CAPÍTULO PRIMERO #5
—Este tugurio no es desde luego lo que esperaba —repuso Calandio—. Si lo hubiese sabido, probablemente no estaría aquí.
Licomedes rio con ganas.
—Admito que no está a la altura de ciudadanos tan ilustres como nosotros. Pero en lo tocante al juego, se trata de un sitio tan seguro como discreto.
—Me sorprende mucho. Estaba seguro de que ya lo habías dejado… O al menos, eso tenía entendido. Oí decir que tu adicción a las apuestas había llegado a poner en riesgo tu fortuna.
—Bueno, semejante afirmación suena un poco exagerada…, aunque tampoco puedo negar que hay algo de cierto en ella. Entre los dados y las apuestas en el hipódromo, hubo un momento en que el asunto se me fue de las manos. Estaba descontrolado y perdía dinero a espuertas.
—Conozco a hombres que han perdido hasta su casa —apuntó el dramaturgo.
—Afortunadamente, yo logré dejarlo a tiempo.
—¿Y cómo lo conseguiste?
—La fe, amigo mío —desveló el comerciante—. Descubrir las enseñanzas de Jesús de Nazaret me cambió la vida por completo.
—¿Me estás diciendo que eres cristiano? —inquirió Calandio sin dar crédito.
—Desde hace ya dos años —confirmó Licomedes.
Al dramaturgo le llevó unos segundos asimilar aquella información.
—No lo entiendo. ¡Pero si tú eras un ferviente seguidor del dios Mitra [20] ! Recuerdo que cuando te convertiste, estabas tan entusiasmado que dejaste para siempre de lado a Júpiter, Apolo, Baco y todos los demás dioses tradicionales en los que habías creído ciegamente hasta entonces.
—Sí que lo fui —admitió Licomedes—. Incluso accedí a lo más alto de la pirámide. Como sabes, los adoradores de Mitra cuentan con un complejo sistema de siete grados de iniciación, en el que solo unos pocos escogidos alcanzan los rangos superiores .
—¿Qué ocurrió entonces?
—Un amigo me introdujo en el cristianismo. Y, tan pronto como profundicé en su historia y contenido, me di cuenta de que me hallaba ante la religión verdadera.
Calandio no ocultó una sonrisa cargada de cinismo.
Para el dramaturgo, la idea de un Olimpo habitado por dioses vigilantes, que premiaban o castigaban a los hombres en función de su comportamiento, le parecía increíblemente ridícula.
Desde su punto de vista, los credos y dogmas eran producto del intelecto humano, como consecuencia de su natural tendencia a las creencias supersticiosas.
Y eso iba no solo por las religiones tradicionales, sino también por las nuevas.
Él únicamente creía en lo que veía, y estaba seguro de que lo que le aguardaba tras la muerte era la eterna negrura.
—No es mucho lo que sé acerca del cristianismo, pero que sus dirigentes apelen sobre todo a las gentes de más baja condición social, donde abundan los incultos y analfabetos, me produce de entrada bastante desconfianza.
Tengo entendido que incluso Jesús de Nazaret escogió entre sus discípulos a simples pescadores.
—Siendo así, ¿no resulta aún más extraordinario que el evangelio se haya propagado con tanto éxito a lo largo de todo el Imperio? Eso tan solo puede significar que Dios está actuando para promoverlo.
El dramaturgo encajó la réplica de Licomedes con elegancia. Pidió más vino y preparó nuevas objeciones.
—La tradición atribuye a ese Jesucristo al que adoráis la realización de numerosos milagros que darían cuenta de su divinidad. Yo, sin embargo, no veo más que la mano de un mago muy habilidoso. Se dice que muchos de sus trucos los aprendió en Egipto durante su juventud.
—Bah. Habladurías sin fundamento —arguyó el comerciante.
—No pretendo ofenderte, pero no pienso callarme lo que pienso. Yo siempre he hablado con mucha claridad, ya me conoces. —Y dio un trago a su copa.
—Quédate tranquilo. Tengo unas convicciones bastante fuertes.
—Alguien como Jesucristo, que se autoproclamó Hijo de Dios, tiene que ser necesariamente un charlatán. Uno, por cierto, que a la hora de la verdad ni siquiera fue capaz de impedir su propia crucifixión.
—Eso fue porque se sacrificó por todos nosotros. Además, después resucitó.
—Lo lamento, pero lo de la resurrección me suena a la patraña definitiva —afirmó Calandio—. El cristianismo, al fin y al cabo, antepone la fe por encima de todo, incluida la razón y el conocimiento. Posición con la que yo jamás podré estar de acuerdo.
—Amigo mío, eres un debatiente verdaderamente formidable. —Licomedes extendió las palmas de las manos como si pidiese un momento de tregua—. De cualquier manera, la cuestión es que logré desengancharme del juego gracias a ella.
—Ahora sí que me he perdido. Si dejaste de jugar, ¿qué estás haciendo en esta sala clandestina, dedicada precisamente a eso ?
El comerciante hundió la cabeza entre los hombros en un gesto de derrota.
—Me temo que he recaído. Aunque, al menos, estoy logrando contenerme con el importe de las apuestas.
—¿Por qué? —preguntó el dramaturgo.
—Probablemente no lo sepas… —Licomedes suspiró entristecido—.
Verás, mi esposa está muy enferma. Padece unos dolores insoportables y los médicos no pueden hacer nada por ella.
Verla de esa manera está afectando mucho a mis hijos, y a mí también.
Por eso me refugio en el juego, aun a sabiendas de lo perjudicial que me resulta.
—Vaya, lo siento. Me imagino lo duro que tiene que ser para tu familia.
—Y ese no ha sido el único motivo. Recientemente ha muerto Serapión, el obispo cristiano de Antioquía.
Ese hombre era un santo, Calandio. Te lo juro.
Y se había convertido en mi consejero espiritual.
Gracias a él llevaba dos años apartado de las apuestas.
Sin embargo, ahora que carezco de su apoyo y consejo, mi fuerza de voluntad vuelve a flaquear.
Calandio se palpó los rizos de la cabeza, en un gesto inconsciente que solía hacer cuando pensaba.
—Bueno…, alguien ha debido sustituirlo, ¿no?
—Sí, pero al nuevo obispo apenas lo conozco.
Además, lleva muy poco tiempo en el cargo y está desbordado.
—Licomedes realizó una pausa y acodó su brazo en la barra decidido a cambiar de tema—.
Pero basta ya de hablar de mí. ¿Cómo estás tú?
¿Estás escribiendo algo? Llevas mucho tiempo sin estrenar nada nuevo.
—Estoy trabajando en la que considero mi gran obra maestra —contestó Calandio—. Una tragedia protagonizada por héroes mitológicos que son el puro reflejo de las miserias humanas y sus bajas pasiones.
—¿Un drama? No entiendo por qué insistes en un género tan poco estimado por el público.
—Yo haré que recupere la popularidad de la que gozó en el pasado.
—Lo siento, amigo, eso ya lo has intentado antes y no ha funcionado. Vuelve a tus comedias y el éxito vendrá por sí solo.
El dramaturgo sacudió la cabeza, negando aquella posibilidad de forma tajante.
—De ninguna manera. Mi integridad como artista está por muy encima de las modas temporales.
Al comerciante le impresionó la determinación de su amigo.
—Está bien, hagamos una cosa. Vayámonos a otro lugar donde estaremos mucho más cómodos, tendidos en largos divanes, y en el que te servirán un vino cien veces mejor que el que te estás tomando ahora.
Allí podremos hablar con tranquilidad. Estoy deseando conocer hasta el último detalle de tu nueva obra.
Calandio aceptó la oferta sin poner objeción. Con tal de acabar embriagado al final de la noche, se daba por satisfecho.
—Me parece bien.
Licomedes abonó lo que debían en la barra y enfiló hacia la puerta de salida. Cuando le vio, el jugador que antes lo había advertido se levantó a toda prisa de la mesa y se interpuso en su camino.
—¡No puedes irte dejando la partida a medias! —espetó en tono amenazante.
—Yo decido cuándo me voy y cuándo me quedo. No acepto órdenes de nadie —replicó el comerciante sin amilanarse lo más mínimo.
—¿Ah, sí?
El jugador apretó los puños e hizo crujir sus nudillos. Calandio lo miró horrorizado, temiéndose lo peor. Si se desataba la violencia, ni él ni Licomedes tendrían la menor posibilidad ante aquel individuo y sus demás compañeros de partida.
Fue en ese momento cuando, de improviso, un tipo que pareció salir de ninguna parte se plantó frente al apostante.
Calandio lo miró impresionado. Se trataba de un árabe que rozaba los dos metros de altura, de complexión hercúlea y unos brazos tan gruesos como los troncos de un árbol.
Todo aquel tiempo, el misterioso gigantón había estado allí, oculto entre las sombras.
Su presencia le había pasado al dramaturgo completamente inadvertida.
Al fin, la intimidante apariencia del desconocido bastó para hacer volver al fanfarrón a su sitio, que prefirió no tentar a la suerte.
—Gracias, Farouk —dijo el comerciante.
A Calandio le llevó unos instantes comprender lo que pasaba, pero en cuanto lo hizo, se dio cuenta de lo evidente que era.
Alguien tan rico como Licomedes no se aventuraría a salir a la calle sin un guardaespaldas que velase por su seguridad.
Y, desde luego, nadie más indicado que el tal Farouk para ejercer aquel rol.
Poco después, los tres abandonaban la posada de «El búho sabio» y se internaban en la noche antioquena con destino a un establecimiento de corte mucho más refinado y exclusivo.
Por el camino, Calandio sintió una punzada de lujuria al contemplar al árabe, y se preguntó si tendría alguna oportunidad de satisfacer sus deseos con él.
4
Una brisa temprana entró por la única ventana de la casa a primera hora de la mañana. El aroma que transportaba no era agradable, pues condensaba la suciedad y la inmundicia de las calles aledañas.
Lo primero que hizo Galacia al desperezarse fue rezar una oración de gracias.
Aunque la aguardaba un largo día por delante, lo afrontaba con ganas.
Se aseó en la jofaina y se embutió en una sencilla túnica blanca.
Además de la cama, la habitación contenía un bacín y un arcón donde guardaba su escasa indumentaria.
La casa, cubierta de tejas de barro, tan solo disponía de dos estancias.
Pero lejos de quejarse, se sentía afortunada.