INTRODUCCIÓN
Bajo el sol de la mañana, la ciudad de Antioquía se desplegaba como un pergamino desgastado por los siglos, sus pórticos y fachadas bañadas por una luz tenue y vaporosa, que acentuaba la blancura de los templos, bibliotecas, baños y acueductos que sembraban sus amplias avenidas.
Por encima de los altos muros que la rodeaban, salpicados de torreones a lo largo de todo su perímetro, asomaban el palacio, el anfiteatro y el hipódromo, como muestra de su notable esplendor.
Antioquía era la capital de Siria, y constituía la tercera metrópolis más importante del Imperio romano, tan solo por detrás de Roma y Alejandría.
La ciudad ocupaba una franja de tierra, enmarcada a un lado por el río Orontes, y al otro por una cadena montañosa coronada por el monte Silpio, que la protegía.
Situada en un cruce de caminos, con Éfeso al norte y Jerusalén al sur, y entre el Éufrates al este y los puertos del mar Mediterráneo al oeste, se beneficiaba de su estratégica situación para el desarrollo del comercio.
Provista de un clima suave, alimentada por manantiales y favorecida por la fertilidad de sus llanuras, Antioquía estaba bien abastecida de cereales, productos frescos, aceite y vino. Por contra, su ubicación en tierras poco firmes propiciaba los seísmos.
Se trataba de una ciudad verdaderamente cosmopolita, un crisol de culturas, en la que se hablaba una amplia variedad de lenguas.
El idioma predominante era el griego, que servía de lengua franca, al que se unía el latín de la administración y el ejército romano, el siriaco de la población rural, o el persa de numerosos comerciantes.
Asimismo, las creencias religiosas resultaban igualmente diversas, comprendiendo el clásico panteón grecorromano, las religiones mistéricas, algunos cultos sirios autóctonos y el credo judío.
La presencia cristiana también resultaba destacada.
La comunidad antioquena fue fundada en fechas muy tempranas por los apóstoles Pedro, Pablo y Bernabé, y constituyó el punto de partida para la evangelización de los gentiles.
Fue en Antioquía donde por primera vez se llamó «cristianos» a los seguidores de Jesús de Nazaret.
Aquella mañana, el obispo de Antioquía presidía un encuentro importante, al que asistía tanto la clerecía, como un gran número de fieles.
La asamblea tenía lugar en una casa particular, pues los cristianos todavía carecían de templos o edificios destinados específicamente al culto.
Se trataba de una vivienda de dos pisos, situada al borde de la vía, de aspecto sólido y austero, construida en piedra, ladrillos cocidos y techo de madera.
En la sobria fachada tan solo se abría la puerta principal y algunas ventanas altas y estrechas.
El obispo, llamado Serapión, era un hombre anciano de mirada afable y expresión fraterna que llevaba más de dos décadas al frente de la iglesia antioquena.
De constitución menuda, tenía el rostro poblado de arrugas y el cráneo pelado, salvo por un mechón de pelo blanco que le brotaba de la coronilla.
Serapión miró a los presentes mientras sostenía un pergamino en la mano derecha.
Todos los asistentes, presbíteros y feligreses, incluido él mismo, se sentaban en el suelo, y vestían túnicas corrientes que en nada les diferenciaban de la gente de la calle.
Aunque el lugar estaba abarrotado, en modo alguno tenía capacidad para acoger a todos los cristianos de la ciudad, y eso que habían ganado bastante espacio tras haber tirado los tabiques de la planta baja de la casa.
—«El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará —leyó Serapión en voz alta—. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre».
El obispo acababa de recitar un fragmento de la segunda epístola de Pablo a los corintios, aunque no estaba oficiando ningún acto litúrgico.
Un par de meses atrás, Serapión había organizado una colecta para ayudar a los hermanos de Pérgamo, que recientemente habían sido objeto de una implacable persecución por parte de las autoridades romanas.
Los fondos recaudados servirían para socorrer a las víctimas que habían perdido todos sus bienes y para que la comunidad cristiana allí existente volviese a levantarse.
Se trataba, pues, de una asamblea para celebrar la consecución de un objetivo y agradecer el esfuerzo realizado.
—Estoy orgulloso de vosotros —señaló con el corazón henchido—. Nos habíamos propuesto recaudar treinta mil sestercios y, pese a la dificultad del desafío, lo hemos conseguido.
Los asistentes se felicitaron por haber alcanzado semejante cifra, que constituía una auténtica fortuna para la mayoría.
Las aportaciones de los más ricos habían sido muy generosas, pero los menos favorecidos también habían aportado su granito de arena.
Cada cual había contribuido según sus posibilidades y, en cualquier caso, con carácter totalmente voluntario.
—El generoso será bendito porque da de su pan al pobre —añadió Serapión, parafraseando un proverbio de la Biblia, a la vez que dedicaba una cálida sonrisa a los allí congregados.
Cuando el obispo trató de ponerse en pie, un individuo situado a su espalda, a muy escasa distancia, se apresuró a ayudarlo con delicadeza pues, a su edad, tenía la movilidad ya muy limitada. Quien lo había ayudado no era otro que Cirilo, su diácono, que ya llevaba más de cinco años a su servicio.
A imitación de su pastor, los asistentes también se levantaron. Serapión inició entonces una serie de oraciones y salmos a los que los demás se fueron sumando, hasta que puso fin al acto con una plegaria y un gesto de despedida.
La mayoría, sin embargo, no se marchó de inmediato.
Muchos deseaban intercambiar algunas palabras con él.
Serapión se había ganado no solo el respeto, sino también el afecto de sus feligreses.
Bajo su gobierno, la iglesia de Antioquía se había consolidado tras superar numerosos obstáculos, y todo ello haciendo gala de un extraordinario talante diplomático. De ahí que le tuviesen tanto aprecio.
Con todo, algunas voces puntuales también se habían mostrado críticas con su gestión, en especial la de los últimos años, coincidiendo con el declive de su salud como consecuencia de la edad.
Le reprochaban haber permitido cierta relajación de las prácticas cristianas, así como no haberse enfrentado a los enemigos de la Iglesia con la suficiente contundencia.
Cirilo se ocupaba de que aquellos que deseaban ver al obispo lo hiciesen de forma ordenada.
Algunos simplemente le pedían su bendición, otros solicitaban un consejo personal.
Serapión los complacía, siempre tenía en la boca palabras de consuelo, de sabiduría o de comprensión y, pese al cansancio que sentía, no se retiraría hasta haberlos atendido a todos.
Así era como le gustaba hacer las cosas.
Por fin, después de dos horas de bendiciones y consejos, Serapión despachó al último de los fieles. Cirilo lo acompañó a la salida y cerró la puerta con llave.
—Necesito sentarme —suspiró el obispo.
Sin embargo, en ese instante sonaron varios golpes en la puerta.
Alguien llamaba con insistencia. El diácono fue a abrir y se encontró frente a una mujer que sostenía a un bebé, al tiempo que dos niños pequeños se aferraban a sus piernas.
Serapión la reconoció enseguida: era una cristiana que pasaba por grandes estrecheces.
—Por favor, necesito ayuda para alimentar a mis hijos —suplicó angustiada.
El obispo hizo una señal a Cirilo, que fue a la cocina y cogió un paquete de comida de los que solían tener a mano para ocasiones como aquella.
La mujer le dio las gracias conteniendo las lágrimas, pero Serapión no la dejó irse tras advertir que iba descalza.
Para remediarlo, el anciano comenzó a quitarse sus propias sandalias, momento en que Cirilo intervino rápidamente para impedírselo y ofrecer las suyas a cambio.
—Señor, usted las necesita más que yo —terció el diácono.
Serapión agradeció el gesto con un ligero asentimiento de cabeza. La mujer se calzó las sandalias de Cirilo y se marchó con el paquete de alimentos bajo el brazo.
—Ahora sí, espero poder reposar un poco.
El obispo se desplazó hasta un pequeño patio al aire libre que se abría en la parte trasera, donde una mecedora lo aguardaba bajo la sombra de un naranjo.
—Ya es casi la hora de comer —terció Cirilo—. Mientras descansa, yo iré preparando algo.
—¿Podrías traerme antes un poco de agua?
Cirilo regresó enseguida con una jarra y se inclinó para servirle un vaso. Además de su labor como diácono, también ejercía como secretario y ayudante personal de Serapión, ocupándose de todas sus necesidades.
—Muchas gracias.
—¿Necesita algo más?
—Hazme compañía durante un rato, por favor —pidió el obispo.
Cirilo ocupó un lugar a su lado, resguardado del sol.
—Mañana, si tienes tiempo, ve a ver a Eufemo y hazle partícipe del éxito de la colecta. Él también contribuyó.
Eufemo era un cristiano económicamente bien posicionado, arquitecto para más señas, que llevaba meses enfermo y cuya muerte, por desgracia, se antojaba inevitable.
Apenas podía moverse y ya no salía de su casa, de modo que Cirilo lo visitaba una vez a la semana, y Serapión al menos una vez al mes.
Salvo por sus sirvientes, no tenía familia, motivo por el cual había prometido legar su casa a la Iglesia.
—Me temo que Eufemo ya está en las últimas, señor.
—Lo sé —repuso Serapión—. Por eso mismo quiero que lo sepa antes de que sea demasiado tarde. Y dile también que toda la comunidad ruega por su alma.
—Por supuesto. Seguro que le hará sentir muy reconfortado.
A continuación, el anciano se arrellanó en la mecedora buscando acomodar la espalda.
—Yo dedicaré la tarde a escribir una carta al obispo de Pérgamo para hacérsela llegar junto a los fondos recaudados.