CAPÍTULO PRIMERO #2
Cirilo no lo expresó en voz alta, pero coincidía con la hipótesis del obispo.
—A pesar de que ya conozco el relato, quiero que vuelvas a contármelo sin escatimar en detalles. Cualquier dato, por insignificante que parezca, podría resultar clave para la investigación.
Cirilo lo miró sorprendido.
—Verá, señor… No hay mucho que contar…
—Sé que te cuesta hablar del tema, pero te ruego que hagas un esfuerzo.
El diácono suspiró con aire resignado. Aunque físicamente estaba casi recuperado, las secuelas psicológicas tardarían mucho más tiempo en cicatrizar.
—Era media tarde. Serapión estaba echando una cabezada en el patio trasero, mientras yo organizaba sus aposentos tras haber comido algo.
—Entonces, no había nadie más en la casa, ¿verdad?
—No, estábamos solos, y la puerta estaba cerrada con llave. Después se comprobó que alguien la había forzado desde el exterior.
El obispo se inclinó hacia delante y entornó los párpados en señal de interés.
—Continúa.
—Me encontraba aquí, en este mismo despacho, cuando sentí unas pisadas a mi espalda. Me giré y, entonces, recibí un primer golpe en la cara.
—¿Pudiste ver a tu atacante?
—Solo de refilón.
—¿Cómo era?
—Un hombre alto y corpulento, es de lo único que estoy seguro. Por desgracia, no puedo ponerle rostro. Siento no ser más específico.
—No te preocupes, sigue adelante.
—El golpe me dolió tanto, que supe de inmediato que me había roto la nariz. Me llevé las manos a la cara y me encorvé, momento que el asaltante aprovechó para darme otro golpe en la cabeza que casi me mata. En un instante, todo se volvió negro.
Instintivamente, Cirilo se palpó el punto del cráneo donde hasta hacía muy poco había lucido un aparatoso vendaje.
—¿Con qué te atizó? —inquirió Cornelio—. ¿Lo sabes?
—No, pero algo bastante sólido. Desde luego, mucho más que un palo de madera.
—¿Y estás seguro de que solo fue una persona?
—Yo no vi más que a uno, es todo lo que puedo decir —contestó el diácono—. Por otra parte, no parece que a Serapión le hiciesen daño. Las circunstancias de su muerte sugieren que se produjo de forma accidental, al caerse por las escaleras.
Cornelio asintió, él también lo encontraba bastante probable.
—Gracias, Cirilo. ¿Hay algo más que puedas añadir?
—Sí, solo una cosa. Serapión había organizado el envío de los fondos recaudados para el día siguiente. Quería que nuestros hermanos de Pérgamo lo recibiesen cuanto antes.
—Eso significa que tan solo veinticuatro horas después, el ladrón habría llegado tarde, ¿verdad?
—Exacto.
—Idea que refuerza aún más que el responsable tiene que ser uno de los nuestros. Y no me refiero solo a alguien del clero, los feligreses son igual de sospechosos. A priori , no descarto a nadie.
Cirilo, que más de una vez había manifestado su disgusto ante la posibilidad de que aquel crimen quedase sin castigo, tenía que reconocer que aquella faceta combativa del nuevo obispo le gustaba.
—¿Y cómo piensa averiguar la identidad del culpable? —preguntó el diácono.
—Observando atentamente al rebaño. Con tanto dinero en los bolsillos, el ladrón no tardará mucho tiempo en comenzar a gastarlo, si es que no ha empezado ya.
En los próximos días hablaré personalmente con cada uno de nuestros presbíteros para que vigilen de cerca a sus fieles y me informen de inmediato si detectan algún comportamiento inusual.
—Yo también estaré atento.
—Si facilitamos nombres concretos a las autoridades, tendrán que investigarlos —razonó el obispo—. Gracias, Cirilo. Puedes retirarte. Yo continuaré trabajand o .
El diácono, sin embargo, no se movió del lugar que ocupaba frente a su superior. Su expresión basculaba entre la decepción y la tristeza.
—Señor, debo informarle de algo importante. Se trata de Eufemo, el arquitecto cristiano que murió la semana pasada.
—¿Qué ocurre? ¿Ya podemos disponer de su casa?
La vivienda de Eufemo se hallaba en el barrio de Epifanía, habitado principalmente por funcionarios y mercaderes de clase media y alta.
Por tal motivo, Cornelio había decidido trasladar allí la sede del obispo.
Además de mejor ubicada, aquella casa era mucho más grande y contaba con mayores comodidades.
—Me temo que eso no va a ser posible después de todo.
—¿Por qué? —preguntó Cornelio sorprendido.
—Ha surgido un imprevisto. Eufemo decidió legar su casa a la Iglesia porque no tenía familia. Sin embargo, un sobrino suyo ha aparecido de forma inesperada reclamando la herencia.
—¿Cómo? ¿Y de dónde ha salido?
—Al parecer, llevaba más de quince años viviendo en Tiro —explicó Cirilo—. Y, aunque durante todo ese tiempo jamás mantuvo el menor contacto con su tío, las leyes testamentarias lo favorecen. Hoy mismo ha recibido el título de propiedad.
El obispo masculló una maldición.
—¿Quieres decir que hemos perdido la casa? —inquirió sin disimular su contrariedad.
—En realidad, nunca llegó a ser nuestra. Pero, en resumidas cuentas, sí. La hemos perdido, señor. Lo lamento mucho.
Cornelio extendió los brazos en ademán de disgusto.
—Lo considero enormemente injusto. En fin, esto supone otra muestra más de lo mal que antes se hacían las cosas. Serapión debió asegurarse de que Eufemo nos donase en vida la propiedad de la vivienda. De ese modo, no nos hubiésemos llevado ahora esta sorpresa.
—Desde luego, esto no es lo que Eufemo hubiese querido —precisó el diácono cariacontecido—. Los cristianos estuvimos siempre a su lado hasta el momento de su muerte. Yo lo visitaba a menudo y pude despedirme de él cuando apenas le quedaba un aliento de vida.
—Está bien —concluyó Cornelio—. Gracias por ponerme al día.
Y, sin más, Cirilo se retiró pensativo, con sentimientos encontrados acerca de las políticas que se proponía implantar el nuevo obispo.
2
Calpurnio y su hija se internaron en el foro de la ciudad.
El sol de la mañana arrojaba una luz dorada sobre la plaza del Ónfalos, una extensión ovalada de más de doscientos metros de diámetro junto a la que se elevaba el edificio de la asamblea y varios templos sagrados, y desde donde se observaba la silueta del anfiteatro ubicado hacia el sur.
Algunos visitantes procedentes de poblaciones vecinas contemplaban embelesados los detalles arquitectónicos de las fachadas, mientras otros se detenían a leer antiguas inscripciones grabadas en las columnas.
Sobre unas escalinatas, un viejo filósofo enseñaba a sus estudiantes, y a aquellos curiosos que mostraban interés.
Varios lugareños se postraban ante la estatua de Atargatis, la diosa local, a la que elevaban plegarias o dejaban ofrendas sobre un pedestal.
—Gracias por venir, Falconila. Te necesito para elegir el regalo que tu madre se merece —dijo Calpurnio sonriente.
—Te aconsejaré lo mejor que pueda, aunque tú conoces a mamá mucho mejor que yo.
—Eso no importa. Confío más en tu gusto, y tus hermanos en eso no me habrían servido de mucha ayuda.
La muchacha rio.
—Eso no puedo negarlo.
Calpurnio era un rico aristócrata que formaba parte del senado de Antioquía, ocupando una de sus magistraturas.
El edil vestía una toga de blanco inmaculado ribeteada de púrpura, un broche plateado y unas recias sandalias de cuero.
Poseía unos mofletes rollizos y una nariz chata que le conferían el aspecto de un gorrino.
Además, lucía una prominente barriga que denotaba el elevado estatus al que pertenecía.
Padre e hija paseaban por una avenida porticada, donde se alojaban los mejores comercios de la ciudad.
—Conozco a un orfebre extraordinario que se encuentra aquí mismo —señaló Calpurnio.
—¿Una joya? ¿Eso le vas a regalar?
—No se me ocurre nada mejor para celebrar los veinticinco años de matrimonio con tu madre —respondió ufano.
—Pues a mí sí —discrepó Falconila—. A mamá le sobran las alhajas. Deberías ser más original.
A sus dieciocho años, Falconila se había convertido en una bella joven de tez impecable que recordaba a la porcelana, pálida y suave como el mármol de las estatuas que adornaban la ciudad.
Sus ojos eran verdes como las aguas del Mediterráneo y sus finos labios de un rosa suave.
También poseía una figura estilizada, rematada por una espléndida melena de rizos dorados.
Vestía una estola de color malva confeccionada con tejidos delicados y livianos, y se cubría los hombros con un chal.
Falconila fue la tercera en nacer, después de sus hermanos varones, y seguramente por eso Calpurnio sentía por ella una especial predilección.
—¿Y qué sugieres entonces? ¿Acaso tienes algo en mente?
—Acompáñame… —sugirió la joven guiñándole un ojo.
Cruzaron la plaza en dirección opuesta, disfrutando de la ligera brisa que soplaba en el recinto del foro.
Cientos de transeúntes iban de un lado a otro sumergidos en su rutina diaria.
La mayoría era gente de bien, aunque desde luego tampoco faltaban los malhechores.
En todo caso, aquella parte de la ciudad era extremadamente segura.
Numerosos alguaciles patrullaban las calles, embutidos en sus cotas de malla y blandiendo sus porras con aspecto amenazante.
—Es aquí —dijo Falconila señalando una pequeña tienda de perfumes artesanales.
Su padre la miró desconfiado.
—¿Un perfume? ¿Estás segura?
—Por supuesto. ¿Qué otra cosa se te ocurre capaz de provocar una emoción más intensa?
Pasaron al interior. El perfumista les saludó con aire almibarado y empezó a mostrarles su colección de exquisitas fragancias. Cada frasco contenía una esencia propia, cargada de matices particulares. Calpurnio no tenía la menor idea de cuál elegir. Todas resultaban igualmente cautivadoras.
—¿Cuál te gusta más, hija? A mí todos me parecen magníficos.
—Pienso lo mismo, pero se me acaba de ocurrir una idea aún mejor. —Falconila se dirigió entonces al perfumista—. ¿Podría elaborar una fragancia hecha a medida? ¿Algo completamente único?
—Por supuesto, lo haría encantado. No obstante, debo advertirles de que su precio se elevará bastante…