Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Un nuevo encuentro dominical tenía lugar en la vivienda de Elías.

Habían transcurrido varias semanas desde la marcha de Lucas de Antioquía, cuya estancia en Cafarnaúm había dejado una profunda huella.

El número de cristianos había aumentado, la casa del productor de aceite comenzaba a no ser suficiente para acogerlos a todos, y pronto habría que buscar un recinto alternativo.

Aquel día asistía al encuentro un atípico invitado.

Lucio Valerio Escauro no podía negar el interés que había despertado en él aquel nuevo culto religioso.

Por eso, Elías lo había convencido para que acudiese y lo conociese de primera mano.

Actualmente, ambos eran buenos amigos que se veían con frecuencia.

Como siempre, los asistentes ponían en común los alimentos que habían traído y cocinaban una amplia variedad de platos distintos. En un inmenso caldero borboteaba un guiso de garbanzos de aspecto suculento. Lo que, unido al aroma del pan recién horneado, despertaba inevitablemente el apetito.

Lucio, que no iba de uniforme, recorría el patio junto a Elías sorprendido de recibir sonrisas en lugar de miradas recelosas. Su presencia allí era bien acogida, pese a tratarse de quien era.

Esther se abrió paso entre los asistentes y le ofreció al centurión una bebida dulce.

—Preparada a base de los dátiles más jugosos.

La mujer exhibía una sonrisa franca, aunque todavía estaba de luto.

La naturaleza había seguido su curso y, finalmente, su madre había fallecido.

De cualquier modo, Esther se sentía reconfortada.

Sabía que Judit había disfrutado de una vida plena y ocupaba ahora el lugar que se merecía en el reino de los cielos.

—Gracias, tenía mucha sed —contestó Lucio, saboreando el jugo.

Esther reanudó el paso hasta llegar a un rincón del jardín, donde Silas reposaba en su mecedora.

El anciano, que jamás sería consciente de su trascendental aportación a la configuración del naciente movimiento cristiano, dependía de sus cuidados para todo.

Comprobó que estaba bien y le apretó la mano de forma afectuosa.

En el extremo opuesto del patio, Samir vio al romano e inmediatamente dejó lo que estaba haciendo para saludarlo. Lucio había probado su inocencia y lo había salvado de morir apedreado, y eso hacía que lo admirara como si fuese una suerte de héroe legendario.

—¡Lucio, mi gato ha tenido crías! —exclamó entusiasmado.

A base de mimos y buena comida, el gato callejero que solía visitarlo se había convertido en su dócil mascota.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Lucio.

—Mi padre solo me deja quedarme con una de ellas.

—Bueno, ya veremos… —terció Elías al ver una vez más su cara de pena.

Samir había dejado atrás su terrible experiencia en la cárcel con extraordinaria rapidez.

De nuevo ayudaba en la almazara de su padre, unas veces recogiendo aceitunas y otras manejando la prensa de piedra; el resto del tiempo era simplemente feliz disfrutando de las pequeñas cosas.

Aquel duro episodio lo había fortalecido ante los golpes de la vida.

A su muñeco Sansón no había podido recuperarlo, pero al mismo tiempo le había servido para darse cuenta de que ya no lo necesitaba.

El destino de Caleb había sido muy distinto, si bien podría decirse que había tenido suerte.

Su pertenencia a la banda rebelde le habría costado la esclavitud, o incluso la muerte.

En cambio, su castigo se saldaría con un año en prisión, una pena de flagelación y una multa pecuniaria gracias a que había colaborado con las autoridades romanas, sirviendo en bandeja la captura del «Revolucionario», lo cual le había valido un trato mucho más favorable.

El destino de Zadik, por el contrario, había sido mucho más aciago.

A los interminables interrogatorios y las consiguientes torturas le siguió un juicio rápido en el que lo sentenciaron a la pena capital.

Su captura, además, supuso un golpe letal para la supervivencia de la banda que había liderado.

La información que lograron arrancarle condujo a innumerables detenciones.

En cierto momento, un sirviente se acercó a Elías y le comunicó algo al oído: Gamaliel aguardaba en el portalón de entrada. Aunque había venido a verle, se negaba a entrar en la casa.

—Te ruego que me disculpes, Lucio. Vuelvo enseguida.

El almazarero acudió a la llamada, sin tener muy claro qué esperar de aquel encuentro. Aquella era la primera vez que el archisinagogo se dignaba a hablar con él desde la resolución definitiva del asesinato de su hija.

—No esperaba tu visita…

—Lo imagino. Te… te debía una disculpa. —La mirada huidiza y su tenue tono de voz denotaban que Gamaliel se sentía verdaderamente arrepentido—. Sé que me equivoqué culpando a Samir, pero tanto Eleazar como los alguaciles me aseguraron que había sido él. Y como también él mismo lo confesó…

En cuanto se descubrió la verdad, Gamaliel depuso de sus cargos a Issur y Bartimeo, quienes nunca más volverían a formar parte del cuerpo de alguaciles.

Nada que ver con Eleazar, a quien su grave error apenas le pasó factura.

A ojos de la población, la notable reputación del escriba permaneció prácticamente intacta.

—Entiendo que pensaras así —concedió Elías—, pero que intentases ejecutar a Samir sin esperar el veredicto del sanedrín no tiene justificación posible.

—Lo sé, y lo lamento profundamente. Me dejé llevar por los deseos de venganza sin pensar en lo que hacía.

—Está bien, ya no te guardo rencor. Si quieres, puedes entrar y comer con nosotros.

—No, ya me marcho. Nos veremos el próximo día en la sinagoga.

La semana anterior, Gamaliel había consumado sus ansias de venganza tras participar en la lapidación de Yaira, a la que había lanzado la primera piedra en el ejercicio de su derecho.

La muerte de la asesina no cambiaba el destino de su hija, pero que se hubiese hecho justicia le proporcionaba al menos un poco de consuelo.

Mientras tanto, en el interior de la casa, diferentes asistentes abordaron a Lucio para conversar con él sobre los más variados temas, que iban desde lo humano hasta lo divino.

No obstante, nada les satisfacía tanto como hablar acerca de los prodigios y enseñanzas de aquel al que llamaban Jesucristo.

La fe de aquellas gentes en su Dios resultaba inquebrantable.

Alguien hizo una señal y varios voluntarios comenzaron a disponer largas mesas en el patio, que Tobías y Jonás se ocuparon de colocar en el sitio adecuado. La esposa de Néstor comenzó a distribuir algunas jarras de agua, al tiempo que Jacob servía grandes bandejas repletas de tortas de pan.

Lucio experimentó por sí mismo el cordial ambiente que se respiraba en la comunidad cristiana.

Verdaderamente, aquellas gentes vivían conforme a los principios que predicaban.

El amor y la solidaridad eran prácticas vivas, no meras palabras vacías.

Mujeres y hombres, esclavos y amos, ricos y pobres…

allí se daban cita fieles de todos los orígenes y clases sociales, y nadie era más ni menos que nadie.

Entonces sí, por fin, halló la respuesta a la pregunta que tanto le había intrigado, concerniente a la rápida expansión del culto cristiano pese a la humildad de sus orígenes.

Su explicación, en realidad, respondía a varios motivos: su mensaje de esperanza y salvación; las enseñanzas de Jesús, centradas en el amor, la caridad y el perdón; los milagros que se le atribuían —especialmente el de su propia resurrección—, los cuales darían muestra de su divinidad; y, desde luego, el sentido de comunidad, afecto y apoyo mutuo que reinaba entre sus seguidores.

Elías regresó junto al romano tras despedirse del archisinagogo.

—Era Gamaliel —dijo—. Quería pedirme disculpas.

—Todo lo que ha pasado le ha afectado mucho. En la última reunión del Consejo local no le vi actuar con la misma determinación que antes. Creo que pronto dejará de presidirlo.

Después, Lucio admitió ante el productor de aceite lo mucho que la comunidad cristiana le había impresionado.

Elías agradeció el elogio, pero también reconoció que no todo era tan perfecto como parecía.

La reciente división a propósito de los gentiles y su necesidad de convertirse o no al judaísmo constituía la mejor prueba de ello.

Saúl y un reducido número de seguidores se habían desgajado de la comunidad, y ahora vivían el cristianismo según sus propias reglas…

Y lo mismo se había repetido en incontables comunidades a lo largo de toda la Judea, con graves consecuencias para la Iglesia, que ya daba sus primeras muestras de que no se mantendría unida.

—De cualquier modo, lo que habéis construido tiene un mérito extraordinario —insistió Lucio.

Elías se detuvo frente al centurión y posó las manos sobre sus hombros.

—Lucio, ¿te has planteado alguna vez la posibilidad de reconsiderar tus creencias? Con toda sinceridad, estoy convencido de que tienes alma de cristiano…

Una evocadora sonrisa asomó a la boca del romano, al tiempo que volvía a echar un nuevo vistazo a su alrededor.

—Tranquilo, no tienes por qué darme una respuesta ahora mismo —aclaró el productor de aceite.

Lucio participó en el banquete y asistió también a la ceremonia litúrgica posterior en calidad de invitado.

Disfrutó del ambiente de camaradería, prestó atención a las enseñanzas que encerraban las historias que los cristianos compartieron, y cuando rezaron en voz alta, él se limitó a escuchar, guardando un respetuoso silencio.

Cuando todo acabó, Elías acompañó al romano hasta la puerta de salida.

—¿Has pensado en lo que te dije antes? —preguntó.

Lucio asintió esgrimiendo una sonrisa. No podía negar que aquel novedoso culto poseía un atractivo especial.

Tanto, que incluso la idea de unirse al mismo había cruzado fugazmente por su cabeza.

Sin embargo, el centurión era un hombre de convicciones religiosas firmes.

Unas convicciones que, además, se habían visto recientemente reforzadas pues Apolo, la divinidad tutelar que durante generaciones había protegido a su familia, había vuelto a dar muestras de su compromiso tras cumplir con su parte del pacto sagrado.

—No te lo he dicho, pero pronto regresaré de nuevo a Roma, con mi familia, donde me reincorporaré a mi legión en calidad de pilus prior .

El día anterior, el centurión había recibido una carta con fabulosas noticias.

La captura del «Revolucionario» y la subsiguiente desarticulación de la banda rebelde que tantos problemas había causado en la región había llegado a oídos de Roma, y la buena labor que había llevado a cabo en Cafarnaúm se había visto recompensada.

Lucio retornaría a su hogar a finales de año, con sus honores restaurados.

—Vaya, me alegro por ti. Aunque aquí vamos a echarte de menos —repuso Elías—. En todo caso, Roma ya cuenta con una extensa comunidad de cristianos.

—Sí, lo sé.

—Y estoy seguro de que serías muy bien recibido.

—Te lo agradezco, Elías, pero… ese no es mi destino —se excusó Lucio—. Lo primero que debo hacer, tan pronto como pueda, es llevar a cabo un viaje de peregrinación a pie con destino al templo de Apolo. Se trata de una promesa a la que no puedo faltar.

—Entiendo.

—Mis dioses me han acompañado durante toda la vida. ¿Cómo iba yo a darles la espalda cuando nunca me han fallado?