Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO NOVENO #5
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CAPÍTULO NOVENO #5

—Yo puedo responder a esa pregunta —intervino Lucio, y mirando directamente a la muchacha, prosiguió—: Tú odiabas a Caleb con todas tus fuerzas.

Cuando apareció en escena, te separó de tu amiga y desbarató aquella sintonía tan especial que ambas compartíais.

Miriam prefería pasar su tiempo con él antes que contigo.

Él te la robó, y cuando finalmente desapareció de su vida, las cosas entre vosotras ya nunca volvieron a ser como antes.

Tú lo culpabas de cuanto había pasado. Incluso de la muerte de Miriam, aunque fuiste tú la que acabaste con su vida.

—¡Es que todo fue por culpa de Caleb!

—No, así era como tú lo veías. Por eso enviaste aquel segundo mensaje: «El hijo de Elías, el productor de aceite, no es tan inocente como parece.

Si lo investigáis, muy pronto averiguaréis que se trata del asesino de Miriam» .

Era tu particular forma de vengarte de Caleb.

Tan pronto como los alguaciles descubriesen que había mantenido una relación secreta con Miriam, se convertiría en el principal sospechoso del crimen.

Sin embargo, las cosas no salieron como esperabas: Issur y Bartimeo se centraron en Samir, quien, por una carambola del destino, había sido la última persona en ver a Miriam con vida.

—¡Yo no quería que a Samir le ocurriese nada malo! —gimoteó Yaira—. ¡Lo juro!

—Y te creo —convino el centurión—. ¿Por qué si no me invitaste a tu casa hace unos días y me revelaste lo del embarazo y posterior aborto de Miriam? Querías salvar a Samir, poniendo de nuevo a Caleb en el punto de mira.

Otro espeso silencio volvió a llenar la sala y, de nuevo, la chica oyó aquella respiración que no provenía de Lucio ni de Elías, ni por supuesto de ella misma. Fue entonces cuando se percató de que el origen del resuello se hallaba detrás de la mampara de madera. ¿Quién se escondía allí?

Elías se puso en pie y dio unos pasos en aquella dirección, pues ya no quedaba más que añadir.

La figura de Eleazar asomó tras la mampara, como un fantasma que de repente se hubiese materializado en el aire. El oficial romano lo había convencido para que acudiese a casa de Elías y fuese testigo del encuentro, con la promesa de que al fin se desvelaría la identidad del verdadero asesino.

Y, en efecto, así había ocurrido.

El escriba se disculpó torpemente con Elías, sin poder ocultar un cierto sentimiento de culpa en la mirada. Después señaló a Yaira y, en voz alta, la amenazó con hacer recaer sobre ella todo el peso de la ley.

La muchacha se deshizo en lágrimas de nuevo, sabedora del aciago destino que la esperaba.

35

A Lucas le había llegado la hora de abandonar Cafarnaúm.

Había recopilado toda la información que había podido, y debía continuar adelante con su viaje.

Para la escritura de su evangelio, destinado a recoger la vida y enseñanzas de Jesús de Nazaret, aún le quedaban numerosos lugares que visitar e incontables testigos con los que entrevistarse, por lo que le llevaría muchos años de trabajo poder completarlo.

El médico griego, no obstante, se había quedado una semana más de lo previsto para atender a Samir, cuya salud se había deteriorado bastante durante su estancia en la cárcel.

Afortunadamente, el muchacho por fin había vuelto a casa tras haber sido exonerado de toda culpa.

—Su tos casi ha remitido —señaló Lucas—. Muy pronto se habrá recuperado del todo.

—Muchísimas gracias por haberte ocupado de nuestro hijo —dijo Esther con la mano en el corazón.

Conversaban en el patio a cielo abierto, bajo la sombra que proyectaba el sicomoro. El cielo se vestía de azul claro y los rayos de sol pintaban reflejos en los pétalos de lirios y amapolas.

—Mi sirviente se ocupará de llevar los bultos hasta el carro que hemos pedido —apuntó Elías.

Aunque el equipaje personal del griego no era excesivo, los pertrechos y utensilios de su profesión ocupaban más de un baúl.

Durante aquellas últimas jornadas, la vivienda del productor de aceite se había parecido más bien a una enfermería. Pues, además de Samir y su abuela Judit, el viejo Silas también ocupaba su propio lugar allí, después de que Esther se hubiese hecho cargo de él.

—¡Vamos, Samir! Ven a despedirte.

El muchacho, que en ese momento perseguía al gato callejero que solía visitar la casa, se acercó resollando hasta sus padres.

Samir había perdido tanto peso que no parecía el mismo, así que, por el momento, Esther le permitía comer tanto como quisiera.

Aquella constituía la parte positiva de los últimos acontecimientos.

La negativa la protagonizaba su hijo mayor.

Caleb continuaba encerrado en la prisión romana, a la espera de juicio.

En todo caso, su destino estaba sellado.

Con casi toda probabilidad sería condenado a muerte, o si tenía suerte, sería vendido como esclavo.

—Samir, recuerda siempre obedecer a tus padres y vivir conforme los principios que el Señor nos enseñó —aconsejó Lucas abrazando al muchacho.

De repente, el sirviente encargado de llevar fuera el equipaje del griego anunció la visita de un rico comerciante que solicitaba reunirse con Elías.

—¿Cómo se llama?

—Se lo he preguntado, pero no ha querido decírmelo.

—Pues entonces que se espere hasta que Lucas se haya marchado —dictaminó el almazarero.

Sin embargo, para sorpresa de todos, el misterioso mercader se presentó en el patio sin permiso, tras haber seguido al sirviente al interior.

—¡Oiga!, ¿qué…?

—¿No me reconocéis? —inquirió el desconocido interrumpiendo la protesta de Elías.

Los allí presentes lo examinaron de arriba abajo.

El comerciante ofrecía una imagen pulcra y aseada: vestía una túnica de lino y un manto de seda morado, lucía el pelo corto y, como Elías, no tenía barba.

Tampoco era tan mayor como habría cabido esperar; tendría entre veinticinco y treinta años, no más.

Esther fue la primera en reconocerlo. Aunque había pasado mucho tiempo desde que lo vieron por última vez, sus facciones apenas habían cambiado.

—¿Zadik?

—¡Pues claro! —confirmó sonriente el hijo de Betsabé.

La enfermedad y posterior muerte de su padre le supuso a Zadik un golpe muy duro.

Por aquel entonces su existencia ya discurría por sendas turbulentas que lo habían alejado de una vida responsable.

Betsabé hizo todo lo posible por enderezar a su hijo, pero sus esfuerzos fueron en vano.

Al ser una mujer, no proyectaba la suficiente autoridad.

Tampoco Silas, que aún no había enfermado, logró encauzar a su nieto por el buen camino.

Y un día, Zadik se marchó de Cafarnaúm sin avisar, para jamás volver a dar señales de vida.

—Nunca pensamos que volveríamos a verte —articuló Elías, verdaderamente sorprendido .

El joven resumió entonces brevemente su historia.

Al principio, deambuló sin rumbo fijo por varias ciudades, realizando trabajos puntuales para sobrevivir.

Tras un largo periplo, finalmente recaló en Tiro, donde tuvo la fortuna de que le aceptaran como aprendiz en el lucrativo negocio de la púrpura.

Zadik se asentó en la ciudad fenicia, se labró una fulgurante carrera y, en la actualidad, él mismo producía el preciado tinte que procuraba tantos beneficios.

—En cuanto me enteré de la muerte de mi madre vine a Cafarnaúm de inmediato —explicó.

—Tuvo su funeral y un entierro digno. Puedes visitar su tumba en el cementerio —señaló Elías.

—Gracias por ocuparos de todo.

—Agradéceselo a la comunidad cristiana —espetó Esther.

Aunque evitó verbalizarlo, Esther se sentía profundamente indignada.

Durante sus años de ausencia, Zadik jamás se preocupó por su madre.

No le escribió ni una sola carta. Y, ni siquiera tras enriquecerse, regresó para verla una sola vez pese a la precaria situación en las que su madre y su abuelo habían quedado.

—Por los vecinos he sabido que mi abuelo está aquí.

—Así es —confirmó Elías—. Silas está muy enfermo y, como no tenía a nadie, nos hemos hecho cargo de él.

—¿Puedo verlo? —preguntó Zadik.

—Por supuesto, pero has de saber que no te reconocerá. Ni a ti ni a nadie. Tu abuelo ya no está bien. Por favor, Esther, ¿puedes acompañarlo?

La mujer obedeció y se perdió con el visitante en el ala este de la casa.

Entonces, Elías llamó a su sirviente y le dio una instrucción al oído.

—¡Deprisa! —lo apremió. Y el sirviente abandonó la vivienda a toda velocidad.

***

El gato había regresado y se deslizaba junto a los parterres como si el lugar le perteneciese. Samir le cortó el camino y, muy despacio, acercó su mano y comenzó a acariciarle el lomo. Era la primera vez que el felino se dejaba tocar mansamente.

—¿Y hacia dónde planeas dirigirte ahora? —preguntó Elías.

—Quiero visitar Nazaret —contestó Lucas—. Me interesa mucho hablar con sus vecinos.

—Resulta paradójico, pero tengo entendido que su mensaje no fue allí muy bien recibido.

—Nadie es profeta en su tierra…

Una vez que hubo comprobado la buena disposición del gato, Samir lo cogió en brazos y se lo llevó junto al sicomoro para jugar con él bajo la sombra.

—¿Y te sientes satisfecho con la información que has recabado en Cafarnaúm?

—No puedo quejarme —repuso el médico griego—. He conseguido hablar con personas que conocieron a Jesús, algunas de las cuales fueron testigos directos de sus milagros. Lo único que lamento es no haber sido capaz de encontrar a Silvano, el discípulo escribiente.

—No era de Cafarnaúm, de eso puedes estar seguro —afirmó Elías.

—Bueno, en todo caso, no pienso darme por vencido. El hallazgo de sus escritos sería clave para la redacción de mi evangelio.

—No pierdas la esperanza.

—No lo haré. Preguntaré por él allá donde vaya.

—Alguien debió haberlo conocido —adujo Elías—. Ese tal Silvano tuvo que tener parientes, amigos.

—¿Silvano?

Elías y Lucas se giraron a la vez. Era Zadik, que volvía de ver a su abuelo.

—Creo que sé a quién os referís —comentó.