CAPÍTULO PRIMERO #4
Calpurnio aún seguía asimilando la noticia.
Hasta la fecha, Falconila había sido siempre una hija ejemplar, que jamás le había dado el menor problema.
Su madre la había estado preparando para casarse, como le correspondía por su condición de mujer.
Ahora, sin embargo, Calpurnio se enfrentaría a serias dificultades para encontrarle un pretendiente a la altura.
Tan pronto como los posibles candidatos se enterasen de la fe que profesaba, no querrían saber nada de ella.
Lo que prácticamente significaba que las familias más poderosas de Antioquía quedaban excluidas.
—Tu decisión podría perjudicar gravemente el prestigio de nuestro linaje. ¿No has pensado en eso?
—Lo siento de verdad si por mi culpa perjudico de algún modo a la familia. Pero te sorprendería saber que hay muchos más cristianos de los que piensas. Algunos, incluso, poseen considerables fortunas.
Falconila refugió la cabeza en el pecho de su padre, que la estrechó entre sus brazos.
—Sé que este es mi camino, papá. Lo sé.
—Bueno, ya veremos lo que pasa. Cuando lleguemos a casa, hablaremos también con tu madre para decidir cómo lidiar con este desafío —anunció Calpurnio—. Pues así es como yo lo veo. En todo caso, no voy a prohibirte nada. Solo espero que seas consciente de las posibles consecuencias de tus actos.
—Gracias, papá…
—Ah, y hoy mismo se lo contarás a tus hermanos.
—Lo haré.
—Venga, volvamos a casa.
Padre e hija se pusieron en pie —a Calpurnio le costó un poco de trabajo a causa del sobrepeso que lastraba— y enfilaron hacia la avenida principal.
Mientras caminaban en silencio, Falconila suspiró aliviada tras comprobar que la reacción de su padre no había sido tan mala.
Sin embargo, aquello tan solo constituía una parte de lo que le ocultaba a su familia.
La joven guardaba otro secreto mucho más grave y, definitivamente, Calpurnio no se mostraría tan comprensivo cuando tuviese conocimiento del mismo.
3
Calandio recorría las calles cercanas al río Orontes, situadas en torno al puerto.
Aunque era de noche, la luz que arrojaban las antorchas ancladas en las paredes le permitían orientarse sin dificultad.
El barrio estaba atestado de burdeles, en cuyos dinteles colgaban farolillos rojos que servían como reclamo del comercio sexual.
Algunas rameras se exhibían en la puerta, intentado llamar la atención de estibadores y marineros que buscaban divertirse un poco, después de una larga jornada de trabajo.
Calandio era un hombre de mediana edad, delgado y de baja estatura.
Tenía el pelo corto y rizado, y un rostro enjuto de nariz afilada.
Una fulana se contoneó cuando pasó por su lado, sin lograr siquiera que la mirara.
Calandio no se molestaba en ocultar su homosexualidad.
En muchos de sus gestos incluso se hacía evidente cierto amaneramiento.
Aquella misma mañana se había tropezado con Licomedes, un viejo amigo al que hacía meses que no veía.
Fue un encuentro breve porque ambos iban con prisa, por lo que Licomedes lo había emplazado a medianoche en «El búho sabio» si le apetecía compartir un trago.
Calandio no conocía la taberna, pero el nombre le sonaba vagamente.
Un letrero sobre la fachada anunciaba el establecimiento, visible gracias al resplandor que proyectaba un farol colgado de un gancho.
Nada más entrar, Calandio advirtió que el local funcionaba en realidad como una posada.
El salón principal estaba atestado de clientes que comían y bebían en mesas y bancos de madera, sumidos en charlas mundanas.
La mayoría eran huéspedes que más tarde se refugiarían en sus habitaciones; otros, en cambio, habían acudido allí atraídos por la carne asada y el aroma de la cerveza artesanal.
Varios músicos tocaban instrumentos de cuerda en la esquina más apartada.
Su melodía se confundía con las risas, el sonido de los platos y las jarras que chocaban entre sí.
A Calandio le sorprendió que Licomedes frecuentase un lugar tan ordinario para alguien de su estatus.
Su amigo era un rico mercader especializado en artículos de lujo, como las especias, las sedas finas o las piedras preciosas, que importaba y exportaba a lo largo y ancho de todo el Imperio romano.
Pero también comerciaba con grano y otros productos agrícolas.
Una mezcla idónea de bienes para no sufrir altibajos ni aun en las crisis económicas.
Calandio se acercó hasta la barra, detrás de la cual el posadero, provisto de un delantal de cuero sucio y grasiento, secaba unos vasos.
—¿Busca un sitio donde quedarse o tan solo desea tomar algo?
—Sírvame el mejor vino que tenga.
—Tengo uno especiado que podría satisfacerle, pero tampoco espere ninguna maravilla.
Calandio aceptó la sugerencia. Durante los últimos años bebía casi a diario con el fin de ahogar sus penas, así que no solía mostrarse especialmente exigente.
Pero ¿qué lo había llevado a sentirse tan desgraciado?
La cuestión radicaba en que Calandio era un artista, más concretamente un autor de obras teatrales.
Irrumpió muy joven en el panorama de las artes escénicas estrenando una obra que se convirtió en un éxito inmediato, una comedia de infidelidades y juicios amañados.
Hacía mucho tiempo que el público no se reía tanto ni con tantas ganas.
A la primera le siguieron otras, con idénticos resultados.
Calandio escribía comedias que se encuadraban dentro del género del mimo, cuyos ingredientes principales eran la burla y la sátira social.
Su innegable talento le llevó a ganar mucho dinero, además de a adquirir cierta fama en los círculos de las élites intelectuales.
Sin embargo, Calandio se acabó hartando de las comedias.
Tras parodiar todo lo imaginable, su ego ambicionaba un nuevo desafío que pusiese a prueba la magnitud de su talento.
Así fue como escribió su primer drama, que trataba de emular las grandes tragedias griegas del pasado que hicieron inmortales a Sófocles y a Eurípides.
Por desgracia, aquella obra se saldó con un sonoro fracaso.
El público le dio la espalda y Calandio se refugió en la bebida para digerir el descalabro.
Aun así, no se dio por vencido y lo siguió intentando durante años.
Pero no hubo manera, sus dramas no recibían la misma acogida que sus comedias, y los productores teatrales se negaron a seguir financiando sus obras, salvo que volviese al género del mimo.
Desde entonces, Calandio vivía de las rentas mientras seguía empeñado en triunfar con una tragedia, pese a que ya habían pasado de moda.
El dramaturgo barrió el salón con la mirada sin ver a su amigo. ¿Se habría confundido de sitio?, ¿o es que no había llegado todavía?
Al cabo de unos minutos le preguntó al posadero.
—Ah, así que Licomedes le ha citado aquí —repuso este con una sonrisa torcida—. En ese caso, sígame y le conduciré a su encuentro.
El posadero rodeó la barra, se dirigió a la parte posterior del local y apartó una gruesa cortina que daba a un pasillo en penumbra.
El final del mismo moría en una puerta, tras la que se hallaba una sala apartada en la que un exclusivo grupo de clientes, repartidos en varias mesas, se dedicaba a jugar a los dados.
Calandio debió haberlo supuesto: Licomedes siempre había tenido serios problemas con el juego; tantos, que le habían hecho perder ingentes cantidades de dinero a lo largo de su vida.
—Mi hijo se ocupará de atenderle en lo que necesite —dijo el posadero antes de marcharse, señalando a un joven que pasaba un trapo por encima de una barra desgastada por el uso que ocupaba toda la pared.
El dramaturgo se acodó en la barra, apuró su copa y pidió al joven que volviese a rellenarla con el mismo vino que le habían servido antes.
Licomedes se hallaba en la mesa que ocupaba el centro de la sala, perfectamente iluminada por una lámpara de aceite que proporcionaba una brillante burbuja de luz.
El comerciante agitaba unos dados ante la atenta mirada de sus rivales.
Las combinaciones especiales resultantes del valor numérico de la tirada determinaban quién salía ganador.
Licomedes arrojó los dados y celebró el resultado por todo lo alto.
Aquella noche, definitivamente, tenía la suerte de su parte.
Calandio aprovechó el momento para agitar la mano y llamar su atención.
El comerciante dibujó una sonrisa al reconocerlo, complacido de que su amigo se hubiese dejado caer por allí.
Se excusó con el resto de los jugadores y se levantó de la mesa para dirigirse a la barra.
Uno de ellos, sin embargo, lo sujetó del brazo con gesto contrariado.
El código de honor de los jugadores no aprobaba que alguien se marchase precipitadamente justo después de haber protagonizado una buena racha.
—Me reincorporaré más tarde a la partida —aclaró Licomedes con tono conciliador—. Pero antes voy a compartir una copa con un amigo que ha venido a verme.
Las explicaciones aplacaron los recelos del tipo, que dejó ir al comerciante, no sin antes realizarle una advertencia:
—Esta noche pienso recuperar lo que llevo perdido hasta ahora.
Licomedes ocupó un taburete junto a Calandio y pidió una jarra de cerveza.
El comerciante era un hombre rechoncho, de piel muy blanca y grandes cejas oscuras que resaltaban en su cara como dos tizones encendidos en la noche.
Sus ojos, aunque pequeños, registraban todo lo que veían con la agudeza de un águila.
Un cinturón ceñía su túnica de lana fina, del que pendía una pequeña bolsa de cuero cargada de monedas, y en su mano derecha lucía un sello de oro con su propio emblema, que dejaba constancia de su pertenencia a la clase privilegiada.
—No estaba seguro de que vinieses —comentó.