INTRODUCCIÓN #2
—Si me permite que le sea sincero, creo que ya ha trabajado bastante por hoy —señaló Cirilo—. A su edad debería pensar más en cuidarse.
—Te agradezco la preocupación, pero yo me iré de este mundo sirviendo a Dios —repuso Serapión esbozando una dulce sonrisa—. Me temo que no concibo otra manera de entender la vida.
—Es usted incorregible. Aunque quizá por eso despierte tanta admiración…
El obispo sacudió una mano en el aire restándose importancia.
—Además, quiero que mañana mismo salga de aquí el montante de la recaudación. Nuestros hermanos necesitan la ayuda cuanto antes. Y, de cualquier modo, este no es lugar para guardar tanto dinero.
—En eso estamos plenamente de acuerdo —convino el diácono.
A continuación, Serapión cerró los párpados pensando en descansar los ojos, para caer rendido al sueño en menos de un minuto.
Al despertarse, se dio cuenta de lo mucho que había dormido. Además de sentirse algo aturdido, comprobó que la sombra que proyectaba el árbol se había desplazado de forma considerable.
Serapión se puso trabajosamente en pie y accedió al interior de la casa.
—¿Cirilo?
El diácono no parecía estar en la planta baja. Debía de hallarse en el piso de arriba, donde se encontraban los aposentos y el despacho del obispo.
—Cirilo, ¿estás ahí?
Serapión lo llamó varias veces, sin obtener resultado. Cabía la posibilidad de que hubiese salido, pero de ser así no lo habría dejado solo. Preocupado, subió las escaleras que conducían a la planta superior mientras un mal presentimiento se apoderaba de él.
Nada más alcanzar la puerta de su despacho, confirmó desde el umbral que algo terrible había ocurrido.
Cirilo yacía tirado en el suelo, con un charco de sangre alrededor de la cabeza.
Horrorizado, Serapión se agachó trabajosamente a su lado y lo tomó de las mejillas.
El diácono aún estaba vivo y respiraba, pero la mirada que le devolvió era frágil y quebradiza.
—¡Dios mío! ¡¿Qué ha pasado?!
Aunque Cirilo movió los labios para contestar, de su boca tan solo salió un susurro ininteligible.
De todas maneras, el obispo no necesitaba entenderle para deducir que lo habían agredido.
Como mínimo, había recibido un golpe en la nariz y otro en la cabeza.
Sangraba profusamente y su aspecto no invitaba al optimismo.
Ante su incapacidad para expresarse con claridad, el diácono levantó una mano y señaló un punto de la estancia. Serapión siguió la dirección del dedo con la mirada y enseguida comprendió lo que trataba de decirle.
El obispo se incorporó con dificultad y caminó hasta un nicho empotrado en la pared, habitualmente cubierto por un tapiz oscuro.
La colecta se guardaba en un cofre de madera con refuerzos de metal en las esquinas y alrededor de la cerradura.
El nicho, sin embargo, estaba vacío. Alguien les había robado y, en el proceso, no había dudado en emplear la violencia para conseguirlo.
—¡¿Quién ha hecho esto?! —inquirió Serapión. Los ojos de Cirilo brillaron de temor por toda respuesta—. Está bien. Tranquilo. Voy a buscar ayuda ahora mismo. Te recuperarás. Dios no dejará que te mueras.
El anciano abandonó la estancia y, agarrado a la barandilla, comenzó a descender por las escaleras tan rápido como podía. Lo que, en sus condiciones, no era demasiado.
Pese a la urgencia de la situación, podía pensar con total claridad.
El autor del robo había tenido que ser uno de sus feligreses.
La deducción resultaba evidente. Sabía muy bien lo que buscaba y dónde encontrarlo.
Y la colecta era un asunto que solo atañía a los que integraban la iglesia antioquena.
Nadie más estaba enterado. Un sentimiento de indignación se apoderó de él.
Probablemente, el responsable había estado presente en la asamblea de la mañana.
Serapión repasó mentalmente sus caras y le invadió una profunda pena solo de pensar que uno de ellos lo había traicionado; no a él en particular, sino a toda la comunidad de cristianos y al propio Jesucristo.
De pronto, sintió una fuerte opresión en el pecho que se extendió hacia los brazos y la espalda. Aquello iba más allá del arrebato de ira que el incidente le había provocado. Estaba sufriendo un ataque al corazón. Y lo sabía porque no era el primero.
Con dificultades para respirar, se sujetó a la barandilla para no caerse, pero las fuerzas se le escurrieron y se desplomó, rodando escaleras abajo hasta dar con sus huesos en el suelo.
Al dolor del pecho se le añadió el de la cadera, que se hizo añicos como si fuese de cristal.
Un grito desgarrador escapó de sus labios antes de quedar reducido a un lamento ahogado.
Un fuego abrasador le recorrió la pierna desde la ingle hasta la rodilla, como si un hierro al rojo vivo se la atravesara.
Trató de moverse, de aliviar de algún modo aquella tortura, pero cada intento solo multiplicaba el suplicio.
Por fortuna, su agonía no se prolongó más de dos o tres minutos. Serapión murió al cabo de unos instantes, horrorizado ante la idea de que un cristiano pudiese haber perpetrado un crimen semejante.