CAPÍTULO NOVENO #6
—El Silvano que buscamos fue un discípulo de Jesús de Nazaret hace más de treinta años. Lo siguió por toda la región, tomando nota de cuanto decía —explicó el griego.
—Lo conozco —afirmó Zadik con rotundidad—. Y vosotros también.
El productor de aceite y el médico se miraron, tan confusos como sorprendidos.
—Silvano es mi abuelo.
—¿Te refieres a Silas?
Zadik asintió y procedió a ofrecer las explicaciones oportunas:
—De mi abuelo sabréis que se dedicó a la escultura y que durante muchos años trabajó en la restauración del Templo de Jerusalén hasta que, cuando mi padre enfermó de gravedad, vino a Cafarnaúm para estar a su lado.
De joven, sin embargo, Silas llevó una vida muy distinta: se formó como escriba en la escuela rabínica de su ciudad natal, Betsaida.
Su familia lo dispuso todo para que así fuese, aunque a él no le gustaba.
De hecho, jamás llegó a ordenarse como miembro de pleno derecho, aunque sí prestó sus servicios como escriba durante un tiempo en varias aldeas desempeñando tareas sencillas, como consignar contratos por escrito y cosas así.
—¿Y qué tiene eso que ver con el asunto de los nombres? —preguntó Lucas impaciente.
—Algo que en la práctica resultaba muy habitual era utilizar dos nombres distintos. Por una parte, el judío; y, por otra, el gentil equivalente, siendo este último el que se empleaba en los asuntos oficiales con los representantes del gobierno romano.
—Y supongo que Silvano fue el nombre latino que adoptó Silas, ¿no es así? —apuntó Elías.
—Exacto.
—Entiendo —concedió Lucas—. Con Pablo de Tarso ocurre algo parecido. Su nombre judío es Saulo, pero se le conoce igualmente por su variante romana: Pablo —y tras una pausa, añadió—: En cualquier caso, ¿te consta que tu abuelo siguiese a Jesús de Nazaret?
—¡Desde luego! —repuso Zadik—. Y durante muchos meses. De hecho, su mensaje le impactó de tal forma, que cambió su vida para siempre. Abandonó su carrera de escriba y se marchó a Jerusalén para dedicarse en cuerpo y alma a la que siempre había considerado su auténtica vocación: la escultura.
Lucas posó sus manos sobre los hombros de Zadik y lo miró intensamente. El médico griego advirtió que su interlocutor tenía los ojos de diferente color, uno verde oliva y otro marrón pardo.
—¿Sabes dónde podrían estar los escritos en los que Silas (o Silvano) recogió las enseñanzas de Jesús?
—No, lo siento, nunca me habló de ellos.
En ese instante, una patrulla romana irrumpió en el patio como un vendaval, precedida por el sirviente que Elías había enviado unos minutos antes. El propio Lucio Valerio Escauro encabezaba el escuadrón.
—¡Que nadie se mueva! —gritó.
Zadik reaccionó de inmediato y echó a correr como si hubiese visto al mismísimo diablo.
—¡Es él! —alertó Elías.
Lucio se lanzó en su persecución, seguido por el resto de los soldados. Zadik apartó a Samir de un empujón y el gato brincó de sus brazos.
—¡No dejéis que se escape! —aulló Lucio—. ¡Lo quiero vivo!
Zadik alcanzó la escalera de piedra que conducía a la azotea. Si llegaba hasta arriba, desde allí podría saltar hasta la terraza vecina. Atravesar la maraña de tejados que conformaba la ciudad constituía su única vía de escape.
A punto de llegar, Zadik vio detenido su avance.
El centurión lo había agarrado por el tobillo y tiraba de él hacia abajo.
Para intentar zafarse del romano, el joven le lanzó varias patadas, una de las cuales le impactó en plena cara.
Aun así, Lucio no lo soltó pese a que comenzó a sangrar por la nariz.
Al final, logró retenerlo el tiempo suficiente como para que llegasen los demás soldados, y, entre todos, hacerlo descender de la escalera e inmovilizarlo sobre el suelo del patio.
Lucio sintió un dolor insoportable cuando se palpó la nariz. Quizás la tuviese rota, pero no le importó demasiado. Nada podría arruinarle aquel momento de satisfacción. Por fin, después de meses de duro trabajo, había logrado cazar al dichoso zelote más buscado.
Los días de gloria del «Revolucionario» habían terminado.
—Ya eres mío, hijo de perra —le susurró al oído.
Mientras lo esposaban, Zadik no dejaba de hacerse una y otra vez la misma pregunta: ¿cómo habían sabido que él era el «Revolucionario»?
¡Había alterado totalmente su aspecto para no ser reconocido!
Se había afeitado su poblada barba y se había desprendido del turbante del que nunca se separaba.
Y no solo eso, también había adoptado la apariencia de un exitoso comerciante y se había inventado aquella extravagante historia para justificar su larga ausencia.
Pese a ser consciente de lo mucho que se jugaba, tenía que arriesgarse.
Su madre había muerto de forma inesperada y no había podido despedirse de ella.
En cuatro años jamás la había visitado, y ahora se arrepentía profundamente de ello.
Por eso, al menos, había querido ver a su abuelo para darle su último adiós.
Silas era la única familia que le quedaba.
La historia real de Zadik no se parecía en nada a la mentira que había contado.
La realidad era otra muy distinta. Su acercamiento a los radicales rebeldes cuando su padre aún vivía le llevó a unirse a ellos tras su fallecimiento.
En la banda halló un propósito de vida e hizo suyos los ideales políticos y religiosos que propugnaban, sin que la violencia que empleaban constituyese un problema.
Zadik encajó a la perfección y, muy pronto, se labró una extraordinaria reputación entre los zelotes, hasta el punto de que fue elegido como nuevo jefe tras la captura del anterior. Sus audaces atentados y los ataques directos contra los romanos le granjearon el apodo del «Revolucionario».
Por supuesto, aquel tipo de vida acarreaba un alto precio.
Zadik no podía asumir el riesgo de visitar a su familia, pues también la habría puesto en peligro.
Debía, por tanto, permanecer escondido la mayor parte del tiempo, alejado de sus seres queridos, sacrificio que estaba dispuesto a asumir.
Expulsar a los invasores de su tierra y lograr la independencia de Israel estaba por encima de todo.
La patrulla se llevó a Zadik encadenado de pies y manos, y Elías abordó a Lucio antes de que se marchase.
—Caleb ha cumplido —afirmó con gesto serio.
—Así es —admitió el centurión—. Y mucho antes de lo que había imaginado. Gracias.
—Hemos tenido un golpe de suerte, nada más. Ahora te corresponde a ti cumplir con tu parte del trato.
El pacto del que hablaban se había fraguado hacía una semana.
Después de quedar exculpado del asesinato de Miriam, Caleb aún se enfrentaba a la acusación de los romanos por sus crímenes como zelote.
En aquel caso, la condena era inevitable porque Caleb era efectivamente culpable de dichos cargos.
Pero Elías, lejos de darse por vencido, negoció con Lucio un acuerdo favorable para ambas partes.
Si su hijo les entregaba al «Revolucionario», o facilitaba de algún modo su detención, el centurión se comprometía a conseguirle una rebaja de la pena.
Al principio, Caleb se negó a traicionar al jefe de la banda.
Sin embargo, Elías habló con él; le hizo ver que los rebeldes lo habían captado, adoctrinado y utilizado en su propio beneficio, y logró convencerle de que ahora le tocaba a él pensar en sus propios intereses.
Caleb recordó entonces el incidente de la aduana, en el que Zadik lo abandonó a su suerte cuando trataban de huir a lomos de un camello.
Y, con ese recuerdo en mente, le fue mucho más fácil desvelar que el «Revolucionario» era Zadik.
Caleb proporcionó de él una descripción física detallada, si bien Elías no la necesitaba porque conocía bien al hijo de Betsabé, desde mucho antes de que se marchase. Por eso, tan pronto como lo reconoció, envió a su sirviente para que avisase urgentemente a los romanos.
—Tienes mi palabra —repuso Lucio—. Me ocuparé de que la condena de Caleb sea menos dura.
***
Cuando el centurión y sus hombres se hubieron marchado, la calma regresó de nuevo al hogar del productor de aceite, momento que Lucas aprovechó para retomar el asunto del discípulo escribiente, ahora que sabía que se trataba de Silas.
—¿Creéis que los escritos de Silas estarán en la casa de Betsabé? —preguntó.
—No —contestó Esther—. Cuando lo recogí, traje conmigo sus escasas pertenencias, y allí no había nada parecido a lo que buscas.
Lucas permaneció pensativo un momento antes de decidir:
—Voy a hablar con él.