajatabla sin equivocarte en ninguno de los pasos.

El muchacho sonrió complacido por el halago.

—Gracias. Creo que necesitaba la confianza que solo se consigue con la práctica. Además, tengo la suerte de contar con la maestra más paciente del mundo.

Galacia soltó una carcajada. En eso no le faltaba razón.

Visitaron a un hombre que, tras caerse mientras reparaba un tejado, aún no había recuperado la movilidad de sus piernas. El accidentado era la penúltima persona de la lista y, después de tantas idas y venidas, el cansancio ya comenzaba a hacer mella.

De pronto, Galacia se detuvo en mitad de la calle, como si hubiese visto a un fantasma. Acababa de cruzarse con una mujer a la que conocía muy bien, pero de la que hacía varios meses que no sabía nada.

—¿Trifena? —la llamó volviéndose hacia la mujer, que había fingido no verla y había continuado adelante con paso decidido.

—¡Trifena! ¡Trifena! —Galacia corrió tras ella, pese a que la otra la había ignorado a propósito.

Su insistencia dio resultado y la mujer, acorralada, se giró y se llevó la mano a la boca fingiendo sorpresa.

—¿Galacia? ¡Qué alegría verte! —exclamó, pese a que la tensión en su rostro denotaba todo lo contrario.

De edad similar a la de Galacia, Trifena era una mujer alta y delgada, de porte distinguido y una belleza natural que aún no la había abandonado.

—Lo mismo digo. Había llegado a temerme lo peor.

—Estoy bien. Ya lo ves…

—Pero ¿qué te ocurrió?

Trifena, ante todo, había demostrado una gran devoción cristiana.

Tanta, que incluso había expresado su deseo de ingresar en la Iglesia en calidad de diaconisa.

A Galacia siempre le había resultado particularmente llamativo que, perteneciendo a la clase acomodada, acudiese a su comunidad, pese a disponer de una alternativa mucho más próxima a su casa.

Para aquello, no obstante, había una buena explicación.

Entre las cristianas, tanto las que pertenecían al barrio de Kerateion como las que no, Galacia despertaba una gran admiración.