Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO PRIMERO
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CAPÍTULO PRIMERO

« El amor nos une a Dios; el amor cubre una multitud de pecados; el amor todo lo soporta, es paciente en todas las cosas. No hay nada vil en el amor, nada arrogante. El amor no permite divisiones; el amor no se rebela; el amor hace todas las cosas en concordia ».

Clemente de Roma

Había transcurrido un mes desde la trágica muerte de Serapión, y el obispo que lo había sustituido estaba oficiando una celebración litúrgica en su memoria.

A continuación, Cornelio procedió a cantar los salmos, mientras que los asistentes al acto corearon las correspondientes respuestas.

Su elección para el cargo había sido unánime, no había tenido competencia.

El hueco que había dejado Serapión era tan grande, que la mayoría de los candidatos a sucederle habían evitado presentarse por temor a no estar a la altura…

excepto Cornelio. Él había dado un paso al frente y había asumido la responsabilidad que nadie más quería.

Durante años había liderado la comunidad cristiana de la ciudad siria de Gabala con un éxito notable.

Antioquía, sin embargo, suponía un desafío muchísimo más complicado.

El obispo deslizó la mirada entre los asistentes y reprendió a los que, según le habían informado, habían cometido faltas menores —las exhortaciones a los castigos por las faltas cometidas formaban parte de la liturgia habitual—.

Los pecadores, en señal de enmienda, recitarían determinadas oraciones para verse libres de mancha.

Acto seguido, sin embargo, se dirigió a un feligrés en concreto, llamado Foción, de forma mucho más agresiva.

Cornelio lo señaló con el dedo y lo amenazó con el fuego eterno, empleando en su diatriba una violencia verbal inusitada.

La Iglesia primitiva consideraba tres grandes pecados capitales: la idolatría, el homicidio y el adulterio.

Y aquel hombre había atentado contra el tercero de ellos, protagonizando una vergonzosa historia de la que toda la comunidad estaba al corriente.

Al borde de las lágrimas, humillado y sonrojado por completo, Foción mantuvo la cabeza gacha y aguantó la reprimenda pública lo mejor que pudo. Aunque se le impondría una penitencia particularmente dura, si la cumplía sería perdonado.

Concluido aquel momento, Cornelio siguió adelante y procedió con la liturgia eucarística propiamente dicha.

Cirilo, en su rol de diácono, partió el pan y lo dispuso en un plato; también sirvió vino en una copa.

Cirilo había sobrevivido al asalto sin sufrir daños especialmente graves.

La nariz se le había quedado un poco desviada por el golpe recibido, pero nada más.

El obispo repartió la comunión, que los fieles recibieron en la palma de la mano. La copa circuló entre los presentes.

El acto concluyó tras el sacrificio simbólico de la sangre y el cuerpo de Cristo oficiado por el obispo.

Las conversaciones posteriores a la ceremonia coincidían en lo mismo: nadie dudaba de que el nuevo obispo, en su primer acto público, había querido subrayar su autoridad, dejando claro que sus políticas no serían tan blandas como las de su predecesor en el cargo.

***

A primera hora de la tarde, Cirilo acudió a la llamada de Cornelio y se presentó en su despacho. En realidad, se trataba del mismo lugar que Serapión había ocupado con anterioridad. Aquella casa, al fin y al cabo, constituía la sede del obispo, al margen de quién ostentase el cargo.

Bien entrado en la treintena, Cirilo era un hombre delgado, de mediana altura y una cabeza demasiado grande en proporción a su cuerpo. Tenía los ojos claros y las mejillas barbilampiñas.

—Toma asiento, por favor. Me gustaría hablar contigo.

Cirilo obedeció, sin poder evitar sentirse ligeramente incómodo. En contraposición a la calidez tan propia de Serapión, el trato excesivamente rígido del nuevo obispo le ponía nervioso. En todo caso, supuso que ya se acostumbraría.

—¿En qué puedo ayudarle?

—¿Qué opinas del servicio de hoy? —preguntó el obispo.

—Muy correcto, señor —repuso Cirilo con timidez.

Cornelio observó detenidamente a su subordinado.

Aunque le parecía un tanto apocado, había decidido contar con él porque su experiencia al servicio de Serapión podría serle útil.

Además, hasta el momento había demostrado ser tan servicial como eficiente en su trabajo.

Los diáconos, en general, se encargaban de asistir a los presbíteros en la liturgia y atender a los necesitados; pero Cirilo, en particular, también administraba la caja común de la iglesia antioquena, que se alimentaba de las donaciones de los creyentes, además de hacer las veces de escriba y asistente del obispo.

Su historia de superación resultaba admirable.

Cirilo había sido un esclavo que, tras recibir una educación privilegiada, se había ocupado de la contabilidad de los negocios de su amo.

Sabía leer y escribir y tenía unos conocimientos en aritmética bastante avanzados.

Poco antes de morir, su señor lo manumitió como muestra de agradecimiento por los servicios prestados.

Y, ya como liberto, Cirilo había ingresado en la Iglesia en calidad de diácono, ocupación para la que estaba sobradamente preparado.

Antes había sido un simple cristiano de base.

—Sin embargo, he recibido algunas críticas por el modo en que traté a Foción. ¿Qué opinas tú?

—¿Yo? Bueno… Puede que… quizá se excediese un poco.

—¿Excederme? No estoy de acuerdo. Hay ciertos pecados que resultan inadmisibles. Su escarmiento lo tenía más que merecido.

—Sin duda, señor. Sin embargo, el obispo Serapión tenía… otra forma de proceder en tales casos.

—¿Otra forma? Explícate.

—Pues… Él prefería mantener una charla en privado con el infractor para hacerle ver la gravedad de su comportamiento. Pensaba que así se obtenían mejores resultados que avergonzándole en público.

—Comprendo —admitió Cornelio tras una breve reflexión—.

Precisamente de eso también quería hablarte.

Serapión tenía su manera de hacer las cosas, pero yo tengo otra.

Llevo unos días leyendo y organizando su correspondencia, y estoy sorprendido ante el contenido de ciertas cartas, sobre todo las que intercambió con la iglesia de Roma.

En efecto, al entrar en la habitación, Cirilo ya había advertido un cambio notable.

De las numerosas virtudes de Serapión, el orden nunca había sido una de ellas.

Ahora, sin embargo, los rollos de papiros y pergaminos se hallaban perfectamente organizados en sus estantes; y la mesa estaba limpia y despejada, con los utensilios de escritura listos para ser usados.

Cornelio también se había traído un lote de libros de su propiedad.

—¿A qué se refiere, señor?

—En numerosas cartas, se instaba a Serapión a actuar contra aquellas corrientes cristianas que, habiéndose desviado de la ortodoxia mayoritaria, se dedican a tergiversar el verdadero mensaje de Cristo.

Todos sabemos que, por ejemplo, en Antioquía prolifera el gnosticismo y sus nocivas enseñanzas.

¿Por qué entonces Serapión hizo tan poco al respecto?

—Bueno… No es una pregunta sencilla —replicó el diácono removiéndose en su asiento—. Serapión pensaba que carecía de las herramientas adecuadas para hacer frente a los gnósticos. Por eso prefirió centrarse en la caridad y la ayuda a los necesitados.

Cornelio negó con la cabeza.

—Los obispos presidimos las celebraciones litúrgicas, ordenamos a presbíteros y diáconos, administramos justicia, y estamos en permanente contacto con nuestros homólogos de las provincias vecinas.

Somos los guardianes de la Iglesia ante cualquier amenaza, tanto interna como externa.

Esas son mis obligaciones y no pienso eludirlas.

Al oír aquello, Cirilo sintió la necesidad de salir en defensa de su anterior jefe.

—Creo que Serapión era muy consciente de sus deberes. Simplemente priorizaba unos sobre otros.

Cornelio carraspeó y, por la forma en que frunció el entrecejo, quedó patente que aquellas explicaciones no le satisfacían.

—También hay otro tipo de cuestiones, relacionadas con la organización de la Iglesia y su funcionamiento, que Serapión pareció ignorar pese a las directrices que había recibido.

—Ojalá Serapión siguiese con nosotros para poder explicarse. En todo caso, no me cabe duda de sus buenas intenciones ni de que siempre actuó en el mejor interés de la comunidad —respondió el diácono, un poco harto de tantos reproches.

—En la iglesia de Antioquía van a cambiar muchas cosas ahora que yo estoy al frente —espetó Cornelio—. El cristianismo atraviesa tiempos difíciles y, sin el liderazgo adecuado, nuestro credo podría acabar desintegrándose en una infinidad de sectas distintas.

Cirilo guardó silencio y desvió la mirada hacia un lado de la estancia. La intensidad con que Cornelio le miraba por encima del escritorio le parecía abrumadora.

—De cualquier manera, la principal razón por la que te he llamado es para hablar sobre el robo de la colecta —explicó el obispo—.

Las autoridades locales no han descubierto nada, aunque me da la impresión de que tampoco han puesto excesivo interés en el asunto.

Yo, sin embargo, no pienso rendirme tan fácilmente.

El responsable del robo tiene que pagar por lo que ha hecho y nosotros recuperar lo que nos pertenece.

Treinta mil sestercios es mucho dinero, y reunirlo supuso un gran sacrificio para todos.

—Nada me haría más feliz que tal cosa ocurriese. Pero ¿qué piensa hacer?

—Yo mismo, en la medida de mis posibilidades, investigaré el infame crimen. Quienquiera que lo llevase a cabo estaba al tanto de la colecta que habíamos organizado, y también sabía que se guardaba aquí, en la casa del obispo. Por lo tanto, es casi seguro que el ladrón pertenece a nuestra comunidad.

—¿Un cristiano, señor?

—Eso me temo —repuso Cornelio—. Alguien a quien seguramente conocemos… Aunque, desde luego, también podría haberlo perpetrado un tercero por encargo.