Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO NOVENO #7
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CAPÍTULO NOVENO #7

Elías lo miró con incredulidad

—¿Cómo? No servirá de nada. Lo sabes mejor que nadie. Aunque su cuerpo sigue con nosotros, su mente se fue hace mucho tiempo.

—Hace un momento su nieto quiso despedirse de él y ni siquiera lo reconoció —apuntó Esther—. ¡Ni él mismo sabe ya quién es!

—Soy consciente de que necesito un milagro, pero no me iré sin antes haberlo intentado. A veces, un poco de fe en el Señor es todo cuanto hace falta. Con que Silas recobrase la lucidez por un minuto, sería suficiente.

Elías y Esther lo dejaron hacer y acompañaron al médico griego hasta la habitación donde habían instalado al anciano. Samir también fue con ellos.

Silas ocupaba la misma mecedora que estaba en la casa de su nuera. Tenía la mirada perdida y un hilo de saliva le caía por la comisura de los labios.

Lucas le cogió la mano con ternura y le habló así:

—Sé que fuiste un fiel seguidor de Cristo, y también que recogiste por escrito sus discursos y enseñanzas. ¿Qué hiciste con los textos? ¿Dónde se hallan ahora?

Silas farfulló una queja acerca de la última comida que le habían dado. De vez en cuando soltaba frases aisladas con más o menos sentido, pero era incapaz de mantener una conversación.

—Silas… o Silvano, si lo prefieres —insistió el médico griego—. Ayúdame a encontrar lo que busco, por favor.

El anciano fue posando la mirada en cada uno de los presentes, pero sus caras no significaban nada. Y sus palabras, menos aún. Pese a todo, Lucas se negaba a perder la esperanza.

—Recemos —sugirió; y dirigiéndose a Esther, añadió—: Trae la «lágrima de Cristo», por favor. Silas necesitará toda la ayuda que podamos ofrecerle.

Esther así lo hizo y depositó la horquilla que Jesús había bendecido sobre el regazo del anciano.

A continuación, Lucas entonó el padrenuestro, al que también se sumaron Elías y Esther, así como el propio Samir.

A todos ellos los envolvió una intensa devoción, sus voluntades convergieron en un propósito común y sus corazones parecieron latir en sincronía.

La atmósfera comenzó a vibrar, como si el aire mismo cobrara vida.

La sensación de una presencia divina llenó la estancia y se propagó por cada uno los rincones, tejiendo un hilo invisible que trascendía las palabras.

Al concluir la oración, Lucas volvió a inclinarse sobre el anciano y le repitió la pregunta.

Esta vez, Silas centró su atención en el médico griego, su pecho se alzó con un suspiro profundo, sus labios se entreabrieron, y un destello de entendimiento se reflejó en su mirada… Pero solo duró un instante. Al momento siguiente, recuperaba su habitual expresión vacía.

Lucas resopló.

—Es inútil —murmuró, dándose por vencido.

—Lo siento de veras —repuso Elías.

Abandonaron la habitación y regresaron al patio. El sirviente anunció entonces que ya había dispuesto el equipaje del médico en el carro que aguardaba en el exterior.

—Ya es hora de partir —dijo Lucas—. Debo continuar mi viaje.

—Ha sido un honor tenerte con nosotros.

—El honor ha sido mío. Son comunidades como la vuestra, modestas pero muy comprometidas, las que mantienen viva la llama del cristianismo.

—Gracias —dijo Esther.

—Gracias a vosotros por haberme acogido.

—Vuelve cuando quieras. Aquí siempre tendrás tu casa.

Llegaron hasta el portalón de salida, donde se dieron el último adiós.

—¿Dónde está Samir? —preguntó Lucas—. Me gustaría despedirme de él.

El muchacho, que había pasado por su habitación para recoger una cosa, apareció a la carrera, jadeando.

—¡Espera! ¡Creo que tengo lo que buscas! —proclamó a voz en grito.

—Hijo, pero ¿qué dices? —inquirió Elías.

—¡El «tesoro» de Silas lo tengo yo! ¡Lo había olvidado!

—aclaró—. Él me lo dio la última vez que estuve en su casa.

—El chico mostró un cilindro de cuero que llevaba en la mano, se lo tendió al médico griego y recitó de memoria: —«La voz de Dios alcanzará su destino por la vía de los más inocentes».

—¿Cómo?

—Eso fue lo que Silas me dijo cuando me pidió que guardase su tesoro —explicó el muchacho.

Lucas de Antioquía sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral. Tomó inmediatamente el cilindro y lo examinó. Era uno de esos estuches que solían utilizarse para transportar documentos importantes. En uno de sus extremos había una tapa asegurada mediante un sistema de enganche.

El médico la abrió y sacudió el cilindro.

Varios rollos de papiros se deslizaron muy despacio hasta aterrizar en su mano.

El pulso y la frecuencia cardiaca se le aceleraron.

Con mucho cuidado, desplegó uno de los rollos y leyó los primeros párrafos.

El texto estaba escrito en arameo, con una letra muy pequeña y apretada.

Lucas identificó enseguida el contenido con las bienaventuranzas del popular discurso que dio Jesús en la montaña.

Y aquello tan solo constituía una pequeña parte del total.

A Lucas le temblaron las manos.

Samir tenía razón. Se hallaba ante un tesoro de valor incalculable. Uno tan grande como para cambiar el curso de la historia…