Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa PREFACIO
34%

PREFACIO

El siglo ii fue clave para el desarrollo y la consolidación del cristianismo por diferentes motivos.

En torno a finales del siglo i , se produciría la ruptura definitiva entre judíos y cristianos.

Fue entonces cuando se materializaría la división entre unos y otros.

Los fariseos adoptaron diversas medidas para expulsar de su seno a los judeo-cristianos.

En primer lugar, incluyeron una oración diaria que los maldecía, para así alejarlos de las sinagogas.

Realizaron reformas litúrgicas y efectuaron una relectura sobre la figura de Jesús de Nazaret en clave denigratoria.

Y por último, articularon medidas disciplinarias contra aquellos judíos que simpatizaran con los seguidores de Cristo.

Desde el punto de vista del judaísmo ortodoxo, el cristianismo se había convertido en una herejía.

La expansión del cristianismo a lo largo del siglo ii condujo al desarrollo de una estructura de mando y control, necesaria para la supervivencia terrenal de la Iglesia.

Los predicadores itinerantes, cuya labor difusora fue tan importante durante la etapa fundacional, comenzarían a desaparecer para ser sustituidos por autoridades locales, que asumirían el deber de atender a las comunidades establecidas.

Al frente de las mismas se situaban los hombres más cultos y experimentados, que asumían la supervisión de un determinado territorio bajo el título de «obispos».

No en vano, la palabra «obispo», procedente del griego epískopos , significa «supervisor».

La organización del clero, muy básica en aquel tiempo, se completaba con el concurso de presbíteros —llamados posteriormente sacerdotes— y diáconos.

Territorialmente, el cristianismo adoptó la división política en provincias, a imitación del Imperio romano.

La Iglesia como institución estaba compuesta por una red de iglesias regionales de rango similar, que gozaban de gran autonomía, circunstancia que provocaría la aparición de diferencias doctrinales y litúrgicas notables, que en todo caso no invalidaban su pertenencia a una misma organización.

El intercambio epistolar entre ellas era frecuente para ayudarse mutuamente, informar de sus preocupaciones e intercambiar opiniones acerca de cuestiones doctrinales.

En aquel tiempo, tras la destrucción de la Ciudad Santa, el centro de gravedad cristiano se había desplazado desde Jerusalén hasta Roma.

Sin embargo, dicha iglesia todavía no gozaba de primacía sobre el resto, aunque ya comenzaba a actuar como mediadora en caso de discrepancia.

Las cartas, conservadas por las comunidades, solían leerse en las reuniones y asambleas.

La lengua oficial era el griego, lo que facilitaba la comunicación entre unas regiones y otras, aunque radicasen en lugares tan distantes como Siria, África o las Galias.

A principios del siglo ii surgió un conjunto de teólogos, denominados padres apostólicos, cuyos escritos sirvieron como testimonio de la fe y la vida cristiana de la época.

Los padres apostólicos, a quienes la tradición les atribuye un contacto directo con alguno de los apóstoles de Jesús de Nazaret, contribuyeron de forma clave a la configuración de la doctrina de la Iglesia.

Los más importantes fueron Ignacio de Antioquía y Clemente de Roma, considerados discípulos de Pedro; y Policarpo de Esmirna, considerado discípulo de Juan.

Los evangelios de Lucas, Marcos, Mateo y Juan, que ya habían sido escritos, cohabitaron durante mucho tiempo con otros libros que también recogían las tradiciones sobre Jesús, gozando algunos de ellos de gran popularidad.

Son los denominados evangelios apócrifos, de los que hoy en día se conoce la existencia de más de setenta.

En aquel momento, ninguna colección de los escritos evangélicos era plenamente aceptada, pues la Iglesia aún no había establecido la lista de los libros que consideraba revelados e inspirados por el Espíritu Santo.

Hasta la formación del canon, en algunas asambleas se leían de forma indistinta unos y otros, siendo todos ellos tenidos igualmente por sagrados.

Durante este siglo, el mayor desafío al que la naciente Iglesia cristiana se enfrentó fue el de las herejías.

Eran tantos los movimientos existentes, que difícilmente podía hablarse de una corriente cristiana dominante.

Aunque las herejías se entendían como divisiones o grupos dentro de la Iglesia, pronto adquirirían el significado que actualmente tienen, entendidas como desviaciones doctrinales del pensamiento mayoritario ortodoxo.

A los líderes herejes se les llamaba “falsos profetas”, se les consideraba enemigos de Dios y sus enseñanzas se tildaban de erróneas. Al gnosticismo, en sus múltiples formas, se lo tuvo como la herejía más peligrosa de todas ellas.