Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO OCTAVO #4
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CAPÍTULO OCTAVO #4

»Ante posiciones tan opuestas, el punto de vista que adoptase Pedro, pilar fundamental de la Iglesia, se antojaba fundamental para inclinar la balanza hacia uno u otro lado.

Y su intervención no dejó a nadie indiferente.

Según explicó, mientras oraba una tarde entró en éxtasis y tuvo una visión divina en la que vio el cielo abierto y una especie de gran sábana que, suspendida por las cuatro puntas, descendía hacia la Tierra.

En ella había toda clase de cuadrúpedos, aves y reptiles.

Entonces una voz le dijo: «Levántate, Pedro; mata y come».

Sin embargo, este se negó alegando que nunca antes había comido ningún alimento impuro.

La réplica de la voz fue contundente: «Lo que Dios ha purificado, tú no lo llames impuro».

»Al principio, Pedro no fue capaz de comprender el significado de su visión, hasta que esa misma tarde recibió la visita de varios hombres que, en nombre de un oficial romano muy interesado en conocer su mensaje, le pidieron que atendiese a una invitación para comer en su casa.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que la visión no tenía nada que ver con la comida, sino con las personas.

Dios no hace distinciones entre judíos o gentiles, sino que sencillamente acoge en su seno a todo el que lo busca.

A sus ojos, todos los seres humanos son puros.

»Los argumentos de Pablo, en combinación con los de Pedro, configuraron la decisión final que salió del concilio celebrado: que los gentiles no están obligados a guardar la Ley mosaica… —dictaminó Lucas.

—¡Imposible! —protestó amargamente Saúl.

—… Y aunque dicha resolución se ha topado con cierta resistencia a lo largo de los años —prosiguió el griego—, debéis saber que se considera vinculante para todas las comunidades cristianas.

La revelación del médico griego provocó que los defensores de la postura ganadora estallasen en vítores y aplausos. Sus detractores, en cambio, prorrumpieron en abucheos de descontento. Hubo, incluso, un conato de pelea entre algunos de los defensores de uno y otro bando.

—¡Calma, por favor! —pidió Lucas—. Aún tengo algo más que decir.

A propuesta de Santiago, la asamblea de Jerusalén aprobó también ciertas normas de obligado cumplimiento para los gentiles que se uniesen a la Iglesia.

Todos hemos de hacer concesiones para alcanzar un punto de encuentro que garantice un ambiente de convivencia pacífica.

—¿Y qué normas son esas? —preguntó Néstor.

—Abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de la carne de animales estrangulados y de la inmoralidad sexual [18] . Nada excesivamente complicado.

Lo que Lucas omitió fue que la controversia no finalizó tras el acuerdo alcanzado.

Pues, en general, su aceptación tan solo se produjo de forma momentánea.

En la práctica, muchos judeocristianos continuaron instando a los gentiles a circuncidarse, mientras que numerosos gentiles, por su parte, se negaron a acatar las denominadas «leyes de Noé».

Los gentiles de Gerasa discutieron la cuestión con Elías, que les aclaró el significado de las citadas prohibiciones. Y, como su cumplimiento no les suponía una carga excesiva, acataron su cumplimento.

—Enhorabuena —los felicitó Lucas—. Ahora ya formáis parte de pleno derecho de la comunidad cristiana de Cafarnaúm.

En el bando liderado por Saúl, sin embargo, se desencadenó un acalorado debate interno. Aunque las medidas anunciadas por Lucas eran mucho menos estrictas de lo deseado, para algunos fueron suficientes. Otros, en cambio, las consideraron del todo insatisfactorias.

Poco a poco, Saúl fue perdiendo apoyos hasta quedarse solo al frente de un grupo muy reducido. Elías, consciente de la tozudez de su amigo, se acercó hasta él para intentar convencerle de que flexibilizase su postura.

—Vamos, Lucas ha expuesto un punto medio razonable. Y después de todo, ¿quiénes somos nosotros para cuestionar las decisiones de los máximos representantes de la Iglesia cristiana?

—Lo que dicen ahora no fue lo que nos enseñaron.

—Tal vez dimos por sentadas cuestiones que nadie se planteó al principio —argumentó Elías—. Date un tiempo para pensarlo, solo te pido eso.

—Lo siento, pero no tengo nada que pensar. Mis creencias religiosas no se corresponden con lo que he oído hoy aquí.

No había más que decir, Saúl había tomado su decisión y nadie le convencería de lo contrario. El pescador abandonó la playa con gesto contrariado, seguido de los pocos cristianos que pensaban como él .

La reunión concluyó poco después, momento a partir del cual los asistentes se fueron marchando a sus casas. Elías, instintivamente, buscó con la mirada al misterioso individuo del turbante. Sin embargo, este ya se había marchado.

Un viento impetuoso había rizado la superficie del lago, provocando el vaivén de las barcas ancladas en la orilla.

Pese a todo, muchos de los asistentes se quedaron y aguardaron su turno para intercambiar unas palabras con Lucas de Antioquía, porque el griego abandonaría pronto la ciudad y querían agradecerle su ayuda.

Algunos ni siquiera habían tenido la oportunidad de conocerlo todavía.

A pesar del cansancio, Lucas atendió a todos los que acudieron a decirle algo o simplemente a darle un abrazo de despedida. En último lugar quedó una mujer viuda, que había sentido la muerte de Betsabé con especial pesadumbre.

—Durante un tiempo, yo también seguí a Jesús de Nazaret —desveló con emoción.

—¿De verdad? ¿Y qué recuerdo tiene de él?

—Un recuerdo cálido —repuso sonriente—. Jesús era más cercano de lo que la gente se imagina. Tenía un don de palabra que cautivaba a las audiencias sin apenas esfuerzo. En parte, usted me recuerda un poco a él.

Lucas rio de buena gana. Estaba acostumbrado a los elogios, pero aquello era demasiado.

—Y también conocí al hombre que anda buscando… —susurró la mujer como si compartiese un secreto.

—¿Cómo? Lo siento, me temo que no sé a qué se refiere —replicó el griego desconcertado.

—Ese hombre…, el discípulo escribiente.

Cuando por fin entendió de lo que hablaba, Lucas no pudo ocultar su asombro. Desde que supo de la existencia de un discípulo de Cristo que tomaba nota de sus enseñanzas, había tratado de averiguar su identidad sin obtener ningún resultado.

—¿En serio? ¿Cómo se llamaba? ¿De dónde era? Cualquier dato que pueda proporcionarme para encontrarlo me servirá.

—Por desgracia, no es mucho lo que sé. Únicamente lo vi un par de veces. Era un hombre bastante introvertido, no se relacionaba mucho con los demás.

La decepción afloró al rostro del médico. La mujer, sin embargo, había dejado lo mejor para el final.

—Pero sí que recuerdo su nombre —añadió—. Se llamaba Silvano.

—¿Está segura? —preguntó extrañado.

—Por completo.

Las dudas de Lucas estaban justificadas. Silvano era un nombre latino…, lo cual no encajaba en absoluto con el perfil de los seguidores de Cristo, hombres y mujeres oriundos de la región. En cualquier caso, ahora contaba con un valioso dato que podría serle de gran ayuda.

Una pregunta comenzó entonces a rondarle la cabeza: ¿podía el discípulo escribiente ser de origen romano?

31

Durante los últimos días, Lucio le había dedicado muy poco tiempo a la investigación. Lo lamentaba, pero capturar a los zelotes e impedir sus ataques constituía su deber principal.

El incidente de la aduana había supuesto la gota que colmaba el vaso.

Aunque uno de los rebeldes había logrado huir, el otro había sido capturado y permanecía encerrado en la prisión del cuartel.

Sospechaban que formaba parte de la banda del «Revolucionario», pero hasta el momento no le habían arrancado ni una sola palabra.

Del obstinado prisionero no sabían ni cómo se llamaba, pues estaban seguros de que les había dado un nombre falso.

De cualquier modo, el caso de Miriam había llevado a Lucio a un callejón sin salida. La investigación se había empantanado y prácticamente se había quedado sin tiempo para resolver el enigma.

Fue entonces cuando recibió un mensaje que prometía abrirle nuevas posibilidades. Yaira, la mejor amiga de Miriam, deseaba reunirse con él. Cuando habló con ella por primera vez no dijo todo lo que sabía. Ahora, sin embargo, estaba dispuesta a desvelar un secreto de gran trascendencia .

Yaira lo había citado en su casa, en el barrio de las villas, a primera hora de la tarde.

La enorme y suntuosa vivienda, construida al estilo griego, estaba protegida por un alto muro de piedra que ahuyentaba a los indeseables.

Lucio llamó a la puerta y una sirvienta que superaba los cincuenta lo condujo al interior.

El atrio, pavimentado por una sucesión de coloridos mosaicos, estaba decorado con espléndidos mármoles, estatuas y fuentes.

La magnífica mansión contaba con decenas de aposentos.

La sirvienta guio al romano hasta el triclinio, donde le sugirió que tomase asiento en un diván. Yaira, le aseguró, lo recibiría de un momento a otro.

Mientras esperaba, Lucio no pudo evitar fijarse en una tablilla de cera que reposaba sobre la mesa baja situada en el centro de la estancia.

A su lado había un papiro, cuyo contenido, aparentemente, alguien había estado copiando en la tablilla haciendo uso de un estilete.

El centurión ojeó el texto y llegó a la conclusión de que se trataba de un pasaje de corte religioso.

Yaira apareció ataviada con una túnica de seda y algunas alhajas que lucía en torno al cuello y las muñecas.

Se había pintado las uñas de rojo con alheña, y también se había remarcado cejas y pestañas con una fina capa de kohl.

La ausencia de velo, al contrario que la vez anterior, le permitió a Lucio contemplar abiertamente su rostro.

Aunque bonita, la muchacha tenía un aspecto excesivamente aniñado, debido a su pecoso rostro y a su nariz respingona.