CAPÍTULO NOVENO
« Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros ».
Pese a la insistencia de Eleazar, Lucio aplazó unos días más la escolta romana que había pedido para garantizar que la ejecución de Samir transcurriese sin incidentes. Tras su último descubrimiento, estaba seguro de que podía concluir con éxito su investigación.
A continuación, debía interrogar a Abigail acerca del embarazo y posterior aborto de su hija.
Su intuición le decía que aquellos sucesos tenían que estar de algún modo relacionados con el crimen.
Sin embargo, acercarse a la esposa del archisinagogo no sería tarea fácil.
Si la vez anterior Abigail había dado el paso, ahora le correspondía a Lucio tomar la iniciativa, y desde luego, no podía plantarse ante la puerta principal y pedir hablar con ella.
Gamaliel jamás lo toleraría y, aunque su marido no estuviese en casa, Abigail no se expondría a un riesgo así.
A media mañana, Lucio se aproximó a las inmediaciones de la imponente vivienda sin haber concebido todavía un plan. Quizá dejase un mensaje… no lo tenía claro.
Para evitar que lo vieran merodeando por allí, tomó una calle lateral que daba a un conjunto de cercados en los que faenaban algunos agricultores, y que se hallaban a escasa distancia de la parte posterior de la casa de Gamaliel.
Su mejor baza pasaba por llamar a la puerta de madera destinada al servicio.
No obstante, le seguía pareciendo demasiado arriesgado.
Mientras se decidía, la puerta se abrió y una joven salió llevando un cesto en la mano.
Lucio la reconoció enseguida: ¡era la misma sirvienta que lo había conducido hasta Abigail cuando tuvieron el encuentro en el cobertizo!
La suerte se había puesto de su parte. Lucio corrió hacia ella, la cogió del brazo y la abordó diciendo:
—Te acuerdas de mí, ¿verdad? —La sirvienta lo miró sorprendida y asintió; por supuesto, no lo había olvidado—. Pues necesito que le digas a tu señora que tengo que verla con urgencia. Se trata de su hija. Y no hace falta que te diga lo discreta que has de ser.
La joven asintió y regresó sobre sus pasos perdiéndose de nuevo en el interior de la vivienda.
Lucio comenzó a caminar en círculos mientras aguardaba una respuesta. Los nervios lo estaban devorando. Si Abigail no colaboraba, la investigación no llegaría a buen puerto.
La sirvienta reapareció al cabo de poco tiempo y le transmitió a Lucio el siguiente mensaje:
—Mi señora partirá hacia el mercado central dentro de unos minutos. Dice que le hacen falta manzanas y garbanzos.
Los labios del romano se curvaron en una sonrisa. Abigail sabía lo que se hacía. Fingir un encuentro casual en el mercado constituía una forma tan práctica como inteligente de no llamar la atención.
El mercado se hallaba en plena ebullición.
Lucio se mezcló entre los clientes, esquivando a los burros cargados de sacas y fardos. Bajo los coloridos toldos de los puestos, los tenderos revisaban el género y cantaban sus bondades a los cuatro vientos, regateando con los compradores cuando era necesario.
La variada mercancía comprendía frutas, verduras y legumbres. Algunos puestos solo ofrecían carne y pescado específicamente destinados a los judíos. Otros, en cambio, disponían también de productos “impuros” que los gentiles consumían libremente.
Al fin, Abigail llegó al mercado y comenzó a realizar algunas compras. Su sirvienta se ocupaba de pagar al comerciante y de portar la mercancía. Lucio la abordó en un puesto de frutas, fingiendo interesarse por los tentadores racimos de uvas que el tendero exhibía con orgullo.
—¿Qué quiere? Sabe muy bien que no debería hablar con usted —dijo la mujer evitando mirarle a los ojos.
—Lo siento, pero no me quedaba otra opción. Es realmente importante.
—¿Todavía sigue creyendo en la inocencia de Samir?
—Eso está fuera de toda duda —repuso el centurión—. Pero necesito su ayuda para descubrir al verdadero asesino.
—Ya le dije todo lo que sabía.
—Tal vez no. Por lo que he podido averiguar, creo que omitió una información crucial para el caso.
Un genuino gesto de extrañeza asomó al rostro de Abigail, cubierto en parte por un velo de color negro con que se cubría la cabeza.
—Será mejor que vaya al grano. No conviene que nos vean juntos demasiado tiempo.
—¿No es cierto que su hija se quedó embarazada, y que usted la ayudó a abortar para proteger su reputación?
La mirada de la mujer se incendió de indignación.
—¡De ninguna manera!
—Entonces, ¿Miriam nunca le mencionó nada al respecto?
—¡No!
—¿Está siendo verdaderamente sincera conmigo?
—¡Por supuesto! Yo… —Abigail se detuvo en seco, como si de repente un recuerdo la hubiese asaltado—. Bueno, una vez…
—Vamos, cuéntemelo.
—Una vez, hablando en confianza, me comentó que la conocida de una amiga suya se había quedado encinta sin estar aún casada. Y que, desesperada, pretendía abortar, pero no sabía cómo hacerlo.
—¿Y qué le dijo usted? —preguntó Lucio.
—Le hablé de Davidia, la herbolaria del bazar. Me consta que ella puede encargarse de esas cosas.
—¿Y después de eso volvió a mencionar el tema?
—No, nunca más —repuso Abigail—. Pero… ¿está seguro de que en realidad Miriam se estaba refiriendo a sí misma? Yo… ni siquiera se me pasó por la cabeza que mi niña…
—Gracias, eso era todo lo que necesitaba saber.
Todos en Cafarnaúm conocían a Davidia, así que al romano no le costó trabajo encontrarla. El establecimiento de la herbolaria se hallaba en el interior de su propia casa.
Cuando Lucio entró, las tablas del suelo crujieron suavemente bajo sus pies.
Un olor fresco y terroso flotaba en el ambiente.
Tenuemente iluminada, la reducida estancia contaba con un mostrador sobre el que descansaban una fila de cestillos de paja, que contenían romero, centinodia, mandrágora y otras muchas hierbas medicinales.
Una estantería pegada a la pared acogía numerosos frascos con sus remedios correspondientes cuidadosamente etiquetados.
La herbolaria, una mujer menuda y arrugada que ya rondaba los setenta, no dio crédito cuando vio aparecer al centurión por la puerta. A veces atendía a soldados que buscaban un bebedizo para aumentar su vigor sexual, pero recibir la visita del oficial de mayor rango nunca le había pasado.
La mujer observó a Lucio con una mezcla de temor y desconfianza.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó.
—En primer lugar, voy a presentarme. Soy Lucio Valerio Escauro, y estoy al mando de la guarnición romana aquí apostada. Así que espero que colabore plenamente conmigo.
—Haré lo que pueda —repuso Davidia—. Mis hierbas, ungüentos y aceites esenciales gozan de muy buena fama. Pregunte por ahí, cualquiera podrá confirmárselo.
—No lo pongo en duda, pero no estoy aquí por eso. Lo que necesito es información. —La herbolaria contrajo la frente y sus arrugas se multiplicaron. Lucio aclaró—: Sin duda, estará al corriente del asesinato de la hija del archisinagogo, ¿verdad?
—Sí, claro. Una desgracia lo de esa muchacha.
—En efecto. Quiero saber si Miriam vino a verla hace algo más de un año… —El romano se dio cuenta de que Davidia palidecía de repente—: Y más le vale ser franca conmigo. Tiene un bonito establecimiento… y me gustaría que así continuase.
La mujer carraspeó incómoda y respondió con desgana:
—Sí, estuvo aquí. Aunque no recuerdo la fecha exacta.
La velada amenaza del centurión había surtido el efecto deseado.
—No importa. ¿Estaba sola?
La herbolaria asintió.
—¿Por qué Miriam acudió a usted?
Nuevo silencio de la mujer. El asunto, desde luego, le causaba un gran desosiego.
—No me importa que elabore remedios naturales destinados a provocar la interrupción de un embarazo. ¿Fue por eso por lo que la visitó Miriam?
—Sí, la muchacha no paraba de llorar y me suplicó que la ayudara.
—Entiendo —repuso Lucio—. Y usted le vendió el remedio indicado, ¿no es así?
—Sí, aunque la chica estaba muy asustada.
Le expliqué que el uso de ciertas plantas con fines abortivos puede suponer un riesgo para la salud de la madre.
Es algo imposible de saber con antelación —explicó Davidia—.
Por eso me pidió que yo misma le suministrase el brebaje y la acompañase durante el proceso.
—¿Y lo hizo?
—Me lo rogó con insistencia, ¿qué iba a hacer?
Además, pagaba muy generosamente. —La herbolaria miraba a Lucio con aprensión—.
La hice pasar al interior, se bebió lo que le di, y se tendió en el lecho de la habitación del fondo.
Las siguientes horas fueron bastante complicadas. Ya le dije antes que a veces ocurre…
—Continúe.
—Apenas me separé de su lado. Yo trataba de calmarla murmurando palabras de consuelo y…
—Disculpe. ¿Por casualidad le dijo en algún momento quién era el padre de la criatura que esperaba? —la interrumpió Lucio.
—No, pero… Déjeme continuar y usted mismo podrá contestar a su pregunta.
El romano no puso objeción.
—Miriam sangró en abundancia y le subió mucho la fiebre. Pasó por momentos muy delicados. Llegó, incluso, a delirar durante un rato. Fue entonces cuando comenzó a pronunciar un nombre de forma insistente…
—¿Cuál?
—Caleb. Ese era el nombre que no dejaba de repetir.
—Comprendo… ¿Y luego?
—El aborto se completó conforme lo esperado. Miriam descansó hasta recuperar fuerzas y después se marchó. Hasta ahora, no se lo había contado a nadie. La discreción forma parte de mi trabajo.
Tras abandonar el lugar, a Lucio no le llevó mucho tiempo sacar conclusiones.
Llegados a ese punto, Caleb se había convertido en su sospechoso principal.
¡Qué gran paradoja! Para salvar a Samir, tendría que demostrar la culpabilidad de su hermano.
El romano lo sintió de veras por Elías. Pues, en cualquiera de los casos, saldría perjudicado.
33
Esa misma tarde, Lucio citó al almazarero en el cuartel.