Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO NOVENO #3
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CAPÍTULO NOVENO #3

—Caleb no se fue a Jerusalén. Esa es la excusa que he estado utilizando para explicar la ausencia de mi hijo cuando se marchó de casa hace más de un año, porque la realidad es mucho más trágica…

—¿A qué te refieres?

—Pues a que, en un momento de debilidad, precisamente a raíz de su ruptura con Miriam, Caleb fue captado por… por los radicales rebeldes.

—¿Qué? ¿Qué estás diciendo? —inquirió Lucio con incredulidad.

—Que mi hijo se unió a los zelotes. Eso es lo que digo.

—¿Y desde cuándo lo sabes?

—Al principio solo lo sospechaba. No tuve la certeza absoluta hasta que lo vi de nuevo hace tres semanas. Una mañana cualquiera se presentó de improviso en mi casa…

Pese a la furia que sentía, el centurión se obligó a mantener la calma.

Por una parte, entendía la postura de Elías ante la difícil tesitura de tener que delatar a su propio hijo; posiblemente él hubiese hecho lo mismo.

Sin embargo, por otra, no podía perdonarle que le hubiese ocultado una información tan sumamente crucial.

—Es decir, que Caleb reapareció tan solo una semana después del asesinato.

—Así es —confirmó el productor de aceite.

—Eso significa que se movía por la zona… Por tanto, mi hipótesis cobra ahora incluso más fuerza que antes. Además de un sólido móvil del crimen, Caleb tuvo también la oportunidad de cometerlo.

—Eso no puedo negarlo, aun así…

Lucio se inclinó hacia delante en actitud inquisitoria.

—¿Y qué llevó a Caleb a presentarse en tu casa tan de repente?

—Buscaba refugio para ocultarse de tus tropas —reconoció Elías—. Había participado en un asalto y un comerciante egipcio resultó asesinado.

El centurión descargó un golpe sobre la mesa, haciéndose daño en la mano.

—¡¿Sabías que podría detenerte ahora mismo por acoger a un rebelde?!

—Lo sé, y no te lo reprocharía si lo hicieses. Pero te juro que mi hijo no fue el responsable.

Lucio se levantó de un salto y caminó de arriba abajo por la sala.

—No te preocupes, no voy a arrestarte. Pero a cambio, tienes que ayudarme a atraparlo.

Elías suspiró desolado antes de contestar:

—Cuenta conmigo. Mi hijo ya es un hombre, debe asumir las consecuencias de sus actos. Y si realmente tuvo algo que ver con la muerte de Miriam, me gustaría que se aclarase.

—Supongo que ya no sigue en tu casa, ¿verdad?

—No, se marchó al cabo de unos días —contestó el productor de aceite—. Partió en mitad de la noche, llevándose consigo un montón de provisiones de la despensa.

—Si vuelve, quiero que me avises de inmediato.

—Te doy mi palabra.

—¿Tienes alguna forma de ponerte en contacto con él? —preguntó Lucio.

—No, lo siento. Ya me gustaría.

El centurión cerró los ojos y se frotó los párpados para aclarar sus ideas.

—¿Cómo es Caleb? —inquirió acercándose a escasos centímetros de Elías—. Quiero decir, físicamente. Eso nos sería de gran ayuda.

—Pues… Es más alto que yo, de constitución atlética… y bastante apuesto. No obstante, cuando volvimos a verlo tenía un aspecto muy descuidado. Estaba irreconocible. En casa se afeitó y Esther le cortó el pelo, así que pasará un tiempo antes de que vuelva a crecerle tanto.

—¿Y qué más?

—Labios gruesos, nariz recta y ojos grandes de color miel.

Un chispazo de inspiración prendió entonces en la mente del romano.

—¡Acompáñame a la prisión! —exclamó. Elías lo miró con extrañeza.

Lucio aclaró—: Hace unos días se produjo un incidente en la aduana protagonizado por una pareja de zelotes.

Uno de ellos logró huir, pero el otro se halla bajo nuestra custodia.

Y, por la descripción que me has dado, creo que podría tratarse de tu hijo.

Salieron y cruzaron la explanada en dirección a una sección separada del cuartel, alejada del resto de las instalaciones. De paredes sólidas y gruesas, el edificio de la prisión estaba construido en piedra y se hallaba fuertemente custodiado.

—Hasta el momento, el prisionero se ha negado a decir nada —explicó Lucio por el camino—. Únicamente su nombre, aunque lo hemos comprobado y sabemos que es falso.

—¿Y cómo se encuentra?

Elías temía que los romanos lo hubiesen torturado para hacerle hablar. El látigo o un hierro candente podían obrar maravillas incluso en el rebelde más obstinado.

—Débil, pero entero. Estamos intentando doblegar su voluntad a base de privarle del sueño y también de la comida. Nos reservamos el uso de la violencia para más adelante.

Accedieron a la cárcel, donde un guardia los condujo hasta la celda correspondiente. En la parte superior de la puerta se abría un ventanuco atravesado por barras de hierro. Cuando Elías echó un vistazo al interior, el color de su rostro se tornó pálido como la nieve recién caída.

—Sí, es Caleb… —confirmó en un susurro.

—De acuerdo. Esa es la mejor noticia posible. Lo interrogaré ahora mismo acerca del asesinato de Miriam y le sacaré la verdad cueste lo que cueste.

—No, espera. Antes concédeme unos minutos a solas con él, te lo ruego. Estoy seguro de que podré convencerle para que hable.

Lucio lo miró pensativo. Quizá no fuese lo más ortodoxo, pero finalmente ordenó al guardia que abriese la puerta del calabozo. Si Elías podía allanarle el camino, lo haría todo mucho más fácil.

El encuentro entre padre e hijo se demoró más de lo esperado. Aun así, Lucio no quiso interrumpirlos y aguardó pacientemente afuera.

Finalmente, la puerta de la celda se abrió muy despacio. Al entrar, Elías aún confiaba en la inocencia de su hijo. Cuando salió, sin embargo, su semblante parecía reflejar todo lo contrario. Tenía los ojos empañados y evitaba la inquisitiva mirada del romano.

—¿Qué te ha dicho?

Elías intentó articular palabra, pero un nudo en la garganta se lo impedía.

—¿Hablará conmigo? —insistió Lucio.

—Fue él —contestó con la voz desgarrada—. Lo ha admitido todo. Tenías razón. Caleb mató a Miriam en un arrebato de furia incontrolada.

34

Dos días después de la confesión de Caleb, la situación seguía sin resolverse. Samir continuaba encerrado, aunque al menos con la garantía de que no le ejecutarían hasta que Eleazar tomase una decisión final sobre el asunto.

Lucio había informado a los alguaciles acerca de los hallazgos que había realizado y que lo habían llevado a dar con la identidad del verdadero asesino.

Caleb, además, había admitido los hechos sin escatimar en detalles.

A pesar de todo, Issur y Bartimeo se resistían a aceptar aquella versión de la historia.

Incluso habían dejado entrever que, de ser cierto el testimonio de Caleb, lo más probable fuese que los dos hermanos hubiesen actuado juntos.

Eleazar, por su parte, se mostraba reacio a anular su veredicto anterior.

Sin embargo, sabía que no podía ignorar las novedades que se habían producido.

De hecho, estaba valorando muy seriamente llevar a cabo un juicio en el que analizar todas las pruebas e indicios que el centurión había recopilado a lo largo de su investigación.

La decisión final del escriba se conocería de un momento a otro.

Elías no se movía de su hogar, pendiente de recibir nuevas noticias. Cualquiera que fuese la decisión de Eleazar, debía estar preparado para defender los intereses de su familia.

Esther no se separaba de su lado, tratando aún de asimilar los últimos hechos acontecidos.

Y todo ello sin desatender a su invitado.

Lucas de Antioquía estaba centrando todos sus esfuerzos en hallar a un tal Silvano, el discípulo escribiente.

Ella no sabía nada, pero había hecho correr la voz entre sus familiares y amigos, sin que hasta el momento hubiesen obtenido ningún resultado.

A primera hora de la tarde, la sirvienta anunció la llegada de una visita.

Se trataba de Yaira, que había acudido puntual a la cita acordada.

La muchacha había trasladado a Elías su genuino interés por hacerse cristiana, por lo que el productor de aceite la había convocado en su casa con el fin de hablar con ella para conocerla, aclarar sus dudas y valorar si estaba preparada.

Yaira fue conducida a la principal sala de estar, donde Elías la aguardaba sentado sobre una estera. Una mampara de madera tallada con adornos florales dividía la estancia en dos partes.

—Bienvenida —la saludó—. Toma asiento, por favor.

—Gracias.

Muy alejada de su estilo habitual, la muchacha vestía una túnica sencilla y prescindía de las hermosas alhajas que lucía normalmente; incluso se había abstenido de maquillarse la cara. Yaira deseaba causar una buena impresión, sabedora de que los cristianos desaprobaban los alardes innecesarios.

—Eres muy joven. ¿Cómo has sabido de las enseñanzas de Jesús de Nazaret? —preguntó Elías.

—Llevo mucho tiempo interesada en los asuntos del alma. Y más ahora, después de la muerte de Miriam.

—¿Hay alguien más en tu familia que comparta tus inquietudes religiosas?

—No, en realidad yo soy la única —repuso Yaira.

—Ya veo. Y dime, ¿qué te gustaría saber?

—¡Tantas cosas! ¿Cuándo podré asistir a un servicio religioso? ¿Necesito estar antes bautizada? ¿Cuáles serán mis obligaciones?

En ese momento, una tercera persona entró inesperadamente en la sala. Era Lucio, que saludó a los presentes con una ligera inclinación de cabeza. A Yaira le extrañó la presencia del romano allí, pero no dijo nada. A fin de cuentas, ella era tan solo una simple invitada.

—Yaira, he de agradecerte personalmente tu colaboración —manifestó Lucio, al tiempo que se acomodaba junto al almazarero—. Sin tu testimonio, jamás habría podido resolver el crimen.

La joven se limitó a bajar la mirada sin pronunciar palabra. La situación se había vuelto ciertamente incómoda. Elías era el padre de Caleb, del que ya todos en Cafarnaúm sabían que había matado a Miriam, la mejor amiga de Yaira.

—Sin embargo, hay detalles importantes que no están del todo claros… —prosiguió diciendo el centurión—. Los mensajes de los ostracones no encajan bien con el desarrollo de los hechos. ¿Por qué iba Caleb a enviar el segundo? No tiene sentido. Y creo que tú podrías ayudarme a entenderlo.

—¿Yo? Lo siento, pero ni siquiera sé a qué mensajes se refiere.