CAPÍTULO NOVENO #2
Aunque carecía de pruebas definitivas, Caleb era, casi con toda probabilidad, el responsable del crimen.
Todos los indicios, al menos, apuntaban en aquella dirección.
Pero para poder estar seguro necesitaba interrogarlo.
Si lo acorralaba con sus preguntas, Caleb podía cometer un error, o incluso admitir abiertamente su culpabilidad.
Elías acudió al encuentro sin poder ocultar su inquietud. Que Lucio lo hubiese emplazado en el fortín romano solo podía significar que tenía algo muy importante que decirle. ¿Acaso ya se había fijado la fecha para la ejecución de Samir?
Un soldado lo condujo a la sala de archivos, donde Lucio aguardaba revisando un mapa de la zona. Al ver llegar a su invitado, devolvió el mapa a su lugar y señaló una de las sillas que rodeaban la gran mesa de mármol que dominaba la estancia. Elías, sin embargo, rechazó tomar asiento.
—¿Qué ocurre? —inquirió.
—Es sobre tu hijo Caleb. Me dijiste que llevaba más de un año en Jerusalén.
—Así es…
—¿Y si hubiese venido aquí de forma ocasional sin que tú lo supieses? ¿Te has planteado esa posibilidad?
Elías tragó saliva, temeroso de lo que Lucio pudiese haber descubierto.
—Eso no tendría sentido. ¿A qué viene tu pregunta?
—Lo siento, Elías, no tengo buenas noticias. Sospecho que Caleb es el asesino de Miriam.
—¿Cómo? ¡No, de ninguna manera! ¡Caleb jamás haría algo así!
Aunque lo aseguró con firmeza, en realidad no podía estar seguro.
Desde que se uniese a los zelotes, Caleb había cambiado tanto que prácticamente ya lo no lo reconocía.
Además, los rebeldes acostumbraban a usar la violencia y muchos de sus actos acababan con frecuencia en derramamiento de sangre.
¿Podía entonces su hijo haber perpetrado el crimen?
—Tú me pediste que buscase al verdadero asesino de Miriam para demostrar la inocencia de Samir. Y eso es lo que he hecho, aunque el resultado no sea el que esperabas. Créeme, ojalá pudiese cambiarlo.
—Pero… ¿en qué te basas?
Lucio comenzó a pasearse por la sala.
—Sabemos que Caleb y Miriam mantuvieron una relación íntima en secreto, hecho que por sí solo ya convierte a tu hijo en un claro sospechoso.
—Ya te he dicho que Caleb lleva más de un año fuera…
—Eso aún está por determinar —objetó Lucio—.
En todo caso, deja que me explique. La ruptura de la pareja se produjo cuando Gamaliel formalizó los esponsales para el casamiento de su hija, momento a partir del cual Caleb tuvo que dejar de verla.
Yaira, la mejor amiga de Miriam, me contó todos los detalles.
—¡Mi hijo la amaba! ¿Por qué iba a hacerle daño?
—Exacto, Caleb estaba muy enamorado… Pero vayamos por partes.
Poco después de aquello lo enviaste a Jerusalén para que se formase, circunstancia que tu hijo aprovechó para intentar dejar todo aquello atrás y olvidarse de Miriam.
Sin embargo, ni la distancia ni el tiempo bastaron para conseguirlo.
—Lucio hilaba perfectamente su discurso—.
Por eso Caleb decidió volver a Cafarnaúm hace cosa de un mes, sin que nadie lo supiese.
¿Recuerdas lo que decía el mensaje que encontré en el escenario del crimen?
« Miriam, tengo que confesarte mi amor. Si quieres saber quién soy, acude esta tarde al claro de los manantiales ».
—¿Crees que se lo envió mi hijo?
—Sí, eso creo —confirmó el centurión—. Caleb quería sorprenderla. Pese a todas las adversidades, seguía enamorado de ella y tenía que decírselo. Y, por supuesto, ambos conocían sobradamente el lugar de la cita, pues durante su relación se habían visto allí con frecuencia.
»El reencuentro fue muy ardiente. Ignoro si Miriam aún estaba enamorada de él, pero sin duda debía echar de menos a tu hijo.
La cuestión es que ambos se dejaron llevar por la emoción del momento y acabaron manteniendo relaciones de forma apasionada.
A Miriam no la violaron, aquello fue un error de interpretación.
Las señales que presentaba habrían sido producto de la forma tan arrebataba de entregarse al sexo.
»No obstante, sospecho que Caleb no pensaba limitarse a transmitirle sus sentimientos, sino también hacerle una proposición.
Tras el ardoroso reencuentro, tenía bastantes motivos para sentirse optimista.
Probablemente, la propuesta consistía en fugarse donde nadie los conociese para iniciar una nueva vida juntos.
Quizás en una ciudad de la Decápolis, o puede que más lejos aún.
Siria, Chipre, Egipto… tenían infinitas opciones para elegir.
Sin embargo, Miriam no pensaba como él y rechazó su ofrecimiento.
Los motivos no podemos saberlos. Seguramente ella no lo amaba, no al menos de la misma manera en que lo hacía Caleb.
—¿Y por eso la mató? —intervino Elías con escepticismo.
—Todavía no he terminado —replicó Lucio—.
Imagino que Caleb no se daría por vencido tan fácilmente, y habría intentado convencerla esgrimiendo todos los argumentos posibles.
Ante su insistencia, y viendo que no aceptaría un no por respuesta, Miriam decidió revelarle algo que hasta la fecha nunca le había dicho.
Un hecho que sabía que lo disgustaría enormemente …
El centurión se tomó unos segundos para organizar sus ideas, mientras el productor de aceite aguardaba expectante su anuncio.
—Miriam le contó que, poco después de que rompieran, descubrió que estaba embarazada.
—¿Cómo?
—Caleb debió reaccionar con el mismo asombro. Y ante sus preguntas, Miriam habría admitido que abortó de forma voluntaria…
—Pero… ¿estás seguro de eso?
—Totalmente. Lo he confirmado a través de varias fuentes —aseveró Lucio—. ¿Te imaginas la reacción de tu hijo al enterarse?
Elías podía hacer una idea. En la sociedad judía, la preservación de la vida desde la concepción constituía un valor fundamental. Que una mujer decidiese abortar se consideraba una transgresión moral, además de un acto contrario a la voluntad de Yahvé.
—De haberse desarrollado el encuentro como describes, no puedo negar el impacto que la noticia habría tenido en mi hijo —admitió el productor de aceite.
—En primer lugar, debió de dolerle profundamente que Miriam le hubiese ocultado su embarazo.
Como padre de la criatura, él tenía derecho a saberlo.
Pero que hubiese tomado la decisión de abortar fue la gota que colmaba el vaso.
No fue capaz de entenderlo. En esencia, había acabado con la vida del hijo de ambos.
—Lucio clavó la mirada en su interlocutor—.
Y, ¿acaso no dicen que del amor al odio tan solo hay un paso?
—Entonces habría sido cuando…
—Así es. Caleb debió de perder los nervios y, en un estallido de furia, golpeó a Miriam con una piedra. Y cuando ella se revolvió, él continuó asestándole un golpe tras otro, fuera de sí…
Elías se pasó ambas manos por la cabeza, alborotándose el cabello que tenía por costumbre peinarse hacia delante. Estaba mucho más preocupado de lo que le hubiese gustado admitir.
—Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, supongo que Caleb se arrepentiría de inmediato —añadió el centurión—. Pero Miriam ya estaba muerta, así que todo cuanto podía hacer era abandonar a toda prisa el escenario del crimen para que no le descubriesen.
Elías tardó unos segundos en recomponerse, tras los cuales rebatió:
—La mayor parte de tu relato es puramente especulativo.
Lucio tomó asiento y, recostándose, cruzó las manos sobre su regazo.
—No digo que todo ocurriese exactamente como lo he contado, pero estoy seguro de que, en lo fundamental, no difiere demasiado de lo que pasó.
—Ni siquiera puedes demostrar que mi hijo estuviese aquel día en Cafarnaúm.
—Por eso necesito interrogarlo. Y más le vale poder acreditar que de verdad lleva todo este tiempo en Jerusalén y no se ha movido de allí.
Elías sabía que tal cosa resultaba imposible. Todo lo relativo al viaje de su hijo a Jerusalén era completamente falso, una mentira que se había inventado para justificar su repentina marcha y acallar los rumores que lo vinculaban con los zelotes.
—Hay algo, en todo caso, que no tiene sentido —alegó Elías—. Tú siempre has creído que los mensajes de los ostracones fueron escritos por la misma persona. Por tanto, si el que recibió Miriam supuestamente era de Caleb, ¿cómo explicas el que después recibieron los alguaciles?
Lucio recordaba perfectamente el contenido de dicho mensaje: « El hijo de Elías, el productor de aceite, no es tan inocente como parece.
Si lo investigáis, muy pronto averiguareis que se trata del asesino de Miriam ».
El argumento de Elías resultaba incontestable: Caleb no iba a escribir un mensaje que apuntase hacia su propia culpabilidad o la de su hermano.
—Eso es algo que aún no he resuelto —concedió el romano, frotándose la barbilla—.
No obstante, también ha servido para darme cuenta de un detalle clave que hasta el momento había pasado por alto.
La verdadera intención de quienquiera que lo escribiese fue la de señalar a Caleb, pero Issur y Bartimeo lo enredaron todo asumiendo que se refería a Samir.
Elías no dijo nada pero, interiormente, admitió que aquello tenía bastante sentido. Desde luego, no le extrañaba en absoluto que aquella pareja de idiotas hubiese cometido un error tan burdo.
—Pues bien —dijo Lucio a modo de conclusión—, ahora necesito que le hagas llegar a Caleb un mensaje urgente para que acuda de inmediato a Cafarnaúm y se enfrente a mis preguntas. Solo así podremos saber si estoy en lo cierto o no.
Elías, que había permanecido en pie durante todo el encuentro, se derrumbó en una silla como si las piernas no le respondiesen. Apoyó los codos sobre la mesa y se sujetó la cabeza con las manos. En ese punto, sabía que ya no podía mantener su mentira por más tiempo.
—Lucio, he de confesarte algo que no va a gustarte nada. Te he mentido, y créeme cuando te digo que lo siento. Después de todo lo que estás haciendo por mí, no te lo merecías.
—¿Cómo?