NOTA DEL AUTOR
El detonante fue la decisión del procurador romano de tomar diecisiete talentos del templo de Jerusalén, alegando que el dinero era para el emperador.
Indignados, los judíos protestaron en las calles y fueron brutalmente reprimidos por los soldados, que dejaron tras de sí miles de muertos.
En respuesta a la masacre, el hijo del sumo sacerdote ordenó cesar las oraciones y los sacrificios en honor al emperador —gesto que constituía por sí mismo un verdadero acto de rebelión—, y las facciones nacionalistas, lideradas por los zelotes, tomaron las armas y acabaron con la guarnición romana sita en Jerusalén.
El levantamiento se extendió a lo largo de toda la Judea y las milicias armadas lograron expulsar a los invasores del país. En este punto, no cabía duda de que Roma respondería con firmeza para sofocar la insurrección.
Ante la guerra que se avecinaba, los judeocristianos huyeron a Pella —una ciudad que se hallaba en la región de la Decápolis, al otro lado del río Jordán— para ponerse a salvo.
La toma de Jerusalén, sin embargo, resultó ser mucho más dura de lo esperado.
Al ser incapaces de romper sus defensas al asalto, los romanos comandados por Tito iniciaron un largo sitio con el fin de debilitar a los rebeldes conforme se fuesen agotando el agua y las provisiones.
Varios meses después la estrategia dio resultado y, tras derribar las murallas, los romanos arrasaron Jerusalén y saquearon e incendiaron el Templo sagrado.
Durante el asedio y la lucha posterior, murieron aproximadamente un millón de judíos, cien mil fueron capturados y esclavizados y los que sobrevivieron al conflicto se dispersaron por todo el Imperio romano en una nueva diáspora.
Situado en el centro fundamental de las creencias judías, la destrucción del Templo de Jerusalén causó un profundo impacto entre los fieles.
Con la suspensión del culto y los sacrificios, ¿cómo se obtenía entonces la expiación?
Los judíos se hacían estas y otras preguntas, mientras asimilaban el trauma que la desaparición del Templo les había supuesto.
Los fariseos interpretaron aquella tragedia como un castigo divino por descuidar la Torá.
Los cristianos, en cambio, lo vieron de otra manera.
El castigo se debía al rechazo del pueblo judío hacia el Mesías anunciado por los profetas, encarnado en la figura de Jesucristo.
Ante el desastre, cada grupo político religioso corrió una suerte distinta.
Solo los fariseos se mantuvieron como grupo organizado.
Los zelotes fueron aniquilados, muriendo los últimos de ellos en el cerco de Masada, que tendría lugar tres años más tarde.
El sanedrín se disolvió, y la facción saducea, después de perder casi toda su influencia, se fue extinguiendo poco a poco.
Los fariseos tomaron el relevo y, a partir de ese momento, orientaron la práctica religiosa hacia el desarrollo del judaísmo rabínico y el culto en las sinagogas.
Desde el punto de vista político, el pueblo judío se quedó sin un estado propio y sin control sobre sus tierras ancestrales durante casi dos mil años, hasta el establecimiento del moderno Estado de Israel en 1948.
La caída de Jerusalén también ejerció una gran influencia en el desarrollo del naciente movimiento cristiano.
Con la destrucción del Templo como centro religioso —hecho que se recuerda aún hoy en el día de Tisha b'Av—, la Iglesia cristiana asumió un papel más prominente en la vida espiritual de los creyentes, y aprovechó la oportunidad para continuar difundiendo su fe por todo el Imperio romano.
Hubo, sin embargo, un cambio trascendental.
A partir de ese momento, el cristianismo se fue distanciando cada vez más de las prácticas y creencias judías, para expandirse fundamentalmente entre los gentiles.
Con el tiempo, cristianos y judíos se separarían de forma definitiva, hasta desarrollar identidades religiosas distintas.
Durante este período, la Iglesia inició el desarrollo de su estructura organizativa.
Los obispos surgieron como líderes locales y máximas autoridades de la jerarquía.
Del mismo modo, su teología doctrinal comenzó a configurarse de forma paulatina.
Estos años sentarían las bases para el desarrollo posterior del cristianismo en los siglos venideros.
Los cristianos que insistieron en la necesidad de cumplir la Ley mosaica, incluida la circuncisión y las normas dietéticas, recibieron el nombre de ebionitas.
Dicho grupo —cuya presencia se circunscribió principalmente a las regiones de Judea y Siria— veneraba a Santiago el Justo como ejemplo de rectitud, no reconocía a Pedro como el verdadero sucesor de Jesús, y rechazaba las enseñanzas del apóstol Pablo y su enfoque en la salvación por la fe y la gracia.
Con el tiempo, las diferencias doctrinales se harían cada vez mayores, lo que llevaría a la Iglesia primitiva a condenar el ebionismo, que se convertiría en una de las primeras herejías que surgirían dentro de la ortodoxia cristiana.
Se cree que los últimos remanentes de dicha corriente desaparecieron en el siglo v d.C.
De los numerosos evangelios escritos durante los primeros siglos de nuestra era, solo cuatro fueron aceptados por la Iglesia y considerados como canónicos: los de Marcos, Mateo, Lucas y Juan.
La mayoría de los expertos considera que fueron redactados en la segunda mitad del siglo i d.
C., a partir del año 70, es decir, con posterioridad a la destrucción del Templo de Jerusalén.
La redacción más tardía se correspondería con el de Juan, que se estima en torno al año 100.
Tres de ellos (Marcos, Mateo y Lucas) guardan entre sí similitudes tan importantes, que reciben la denominación de sinópticos.
La teoría más aceptada para explicar por qué son tan parecidos entre sí, pese a tratarse de evangelios distintos, es la llamada «teoría de las dos fuentes».
De acuerdo con la misma, Mateo y Lucas se habrían basado en una forma primitiva del evangelio de Marcos (el más antiguo de los cuatro) como fuente principal de sus obras.
Lo cual explicaría las semejanzas de los tres evangelios sinópticos, no solo en lo relativo a su contenido, sino también a nivel de estructura y lenguaje.
Sin embargo, el material coincidente en Mateo y Lucas que no se encuentra en Marcos se atribuye a una segunda fuente común, ignorada por este último, conocida por el nombre de “documento Q”.
Aunque sabemos que los primeros cristianos transmitieron de forma oral muchas de las tradiciones de Jesús, el documento Q (del alemán Quelle , fuente) se trataría de una fuente escrita que, fundamentalmente, recogería sus dichos y enseñanzas.
No mencionaría, por tanto, el nacimiento de Cristo, la elección de los apóstoles, la crucifixión o la resurrección, entre muchos otros episodios de su vida.
La existencia de dicha fuente se presupone porque, al comparar el uso que de la misma hicieron Lucas y Mateo en sus evangelios, se comprueba que las referencias son textuales, casi palabra por palabra, siendo prácticamente imposible que ambos evangelistas hubiesen coincidido en más de doscientos pasajes sin tener por delante un texto escrito.
Dado que la mayor parte de las localizaciones mencionadas en el documento Q se circunscriben al área de Galilea, se piensa que su origen geográfico se haya vinculado a dicha región.
En cuanto a la fecha de su composición, se considera anterior al evangelio de Marcos —algunos académicos, incluso, sugieren que pudo haberse escrito tan pronto como en los años treinta del siglo primero—.
El descubrimiento en Nag Hammadi (Egipto) del evangelio de Tomás ha contribuido a reforzar la hipótesis de la existencia del documento Q.
Dicho evangelio apócrifo recopila enseñanzas atribuidas a Jesús, de las cuales treinta y siete coinciden con los versículos de Mateo y Lucas que no se encuentran en Marcos y que, por tanto, formarían parte de la fuente Q.
Hasta la fecha, ninguna copia del llamado documento Q ha sido hallada todavía.