CAPÍTULO PRIMERO #3
—El dinero no supone ningún problema —repuso Calpurnio agitando una mano en el aire con displicencia—. Y menos tratándose de una ocasión tan especial como esta.
—¿Una ocasión especial?
—Mi mujer y yo pronto cumpliremos un cuarto de siglo felizmente casados.
El perfumista alzó las cejas en señal de complacencia.
—¡Ah!, en tal caso, permítame hacerle una recomendación. ¿Qué le parecería la madera de cedro como base para la mezcla?
—Usted es el experto.
—La madera de cedro sugeriría la fortaleza y la estabilidad de su matrimonio. Además, evocaría la idea de que su amor se halla profundamente arraigado, y de que su unión es tan sólida como un árbol milenario.
—¡Me gusta! —exclamó Calpurnio.
El perfumista exhibió una amplia sonrisa.
—¿Y qué más matices le gustaría que añadiese al perfume? Estoy abierto a las sugerencias.
Una vez más, Calpurnio buscó a su hija con la mirada.
—Yo añadiría unas notas de cítricos frescos, como la bergamota y la naranja, que recordaría la chispa que encendió vuestro amor cuando os conocisteis —propuso Falconila.
—¡Excelente! —aprobó su padre—. Lo demás, ya lo dejo a su gusto.
Solícito, el perfumista aceptó el encargo y los emplazó dentro de quince días.
—Les aseguro que les encantará el resultado. Ya lo verán.
Padre e hija abandonaron el comercio y se encaminaron de nuevo hacia la plaza.
—¿Me acompañarás a recogerlo cuando esté terminado? Me gustaría que tú también evaluases el resultado final.
—Lo haré, no te preocupes.
El templo de Júpiter se hallaba a muy escasa distancia, y Calpurnio enfiló de inmediato en aquella dirección.
—¿Has visto la nueva estatua de Venus que han colocado en el interior? Es de Diodoro, uno de los escultores más admirados del momento. Vamos, aprovechemos también para hacerle una ofrenda a la diosa —propuso el edil.
—Lo siento, pero no tengo tiempo —se excusó Falconila.
—¿A qué viene de repente tanta prisa? Vamos, entremos un momento. Aunque solo sea para contemplar la obra de Diodoro… —rogó.
—He dicho que no. Lo siento, papá.
Calpurnio se detuvo y sujetó a su hija por el brazo.
—Pero ¿qué te pasa? Ya ni recuerdo la última vez que visitamos un templo juntos.
Falconila llevaba demasiado tiempo ocultando un secreto. Y si bien muchas veces había pensado en sincerarse con su padre, no se había atrevido a dar el paso por temor a su reacción. Ahora, sin embargo, fue consciente de que no encontraría una oportunidad como aquella.
—Hay algo que no te he contado y que ya es hora de que sepas —articuló en tono serio—. Pero será mejor que busquemos un sitio tranquilo donde sentarnos.
Calpurnio se quedó estupefacto. Por el cariz que había tomado la conversación, estaba seguro de que la revelación de su hija no iba a gustarle nada. De pronto, un agradable paseo por el centro de Antioquía se había transformado en todo lo contrario.
Llegaron hasta un estanque ornamental, que contaba con varios bancos de mármol.
Tomaron asiento en uno de ellos y se miraron durante un largo minuto sin decirse nada.
El agua de la fuente emitía un murmullo relajante, que se mezclaba con los sonidos propios de la plaza.
Falconila tragó saliva. Las palabras que tanto deseaba decirle se le atoraban en la garganta.
—¿Se puede saber qué pasa? —la apremió Calpurnio—. Has conseguido ponerme más nervioso de lo que puedas imaginarte.
—Tienes razón, lo siento. Es que… sé que vas a disgustarte, y de ningún modo es lo que pretendo.
Su padre le cogió una mano y le sonrió con afecto.
—Eres mi hija y te quiero. Nada de lo que digas me hará pensar diferente.
Falconila respiró más calmada y reunió por fin el valor suficiente para desvelar el secreto que ocultaba.
—Me he convertido al cristianismo…
Calpurnio la miró con incredulidad. Él era un ferviente devoto de las divinidades grecorromanas, a cuyos actos de culto asistía con frecuencia. Y les había inculcado esas mismas creencias a sus hijos. La revelación de Falconila, por tanto, lo había cogido completamente desprevenido.
—De todas las religiones posibles, ¿cómo se te ha ocurrido unirte a esa legión de fanáticos?
—A pesar de lo que se dice, los cristianos no son así.
—Entonces entra ahora mismo en el templo de Júpiter para contemplar conmigo la nueva estatua de Venus.
—No puedo hacerlo —repuso ella—. Eso sería idolatría.
—¿Lo ves? A eso mismo me refería. Pudiendo elegir entre tantos dioses distintos, los cristianos se empeñan en adorar solo a uno, negándole a los demás el respeto que se merecen.
—Porque solo hay un único Dios, creador del universo y de todas las cosas. Las divinidades representadas en las estatuas no son más que creaciones humanas.
Calpurnio se tiró de los pelos de la cabeza.
—Pero ¿te estás escuchando, hija mía? ¿Cómo puedes ser tan desagradecida? Nuestra familia ha llegado a lo más alto gracias al apoyo de Júpiter, de Juno, de Minerva… ¿Y ahora les das la espalda?, ¿después de todo lo que han hecho por nosotros?
—Según Jesús de Nazaret, el poder y la riqueza no constituyen prueba de favor divino alguno —rebatió Falconila.
—¡Ah, por supuesto, ese predicador al que adoráis y que murió hace más de un siglo! No es mucho lo que sé acerca de tu credo, lo admito. Pero ¿no decía ese Jesús que difícilmente los ricos entrarían en el reino de los cielos al que tanto aludía?
—Lo dijo, pero no es tan sencillo. ¿Acaso un pobre, por el mero hecho de serlo, tiene garantizado el acceso cuando se comporta como un hombre cruel y egoísta? Pues al contrario pasa lo mismo.
Calpurnio comenzó a ser consciente de que lo de su hija con aquellos sectarios iba muy en serio.
Falconila había conocido el cristianismo a través de una amiga, Jantipa.
Y, tan pronto como se sumergió en aquella filosofía, se dio cuenta de lo mucho que encajaba con ella y su forma de ver la vida.
La joven siempre había sido muy sensible y compasiva.
De niña, cuando salía con su familia, insistía en darle una limosna a cada mendigo con que se cruzaban por el camino, cosa que sacaba de quicio a Calpurnio.
Además, el ambiente en el que había crecido, plagado de excesos y fiestas llenas de lujo, le parecía enormemente frívolo.
A Falconila siempre le había perturbado la idea de que unos pocos tuviesen tanto, frente a una inmensa mayoría condenada a vivir con las sobras.
—¿Y desde cuándo estás con ellos?
—Un año más o menos.
Ahora que reflexionaba sobre ello, Calpurnio se dio cuenta de que las señales habían estado ahí durante todo aquel tiempo.
Las excusas para no acompañarlo al templo, el no participar tampoco en aquellas festividades públicas que se realizaban para diversión del pueblo en honor de las divinidades…
Falconila también había protagonizado un significativo cambio de imagen.
Vestía de forma mucho más austera que antes, prescindiendo de joyas y maquillaje.
Incluso había adquirido cierto nivel de independencia, dentro de unos límites razonables.
Calpurnio había achacado todos aquellos cambios a que su hija había madurado, pero jamás de los jamases se le habría pasado por la cabeza el verdadero motivo de aquella transformación.
—Ahora me doy cuenta de lo ingenuo que he sido. Los domingos por la mañana no vas a las termas, ¿verdad?
Falconila esgrimía la excusa de relajarse y beneficiarse de las propiedades terapéuticas de las aguas termales, cuando en realidad aprovechaba para acudir a los encuentros cristianos sin levantar sospechas.
—Lo siento, hubiese preferido no tener que mentirte.
—Tu madre va a llevarse un gran disgusto .
—Mamá ya lo sabe —reveló Falconila—. Sospechaba algo desde hacía tiempo y, finalmente, se lo conté hace unas semanas. La reacción que más temo, sin embargo, es la de mis hermanos. Estoy segura de que van a reprochármelo.
—Pues si lo hacen, lo entendería perfectamente. Tú te lo has buscado.
—Supongo que en eso tienes razón. Pero, papá… Tú respetas mi decisión, ¿a que sí?
La mirada suplicante de Falconila habría ablandado al padre más severo.
Calpurnio, por tanto, se sabía completamente atrapado, aunque no le gustase nada la conversión de su hija al extravagante credo cristiano.
La quería demasiado como para enfrentarse a ella y arriesgarse a que la relación entre ambos sufriese un grave menoscabo.
—Hija mía, no es cuestión de que no te respete.
Estás poniendo en peligro tu vida sin motivo alguno que lo justifique.
Los cristianos llevan un tiempo gozando de cierta paz, pero no hace tanto que fueron objeto de una persecución por parte de las autoridades.
¿Qué pasaría si el gobernador ordenase de nuevo la detención de los seguidores de Cristo, eh? ¿Qué pasaría entonces?
—Estoy dispuesta a asumir ese riesgo. Mi fe en Jesús de Nazaret me proporciona la valentía que necesito.
Cuanto más oía hablar a su hija, más comprendía Calpurnio que su conversión no atendía a ningún capricho.
El arrebato que reflejaba su mirada no dejaba lugar a dudas.
A su edad, Falconila resultaba fácilmente influenciable y se hallaba en ese momento de la vida donde uno aún podía creer en utopías.
De cualquier manera, él jamás permitiría que fuese castigada.
Llegado el caso, emplearía toda su influencia política y económica para librarla de las consecuencias de su pertenencia a la secta cristiana.
—¿Y se puede saber qué hacéis en vuestros encuentros? De los cristianos se rumorean todo tipo de barbaridades.
—Son calumnias, papá. No les hagas ningún caso —replicó Falconila—. Lo único que hacemos es recordar las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Leemos textos sagrados y participamos en los actos litúrgicos. Yo no me he bautizado porque todavía me estoy preparando, pero espero hacerlo pronto .