CAPÍTULO NOVENO #4
—Es verdad que hasta ahora no te los había mencionado, pero tampoco hacía falta… Vamos, Yaira, mentir no va a ayudarte. —En este punto, el tono de voz de Lucio abandonó cualquier rastro de amabilidad—. Sabes perfectamente de lo que estoy hablando. Después de todo, tú escribiste esos mensajes…
La muchacha palideció de repente como una flor que se hubiese marchitado.
—Hace unos días, cuando me invitaste a tu casa, observé una tablilla sobre la que copiabas el texto recogido en un papiro, y enseguida advertí que tu letra era extraordinariamente similar a la que había visto plasmada en los fragmentos de cerámica.
—El romano no apartaba la mirada de Yaira, como el depredador que tras hincar el diente a su presa ya no está dispuesto a soltarla—.
Aquello me hizo sospechar de inmediato, pero necesitaba obtener más información. Por eso fingí tener que ir al excusado.
Yaira lo miró sin poder creer lo que oía.
—Así es —confirmó Lucio—. Aunque es cierto que sufro de problemas intestinales, aquel día no sentí ninguna urgencia.
Me valí de esa treta para poder moverme libremente por tu casa y registrar tus aposentos.
¿Y sabes lo que encontré allí? A simple vista, distinguí varios jarrones que, por su estilo, procedían sin duda del valle del Po.
Justo el tipo de alfarería que había servido como soporte de escritura de los mensajes anónimos.
Entonces miré también en baúles y arcones.
Y, en el fondo del más pequeño, hallé los restos de un jarrón quebrado.
Se trataba, sin duda, del recipiente originario del que habían salido los dos trozos empleados para enviar los misteriosos mensajes.
Yaira, perpleja ante el giro de los acontecimientos, hizo amago de ponerse en pie para marcharse.
—No te muevas —intervino Elías rápidamente—. No dejaremos que te vayas sin que nos hayas escuchado primero.
—Yo… temo que saquéis las conclusiones equivocadas.
—Si las conclusiones a las que hemos llegado son acertadas o no, lo sabremos muy pronto —terció Lucio—.
La cuestión es que, en ese punto, yo sabía que tú eras la autora de los anónimos: el que citaba a Miriam en el «claro de los manantiales», y el que después recibirían los alguaciles que inculpaba al hijo de Elías.
No obstante, que los hubieses escrito no suponía necesariamente que también los hubieses enviado.
Ahora bien, si Caleb era culpable como yo pensaba, tu implicación en el asunto no tenía ningún sentido.
La única explicación posible era que él te hubiese pedido que los escribieras, pero ¿por qué motivo?
A fin de cuentas, Caleb sabía leer y escribir, no te necesitaba.
—Pero ¿a qué viene todo esto? Caleb ha confesado y el asunto ya está resuelto —protestó la muchacha cada vez más nerviosa.
Elías tomó la palabra para aclarar la cuestión.
—Cuando supe que mi hijo estaba encarcelado en el cuartel romano, pude hablar a solas con él.
Y, tan pronto como le puse al corriente de la situación, acordamos que se declarase culpable del asesinato de Miriam para salvar a su hermano pequeño.
Caleb, en realidad, no había tenido nada que ver con el asunto, pero ya no tenía nada que perder.
De todas maneras, los romanos lo condenarían a muerte o a la esclavitud por pertenecer a los rebeldes.
Tras la explicación del productor de aceite, Lucio retomó de nuevo su discurso.
—Yo ignoraba que la confesión de Caleb era completamente falsa y, convencido de su culpabilidad, lo sometí a un exhaustivo interrogatorio para que me contase hasta el último detalle del crimen.
Y, sobre todo, aclarar por qué no escribió él mismo los mensajes de los ostracones.
Si te pidió a ti que lo hicieras —señaló el centurión traspasando a Yaira con la mirada—, necesitaba saber la razón.
—¿Y le creíste? —intervino la joven para defenderse—. ¡Caleb es un mentiroso!
—Eso ya lo veremos —replicó Lucio—. La cuestión es que le pedí que me contase la historia desde el principio, y lo hizo.
Durante los primeros años, Miriam y tú erais inseparables.
Había una gran complicidad entre vosotras, pasabais juntas la mayor parte del tiempo…
hasta que apareció él. Entonces Caleb y Miriam se enamoraron y comenzaron a verse en secreto.
Solían encontrarse en el «claro de los manantiales», un lugar que Miriam conocía porque lo frecuentaba a menudo contigo.
—¡Eso nunca lo he negado!
—Espera, que a partir de aquí es cuando la cosa se pone interesante. Caleb me dijo que, cuando comenzaron a intimar, le sorprendió que Miriam supiese besar tan bien, y ella le confesó que, de forma inocente, antes había experimentado mucho contigo.
Yaira se ruborizó como un rubí encendido.
—Nos lo tomábamos como un juego, nada más.
—Así era como lo veía Miriam. En cambio, de ti…
no se puede decir lo mismo. Según declaró Caleb, a veces insistías tanto, pretendías llevar las cosas tan lejos, que ella se sentía verdaderamente incómoda…
Y ahí fue cuando lo vi todo claro. —Lucio se inclinó hacia delante y apretó ligeramente la mandíbula—.
A tu edad ya deberías estar casada, o al menos comprometida, pero has rechazado de forma sistemática a todos los candidatos que tu padre te ha presentado.
El problema, sin embargo, no estaba en ninguno de ellos.
No es que no fueran merecedores de ti, sino que tú, Yaira, te sientes atraída por las personas de tu mismo sexo.
—¡No sé de dónde se ha sacado esa mentira! —exclamó la muchacha a la defensiva.
—Aunque te lo sabrás de memoria, voy a recordarte lo que decía el primer mensaje: « Miriam, tengo que confesarte mi amor.
Si quieres saber quién soy, acude esta tarde al claro de los manantiales ».
¡Tú no solo lo escribiste, sino que también lo enviaste!
¡Llevabas años enamorada de Miriam y por fin habías reunido el valor para decírselo!
Tras la afirmación del romano, se hizo un denso silencio que pareció envolver la estancia con un manto. Tan solo se escuchaba el sonido de una respiración pesada, que Yaira hubiese jurado que no pertenecía a ninguno de ellos.
—¡No! ¡No es verdad!
—Tú la mataste, Yaira —afirmó Lucio con rotundidad—. No me cabe la menor duda de ello. Pero ¿qué ocurrió para que las cosas se torciesen tanto?
—¡No! ¡Basta! ¡Esto es una locura! —gritó Yaira, desquiciada, pero Lucio continuó presionando a la muchacha.
—También he comprobado que no tienes coartada para la tarde del asesinato.
—¡Se equivoca! —Pese a su insistencia, la chica sonaba cada vez menos convincente.
—Y eso no es todo. La primera vez que hablé contigo, a orillas del lago, recuerdo que te cubrías parte de la cara con un velo.
Aquello me llamó la atención, pues contrastaba notablemente con tu elegante vestido y las exquisitas joyas que llevabas.
Además, la estricta observancia de esa práctica judía no casaba en absoluto con las costumbres de tu familia, conocida por su admiración hacia la cultura griega.
—El romano dejó pasar unos segundos antes de rematar su argumento con el golpe final—.
Ahora entiendo que llevabas velo para ocultar los arañazos que Miriam te había hecho mientras se defendía.
Cuando la tensión alcanzó su punto álgido, Yaira no fue capaz de soportarla y se derrumbó como un castillo de arena. Se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar desconsolada, hipando y sollozando. Lucio y Elías la observaron varios minutos sin decir nada, hasta dejar que se vaciara.
—Cuéntanos lo que pasó —pidió el romano cuando la joven se hubo calmado un poco—. Te sentirás mucho mejor cuando te hayas quitado ese peso de encima.
—Yo estaba enamorada de Miriam, sí —admitió entre sollozos—. ¡La amaba con toda mi alma! Y después de mucho tiempo, llegué a la conclusión de que tenía que decírselo. Muy pronto se casaría, se marcharía a Séforis con su prometido… probablemente no la volvería a ver jamás…
—Continúa, por favor.
—Quise darle una sorpresa; hacer de ese momento un acontecimiento especial.
Por eso le envié un mensaje anónimo y la cité en aquel lugar que ambas conocíamos tan bien.
Yo era realista y no esperaba que me correspondiese, aunque…
al mismo tiempo alimentaba un hilo de esperanza.
Entre Miriam y yo siempre hubo una conexión que iba mucho más allá de las palabras.
—¿Entonces le confesaste lo que sentías? —inquirió el romano.
—Sí… Le abrí mi corazón y desnudé mis sentimientos.
Yo estaba increíblemente nerviosa. Sentía los latidos tronar en mi pecho y temblaba como una hoja.
Era lo más difícil a lo que me había enfrentado en toda mi vida.
Miriam, en cambio… se echó a reír por toda respuesta.
Me dolió, pero sobre todo me sentí terriblemente humillada…
Lucio y Elías escuchaban absortos el relato de la muchacha.
—Mi reacción fue visceral, e inmediatamente le propiné una bofetada.
Ella me la devolvió y nos enzarzamos en una pelea, durante la cual me provocó arañazos en la cara y el cuello.
Hubo un cruce de acusaciones entre las dos y fue entonces cuando Miriam amenazó con contar mi secreto…
Al darme cuenta de la posición tan comprometida en la que me había puesto, sentí que un miedo atroz se apoderaba de mí…
—Entiendo… —musitó Elías—. La Ley judía castiga la homosexualidad con la muerte.
—Tomé la decisión en apenas un instante y, sin pensar en lo que hacía, la golpeé en la cabeza con una piedra… Una vez, y luego otra y otra… hasta que la maté. Ahora me arrepiento, y lo seguiré haciendo mientras viva…
Yaira estalló de nuevo en un llanto desgarrador. Solo cuando se sosegó pudo reanudar su historia.
—Luego busqué un palo para fingir que Miriam había sido violada. De ese modo, me libraría definitivamente de toda sospecha.
—Y te salió muy bien —terció Elías—. ¿Por qué enviaste entonces un segundo mensaje días después, dirigido a los alguaciles?