Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO OCTAVO #5
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CAPÍTULO OCTAVO #5

—Le agradezco mucho que haya acudido a mi llamada, centurión —señaló—. A excepción del servicio, estoy sola en la casa. Mi padre y mis hermanos están de viaje por negocios, y mi madre se encuentra en Alejandría visitando a su familia. Yo podía haberla acompañado, pero no me apetecía.

—Aún sigues afectada por la muerte de tu amiga, ¿verdad?

—Mucho más de lo que pueda imaginarse.

Yaira se sentó frente al romano e hizo una señal a la sirvienta, que permanecía de pie junto la puerta, para que se llevase los instrumentos de escritura que había sobre la mesa.

—Antes de que llegara estaba copiando en la tablilla los párrafos más destacados de una epístola cristiana —explicó la muchacha.

—Antes ni siquiera había oído hablar de esta nueva doctrina judía, pero de un tiempo a esta parte no dejo de escuchar hablar de ella. ¿Acaso tú también estás interesada?

—Lo cierto es que sí. Después de pensarlo mucho, he decidido convertirme —anunció con una gran sonrisa.

—¿De verdad?

—Y no se trata de una decisión que haya tomado a la ligera. Llevo un tiempo estudiando varios de los cultos más populares del Mediterráneo, pero las enseñanzas de Jesús de Nazaret me han impresionado más que ninguna otra.

Aquella constituía una prueba más de la facilidad con que el cristianismo conseguía propagarse, incluso entre las clases más adineradas, lo cual llevó a Lucio a preguntarse de nuevo cómo un culto tan modesto había podido llegar tan lejos con tanta rapidez.

—Me consta que sus seguidores no paran de aumentar —apuntó Lucio—. Por cierto, ¿sabías que Miriam también planeaba convertirse al cristianismo?

La joven alzó las cejas, genuinamente sorprendida.

—De hecho, fui yo quien le habló por primera vez de Jesús de Nazaret cuando comencé a interesarme en su doctrina —replicó, y tras pensarlo un segundo, dijo—: ¡Qué extraño!, nunca me dijo que estuviese considerando hacerse cristiana.

—Bueno, en realidad, se trataba de una estratagema para intentar impedir su boda con Yadiel —aclaró Lucio—. Solo que la mataron antes de dar el paso.

—¿Y cómo lo ha sabido? —inquirió Yaira.

—Me lo contó Efraím. Al parecer, Miriam y él mantenían una estrecha relación de confianza. Eran amigos, pero nada más que eso…, o al menos eso es lo que afirma el publicano.

Yaira frunció el ceño, seguramente disgustada porque su mejor amiga hubiese compartido con Efraím aquella confidencia antes que con ella.

—Sí, Miriam era muy lista. Aunque no sé si su plan hubiese funcionado.

—Las probabilidades eran muy altas —repuso Lucio—. Además, Efraím me dijo algo más que posiblemente tú tampoco sepas. Dos meses antes de su muerte, Miriam se encontró con Yadiel en el «claro de los manantiales» para pedirle que cancelase la boda.

Yaira, asombrada, se llevó la mano a la boca.

—Me cuesta creerlo. ¿Está seguro de que Efraím le ha dicho la verdad?

—Del todo. Hablé con el muchacho y, aunque al principio se mostró reticente a colaborar, al final no tuvo más remedio que admitirlo.

—¿Y eso no le convertiría en sospechoso?

—En parte sí, pero lo cierto es que no tengo la menor prueba en su contra. Nada en absoluto —explicó Lucio—. Y tampoco puedo hacer mucho más. Si Issur y Bartimeo hubiesen hecho bien su trabajo desde el principio, no me vería ahora en esta situación.

—Y cuando habló con Yadiel… ¿qué impresión le causó?

—Me pareció un joven algo retraído, no muy sociable que digamos. Bastante apegado a la tradición…, y muy escrupuloso con el cumplimiento de la Ley mosaica.

—Justo lo que Miriam más detestaba —remató Yaira.

—Exacto.

Un instante después, Lucio experimentó una sensación con la que, por desgracia, ya estaba bastante familiarizado. Los intestinos se le revolvieron y la urgencia de una apretura le devino sin previo aviso. Se llevó las manos a la zona abdominal y el rostro se le crispó como consecuencia del dolor.

—Me temo que tengo que ir al excusado —anunció al tiempo que se levantaba.

—Claro, no se preocupe. Mi sirvienta le acompañará.

Lucio abandonó la estancia murmurando una maldición. Como siempre, sus malditos problemas estomacales volvían a incordiarle en el momento más inoportuno. Yaira, por su parte, no pudo evitar que una sonrisa aflorase a sus labios por lo embarazoso de la situación.

Lucio se demoró bastante en volver, pues le llevó como quince minutos resolver sus asuntos fisiológicos.

—Lo siento… Problemas digestivos… —se excusó con cara de circunstancias.

—No se apure. Mi padre también tiene sus rachas.

—En todo caso, vayamos al grano. ¿No ibas a revelarme un importante secreto acerca de Miriam? Eso era lo que ponía en tu mensaje…

—Así es.

—Antes, dime una cosa. ¿Por qué ahora?

Yaira exhaló un largo y sentido suspiro y respondió:

—El otro día me invadió una inmensa pena cuando vi cómo conducían a ese pobre muchacho hacia su lapidación. Ya se lo dije, no creo que Samir tenga nada que ver con el crimen. Simplemente, no me lo imagino haciendo algo tan horrible.

—En eso estamos de acuerdo —convino Lucio—. Ahora, por favor, cuéntame lo que sabes.

La joven se removió en su asiento, cruzando y descruzando las piernas varias veces.

—Hace algo más de un año, Miriam se quedó embarazada… —desveló al fin.

—¿Cómo? —Aquello, desde luego, descolocó a Lucio por completo—. ¿Estás… estás segura?

—Ella misma me lo confesó. Además, llegó a tener algunos de los síntomas más característicos.

—¿Y qué ocurrió?

—Tuvo un aborto. Y… bueno, Miriam nunca fue del todo clara conmigo sobre ese punto, pero… juraría que no se trató de un aborto natural.

A Lucio se le acumulaban las preguntas en la punta de la lengua.

—¿Y quién era el padre?

Yaira se encogió de hombros.

—Me he hecho tantas veces esa pregunta… Miriam jamás me lo dijo…

—¿Por qué no?

—No lo sé, ella era así, aunque… lo más seguro es que fuese Caleb. Por aquella época ambos todavía estaban juntos.

Otra vez salía a relucir el nombre de Caleb, lo cual llevó a Lucio a reconocer que posiblemente no había tratado al hermano de Samir como al resto de los sospechosos.

Como Elías le había asegurado que su primogénito llevaba un año fuera formándose en el negocio del aceite, había descartado por completo su implicación en el crimen.

—Si Caleb hubiese sido el padre, ¿crees que le habría gustado que Miriam tuviese a la criatura?

—No me cabe la menor duda —contestó Yaira—. Él estaba muy enamorado.

El centurión se dio cuenta de que debía interrogar a Caleb cuanto antes. Haberlo mantenido al margen de la investigación había constituido un error imperdonable.

—Y, si excluyésemos a Caleb, ¿qué otro hombre podría haber dejado a Miriam embarazada? —inquirió Lucio.

—Supongo que Efraím… Al menos, a juzgar por lo que usted me ha contado.

—El publicano me ha jurado que tan solo eran amigos… Pero claro, no puedo descartar que me haya mentido.

Efraím era un tipo peculiar…y también bastante poco fiable, teniendo en cuenta cómo manejaba la aduana.

Lucio llevó a cabo un ejercicio de imaginación.

Si el recaudador de impuestos hubiese dejado a Miriam encinta, habría sido el primer interesado en impedir que el embarazo prosperase.

De lo contrario, sus encuentros en secreto habrían terminado saliendo a la luz tarde o temprano.

Sería, por tanto, el primer interesado en que abortase.

¿Podían acaso ambos sucesos estar de alguna forma conectados?

No obstante, también cabía otra alternativa: que el padre fuese un tercero del que Lucio no tuviese constancia. Tratándose de Miriam, y por todo lo que llevaba descubierto hasta ahora, no podía descartar ninguna posibilidad.

—¿Y qué te llevó a pensar que Miriam provocó su aborto intencionadamente? —terció Lucio inclinándose hacia delante—. ¿Por qué estás tan convencida de que no fue accidental?

—Un día me preguntó si yo sabía lo que hacían las mujeres que no deseaban seguir adelante con su embarazo.

Me dijo que solo lo preguntaba por curiosidad, pero no la creí.

En todo caso, no pude ayudarla porque lo ignoraba.

—Yaira juntó las manos y las dejó sobre las rodillas—.

La cuestión es que me quedé un poco preocupada, así que días más tarde volví a sacar el tema…

y lo que me respondió me dejó bastante sorprendida.

Me dijo que ya había hablado con su madre y ella se lo había aclarado todo.

Al oír aquello, Lucio supo de inmediato que debía volver a reunirse con Abigail. No sería tarea fácil, desde luego, pero en ese momento aquella era la mejor pista que tenía para seguir tirando del hilo.

—Gracias, Yaira.

—¿Ya se marcha? Si tiene hambre, puedo hacer que nos sirvan algo.

—Lo siento, no tengo mucho tiempo.

—Está bien, como quiera. Al menos, espero haberle ayudado .